El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice)

Libido de tres puntas

Por Emiliano Fernández

Si descontamos las dos últimas y ya más que redundantes adaptaciones cinematográficas de El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1934), el mega clásico de la novela negra de James M. Cain, aquellas encaradas desde Hungría por György Fehér en 1998 y desde Malasia por U-Wei Haji Saari en 2004, tranquilamente se puede afirmar que las cuatro primeras y más famosas traslaciones a la gran pantalla del libro constituyen un ejemplo paradigmático de las diferentes lecturas que pueden encararse a partir de un mismo material: el hecho de que las dos primeras versiones fueran europeas pinta de pies a cabeza el miedo que el Hollywood de mediados del Siglo XX le tenía a la novela corta de Cain y a su combinación explosiva de sexo y violencia, hablamos de la poco vista aunque bastante digna No Desearás la Mujer de tu Prójimo (Le Dernier Tournant, 1939), de Pierre Chenal, interpretación a la francesa más volcada al melodrama criminal, y de la siempre poderosa Obsesión (Ossessione, 1943), aquella ópera prima de Luchino Visconti que muchos consideran con justicia uno de los primeros ejemplos del neorrealismo italiano más agitado; y en lo que atañe a las dos lecturas hollywoodenses algo tardías, El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1946), dirigida por Tay Garnett y protagonizada por John Garfield, Lana Turner y Cecil Kellaway, y El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson y con Jack Nicholson, Jessica Lange y John Colicos, son prácticamente el agua y el aceite a nivel de la filosofía detrás de la historia y el desarrollo de personajes en concreto ya que mientras que la versión de los 40 estaba encarada desde el marco del film noir clásico y cierto esquematismo antirealista en materia de los protagonistas y la idiosincrasia en general del planteo retórico, la exégesis de los 80, en cambio, apuesta a una suerte de drama erótico carente de cualquier constricción moral en el que la animalización del sexo, las típicas paradojas de los seres humanos y la violencia al servicio de la desesperación patética ponen en entredicho el carácter hipócrita de civilidad de las sociedades e instituciones occidentales, aquí atacadas mediante la figura de un adulterio que termina siendo más valioso y urgente que la relación rubricada original.

 

Frank Chambers (Nicholson) es un vagabundo y verdadero experto en el arte de sobrevivir en la calle, señor que cuando un vendedor que lo llevó en su auto por la ruta (Christopher Lloyd) lo deja en una estación de servicio y restaurant de la California rural de 1934, simula ante el dueño del establecimiento, el inmigrante griego Nick Papadakis (Colicos), que el susodicho le robó la billetera y no puede pagar la comida, circunstancia que genera para su sorpresa que Papadakis le ofrezca un trabajo de mecánico en el lugar al que acepta sólo después de ver a la hermosa y bastante más joven esposa de su futuro jefe, Cora (Lange), una mujer insatisfecha que se mata trabajando y debe soportar al borrachín, tosco, gritón y caprichoso de Nick, con quien se casó por su dinero. No pasa mucho tiempo hasta que la fémina y Frank comienzan una relación romántica fogosa que provoca primero un intento de abandonar al marido de ella, proyecto que se viene abajo por el afán apostador de Chambers, y segundo una tentativa de homicidio basada en ella golpeando en la cabeza a su esposo mientras se duchaba, movida que también sale mal ya que el hombre sobrevive y para colmo todo coincide con la presencia amenazante de un policía en motocicleta (Jon Van Ness) y un corte de luz producto de un gato que tocó una caja de fusibles abierta por unos operarios que instalaron un cartel de neón. Decididos a materializar sí o sí el asesinato porque Papadakis regresa a la gasolinera con la idea de engendrar un vástago con la mujer, los amantes tejen un plan que implica emborrachar a la víctima, llevarlo en auto hasta un peñasco, golpearlo en la cabeza y arrojar el coche al vacío, no obstante el asunto deriva en una caída accidental de Chambers adentro del vehículo y en heridas serias. Eventualmente el abogado de turno, el Señor Katz (Michael Lerner), logra sacarlos libres a pesar de la táctica del fiscal, Sackett (William Traylor), de enfrentar a Frank y Cora para que se acusen recíprocamente en el juicio. Entre la extorsión fallida de un esbirro de Katz, Kennedy (John P. Ryan), una infidelidad de él con una domadora de felinos, Madge (Anjelica Huston), y mucha y entendible desconfianza de por medio, el amor renace de a poco cuando ella queda embarazada pero el vínculo en última instancia no puede escapar a su muy trágico destino.

 

El maravilloso guión de David Mamet, el primero del por entonces sólo dramaturgo para el cine, dialoga tácitamente con la adaptación de 1946 debido a que en esta oportunidad los rasgos de los personajes principales no están subrayados de modo grueso a escala dramática y la complejidad y contradicciones saltan a la vista todo el tiempo, lo que por supuesto nos lleva al terreno del realismo sucio y la sensualidad de talante semi pornográfico: en vez de aquella Cora de Lana Turner, una femme fatale tradicional que parecía controlar a los varones con sus deliciosas piernas y su impronta dominante, aquí tenemos a una Lange que se comporta como una mujer normal llorando cuando siente dolor, gritando cuando se asusta y adoptando una actitud pasiva en el día a día que se contrapone a su faceta putona en la cama, esquema que asimismo se extiende al mucho más bonachón e ingenuo Nick de Cecil Kellaway, el cual se ubica lejos de su homólogo malhumorado de Colicos, y al Frank de John Garfield en relación al tremendo trotamundos y buscavidas compuesto por el genial Nicholson, mucho más duro en su disposición pragmática y taciturna y gran diletante de las pequeñas estafas, la improvisación, las apuestas, los celos y hasta las arremetidas cercanas a la violación (basta con recordar, en este sentido, la legendaria escena de la cocina, cuando los amantes tienen sexo por primera vez a puro desenfreno y éxtasis virulento dentro de un fluir que arranca en el asalto furibundo, pasa por la masturbación mutua y termina en la vieja y querida penetración). Este sustrato primordial e instintivo de la atracción entre Cora y Frank, en contraposición a la conveniencia plutocrática del matrimonio entre Nick y la chica, el primero ganando un bombón sexual y la segunda consiguiendo una estación de servicio, también está representado a través de reacciones pasionales varias como la trompada que le pega en el culo a ella en una secuencia o el detalle de Cora mordiéndole la mano, algo que no sólo abarca los momentos iniciales de paz sino que además se extiende al plan macabro posterior para deshacerse del griego, recordemos para el caso el escupitajo de ella o cuando hacen el amor ante el cadáver de Papadakis después de que le regala un botellazo en la cabeza a Frank y éste le rasga la ropa y la golpea en el abdomen y el rostro.

 

Sin la narración en off del vagabundo del opus de Garnett y aquel desenlace moralista en el que para colmo se nos explicaba sin medias tintas el significado del título, lo que por cierto no está presente en la novela original de Cain, la traslación salvajona y esplendorosamente sincera de Rafelson, quien por cierto colaboró con Nicholson también en Cabeza (Head, 1968), Mi Vida es mi Vida (Five Easy Pieces, 1970), El Rey de Marvin Gardens (The King of Marvin Gardens, 1972), Ella Nunca se Niega (Man Trouble, 1992) y Sangre y Vino (Blood and Wine, 1996), se concentra menos en el sentimiento de culpa por haber faenado al insoportable de Papadakis y mucho más en el verdadero corazón del relato, la relación de índole sadomasoquista de ellos, jugada que implica obviar el dejo irónico del libro -en las páginas Frank termina siendo asesinado por el Estado porque se lo encuentra culpable de un crimen que no cometió, léase el fallecimiento en un accidente automovilístico de Cora para supuestamente quedarse con la gasolinera- y abrazar la dialéctica de las pasiones más cercanas al melodrama rosa sin inhibiciones ni mojigatería bobalicona, lógica representada en esa extraordinaria toma final en la que Chambers aleja su mano de la de la embarazada y ya fallecida Cora, tendida al costado del camino justo en el período en el que la pareja era feliz y había restituido la confianza -luego de la amargura y el infierno legal- y eliminado la libido de tres puntas. Suprimido el corolario jurídico/ ético/ comunal cual sentencia final contra el adulterio de fondo, lo que queda es el afecto inclaudicable entre ella y él y las vueltas funestas de un destino que parece no perdonar a nadie, pesimismo por antonomasia del film noir y de la novela original que enfatiza el significado de la abstracción del título, eso de que uno puede llegar a escapar de quien nos acecha una vez -sea la parca, el azar, la cruenta sociedad, el castigo penal, la propia torpeza, las utopías autodestructivas, etc.- pero eventualmente el peligro o el momento de rendir cuentas ante los demás y/ o con nosotros mismos tocará a la puerta y ya no será posible evadir el asunto, precisamente por ello nos topamos con sucesivos intentos por parte de la pareja central de eliminar al estorbo máximo del cariño, Nick, y de construir una vida compartida más allá de las esquirlas de lo hecho…

 

El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, Estados Unidos/ República Federal de Alemania, 1981)

Dirección: Bob Rafelson. Guión: David Mamet. Elenco: Jack Nicholson, Jessica Lange, John Colicos, Michael Lerner, John P. Ryan, Anjelica Huston, William Traylor, Thomas Hill, Jon Van Ness, Christopher Lloyd. Producción: Bob Rafelson y Charles Mulvehill. Duración: 122 minutos.

Puntaje: 9