Existen ciertas temáticas o latiguillos narrativos que siempre han fascinado al séptimo arte, como por ejemplo la depresión, el boxeo, los falsos culpables, los prisioneros/ cautivos y los relatos de pioneros, en este último caso ya sea que hablemos de una fábula ambientada en el desierto, la jungla o el mismo espacio exterior, porque permiten trabajar la perspectiva individual de una manera relativamente natural desde el punto de vista del entorno contra el sujeto de a pie, todo un esquema que tiene que ver tanto con los imperativos de la sociedad burguesa capitalista, en la que se privilegia el egoísmo por sobre la colectividad, como con una evidente conveniencia en términos de planeamiento retórico, en sí resultando más fácil manejar un solo personaje y situarlo en el núcleo o eje de la trama que construir una faena de pretensiones comunales, donde el todo social adquiere protagonismo en sintonía con el Serguéi Eisenstein de La Huelga (Stachka, 1925), El Acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925), Octubre (Oktyabr, 1928) y La Línea General (Staroye i Novoye, 1929), estas dos últimas codirigidas por Grigori Aleksándrov, entre otros poquísimos ejemplos de la historia del cine que lograron escapar del culto al sujeto solitario del darwinismo social.
Las propuestas carcelarias se mueven en una región sutilmente difusa o intermedia entre por un lado aquel individualismo extremo, ese de las celdas de aislación o quizás el cuasi autismo de los presos para trazar distancia con respecto a un contexto a veces espeluznante, y por el otro lado el contacto con un exterior cercano a la solidaridad o la asistencia en caso de necesidad, como aseverábamos antes un “afuera” de por sí peligroso aunque no siempre ameritando la paranoia y el fatalismo semi automático del protagonista. Wasteman (2025), interesante ópera prima del realizador británico Cal McMau, de hecho explora el límite entre aislarse y necesitar del entorno inmediato, todo un leitmotiv del mejor cine carcelario, aunque el trabajo que nos ocupa va un paso más allá con respecto a los típicos conflictos territoriales del presidio ya que opta por condimentar la narración con una infinidad de grabaciones con celulares por parte de los reos, detalle que en simultáneo pone en primer plano un exhibicionismo de la violencia, oficiando de advertencia para los adversarios del montón, y señala el costado más nocivo de las redes sociales, eso de crear una burbuja de conductas patológicas que se retroalimentan con una realidad lamentable desde el vamos.
El guión de Hunter Andrews y Eoin Doran, debutantes en el campo de los largometrajes que apenas si acumulaban algunos cortos en su haber, se centra en Taylor (David Jonsson), un prisionero negro enclenque que trabaja de ayudante de cocina y suele cortar el pelo y comprar heroína sintética a los dos narcotraficantes de nuestra cárcel inglesa, los temibles Gaz (Corin Silva) y Paul (Alex Hassell), dúo que en la primera escena le arroja un televisor en la cabeza a otro reo que les robó unas pastillas, precisamente el compañero de celda del morocho, un delator ante la primera amenaza de paliza. Eventualmente llega el reemplazo, Dee (Tom Blyth), otro treintañero mafioso que arrastra una sentencia de cinco años por portación de armas y que en un primer momento traba amistad con Taylor, a su vez un ex narcotraficante que lleva trece abriles encerrado por homicidio involuntario al provocar la sobredosis de un menor de edad. El protagonista necesita no meterse en problemas para salir libre bajo el amparo de un programa gubernamental que pretende reducir la población de los penales, sin embargo la idea de tranquilidad estalla por los aires porque Dee empieza a vender droga, la cual entra mediante drones, y entabla una cruenta guerra con Gaz y Paul.
McMau trabaja bien el disparador de la debacle, una paliza de la competencia sobre Dee en la que Taylor es obligado a participar con cámaras de por medio para luego postear todo en redes sociales, y sabe exprimir el marco odioso de los personajes, en este sentido pensemos que Taylor es un cobarde patético y Dee un soberbio que no prevé las consecuencias de meterse con el negocio de los narcos de las mazmorras, a lo que se suma el hijo adolescente del personaje de Jonsson, Adam (Cole Martin), muchacho un tanto tarado/ desdibujado con el que su padre pretende crear un vínculo cuando salga, no obstante el director en ocasiones abusa un poco del recurso de los videos de celulares insertados en el metraje, elemento que funciona sólo en el primer acto, y asimismo se engolosina con la cámara en mano movediza para las escenas de pelea, artilugio noventoso y de los primeros años del Siglo XXI que hoy ya está un poco demodé en lo que atañe a transmitir intensidad o desenfreno, en este caso resultando muy innecesaria porque las secuencias en cuestión son feroces sin la ayuda de la fotografía. Blyth y Jonsson, actores británicos de moda, ofrecen un gran desempeño en esta semblanza sobre la torpeza, la brutalidad y las lealtades siempre cambiantes tras las rejas…
Wasteman (Reino Unido, 2025)
Dirección: Cal McMau. Guión: Hunter Andrews y Eoin Doran. Elenco: David Jonsson, Tom Blyth, Corin Silva, Alex Hassell, Cole Martin, Keaton Ancona-Francis, Layton Blake, Neil Linpow, Paul Hilton, Jack Barker. Producción: Myles Payne y Sophia Gibber. Duración: 90 minutos.