Benedetta

Llena de gracia y sabiduría

Por Emiliano Fernández

La interrelación del sexo y el poder siempre estuvo presente en la carrera del querido Paul Verhoeven porque bajo la amalgama de violencia, maquiavelismo, imaginería prostibularia, mucho gore y pasiones desbordantes el legendario director holandés pensó los límites de la voluntad individual tanto dentro de lo público como en el ámbito privado ya que el dominio o sometimiento de un sujeto sobre el otro suele deberse a un lazo sadomasoquista complejo hermanado a la complicidad pasiva de la víctima y cierto placer que dependiendo de la coyuntura puede ser negado de manera maniática a pura hipocresía, amén de ese egoísmo del victimizante reglamentario que todos conocemos de sobra por los reduccionismos de la cultura mainstream y su idea del verdugo todopoderoso. Sirviéndose de la sinceridad del lenguaje del porno para construir una posición ideológica furiosamente antifascista y antiautoritaria, el señor trabajó el trasfondo disruptivo de la libido humana y su capacidad para incomodar a buena parte del vulgo y las elites en películas diversas como Delicias Holandesas (Wat zien ik, 1971), acerca de dos prostitutas de la zona roja de Ámsterdam, Delicias Turcas (Turks Fruit, 1973), sobre una pareja de amantes viscerales con desenlace trágico, Keetje Tippel (1975), retrato de una joven menesterosa que triunfa en el mundo de las meretrices del Siglo XIX, Descontrol (Spetters, 1980), acerca de un trío de muchachos vinculados a las carreras de motos y su identidad sexual y de clase trabajadora, El Cuarto Hombre (De Vierde Man, 1983), exploración cuasi surrealista en torno a una viuda negra, Carne+Sangre (Flesh+Blood, 1985), parábola alrededor de una suerte de caso de Síndrome de Estocolmo en la Europa Medieval, Bajos Instintos (Basic Instinct, 1992), análisis de las redes de manipulación de una novelista y femme fatale incontrolable, Showgirls (1995), sobre el accidentado derrotero de una bella bailarina de Las Vegas, El Hombre sin Sombra (Hollow Man, 2000), reinterpretación de la historia del hombre invisible pero ahora como un voyeurista megalomaníaco, El Libro Negro (Zwartboek, 2006), acerca de la infiltración íntima -muy íntima en serio- de la resistencia holandesa en los mandos de los Países Bajos ocupados por la Alemania nazi, Engañado (Steekspel, 2012), sobre un ejecutivo casado que se enfrenta al embarazo de su amante, y Ella (Elle, 2016), estudio psicológico de una mujer despiadada, cabeza de una compañía de videojuegos, que padece una rauda violación y se propone identificar/ hallar por cuenta propia al responsable enmascarado de dicho ataque.

 

El resto de la filmografía de Verhoeven, léase El Soldado de Orange (Soldaat van Oranje, 1977), RoboCop (1987), El Vengador del Futuro (Total Recall, 1990) e Invasión (Starship Troopers, 1997), también incorpora ingredientes aislados del film noir de cadencia erótica aunque está más cerca de la parodia del militarismo a través de unas hipérboles formales más volcadas a las carnicerías y a la pompa del cine de acción que a la anatomía de los protagonistas en sí, algarabía sensual que por cierto lo ha convertido con el transcurso de las décadas en uno de los pocos directores que han sabido trasladar el carnaval sexploitation de los 60 y 70 hacia un cine valioso que combina la efervescencia carnal con un discurso muy inteligente de impronta antiinstitucional y anticapitalista. Ahora bien, un rubro con el que todavía no había jugado era el nunsploitation, el cine de explotación consagrado a la existencia monástica/ sacerdotal/ devota y sus pormenores más perversos o bien inmundos, esquema productivo que comenzó con las primigenias Madre Juana de los Ángeles (Matka Joanna od Aniolów, 1961), de Jerzy Kawalerowicz, La Religiosa (La Religieuse, 1966), de Jacques Rivette, La Monja de Monza (La Monaca di Monza, 1969), de Eriprando Visconti, y Los Demonios (The Devils, 1971), de Ken Russell, y que se expandiría profusamente mediante propuestas heterogéneas en sintonía con Escándalo en el Convento (Le Monache di Sant’Arcangelo, 1973), de Domenico Paolella, La Transgresora (Seijû Gakuen, 1974), de Norifumi Suzuki, Flavia, la Novicia Musulmana (Flavia, la Monaca Musulmana, 1974), de Gianfranco Mingozzi, Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), de Gilberto Martínez Solares, Monja de Clausura: la Confesión de Runa (Shûdôjo Runa no Kokuhaku, 1976), opus de Masaru Konuma, Cartas de Amor a una Monja Portuguesa (Die Liebesbriefe einer Portugiesischen Nonne, 1977), de Jesús Franco, Alucarda, la Hija de las Tinieblas (1977), de Juan López Moctezuma, Interior de un Convento (Interno di un Convento, 1978), del célebre Walerian Borowczyk, La Monja Homicida (Suor Omicidi, 1979), de Giulio Berruti, e Imágenes de un Convento (Immagini di un Convento, 1979), de Joe D’Amato, un acervo ultra trash que se completa con las tardías La Verdadera Historia de la Monja de Monza (La Vera Storia della Monaca di Monza, 1980), de Bruno Mattei, El Otro Infierno (L’Altro Inferno, 1981), también de Mattei, Entre Tinieblas (1983), del gran Pedro Almodóvar, y La Monja del Pecado (La Monaca del Peccato, 1986), otra odisea del imponderable D’Amato.

 

Basado en Actos Inmodestos: La Vida de una Monja Lesbiana en la Italia del Renacimiento (Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy, 1986), investigación de la historiadora norteamericana Judith C. Brown, el guión del realizador y David Birke, este último el mismo de Ella, está inspirado en guiones previos de nada menos que Jean-Claude Carrière y Gerard Soeteman y se centra en Benedetta Carlini (Elena Plonka cuando niña, Virginie Efira ya de adulta), al comienzo del relato una nena que evita que unos bandidos le quiten un collar valioso a su madre, Midea (Clotilde Courau), afirmando que un pajarito es la representación de la Virgen María y observando cómo el animal le caga en la cara a unos de los malhechores, a los que les resulta tan hilarante el incidente que desisten del robo. Momentos luego es su padre, el ricachón Giuliano Carlini (David Clavel), quien la entrega a la Abadesa (esa siempre gloriosa Charlotte Rampling), la mandamás femenina de un convento de Toscana del Siglo XVII, para que se transforme en una monja respetando una supuesta promesa hecha al nacer la mocosa debido a que ésta estuvo a punto de morir y fue salvada por un milagro, así las cosas el progenitor juró encomendársela al propio Dios. Para aceptarla como una nueva esposa de Jesús la Madre Superiora no se contenta con naranjas, manzanas y vino por 25 años y por ello le exige a Giuliano cien escudos de oro, algo que acepta y en la primera noche en el recinto sagrado una escultura de la Virgen se le cae encima a la niña sin aplastarla, cuando rezaba pidiendo asistencia por su soledad, y hasta ofreciéndole un seno desnudo para que beba. Pasan 18 años y Benedetta se convierte en actriz amateur y fantasea con un Jesús aguerrido que la defiende de violaciones en grupo y serpientes y se comporta como un caballero, no obstante todo cambia cuando un día ingresa a la abadía pidiendo socorro Bartolomea (Daphne Patakia), una campesina que fue tomada por esposa por su padre, un pastor de ovejas (Frédéric Sauzay), a posteriori de la muerte de su madre por la peste, lo que implica palizas repetidas del patriarca y violaciones cortesía de los hermanos de la muchacha. Giuliano accede al reclamo de asilo piadoso de Benedetta y compra a Bartolomea como un regalo para su hija, pagando su comida y dándole diez dinares al hombre para que reemplace a la hembra como pastora adquiriendo perros. Ambas mujeres con el tiempo se hacen amigas y después amantes cuando Carlini logra suplantar a la Abadesa, rebautizada Hermana Felicita, diciendo que sobrelleva los estigmas cristianos.

 

Verhoeven ya había coqueteado con el pasado salvajón y oscurantista en Carne+Sangre, con el lesbianismo algo kitsch sobre todo en Bajos Instintos y Showgirls y hasta con las visiones religiosas en ocasión de El Cuarto Hombre, recordemos aquellas premoniciones bizarras protagonizadas por la Virgen María que tenía el protagonista, Gerard Revé (Jeroen Krabbé), sin embargo es Benedetta (2021) su primera incursión en los entretelones de la hegemonía mística y sinceramente el resultado no podría ser mejor porque el cineasta en esta oportunidad vuelca sus clásicas explosiones sexuales, frenéticas y virulentas hacia una exploración maravillosa de los puntos en común entre el poder sacro, el secular social y el institucional nauseabundo promedio, pensemos en detalles como el dedo amputado de la Hermana Jacopa (Guilaine Londez), esa teta rebanada en una de las muchas alucinaciones de Carlini, la efigie de madera de la Virgen María que le dio su madre reconvertida en consolador, aquella mano quemada de Bartolomea cuando es obligada a sacar unas bobinas de hilo de seda del agua hirviendo, esos gritos y compulsiones de la protagonista que sus pares calman con jugo de amapola, las cucarachas en el cajón de la cómoda de Benedetta cual vida pasada dejada en el olvido, el gore alucinógeno de los estigmas y de las heridas y decapitaciones de las fantasías de la monja, el suicidio arrojándose al vacío de la Hermana Christina (Louise Chevillotte), una religiosa que denuncia la falsedad del carácter de santa de Benedetta y no recibe el apoyo de la Abadesa, todas las extraordinarias secuencias de sexo entre Bartolomea y el personaje de Efira sin saber que son espiadas por la Hermana Felicita a través de un agujero en la pared de la recámara de la Abadesa, “habilitado” para estos menesteres justo antes de abandonar el recinto para dejárselo a su feroz sucesora, los autolatigazos de Christina entre lágrimas como castigo por enfrentarse sin éxito a Benedetta y el irrefrenable placer sádico que generan en esta última, las procesiones del espanto con motivo de la plaga acechante y finalmente la tortura vaginal de la criatura de la hipnótica Patakia para que confiese haber entablado una relación lésbica con Carlini y haber jugado con aquel consolador de madera, tallado a partir de la pequeña imagen de la Virgen María de su compañera de cuarto. El film evita todo discurso feminazi contemporáneo y apenas si subraya a través de la boca de Christina que las monjas deberían elegir ellas mismas a su Abadesa, planteo que se complementa con el hecho de que los jerarcas masculinos del convento, el sacerdote confesional designado, Paolo Ricordati (Hervé Pierre), y el Abad de turno, Alfonso Cecchi (Olivier Rabourdin), son fácilmente manipulados por Benedetta vía el circo de los estigmas del mismo modo que su contraparte, la figura inquisitoria externa símil embajador papal, el Nuncio de Florencia (un eficaz Lambert Wilson), es controlado por la ex Abadesa/ Hermana Felicita en un enfrentamiento directo e indirecto entre las dos mujeres por el predominio bajo las máscaras varoniles de cada caso. En vez de las víctimas desvalidas o las heroínas irreales o caricaturescas del feminismo marketinero de nuestros días, el opus de Verhoeven construye mujeres complejas, contradictorias y tan repugnantes a escala moral como los hombres ya que la protagonista por momentos parece consciente de sus maniobras en pos de escalar posiciones y en otros instantes se asemeja a una chiflada verídica que se cree instrumento y portavoz irrenunciable de Jesús, señorita que de hecho habla con voz masculina en episodios esporádicos a lo posesión que alertan sobre la llegada de la peste y el rol de salvadora popular de Benedetta en el asunto, asimismo la Abadesa de Rampling es otra víbora suprema que se ve insólitamente desplazada de su cargo cuando la cúpula masculina, Cecchi y Ricordati, ratifica el sustrato milagroso de los estigmas aunque en el desenlace, ya contagiada de una plaga que parece llevar consigo el Nuncio desde la procesión y ese contacto fugaz con los desesperados y agonizantes, también se somete a la supuesta intervención divina de Benedetta apelando a su gracia y su sabiduría cristiana de primera mano. La monja del título a su vez está apuntalada en secundarios perfectos que la complementan tanto desde la amistad como desde la animadversión, así tenemos por un lado a una Bartolomea que despierta el ardor lésbico y en esencia le pide desesperadamente que deje de mentir y asuma que aquellos que hoy la defienden por considerarla una santa mañana la incinerarán si falla alguna de sus predicciones o no cumple su papel autoasumido de amuleto que estando con vida garantiza la inmunidad de sus fieles ante la enfermedad sin nombre que todo lo arrasa, y por el otro lado a una Christina que le señala a la Abadesa el vidrio utilizado por Carlini para hacerse las heridas en manos, pies, cadera y cabeza simulando el martirio de Jesucristo y la porfiada conexión espiritual entre ambos, algo que la susodicha explica en la intimidad compartida con su amante aseverando que todo tiene que ver con la voluntad de Dios y la pérdida temporaria del control sobre sí misma para que Jesús se manifieste sirviéndose de su cuerpo, desconociendo las minucias prosaicas o sus mecanismos. La exégesis del holandés del nunsploitation resulta fascinante porque quiebra sutilmente la preponderancia masculina de antaño, con los machos siendo antes verdugos previsibles y autosuficientes y hoy mutando en títeres bobos de las hembras, y debido a que también evita el calvario femenino estándar con un remate en el que en lugar de ver cómo se consume en las llamas la protagonista por ser una ninfa lujuriosa imparable, latiguillo repetido del formato y de su primo hermano, el horror gótico en general, aquí nos topamos no sólo con el escape del fuego de Benedetta sino con el asesinato a manos del pueblo del inquisidor designado, el Nuncio del Vaticano, y hasta el regreso posterior de Carlini a la ciudad fortificada donde se ubica el convento, todavía con la egolatría a tope y para colmo aún creyendo -siempre en apariencia, ya que la sana ambigüedad es la regla máxima de la película- que es una enviada de los cielos que sobrevivirá a cualquier embate que le ponga adelante el destino, esquema que se reproduce desde el vamos en el prólogo mediante los comentarios de su padre, eso de que se salvó de fallecer siendo una beba, y a través de los episodios con los bandidos y la estatua en tamaño real de la Virgen María ofreciéndole un pecho al descubierto como señal de protección maternal. El rostro paradójico de la tiranía y el sometimiento cotidiano, esta imposición que se perpetúa en una víctima que tiene fe en el marco conceptual que hace posible la hegemonía al punto de extraer regocijo del olvido, la humillación y el conformismo, queda en constante primer plano en el devenir narrativo de un Verhoeven muy astuto que deja de lado todo preciosismo cinematográfico afectado y apuesta a una fotografía, a cargo de Jeanne Lapoirie, y una música incidental, en manos de Anne Dudley, que se mueven dentro del naturalismo invisible del mejor cine de género ya que en esta ocasión lo crucial es la trama y el desempeño parejo y excelente de un elenco en el que se destaca lo hecho por la perfecta Efira, intérprete belga muy talentosa que participó en Ella en el rol de Rebecca, la esposa del vecino de la protagonista en la piel de Isabelle Huppert, y a la que pudimos ver en las coloridas Mi Peor Pesadilla (Mon Pire Cauchemar, 2011), de Anne Fontaine, 20 Años no Importan (20 Ans d’écart, 2013), de David Moreau, En Solitario (En Solitaire, 2013), de Christophe Offenstein, Pastel de Pera con Lavanda (Le Goût des Merveilles, 2015), de Éric Besnard, Un Hombre a la Altura (Un Homme à la Hauteur, 2016), de Laurent Tirard, Victoria y el Sexo (Victoria, 2016), de Justine Triet, Nadando por un Sueño (Le Grand Bain, 2018), de Gilles Lellouche, Un Amor Imposible (Un Amour Impossible, 2018), de Catherine Corsini, y Adiós, Idiotas (Adieu les Cons, 2020), del amigo Albert Dupontel. Benedetta es un atentado sacrílego contra los sentidos adormecidos del espectador castrado, abúlico, conservador y retrasado mental del nuevo milenio desde el mejor nihilismo ético descarnado, uno que sabe apelar al sexo clandestino, a la sátira del catolicismo y al oportunismo en espiral de las figuras de autoridad -y de los candidatos a serlo- para denunciar las mafias gubernamentales plutocráticas y los delirantes que las justifican y se mueven por detrás, sin que importe el género de cada uno de ellos…

 

Benedetta (Países Bajos/ Francia, 2021)

Dirección: Paul Verhoeven. Guión: Paul Verhoeven y David Birke. Elenco: Virginie Efira, Charlotte Rampling, Daphne Patakia, Lambert Wilson, Olivier Rabourdin, Louise Chevillotte, Hervé Pierre, Clotilde Courau, David Clavel, Guilaine Londez. Producción: Saïd Ben Saïd, Michel Merkt y Jérôme Seydoux. Duración: 126 minutos.

Puntaje: 10