Trilogía de los Colores de Krzysztof Kieslowski

Libertad, igualdad y fraternidad

Por Emiliano Fernández y Martín Chiavarino

Introducción, por Emiliano Fernández:

 

Sin duda uno de los grandes maestros de la historia del cine en lo que respecta a las fábulas morales y los planteamientos éticos más solapados, esos que van creciendo en el intelecto del espectador de a poco y en función de lo marrado mucho más que de lo verbalizado en diálogos al paso, el polaco Krzysztof Kieslowski construyó su carrera desde la intuición y trabajando temáticas universales como el amor, el sufrimiento, la frustración, lo aleatorio, la claustrofobia emocional y el ansia de autonomía en la vida mundana, pasando asimismo del documentalismo centrado en el enclave comunal y la naturalidad popular a creaciones cada vez más abstractas y complejas que pusieron el acento en la dimensión íntima de los sujetos y las contradicciones que les imponen las sociedades actuales, tanto en su versión autoritaria explícita como en esas presuntas “naciones libres” que también esconden una infinidad de injusticias y padecimientos varios nunca asumidos del todo. Dentro de una carrera de estas características, cuya fase inicial ficcional estuvo marcada por obras maravillosas como La Cicatriz (Blizna, 1976), El Amateur (Amator, 1979), Sin Fin (Bez Konca, 1985) y El Azar (Przypadek, 1987), sobresalen el magnífico Decálogo (Dekalog), una miniserie que el señor realizó en 1989 para la televisión polaca desmenuzando los Diez Mandamientos de la Biblia, y sobre todo la llamada Trilogía de los Colores, conformada por Bleu (1993), Blanc (1994) y Rouge (1994), convites que rodó luego de las también excelentes No Matarás (Krótki Film o Zabijaniu, 1988) y Una Película de Amor (Krótki Film o Milosci, 1988), ambas extensiones a largometraje de capítulos del Decálogo, y La Doble Vida de Verónica (La Double Vie de Véronique, 1991), una de sus propuestas más exitosas en términos comerciales y gran responsable del financiamiento de sus tres producciones siguientes. En tiempos como los que nos tocan vivir, tan escasos de películas que realmente hagan la diferencia tanto a escala conceptual como narrativa, no hay nada mejor que recuperar la potencia retórica, la diversidad y la sutil ironía que ofrecen tres opus extraordinarios que ponen en cuestión los supuestos objetivos/ logros/ aspiraciones de los países europeos desde un recorrido artístico exquisito que invoca las alegrías y los pesares de la masividad sirviéndose del sustrato semi oculto de una privacidad que atesora secretos y miserias cual Caja de Pandora minimalista a espera de ser abierta, ya sea por una tragedia, un tercero amado/ odiado o el mismo protagonista y su disposición volcada a la honestidad.

 

 

Bleu (1993), por Martín Chiavarino:

 

El primer film de la Trilogía de los Colores del realizador polaco Krzysztof Kieslowski, Bleu (1993), marca el comienzo del final de la trayectoria del director y a la vez el pináculo de su carrera con una obra magna sobre las representaciones de los colores en la vida en un paralelismo entre los tonos de la bandera gala y los ideales de la Revolución Francesa, hablamos de “libertad, igualdad y fraternidad”. En este caso el film construye su relato a partir del color azul y el concepto de libertad con un comienzo trágico que marca todo el trabajo. Juliette Binoche interpreta magníficamente y con gran severidad a Julie, una mujer abatida por la trágica pérdida de su esposo e hija pequeña en un fatal accidente automovilístico en una ruta francesa. Todavía conmocionada por el suceso, al intentar rehacer su vida se desprende de todo lo que la ata a su pasado, pero éste no se apresta a abandonarla y regresa con más fuerza. Ante la muerte del marido, un compositor famoso que tenía el encargo de la Comunidad Europea de realizar una obra para homenajear/ celebrar la unificación del continente, Julie intenta destruir la partitura pero la susodicha persiste en su voluntad de salir a la luz y no se resigna a ser despedazada ni abandonada. En un estado de conmoción, vigilia y contemplación, la protagonista abandona su casa, se muda a la ciudad y comienza una amistad con una prostituta a la vez que descubre muchas características sobre sí misma y su marido fallecido en un estudio sobre la libertad emocional. Primeros planos y primerísimos primeros planos son habituales en la construcción de cada escena en este film que apela a la percepción para crear una historia afligida y melancólica marcada por el color azul que se impone a través de sus diferentes tonos. El simbolismo de la unión de la música de movimientos ampulosos y carácter grandilocuente y el azul de la fotografía conforman una fusión que tiene su apoteosis en un final donde la retina lacrimosa de Julie recorre los rostros de los personajes que transitaron por su duelo y que tocaron su vida en una escena onírica y poética. Bleu logra crear una obra sobre la sinestesia y la decisiva influencia de los colores en el humor, el carácter y la personalidad, simbolizando cuestiones colectivas en torno a la sociedad francesa, sus temores, su idiosincrasia y su construccional nacional, a su vez dimensiones tamizadas por la libertad como característica primaria y sinónimo de responsabilidad. El film de Kieslowski también está signado por un recorrido alrededor de las formas de habitar Francia, desde sus grandes casas de campo y sus pisos en París hasta sus antros prostibularios, para dar cuenta de las particularidades que conforman a los franceses y su forma de concebir la vida. Bleu es un legado de Kieslowski a Francia como parte de Europa, un homenaje a sus raíces desde su presente y sus múltiples problemas, desde la violencia y la mezquindad hasta la solidaridad y la empatía a tientas.

 

Bleu (Francia/ Polonia/ Suiza, 1993)

Dirección: Krzysztof Kieslowski. Guión: Krzysztof Kieslowski y Krzysztof Piesiewicz. Elenco: Juliette Binoche, Benoît Régent, Florence Pernel, Charlotte Véry, Hélène Vincent, Philippe Volter, Claude Duneton, Hugues Quester, Emmanuelle Riva, Florence Vignon. Producción: Marin Karmitz. Duración: 98 minutos.

 

 

Blanc (1994), por Emiliano Fernández:

 

Fiel a su estilo, en Blanc (1994) Kieslowski unifica lo público y lo privado para emparejar los dilemas nacionales con los de la pareja protagónica, compuesta por el inmigrante polaco en París Karol (Zbigniew Zamachowski) y la francesa Dominique (Julie Delpy), una dupla que se desintegra y amaga con una vuelta a la cohesión de antaño en varias ocasiones a lo largo del metraje, jugando con el paradójico humanismo de los personajes -y el del propio cineasta- ya que aquí estamos ante una especie de triple anomalía dentro de lo que fue la Trilogía de los Colores: este eslabón intermedio es una comedia dramática hecha y derecha (a diferencia de la impronta más marcadamente trágica del trabajo previo y el posterior), el fluir narrativo está muy volcado a la sátira social/ romántica (las matufias capitalistas de siempre y el costado sadomasoquista tácito del cariño están en primer plano) y la obra de por sí apunta a explorar más la idiosincrasia polaca que su homóloga gala (si bien se podría decir que el relato indaga en las relaciones de poder subrayando la soberbia francesa para con Europa del Este, lo cierto es que el eje principal pasa por retratar las alegrías y miserias estrictamente polacas). La trama comienza con el divorcio en tribunales galos de Karol y Dominique, quien acusa a su ex de no consumar su amor desde que se casaron en lo que funciona como una metáfora de la condición de paria del extranjero en París y su incapacidad de sentirse un hombre íntegro y con plenos derechos. Desde un tono de farsa sutil y melancólica, el guión de Krzysztof Piesiewicz y el propio director nos presenta el periplo del protagonista en su vuelta a Polonia, escondido en una valija cortesía de Mikolaj (Janusz Gajos), un hombre dispuesto a pagarle para que lo “ayude” en su suicidio, y en el amasijo de una fortuna que lo transforma de mendigo expatriado a millonario imprevisto en Varsovia. La obsesión de Karol con su otrora esposa hace que todas sus acciones estén orientadas a reinstaurar el contacto con la mujer, no tanto vengarse o recuperarla en sí sino más bien volver a escucharla, verla o sentirla producto de un apego psicológico/ físico que va más allá de los recurrentes reduccionismos del séptimo arte al respecto o la simple necesidad de desquitarse por la humillación de endilgarle la etiqueta de “impotente” a ojos de la nación anfitriona. Así como el dinero aparece de la nada vía algo de especulación inmobiliaria que lo aleja del negocio familiar, léase la peluquería que tiene con su hermano Jurek (Jerzy Stuhr), la artimaña final en pos de lograr que Dominique viaje a Polonia -una que involucra nada menos que la escenificación del fallecimiento de Karol- sintetiza tanto esa tan anhelada relación de igualdad entre ambos como la misma palidez a la que apunta el título del film parafraseando la bandera y los ideales de Francia, un blanco que aquí equivale a la nieve de Varsovia y a un clima helado en general que nada tiene que ver con la pomposa elegancia turística de la colorida capital gala. En la película el país rico es representado por una mujer distante y frívola que abandona a su marido por falta de sexo y el país pobre está simbolizado en un hombrecillo que hace de la cultura del rebusque, la astucia y la improvisación sus mecanismos de subsistencia, sintiéndose a gusto y completo cuando por fin consigue en el desenlace -con ella en prisión acusada del “homicidio” de Karol- que Dominique perciba de primera mano la marginación e indiferencia que él sufrió en París, aunque con la paradoja de fondo de un amor hoy posible a nivel emocional pero muy complicado a nivel “práctico” por el aislamiento/ incomunicación/ destierro (ella entre rejas y él en plena fuga para que las autoridades no descubran el montaje de su muerte). La propuesta es otra pequeña gran muestra del genio de Kieslowski y no sólo en lo que atañe al análisis de la frustración amorosa, las manías cotidianas, la soledad, el azar más indócil, los traumas, la enajenación, los callejones sin salida y la espontaneidad, sino también si pensamos en el campo de lo tragicómico apenas sugerido, un sustrato camuflado muchas veces presente en la obra del realizador pero pocas veces tan de manifiesto como en Blanc.

 

Blanc (Francia/ Polonia/ Suiza, 1994)

Dirección: Krzysztof Kieslowski. Guión: Krzysztof Kieslowski y Krzysztof Piesiewicz. Elenco: Zbigniew Zamachowski, Julie Delpy, Janusz Gajos, Jerzy Stuhr, Aleksander Bardini, Grzegorz Warchol, Cezary Harasimowicz, Jerzy Nowak, Jerzy Trela, Cezary Pazura. Producción: Marin Karmitz. Duración: 92 minutos.

 

 

Rouge (1994), por Martín Chiavarino:

 

La última parte de la Trilogía de los Colores de Kieslowski, Rouge (1994), es la más simbólica en su compleja construcción narrativa y en su utilización del tono rojizo. El film que marcó el retiro cinematográfico del realizador polaco trabaja la simbología del color rojo a través del concepto de la fraternidad desde las contradicciones fundamentales de la condición humana, la filosofía del derecho y el valor del encuentro del amor en una historia platónicamente romántica que invoca numerosas cuestiones bíblicas alrededor de las figuras jurídicas y las estructuras legales. Aquí una joven y bella modelo y estudiante universitaria suiza conoce casualmente a un ex juez que espía las conversaciones telefónicas de sus vecinos como una especie de perverso pasatiempo solitario, lo que la lleva a reflexionar sobre la soledad, los límites de la privacidad, el amor, la compasión, el egoísmo y las relaciones familiares en base a su propia experiencia con su hermano, sus padres y su novio, un muchacho que la espera en Londres. Tras atropellar accidentalmente a la perra del juez, que deambulaba por las calles de París, la joven lleva a la pastora alemana al veterinario para curarla y la adopta tras el rechazo de su retraído dueño pero el can escapa nuevamente, esta vez para volver con su propietario original, quien parece no estar interesado en conservarla pero de todas formas mantiene las puertas abiertas para su continuo y paradójico regreso. Cuando la mujer descubre el extraño juego del juez jubilado se entabla una relación de complicidad muy profunda entre ambos y comienza una amistad que los llevará a crudas confesiones sobre sus vidas. Las escuchas telefónicas también conducen a ambos a descubrir un cariño deshecho entre un vecino de la chica y una vecina del juez en una historia de amor que parece repetir -a rasgos generales- la tragedia amorosa pasada del peculiar nuevo amigo de la modelo. Kieslowski crea, al igual que en sus obras anteriores, escenas y diálogos cortantes y secos en una trilogía signada por las tragedias y las incertidumbres sobre las historias personales y las emociones más versátiles. Los precisos intercambios entre los personajes narran la vida de la dupla con gran detalle, desarrollando y expresando sus sentimientos y dudas respecto de las cuestiones que marcan el pasado del veterano juez y el futuro de la prometedora modelo. Jean-Louis Trintignant e Irène Jacob componen a una pareja protagónica tan inconcebible como encantadora, seres que parecen desencontrarse pero que viven interconectados sin saberlo en una obra marcada por dispositivos alegóricos sobre la fraternidad como pilar máximo de las relaciones humanas. Del mismo modo que en el resto de la carrera del director de La Doble Vida de Verónica (La Double Vie de Véronique, 1991), los detalles cobran vida y añaden sentido a la narración en uno de los films más existencialistas de Kieslowski, quien logra contrastar la ficción y la esperanza con la realidad y la tragedia para darle un cierre perfecto a un tríptico en verdad maravilloso, recuperando así el valor del simbolismo en el séptimo arte.

 

Rouge (Francia/ Polonia/ Suiza, 1994)

Dirección: Krzysztof Kieslowski. Guión: Krzysztof Kieslowski y Krzysztof Piesiewicz. Elenco: Irène Jacob, Jean-Louis Trintignant, Frédérique Feder, Jean-Pierre Lorit, Samuel Le Bihan, Marion Stalens, Teco Celio, Bernard Escalon, Jean Schlegel, Elzbieta Jasinska. Producción: Marin Karmitz. Duración: 99 minutos.