El Poder del Perro (The Power of the Dog)

Lo dominado ante lo dominante

Por Emiliano Fernández

La neozelandesa Jane Campion forma parte de ese grupito de directores/ directoras que generan polémicas eternas porque pocos cinéfilos se ponen de acuerdo en torno a la calidad de las obras de la realizadora, algunos opinando que es una de las mejores cineastas de la generación de las décadas del 80 y 90 dentro del ámbito del indie, un buen ejemplo de la influencia de entonces de los lenguajes del videoclip y la publicidad en la pata lírica de las cinematografías periféricas de fin del Siglo XX, y otros tantos considerando que sólo se trata de una artista mediocre o por lo menos muy errática que compensa con el preciosismo visual la ausencia de verdadera complejidad en su discurso, típico pastiche arty/ festivalero de las últimas décadas que fue mutando a nivel ideológico desde un feminismo más o menos burdo a un relativismo nihilista -nuevamente- maquillado de poesía redundante y una seudo experimentación con la estructura y el acabado formal de los relatos. Ambos pareceres algo de razón tienen porque existen películas que los ratifican por separado o en conjunto, basta con pensar que a una primera etapa inspirada que abarcó a Sweetie (1989), Un Ángel en mi Mesa (An Angel at my Table, 1990) y La Lección de Piano (The Piano, 1993), por lejos su propuesta más famosa en todo el mundo, le siguió una madurez muy accidentada que ofreció desde opus anodinos como Retrato de una Dama (The Portrait of a Lady, 1996) y El Amor de mi Vida (Bright Star, 2009) hasta films claramente insoportables en sintonía con Humo Sagrado (Holy Smoke, 1999) y En Carne Viva (In the Cut, 2003), obras que terminaron licuando su carrera al punto de que la mujer había caído en el olvido hasta un reciente renacimiento que sinceramente nadie esperaba como tampoco pretendía.

 

El primer indicio de un repunte en la carrera de Campion fue Top of the Lake (2013), una serie de misterio protagonizada por Elisabeth Moss y realizada para el Sundance Channel que sin ser una maravilla por lo menos indicaba que la directora aún podía ofrecer algo valioso sin caer tanto en la versión más deficitaria de sus latiguillos formales y temáticos de siempre, experiencia exitosa que eventualmente derivó en una secuela potable aunque un poco inferior, Top of the Lake: China Girl (2017). El Poder del Perro (The Power of the Dog, 2021), su primer largometraje en doce años, ratifica el rumbo y si bien no ofrece nada particularmente nuevo resulta indudable que la realizadora por fin le encontró la vuelta a su intento permanente de reconciliar sus pretensiones artísticas más o menos inconformistas con un relato coherente y focalizado que no caiga sólo en la victimización automática del género femenino, su gran fetiche ideológico, o en la belleza por la belleza en sí, fotografía etérea y escenas prolongadas en balde de por medio. La película es un melodrama -a la par de venganza y de marginados, vertiente homosexual de clóset- disfrazado de western revisionista a lo Secreto en la Montaña (Brokeback Mountain, 2005), de Ang Lee, aunque sin ser tan tradicional o previsible en lo que a la relación entre los personajes se refiere y entre ellos y el contexto comunal en general, lo que por cierto le permite a la cineasta por un lado dejar de aburrir con las tribulaciones femeninas en espiral y abrir el abanico de los personajes fundamentales hacia otros colectivos, como hiciese en Top of the Lake, y por el otro lado recuperar mucho de aquella tensión erótica de La Lección de Piano, además de su ambigüedad, su delicadeza y ese desarrollo misterioso de personajes de modo fragmentado.

 

La historia, sencilla y tenue a más no poder, está basada en la novela homónima de 1967 de Thomas Savage y gira alrededor de una familia de ganaderos de Montana en 1925 que está encabezada por los hermanos Phil (Benedict Cumberbatch) y George Burbank (Jesse Plemons), el primero un macho alfa dominante y sádico y el segundo una criatura sumisa y siempre tendiente a evitar los conflictos. Mientras que Phil es un banjista y ex universitario solitario que gobierna el rancho con mano de hierro e idolatra a una figura masculina ya fallecida que actuó de mentor, el mítico jinete Bronco Henry, George es menos propenso a endiosar la vida bucólica y queda prendido de una viuda dueña de un restaurant y albergue, Rose (Kirsten Dunst), quien viene del suicidio de su esposo alcohólico y cuyo hijo es gay, el estudiante de medicina Peter (Kodi Smit-McPhee). George se casa con la fémina y la lleva a la mansión de los Burbank, donde un Phil sintiéndose asediado por la presencia de la extraña la categoriza como trepadora ante la apatía del flamante matrimonio, para colmo su marido no comprende que Rose no se halla a sí misma en el campo porque debe agradar a invitados poderosos como el Gobernador del Estado (Keith Carradine), ante el cual la presiona para que toque el piano como solía hacer como acompañamiento de las películas mudas. Phil la tortura con su ninguneo y su agresividad distante al extremo de llevarla al alcoholismo, momento en el que visita la casona Peter, el cual comprende la situación de peligro para su madre y planea una revancha en pos de sacarle de encima al mandamás, un homosexual reprimido al que descubre al hallar unas revistas ocultas pertenecientes a su modelo, Bronco Henry, con quien protagonizó un evidente affaire durante su adolescencia.

 

Campion comienza la faena centrándose en apariencia en George, después redirecciona el asunto hacia la afligida Rose y termina el derrotero en la frialdad enmascarada de fragilidad de Peter, por supuesto sin descuidar en ningún momento al verdadero horizonte de la trama, un Phil que no funciona únicamente como un típico ejemplo de masculinidad tóxica sino que asimismo toma la forma de un victimario que es víctima porque no puede asumir su identidad dormida, esa condición de gay, y eso se traduce en una virulencia que de todos modos nunca termina de explotar porque el guión de la neozelandesa puede jugar con todos los resortes dramáticos de los melodramas de los 50 de Douglas Sirk, Elia Kazan y George Stevens pero siempre termina implosionando de manera bastante light dentro del alma en crisis de los cuatro protagonistas. De hecho, Campion aquí arrastra problemas de siempre de su producción como una duración general excesiva, hoy con una media hora de más de metraje, y demasiados instantes repetitivos, léase esas secuencias preciosistas ya copiadas hasta el hartazgo por un mainstream y un indie que emprolijaron y embellecieron el acervo cinematográfico en exceso, sin embargo consigue mantener un nerviosismo símil suspenso a través del recurso de filmar esta dolorosa convivencia entre opuestos que se parecen como si se tratase de una odisea de terror asfixiante, incentivando desde la cautivadora fotografía de Ari Wegner, aunque por momentos demasiado oscura, la excelente música de Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead, y las actuaciones hiperbólicas o silentes del elenco, con el prodigioso Cumberbatch como el exponente más claro, la angustia entrecruzada de fondo. Como decíamos antes, lo mejor de El Poder del Perro, título que hace referencia a la hegemonía en la jauría familiar y laboral de Phil aunque también a una estampa canina que sólo el susodicho y Peter pueden vislumbrar en unas montañas vecinas, se resume en sus indeterminaciones y múltiples paradojas, marca registrada retórica de Campion y su idea de no idealizar a nadie porque el homosexual puede ser un tirano, la ama de casa una esclava patética y cómplice de su calvario, su marido un cobarde que se escuda en la corrección política para nunca defenderse y finalmente el púber un asesino o psicópata en potencia, como lo demuestran sus planes y movidas subrepticias con el carbunco/ ántrax y su proyecto de enamorar a Phil para que baje la guardia y llevarlo a la tumba, suerte de destrucción del grillete conceptual que arrastra el matrimonio de George y Rose estando el hermano del primero en el hogar. La película explora el rol pasivo y activo de lo dominado ante lo dominante, ya sea la abulia que ratifica el poder o la rebeldía manipuladora que lo cuestiona de a poco, enfatizando el hecho de que controlar una dimensión de la vida casi nunca implica hegemonizar el resto de los planos de la existencia, por ello el adalid de la ganadería rústica de Cumberbatch termina cayendo por el veneno de un depredador mucho más peligroso y camuflado, Peter, del mismo modo que la fortaleza femenina de antaño, esa de cuando Rose regentaba su restaurant y albergue, se desvanece cuando cambia de coyuntura y se topa con una presencia masculina efervescente que todo lo opaca o devora, este Phil Burbank que parece odiarla tanto porque se asemeja a su insignificante hermano como debido a su condición de hembra, algo repugnante de por sí ya que a sus ojos la tierra vasta y fascinante es masculina y el influjo metropolitano hipócrita y afectado es femenino. Campion también regresa al esquema del amor enfermo/ negado/ bizarro/ imposible, otro de sus latiguillos, vía la humanización de Phil y su apertura sentimental y dependencia para con el hijo de su cuñada, muchacho que además parece aniquilar un mínimo interés que deposita en él una sirvienta de la casona, Lola (Thomasin McKenzie), cuando la chica le lleva una zanahoria a un conejo que había atrapado el joven y por ello descubre al animalito faenado y siendo objeto de una autopsia experimental a instancias del aspirante a cirujano. A pesar de que la cineasta ya no sorprende a nadie, para el paupérrimo nivel del cine actual El Poder del Perro es un trabajo digno y lo suficientemente enigmático para destacarse por méritos propios gracias a que logra balancear la melancolía y un vigor acechante de falsos estallidos cíclicos a escala del espectro identitario, humano y anímico de los personajes…

 

El Poder del Perro (The Power of the Dog, Nueva Zelanda/ Canadá/ Estados Unidos/ Australia/ Reino Unido, 2021)

Dirección y Guión: Jane Campion. Elenco: Benedict Cumberbatch, Kirsten Dunst, Jesse Plemons, Kodi Smit-McPhee, Thomasin McKenzie, Keith Carradine, Frances Conroy, Geneviève Lemon, Ken Radley, Sean Keenan. Producción: Jane Campion, Iain Canning, Roger Frappier, Tanya Seghatchian y Emile Sherman. Duración: 126 minutos.

Puntaje: 6