A diferencia de todos los actores carilindos intercambiables de Hollywood y sus industrias clonadas a lo largo del globo, una más anodina y artificial que la otra, el querido Charles Bronson en primer lugar contaba con una apariencia muy particular que se explicaba por su condición de norteamericano de ascendencia tártara lituana por madre y padre, por ello durante buena parte de su carrera el mainstream blanco etnocéntrico lo relegó a papeles de cualquier otra etnia o nacionalidad que no sea la caucásica estadounidense, y en segunda instancia sí conocía las penurias del hambre y sí había matado a otros seres humanos, basta con recordar en este sentido la pobreza de su parentela, sus muchos años trabajando en una mina de carbón y su rol de artillero en la Fuerza Aérea en 25 misiones durante la Segunda Guerra Mundial, por las que ganaría un Corazón Púrpura. El sustrato lacónico y la enorme profesionalidad de Bronson, nacido como Charles Dennis Buchinsky, tenían que ver con su naturalidad y carisma frente a la pantalla y no con la gran pompa de la preparación cíclica, las mañas de investigación o el dejo perfeccionista de los intérpretes tradicionales, carácter adusto que se remonta a su infancia y adolescencia en las condiciones descriptas y que iría a parar a su derrotero por fases dentro del entramado cinematográfico local e internacional, primero trabajando en cameos y como secundario en televisión y cine durante la década del 50, luego consiguiendo trepar al escalafón de actor de reparto y a veces coprotagonista en los 60, hasta finalmente alcanzar el muy tardío estrellato primero en Europa y después en Norteamérica en los años 70 gracias a El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), obra maestra de Michael Winner. Semejante periplo de nunca acabar hacia el reconocimiento en su país, como actor a secas y no como un especialista en componer a indígenas, polacos, mexicanos y personajes exóticos similares, lo dejó con una amargura muy marcada y un resentimiento hacia aquellos que lo marginaron durante tantos y tantos años de trayectoria hasta convertirse en uno de los artistas más taquilleros de su tiempo, por ello el señor solía negarse a trabajar con popes que lo ningunearon y se sentía cómodo recurriendo al mismo grupo de directores que lo trataron con respeto y le permitieron crecer en distintas etapas como actor y producto paradigmático del cine de acción, hablamos del señalado Winner, J. Lee Thompson, John Sturges, Robert Aldrich, Terence Young, André de Toth y Tom Gries.
Dentro del período específico del mayor estrellato de Bronson, ese que comienza en Europa mediante propuestas inmortales como Adiós al Amigo (Adieu l’ami, 1968), de Jean Herman, Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), de Sergio Leone, y El Pasajero de la Lluvia (Le Passager de la Pluie, 1970), opus de René Clément, Mr. Majestyk (1974), dirigida por Richard Fleischer y escrita por nada menos que Elmore Leonard, se destaca no sólo por el talento delante y detrás de cámaras sino por el excelente nivel de la película en su conjunto, la enorme influencia que tendría dentro del cine de acción, el cariño que suele despertar entre los fans del legendario intérprete y por el simple hecho de que fue una pieza fundamental en la transición de Bronson, propia de aquellos años, de paladín del western crepuscular, símil Renegado Vengador (Chato’s Land, 1972), de Winner, y Los Caballos de Valdez (Valdez il Mezzosangue, 1973), de Sturges, a antihéroe urbano moderno, en sintonía con Asesino a Precio Fijo (The Mechanic, 1972) y El Triturador (The Stone Killer, 1973), ambas de su cofrade infatigable Winner. Si bien posee una premisa tan antigua como la humanidad, eso del forajido a la fuerza por la persecución de un entorno injusto y déspota, Mr. Majestyk logra sobresalir tanto porque aglutina todos los rasgos del excelente trabajo literario de Leonard, como por ejemplo su realismo rimbombante, su humor negro y esos diálogos tan pero tan bien construidos, como debido a la mundanidad verosímil y hasta algo ridícula del trasfondo del film, sobre todo el detalle de que el catalizador principal sea una cosecha de sandías, y la evidente comodidad de Bronson en este convulsionado aunque siempre coherente contexto discursivo, algo que a su vez tiene que ver con la creación de un villano memorable a la altura del tremendo y parco Charles, hablamos del Frank Renda de Al Lettieri, genial actor italoamericano que lamentablemente moriría de un infarto al año siguiente, en 1975 a los 47 años de edad, y que venía de otros malvados de antología como Virgil Sollozzo de El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, y Rudy Butler de La Fuga (The Getaway, 1972), de Sam Peckinpah, amén de participaciones en La Noche del Día Siguiente (The Night of the Following Day, 1969), obra de Hubert Cornfield, Pulp (1972), de Mike Hodges, El Don Está Muerto (The Don Is Dead, 1973), de Fleischer, McQ (1974), de Sturges, y el poliziottesco Gorilla (Vai Gorilla, 1975), de Tonino Valerii.
Vincent “Vince” Majestyk (Bronson) es un veterano de la Guerra de Vietnam que trabajó de camionero, agricultor e instructor militar y ahora tiene una granja de 65 hectáreas en las que cultivó sandías/ melones, por ello necesita de unos cuantos peones para la voluminosa cosecha con el objetivo de recuperar la inversión y ver ganancias, así contrata a los amigos y colegas de una agradable señorita mexicana, la líder sindical Nancy Chávez (Linda Cristal y sus pantalones oxford y pañuelo en el pelo). Al llegar a su finca descubre que un matón de poca monta quiere imponer una cuadrilla de trabajadores borrachines a menor precio con tácticas mafiosas, Bobby Kopas (muy buen desempeño de Paul Koslo), quien por supuesto termina recibiendo una mega paliza con su propia escopeta y presentando una denuncia falsa ante la policía para que metan preso a Majestyk, un ex convicto por agresión que despierta las sospechas prejuiciosas del Teniente Detective McAllen (Frank Maxwell). En un traslado de prisioneros desde la comisaría al presidio se produce una balacera para liberar a Renda, un sicario ultra soberbio del crimen organizado que es tomado de rehén por Vince para intercambiarlo ante McAllen por el retiro de los cargos criminales con vistas a retomar la cosecha de sandías en paz, no obstante el asesino se escapa con la ayuda de su novia, Wiley (Lee Purcell), y se obsesiona con vengarse de Majestyk aprovechando que el aparato jurídico yanqui ya no tiene caso alguno contra su persona porque el único testigo de su último homicidio, un oficial de la ley, murió en el tiroteo entre la mafia y los policías. Ayudado por Kopas y su mano derecha, Gene Lundy (Taylor Lacher), Frank se carga a un oficial encubierto que protegía al liberado Vince, porque Kopas levantó la denuncia para facilitar el óbito, le ametralla las sandías, ahuyenta a los peones con amenazas y le destruye las piernas al capataz y mejor amigo del protagonista, Larry Mendoza (Alejandro Rey), por ello Majestyk pasa a la ofensiva y con la asistencia del interés romántico de turno, Chávez, conduce a los esbirros de Renda a su coto de caza, una región montañosa de Colorado, para reventarlos con paciencia y esmero, arrinconándolos justo como ellos lo arrinconaron a él. Como tantas otras faenas del nihilismo setentoso, la realización que nos ocupa nos propone una batalla solitaria contra la inoperancia estatal, esa que no protege a nadie y lo embarra todo, y contra la corrupción social, eje de la violencia y una codicia egocéntrica sin frenos.
Como decíamos previamente, el núcleo temático “Majestyk versus Renda y sus cómplices” se lleva todas las palmas en escenas majestuosas como la del primer enfrentamiento con Kopas, la recordada de la salchicha en la mazmorra de la comisaría entre el antihéroe y el sicario, aquella balacera en vía pública a lo Peckinpah del intento de liberación de Frank, la breve pelea entre ambos en esa pequeña cabaña de nuestro recolector de sandías, la escena del escape de Renda, todas las secuencias en las que el villano basurea al bocón y torpe de Bobby, la nocturna del asesinato del policía encubierto, el amedrentamiento de los aztecas y los pobres y deliciosos melones acribillados, la siguiente del reencuentro en el bar entre Vince y Frank, aquel momento de crueldad en el que los secuaces de Renda atropellan a Mendoza, esa del hospital en la que Majestyk acusa de idiota e inútil de mierda a McAllen y remarca que siempre estuvo solo porque del Estado y la lacra policial no se puede esperar nada, y desde ya todo el remate de la película en términos generales, incluida la magistral persecución automovilística a bordo de la Ford F-100 y el acecho final en la lujosa cabaña que la mafia dispuso para el personaje de Lettieri. Desde la arquitectura del hostigamiento in crescendo símil olla a presión y el emprendedurismo marginal verdadero del adalid de la justicia y el código de honor, no su equivalente actual que oculta la miseria, el desempleo y la precarización laboral del Siglo XXI, hasta la inconmensurable one-liner del desenlace de Vince al detective frente al cadáver de Renda, “oiga, teniente, tenía razón: en serio quería matarme”, y esa hermosa picardía del que usa la ironía pero no cae en el cinismo vacuo de todos los pusilánimes e hipócritas del nuevo milenio, Mr. Majestyk constituiría el ejemplo supremo a imitar por un sinfín de obras semejantes que carecerían del talento de Bronson y Lettieri, de la sabiduría minimalista de Leonard -éste, a su vez, núcleo de films pasados y futuros de Sturges, Thompson, Budd Boetticher, Delmer Daves, Martin Ritt, Edwin Sherin, John Frankenheimer, Abel Ferrara, Barry Sonnenfeld, Paul Schrader, Quentin Tarantino, Steven Soderbergh, James Mangold y John Madden, entre otros- e indudablemente de la astucia y el clasicismo seco y muy directo de un artesano de la talla del sublime Fleischer, director polirubro hasta la médula como lo demuestran sus otras epopeyas de la época, en línea con El Don Está Muerto, Viaje Fantástico (Fantastic Voyage, 1966), Doctor Dolittle (1967), El Estrangulador de Boston (The Boston Strangler, 1968), ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora! (1970), 10 Rillington Place (1971), Fuga sin fin (The Last Run, 1971), Terror Ciego (See No Evil, 1971), Los Nuevos Centuriones (The New Centurions, 1972), Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), Tres Forajidos y un Pistolero (The Spikes Gang, 1974) y Mandingo (1975), claros representantes de un cine de género imprevisible y en plena ebullición como nunca más se repetiría en las décadas posteriores tanto en yanquilandia como en el resto del aburrido planeta. Es precisamente el dúo de Leonard y Fleischer el que introduce desde el principio la dinámica predatoria comunal cual acepción invertida de un “sueño americano” ahora homologado al canibalismo del más grande para con el más chico utilizando la fuerza y el acoso como estrategias que garantizan la sumisión, un esquema en el que por un lado los personajes femeninos por una vez no molestan para nada, ya que aquí no vuelcan el asunto en ningún momento hacia el melodrama rosa para retrasados mentales, y por el otro lado los protagonistas masculinos logran lucirse en medio de esta coyuntura áspera y altisonante de los 70, hoy más que nunca sostenida en la fotografía no invasiva y antipreciosista de Richard H. Kline y la esplendorosa música de Charles Bernstein, marco perfecto para esta fábula sobre la mano de obra rural semi esclava y la defensa de nuestros sueños por más que éstos se reduzcan a unas sandías de la discordia, asimismo los frutos funcionando como una alegoría del sustrato unidimensional, tan adorable como eterno, de una masculinidad que obtiene placer de la tranquilidad y el trabajo meticuloso en silencio…
Mr. Majestyk (Estados Unidos, 1974)
Dirección: Richard Fleischer. Guión: Elmore Leonard. Elenco: Charles Bronson, Al Lettieri, Paul Koslo, Linda Cristal, Lee Purcell, Taylor Lacher, Frank Maxwell, Alejandro Rey, Jordan Rhodes, Bert Santos. Producción: Walter Mirisch. Duración: 104 minutos.