Al igual que las otras tres películas de Carlos Enrique Taboada dentro del terror gótico, El Libro de Piedra (1969), Más Negro que la Noche (1975) y Veneno para las Hadas (1986), Hasta el Viento Tiene Miedo (1968) es un pequeño milagro del cine latinoamericano no sólo porque demuestra que es posible encarar odiseas interesantes de género en la franja hispanoparlante del continente, gremio que durante buena parte del siglo pasado se dedicó a melodramas olvidables y comedias tontas y recién en el final de la centuria apostó con todo al cine popular en otros formatos aunque casi siempre cayendo en la autoparodia y/ o la imitación burda de los estereotipos hollywoodenses, sino además porque la joya que nos ocupa no tiene nada que envidiarle a propuestas del Primer Mundo que se corresponden a este mismo esquema y núcleo narrativo, el del internado femenino y sus diversas variantes, un rubro que va desde el sadomasoquismo de La Residencia (1969), de Narciso Ibáñez Serrador, el vampirismo erótico de Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971), de Jimmy Sangster, y el sustrato semi onírico de Suspiria (1977), de Dario Argento, hasta el surrealismo arty de Inocencia (Innocence, 2004), opus de Lucile Hadzihalilovic, el misterio intrincado de El Bosque Maldito (The Woods, 2006), de Lucky McKee, y el tradicionalismo un tanto falto de inspiración de Por un Corredor Oscuro (Down a Dark Hall, 2018), de Rodrigo Cortés. Taboada fue en esencia un guionista que desarrolló una trayectoria como director casi por completo relegada al segundo lustro de los años 60 y la primera parte de la década del 70, período en el que asimismo entregó obras encomiables de suspenso como Vagabundo en la Lluvia (1968) y El Deseo en Otoño (1972) y films de coyuntura bélica en línea con La Trinchera (1969) y La Guerra Santa (1979), siendo Rapiña (1975), genial y dura alegoría sobre la codicia y el ciclo del canibalismo que esconde detrás, su gran gesta por fuera del campo de los sustos y los gritos, región que tanta satisfacciones nos ha dado.
Precisamente, mucho antes de los problemas que Taboada tendría en ocasión de Rapiña, La Guerra Santa y Veneno para las Hadas, tres películas que lo llevaron a decidir su retiro y que terminaron enlatadas durante dos años cada una antes de poder estrenarse a raíz de la condena o el desinterés del gobierno y/ o los productores de turno, amén de los ataques de una crítica idiota que sólo a mediados de los 80 comenzó a valorar al cineasta mexicano, Hasta el Viento Tiene Miedo nos deja todo servido, al igual que El Esqueleto de la Señora Morales (1960), de Rogelio A. González, para especular sobre lo que podría haber sido la génesis de un cine de género de rasgos latinos propios y no sólo imitativos foráneos, ya finiquitada la Época de Oro del cine azteca (1936-1956), si estuviésemos hablando de películas que hicieron escuela y no de anomalías aisladas en el reino de la uniformidad del mainstream autóctono, lo que lamentablemente ocurrió por el carácter marginal de cultores del horror como Taboada o el brasileño José Mojica Marins, responsable de la Trilogía de Zé do Caixão de A Medianoche Tomaré tu Alma (À Meia Noite Levarei sua Alma, 1964), Esta Noche Poseeré tu Cadáver (Esta Noite Encarnarei no teu Cadáver, 1967) y aquella Encarnación del Demonio (Encarnação do Demônio, 2008), o los argentinos Carlos Hugo Christensen y Román Viñoly Barreto, ambos más cercanos al film noir, el primero artífice de La Muerte Camina en la Lluvia (1948), La Trampa (1949), Si Muero Antes de Despertar (1952) y No Abras Nunca esa Puerta (1952) y el segundo de La Bestia Debe Morir (1952), El Vampiro Negro (1953) y Orden de Matar (1965); todos artistas que, como decíamos, fueron ninguneados en su momento por la industria, la prensa, el público y las instituciones estatales y hoy son tenidos en alta estima por aquellos que aman de verdad al terror y se dedican a buscar sus raíces vernáculas en aquel tiempo, cuando la pauperización cultural de la globalización no había hecho estragos y todavía se buscaba una voz latina característica.
Más cerca del quid fantasmal de Más Negro que la Noche que de las exploraciones sobre la psicología infantil y macabra de las también magistrales El Libro de Piedra y Veneno para las Hadas, Hasta el Viento Tiene Miedo analiza una serie de acontecimientos que se dan en un internado para señoritas de aquellas postrimerías de la década del 60: la trama en sí es muy simple porque juega con las pesadillas de una alumna, Claudia (Alicia Bonet), que suele soñar con una tal Andrea Ferrán (Pamela Susan Hall) que cinco años atrás se suicidó ahorcándose en lo alto de un torreón de la escuela a posteriori de que la cruel directora del establecimiento, la Señorita Bernarda (Marga López), le impidiese visitar a su madre enferma, su único pariente porque el padre las abandonó, debido a que pensó que era una mentira, así las cosas su espectro ronda el lugar con ánimo vengador y parece obsesionado con una Claudia que se lleva muy bien con una profesora bonachona, la Señorita Lucía (Maricruz Olivier), y con la líder del grupo de seis ninfas que se quedan encerradas allí durante las vacaciones por osar ingresar al torreón, la putona Kitty (Norma Lazareno) que está de novia con Armando (Sadi Dupeyrón), pandilla que se completa con Ivette (Renata Seydel), Marina (Rita Sabre Marroquín), Silvia (Irma Castillón) y Verónica (Lourdes Baledón), amén de una graciosa “informante” de Bernarda que suele quedarse por motu proprio en las vacaciones, Josefina (Elizabeth Dupeyrón). Con la única presencia masculina entrecortada de un jardinero, Diego (Rafael Llamas), y de un matasanos, el Doctor Oliver (Enrique García Álvarez), todas las chicas comienzan a convertirse en testigos del ir y venir de una Andrea que incluso provoca la muerte accidental de Claudia, que cae desde lo alto del torreón y enigmáticamente resucita tiempo después con la personalidad, las aficiones y los recuerdos de Ferrán, una posesión que dura lo que le lleva al fantasma desquitarse de la tiránica directora del colegio, esa Bernarda que una noche muy ventosa aparece ahorcada.
El guión de Taboada construye de manera meticulosa y astuta a los distintos personajes sin descuidar las diferentes capas del planteo retórico, desde la antropofagia femenina de fondo y la solidaridad en rebeldía de las adolescentes hasta el acecho incesante de la señorita espectral, el sarcasmo aceitado de los diálogos y cierto trasfondo sexploitation que aparece de modo explícito en sólo dos secuencias, aquella inicial en las duchas y la recordada del striptease de Kitty ante sus compañeras espantadas/ fascinadas/ acostumbradas a la moral punitiva y remilgada del colegio de Bernarda. A diferencia de tantas otras propuestas de internado o reclusión rosa, Hasta el Viento Tiene Miedo no considera a la fauna masculina importante -ya sea de manera pasiva o activa, por ausencia o presencia- y la deja de lado, en el terreno de lo secundario, para centrarse en el universo femenino sin victimizarlo ni alabarlo porque funciona exactamente igual al de los hombres, con luchas de poder, ajustes de cuentas cíclicos, humillaciones, bastante basureo entrecruzado y esa tendencia a tratar de lucirse o por el contrario, pasar desapercibidos para no llamar la atención de los jefazos o figuras carismáticas. Con pocos actores, situaciones que giran incansablemente sobre lo mismo, un excelente trabajo de fotografía de Agustín Jiménez, un diseño de producción sobrio de Javier Torres Torija y elementos tan rudimentarios -y al alcance de todos- como las penumbras, el suspenso minimalista y ese viento que cuando aúlla señala la vuelta de Andrea, Taboada edifica una película extraordinaria y muy adictiva que recupera la vieja disputa latinoamericana entre la tradición, representada por la mandamás, y el cambio modernizador que propone Lucía, de allí que la belleza, el grotesco o la sexualización de tanto cine femenino aquí no resulten cruciales y lo que sí domina la faena sea el dolor y la culpa por la muerte de Ferrán, una chica inteligente y buena a la que le encantaban no las rosas más vistosas sino los heliotropos, unos arbustos humildes con flores pequeñas…
Hasta el Viento Tiene Miedo (México, 1968)
Dirección y Guión: Carlos Enrique Taboada. Elenco: Alicia Bonet, Marga López, Maricruz Olivier, Norma Lazareno, Renata Seydel, Elizabeth Dupeyrón, Rita Sabre Marroquín, Irma Castillón, Rafael Llamas, Pamela Susan Hall. Producción: Jesús Grovas y Adolfo Grovas. Duración: 90 minutos.