En el Corazón del Laberinto, de Skay y los Fakires

Late con el trueno

Por Marcos Arenas

Mientras que los discos solistas de Carlos Alberto “Indio” Solari luego de la separación en 2001 de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota estuvieron marcados por sucesivos intentos en vano de recuperar algo de la magia musical de la banda de antaño, sobre todo mediante guitarras infladas y una electrónica hoy berretona y trasnochada cercana al rock industrial de la década del 90 aunque casi siempre incapaz de llegar a las cúspides del rubro de los álbumes de Nine Inch Nails, Marilyn Manson y hasta David Bowie del período, los trabajos de su contraparte Eduardo “Skay” Beilinson en cambio sí consiguieron alcanzar los gloriosos pasajes profesionales de antaño a través de una concepción artística sincera mucho más heterogénea e inspirada -léase para nada forzada- que supo combinar ingredientes del rock clásico, el blues, el trip hop, el jazz y ese mismo rock industrial que había rubricado a los últimos discos de Patricio Rey, Último Bondi a Finisterre (1998) y Momo Sampler (2000). El guitarrista y cantante no sólo demostró ser un artesano maravilloso que necesita trabajar de manera colaborativa en una banda de miembros fijos, primero llamada Skay y los Seguidores de la Diosa Kali y hoy por hoy -desde el 2012- Skay y los Fakires, sino que además nos entregó una andanada de discos prodigiosos que abarcó obras de la talla de A Través del Mar de los Sargazos (2002), Talismán (2004), La Marca de Caín (2007), ¿Dónde Vas? (2010), La Luna Hueca (2013), El Engranaje de Cristal (2016) y la placa que nos ocupa, la también magnífica En el Corazón del Laberinto (2019), sustentada en una alineación compuesta por el mandamás en voz, guitarra y producción, Claudio Quartero en bajo, Javier Lecumberry en teclados y Leandro Sánchez en batería, a lo que se agrega el diseño gráfico del mítico Ricardo “Rocambole” Cohen.

 

Una programación ominosa a lo Portishead y una base rítmica súper jazzera abren el primer tema, El Sueño de la Calle Nueva York, que de a poco muta hacia ese típico “territorio redondo” con guitarras y aires tangueros en verdad exquisitos que exploran una de las temáticas preferidas de Skay, los suburbios marginales de las grandes ciudades y las esperanzas del proletariado, los marineros y los criminales de mejorar su situación o por lo menos toparse con el consuelo del amor casual que haga más llevadera la vida; algo que aquí también está enfatizado por la intervención del músico invitado Hugo Lobo en trompeta, trombón y flugelhorn, detalle que le brinda una pátina de melancólica decadencia a la composición de la mano de ese aire fortísimo a big band que se cuela en los intersticios entre estrofa y estrofa. El Ojo Testigo, la segunda canción del disco, cuenta con un riff hiper adictivo que recuerda lejanamente al de Rain Fall Down de A Bigger Bang (2005) de The Rolling Stones, aunque prescindiendo de la cadencia funky y remarcando una impronta más nostálgica y caracterizada por esas clásicas bajadas y subidas de ritmo con las que siempre se sintió a gusto el guitarrista y que tantas satisfacciones nos han dado porque hacen dinámica a la escucha, alejándonos de la repetición monolítica promedio del rock tradicional y ahora puestas al servicio de una bella metáfora acerca de una suerte de voyeurismo existencial entrecruzado en el que la pasividad de los sujetos ante lo que ocurre a su alrededor se balancea con otro de los tópicos favoritos de Skay como letrista, la posibilidad de la existencia de Dios y su rol un tanto abúlico frente a las barrabasadas cometidas por los seres humanos y/ o el discurrir de la misma naturaleza.

 

La voz grave del señor calza perfecto en la furia extasiada de Late, una canción muy cercana al rock pesado y nuevamente enmarcada en vaivenes deliciosos de ritmo y una urgencia que se exacerba paulatinamente vía guitarras sublimes que acompañan lo que parece ser una oda tanto al fluir de la flora y la fauna como a los cuatro elementos centrales de la “madre natura” -agua, tierra, fuego y aire- y su papel en los ciclos vitales diurnos y nocturnos, siempre tendientes a dialécticas misteriosas que se nos escapan por completo de las manos en función de su enorme poder y la misma incapacidad del hombre para comprenderlas. Una base símil apoteosis musical etérea, a mitad de camino entre un himno y una banda militar, constituye el eje de El Valor del Encanto, otro gran tema de En el Corazón del Laberinto apuntalado en intervenciones milagrosas de la guitarra de Skay entre las estrofas y en versos divinos de Cristal Belén Fernández en torno a la alegría y la magia que ofrecen las escapadas nocturnas en franca contraposición con respecto al aburrimiento y la mediocridad de la vida burguesa, esa que se parece eternamente a ella misma y por ello es sinónimo de muerte y triste inmovilidad. Mucho eco, una percusión sutil y guitarras épicas -hasta se podría decir en sintonía con Pink Floyd- aparecen con todo en ocasión de Tam Tam, fábula majestuosa sobre el arte de superar el miedo y partir hacia la faena que nos espera a futuro que explota en intensidad rockera a partir de su nudo a través de una batería demoledora y un trabajo increíble de esas cuerdas marca registrada de Skay, una fuente inagotable de ideas para renovar el uso -o mejorarlo/ expandirlo- del instrumento por antonomasia del rock.

 

Una guitarra acústica abre Plumas de Cóndor al Viento y pronto deja paso a las eléctricas para un temazo con destino de clásico, sin duda lo más parecido a una canción pop del álbum y -como siempre en el caso del querido artista- una apología incandescente de la libertad, en esta oportunidad vía el recurso retórico de un cóndor dionisíaco volando alrededor de volcanes que simbolizan a personas que pasan de la apatía al despertar individual y a mandar “señales de humo” en pos de autonomía real, lejos de las restricciones e inequidades propias de la corrupción del modelo de ciudad moderna, esa Babel aggiornada que se extiende por todo el planeta. Skay arranca cantando a cappella en En la Cueva de San Andrés, típico asalto contagioso/ vertiginoso de su carrera solista que si fuera una canción de los Redondos bien podría haber sido calificada de esplendorosamente acelerada, lo que enfatiza el hecho de que el señor durante las últimas dos décadas se tiró sin medias tintas hacia el enclave más heavy para diferenciarse de aquella impronta rockabilly deforme que caracterizó a su banda previa, ahora hablándonos en los versos de Daniel Amiano de lo que podrían ser sus musas o -de manera más literal- los fans o los mismos bohemios que le escapan a la previsibilidad social capitalista y se entregan al azar más aventurero, errante, feroz y proclive a pernoctar sin paranoias ni egoísmos fatuos.

 

La fascinación con el voyeurismo y la mirada impúdica regresan para La Estatua de Sal, otra hermosa composición que invoca a las mitologías griega y cristiana -específicamente los relatos en torno a Orfeo y Lot, respectivamente- con el objetivo manifiesto de sopesar las consecuencias de nuestras acciones a corto plazo y en suma ofrecernos un tema con más y más de esos geniales subibajas rítmicos a lo Patricio Rey. Las Flores del Tiempo es una canción delicada y melancólica basada en una guitarra acústica, detalles de teclados casi imperceptibles y una letra que echa mano de la metáfora de la soledad en una estación de tren y con el contingente de vagones alejándose como símbolo de un error ignoto -de seguro de índole romántica- que dejó al protagonista en un angustiante arrepentimiento empardado al masoquismo emocional, ese que la música también subraya mediante toda la segunda mitad instrumental -Skay apenas corea la base- donde la estructura rockera prototípica entra a full para enfatizar un posible descenso a la frustración irreparable seguida de locura (pinceladas finales de sintetizador incluidas). El disco no podría terminar con un mejor tema que Esdrújulas en Órbita, una obra maestra inoxidable que sintetiza el frenesí vital y el sustrato lírico y contracultural de la idiosincrasia artística del señor, otra canción impecable con un riff que merece ser celebrado ad infinitum porque sinceramente ya casi nadie llega a este nivel de inspiración y talento dentro de las estructuras más recurrentes del rock; un estado de cosas que el platense de 67 años corrige incluso con una de las mejores letras de toda su carrera, en la que remarca el carácter contradictorio de los seres humanos y luego se consagra a denunciar a los hipócritas, los burócratas, los bulímicos, los psicópatas, los fanáticos, los políticos y hasta los mediáticos, amén de dedicarle sutiles loas a los lisérgicos, los terrícolas, los lunáticos y los enfáticos, con cada oyente interpretando lo que guste bajo cada denominación.

 

Beilinson se ubica en un terreno similar al de otras bestias sagradas de ayer y hoy, muy en sintonía con figuras como Keith Richards de The Rolling Stones y Josh Homme de Kyuss, Queens of the Stone Age y mil proyectos paralelos, ya que hablamos de un guitarrista de una inventiva legendaria y continuamente preocupado por buscarle nuevas facetas al instrumento dentro de un andamiaje laboral colectivo que resulta muy raro en nuestros días, en los cuales cada grupo no pasa de individualidades apiladas que no suelen funcionar del todo bien en términos de banda ya que los egos en pugna neutralizan -en mayor o menor medida- un trabajo colaborativo realmente fecundo, que permita a la vez identificar el aporte de cada uno de ellos y disfrutar de una amalgama compositiva que sólo podría surgir de dicha cooperación, de la solidaridad en conjunto al momento de hacer arte. En el Corazón del Laberinto es otro mojón extraordinario en una carrera que ha visto ganar en confianza y entereza a Skay de modo escalonado con cada nueva placa, un logro mayúsculo e inconmensurable porque el guitarrista cuenta con un bagaje cultural, poético y musical de una enorme profundidad y apertura, capaz de articular la contracultura de los 60 y 70 y las resonancias más clasicistas del rock con vertientes artísticas posteriores que se acoplan de manera perfecta con la propuesta de base y consiguen complementarla multiplicando los colores involucrados y enriqueciendo una concepción de lo más inquieta, noble e inconformista, de esas que propugnan el libre albedrío como un viaje insolente que late con el trueno en pos de las odiseas de aquellos que se mueven por los márgenes y esquivan la basura y mentiras del núcleo de las sociedades capitalistas y sus mercados.

 

En el Corazón del Laberinto, de Skay y los Fakires (2019)

Tracks:

  1. El Sueño de la Calle Nueva York
  2. El Ojo Testigo
  3. Late
  4. El Valor del Encanto
  5. Tam Tam
  6. Plumas de Cóndor al Viento
  7. En la Cueva de San Andrés
  8. La Estatua de Sal
  9. Las Flores del Tiempo
  10. Esdrújulas en Órbita