Reflejos en un Ojo Dorado (Reflections in a Golden Eye)

Lo diminuto y grotesco

Por Emiliano Fernández

La carrera del enorme John Huston cuenta con diversas facetas que se corresponden a los múltiples intereses del director y guionista en tanto artesano maravilloso a lo largo de las décadas: desde ya que sus vertientes creativas más famosas son las vinculadas al acervo agridulce de las aventuras, aquel de El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), Rompiendo las Cadenas (We Were Strangers, 1949), La Reina Africana (The African Queen, 1951), La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953), Moby Dick (1956), El Cielo fue Testigo (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957), Las Raíces del Cielo (The Roots of Heaven, 1958) y El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), y al film noir entre irónico y realista ultra sucio, ese de las también inmortales El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941), Huracán de Pasiones (Key Largo, 1948), Mientras la Ciudad Duerme (The Asphalt Jungle, 1950) y El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985), sin embargo también tenemos propuestas bélicas como Alma de Valiente (The Red Badge of Courage, 1951) y Fuga a la Victoria (Victory, 1981), el espionaje de A Través del Pacífico (Across the Pacific, 1942), La Lista de Adrián Messenger (The List of Adrian Messenger, 1963), La Carta del Kremlin (The Kremlin Letter, 1970) y El Emisario de Mackintosh (The Mackintosh Man, 1973), el western crepuscular más heterodoxo de Lo que no se Perdona (The Unforgiven, 1960), Los Inadaptados (The Misfits, 1961) y El Juez del Patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), y sobre todo su rama profesional más prolífica y menos tenida en cuenta por el público y la crítica desde siempre, esa de los dramas más o menos intimistas que explicitaron cuánto se hermanaba su obra en general a la visceralidad y la poesía del derrotado o excluido social, en este caso conviene tener presentes La Hiena (In This Our Life, 1942), Moulin Rouge (1952), Freud (1962), La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, 1964), Reflejos en un Ojo Dorado (Reflections in a Golden Eye, 1967), Paseo por el Amor y la Muerte (A Walk with Love and Death, 1969), Ciudad Dorada (Fat City, 1972), Sangre Sabia (Wise Blood, 1979), Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984) y Desde Ahora y para Siempre (The Dead, 1987), todas faenas fascinantes y de una riqueza conceptual suprema que se destaca por sobre la levedad boba e inofensiva de Hollywood.

 

Huston en Reflejos en un Ojo Dorado, basada en la novela homónima de 1941 de Carson McCullers, explora temáticas como la soledad, la represión sexual y la hipocresía a nivel doméstico o íntimo que ya había trabajado desde un prisma bastante depresivo en Los Inadaptados, última película de Marilyn Monroe y Clark Gable, y que volvería a analizar en ocasión de Paseo por el Amor y la Muerte, el delicado debut de su hija Anjelica, no obstante el film que nos ocupa se diferencia de aquellas al adoptar de lleno la arquitectura del melodrama más descocado y gloriosamente perverso como si se tratase de una mixtura imposible entre los dos clásicos citados y ciertos motivos que a posteriori serían retomados por otras películas, pensemos en la obsesión con homologar a los caballos con divinidades de la libido de Equus (1977), joya de Sidney Lumet inspirada en la puesta teatral de 1973 de Peter Shaffer, y en la misma coyuntura narrativa de una base militar sacudida por una generosa dosis de locura y angustia sexual de Cielo Azul (Blue Sky, 1994), canto del cisne del británico Tony Richardson. Aquí el desarrollo de personajes se come a una potencial historia tradicional y gira en torno al Mayor Weldon Penderton (un extraordinario Marlon Brando que atravesaba la génesis de su resurgimiento profesional), instructor de estrategia de combate en una base castrense del sur de Estados Unidos a finales de la década del 40 del siglo pasado, y su esposa Leonora (Elizabeth Taylor), hija de un jerarca militar que a su vez pertenece a un largo linaje aristocrático en lo más alto de las Fuerzas Armadas, dúo que no es precisamente feliz en primera instancia porque él es un homosexual reprimido que no manifiesta demasiado interés por su mujer y adora robar pequeños tesoros fetichizados de otros hipotéticos gays, como la cuchara de plata de ese Capitán Murray Weincheck (Irvin Dugan) que toca el violín, bebe sólo té y lee a Marcel Proust, y en segundo lugar debido a que ella cuenta con rasgos sádicos ya que por un lado ama refregarle en la cara al marido su nula virilidad y por el otro lado mantiene un romance con un vecino y amigo de la pareja, el Teniente Coronel Morris Langdon (Brian Keith), otro jerarca algo patético que no sabe cómo lidiar con su esposa, Alison (Julie Harris), la cual sabe del affaire y lleva tres años de depresión luego del óbito de su beba, Catherine, y de cortarse los pezones con unas tijeras.

 

Los dos matrimonios, interconectados como están por la sobrecarga sexual o la ausencia de ella, en realidad son triángulos porque literalmente tienen enquistados a un tercer vértice que no pretende abandonarlos por nada del mundo, en el caso de los Langdon nos referimos a un asistente filipino y amigo/ confidente muy cercano de Alison que responde al nombre de Anacleto (único trabajo del genial Zorro David), homosexual que no oculta su condición porque adora pintar acuarelas con la señora de la casa, entregarse a disquisiciones cuasi surrealistas o simular ser un bailarín de ballet, y en lo que atañe a los Penderton tenemos a un soldado raso muy misterioso, L.G. Williams (el debutante y perfecto Robert Forster), que oficia de mozo de cuadra en el establo de la base y trata con cariño a todos los caballos y en especial al semental blanco de Leonora, Pájaro de Fuego (Firebird), un animal que la susodicha atesora con pasión. El guión de Chapman Mortimer y Gladys Hill, esta última también colaboradora narrativa del realizador en La Carta del Kremlin, El Emisario de Mackintosh, El Hombre que Sería Rey y Fobia (Phobia, 1980), respeta en gran medida la novela de McCullers y funciona a través de sucesivos catalizadores de cambios, primero el descubrimiento por parte de Williams de la esposa del mayor cuando es llamado al hogar a despejar de follaje una parte del terreno trasero para una fiesta, lo que genera que el soldado de allí en más ingrese de noche a la vivienda para ver dormir a Leonora y oler sus perfumes y ropas, segundo la atracción de Weldon hacia L.G. porque un día él, su mujer y Morris se topan en el bosque con el soldado montando desnudo una yegua negra del establo que suele solicitar al capataz (Gordon Mitchell) cuando termina sus labores, encuentro azaroso que desencadena la obsesión romántica del superior hacia su subalterno y las ganas de vengarse de Leonora vía Pájaro de Fuego, a quien pretende domar con colosal torpeza para terminar golpeándolo a pura brutalidad, y tercero el colapso definitivo de Alison cuando pasa de ver ingresar a Williams por las noches en la casa vecina a encararlo creyendo que es Morris, al cual le pide el divorcio y le dice que su amante le mete los cuernos sin saber que la femme fatale de Taylor, una genia de la actuación como pocas, nada sabe de las visitas o el acoso silente del soldado, panorama que lleva a la internación psiquiátrica y la muerte de Alison.

 

La obra maestra ninguneada de Huston, por cierto una usina irrefrenable de obras maestras ninguneadas por los lelos de la prensa y de la fauna cinéfila más cavernícola, aprovecha al máximo no sólo las libertades que ofrecía en la época la desaparición del espantoso Código Hays, aquel sistema de censura hollywoodense que se aplicó desde mediados de los años 30 hasta el final de la década del 60, sino además las características de base del gótico sureño de McCullers, ella misma una lesbiana frustrada que fue rechazada por todas sus posibles amantes, un género literario y cinematográfico muy vinculado a adalides de la soledad, la marginación y la demencia cuasi bizarra que se debatían de manera permanente entre el refugio psicológico del interior y la necesidad de un intercambio comunicacional con un afuera que los apaleaba en su búsqueda de cariño, amistad, comprensión o una mínima compañía que aminore esta vorágine solipsista tendiente al suicidio o el sadomasoquismo tácito. En este sentido basta con pensar que el retrato de los gremios masculino y femenino de Reflejos en un Ojo Dorado es francamente apocalíptico, ambos pintados como crueles, las mujeres como banales e histéricas y los hombres como pusilánimes y delirantes aunque con excepciones, por ello a la sensibilidad, ternura y fragilidad extrema de Alison se opone el individualismo igualmente exacerbado de Leonora, una persona superficial, basureadora, semi analfabeta y cercana al alcoholismo y la ninfomanía, y por ello el discurso machista light y honesto de Morris se contrapone a los intentos de “curarse” de Weldon vía gestos risibles en línea con levantar pesas, manifestar indignación ante las cabalgatas al desnudo de L.G. o tratar de domar al garañón de su esposa, provocando que la mujer le regale una serie de golpes en la cara con una fusta y en medio de la mentada fiesta en plan de revancha por haber dejado agonizante al caballo a raíz de la paliza y una corrida absurda sobre un campo empinado, de allí se desprende que el adusto mayor, además un esquizofrénico que habla solo y un fetichista cleptómano, no pueda sustentar con los hechos de su vida privada lo que gusta repetir a los cadetes en público, aquello de que la fortaleza y la disciplina son sinónimos de triunfo y la debilidad amanerada equivale a un fracaso que nos hunde en la ruina ya que mostrarnos piadosos y/ o emotivos nos deja a merced del canibalismo social.

 

Además de criticar al chauvinismo y al fariseísmo militar, planteo discursivo que abarca tanto la masculinidad castrada de Penderton y el carácter caricaturesco y autoindulgente de Langdon como significantes vacíos -y hasta necios, considerando el rumbo de los hechos- que oímos en clase como confianza, liderazgo, iniciativa, control, lealtad, orgullo y honor, palabras que mutan en chistes frente a las traiciones cruzadas entre los personajes y para con ellos mismos y su identidad, Reflejos en un Ojo Dorado no cae en corrección política alguna porque la feminidad y la homosexualidad no son de por sí un “antídoto” ante la toxicidad neurótica masculina, como nos quieren hacer creer los mamarrachos del sermón barato marketinero correspondiente al mainstream del Siglo XXI, recordemos que Alison en última instancia no tiene fuerza para hacerle frente a su esposo y por ello muere fuera de pantalla de un infarto, que a Leonora no le importa tener sexo con Langdon justo después de la muerte de la esposa del teniente coronel y que los gays del relato tampoco consiguen mancomunarse o siquiera alcanzar algún tipo de felicidad, así Weincheck es forzado a dimitir del ejército, Anacleto desaparece de repente después del óbito de Alison y Weldon, por su parte, acribilla a tiros a Williams por celos al descubrir que el objeto del deseo del soldado no era él sino Leonora, algo muy denigrante por la eterna posición de desvalidas de las féminas en tanto “enfermedad contagiosa”. Al coquetear con el homoerotismo mediante la representación de una vida militar que los personajes homologan al paraíso de hombres simples, limpios, saludables y en una convivencia que de idílica no tiene nada, el film logra imponer a Pájaro de Fuego como un Dios semental de la sexualidad sin inhibiciones y a L.G. y Anacleto, el primero un muchacho virgen y voyeurista y el segundo un esclavo feliz que renunció al coito, como los Adonis del relato y únicas criaturas verdaderamente libres, presencias mágicas de la libido, el arte y una locura lírica que se equipara a lo depravado en la existencia fascistoide castrense y se opone a las humillaciones recíprocas y al amor como despecho asesino, éste simbolizado en la legendaria toma hiperquinética del desenlace del mismo modo en que la mirada de Williams y el ojo dorado del pavo real que pinta Anacleto hacen las veces de un espejo para lo diminuto y grotesco del devenir de cada ser humano…

 

Reflejos en un Ojo Dorado (Reflexions in a Golden Eye, Estados Unidos, 1967)

Dirección: John Huston. Guión: Chapman Mortimer y Gladys Hill. Elenco: Marlon Brando, Elizabeth Taylor, Brian Keith, Julie Harris, Zorro David, Gordon Mitchell, Irvin Dugan, Fay Sparks, Robert Forster, Harvey Keitel. Producción: John Huston y Ray Stark. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 10