El Increíble Hombre Menguante (The Incredible Shrinking Man)

Lo infinitesimal

Por Emiliano Fernández

En la década del 50 del Siglo XX, una época dominada en términos cinematográficos por los monstruos más bizarros, las invasiones alienígenas y el miedo a lo desconocido, léase cualquier cosa que amenace la utopía social de invariabilidad blanca cristiana conservadora, una pequeña película estadounidense se abrió paso no sólo como una anomalía total sino como una sutil fuente de cuestionamientos en torno a la base de muchos preconceptos del período: El Increíble Hombre Menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957), dirigida por Jack Arnold y escrita por el genial Richard Matheson a partir de una novela propia de 1956, respeta y al mismo tiempo subvierte las reglas tácitas de Hollywood en los enclaves del terror y la ciencia ficción, ya que por un lado sigue la línea de la paranoia nuclear de la Guerra Fría y las criaturas del espanto y por el otro introduce la insólita dimensión de la mundanidad urbana dentro de la ecuación de turno, desnudando a la aventura de fondo de su habitual espectacularidad basada en el peligro de lo “recóndito foráneo” y volcando el asunto hacia un existencialismo en donde el mismo hogar se transforma en algo extraño y alienante, lo que funciona como disparador de un horror vinculado a una crisis psicológica.

 

Si bien Arnold se paseó por todos los géneros, trabajó muchísimo en la televisión y dirigió algunas joyitas que esperan ser descubiertas, como por ejemplo el western Una Bala sin Nombre (No Name on the Bullet, 1959) y la comedia política El Rugido del Ratón (The Mouse That Roared, 1959), en materia de la historiografía del séptimo arte en esencia se lo recuerda por un ciclo de propuestas que incluye a El Increíble Hombre Menguante, sin duda la obra maestra del lote, y las interesantes Llegaron de Otro Mundo (It Came from Outer Space, 1953), El Monstruo de la Laguna Negra (Creature from the Black Lagoon, 1954) y Tarántula (1955), con La Venganza del Monstruo de la Laguna Negra (Revenge of the Creature, 1955) y Monstruo en la Noche (Monster on the Campus, 1958) cayendo unos cuantos escalones por debajo. La idiosincrasia inquieta de Matheson, novelista clásico de la fantasía de vanguardia y asiduo colaborador del legendario Rod Serling en La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), probó ser el pivote fundamental para que el realizador pudiese entregar prácticamente el único opus serio de todo su catálogo en el campo de la ciencia ficción y el terror, sobreviviendo al transcurrir del tiempo de manera prodigiosa.

 

La historia se centra en Scott Carey (Grant Williams), un típico “hombre de negocios” que comienza a empequeñecerse como consecuencia de la combinación de dos hechos aislados, primero una exposición accidental a un insecticida producto de un camión que estaba rociando unos árboles y segundo la acción de una niebla radioactiva que recubrió su piel mientras estaba vacacionando en alta mar junto a su esposa Louise (Randy Stuart), en el barco de su hermano Charlie (Paul Langton). Como el insecticida se transformó -por influencia de la radiación- de un tóxico de virulencia leve a un agente que reduce la masa corporal de modo lento pero firme, el pobre protagonista se ve condenado a un sinfín de análisis médicos que confirman el padecimiento, a perder el amor por sí mismo, a tener que abandonar su trabajo, a volverse cada vez más agresivo/ tiránico con su mujer y a tener que vender su suplicio a los medios de comunicación para mantener su morada. La aparición de lo que parece ser una cura -“antitoxina” en la jerga de la trama- pronto se cae a pedazos porque sólo detiene transitoriamente el empequeñecimiento, el cual vuelve a dispararse tiempo después cuando ya había trabado amistad con una enana, Clarice (April Kent).

 

El mítico segundo acto del film se encuadra en el ataque del gato doméstico de la pareja, Butch, contra un Scott residiendo en una casa de muñecas, lo que eventualmente deriva por un lado en el hombrecillo cayendo en el sótano del hogar y haciendo frente a un páramo desolado, la falta de alimentos y los embates de una araña hercúlea, y por otro lado en la conclusión por parte de Louise y Charlie de que Carey terminó siendo engullido por el simpático felino. Si nos concentramos en el apartado técnico y los efectos especiales/ visuales en general, la película es también un verdadero milagro para su época porque logra edificar una angustia progresiva de extraordinario detallismo: más allá de las implicancias conceptuales de este liliputiense viviendo en un mundo hegemonizado por gigantes y su necesidad de sobrevivir usando su imaginación y artilugios varios como un alfiler o una bobina de hilo, el director y su equipo hacen maravillas con las superposiciones para las tomas amplias y las recreaciones en estudio vía utilería monumental para los planos más cerrados, ya con el protagonista cada día más minúsculo en relación al contexto donde habita y preso de un péndulo emocional que lo lleva de la depresión al porfiar batallante.

 

En franca consonancia con los revolucionarios FXs y la magnitud dramática de la puesta en escena, y retomando lo que decíamos al inicio, el convite se sirve de los engranajes paradigmáticos del horror del período para trastocarlos desde la astucia y poner el acento en la ausencia de un villano propiamente dicho en el sentido tradicional: tanto la araña como el gato quedan reducidos a antagonistas circunstanciales que se comportan según su dialéctica particular (buscan comida y/ o divertirse un rato, dos objetivos que en la naturaleza suelen ir de la mano), siendo en última instancia el deterioro biológico experimentado el gran catalizador del dolor de turno (a pesar de la singularidad de esta inversión en lo referido al crecimiento en sí, la condena de Scott puede ser homologada a la muerte natural ya que el trasfondo del asunto se resume en la incapacidad de los seres humanos para controlar la paulatina degradación corporal cotidiana, por ello un ámbito otrora confortable -la vivienda familiar- se transforma en desconocido gracias al extrañamiento que trae aparejado el desconsuelo de hoy saberse inútil y desfasado en el terruño propio). La poesía del guión de Matheson se unifica con la austeridad de una odisea ontológica y cabal como ninguna otra.

 

Del temor radioactivo de la Guerra Fría, una normalidad que esconde sorpresas tenebrosas y el mentiroso “sueño americano” de los 50, la obra pasa a la debacle de una enfermedad terminal, la aflicción de los seres queridos, la marginación social, la pérdida de una masculinidad vista como dominante con respecto a las mujeres y el subsiguiente maltrato hacia la pareja por impotencia y autodecepción; lo que asimismo nos lleva a la aventura pesadillesca de ya no reconocer nuestro entorno, la ironía del burgués reconvertido en menesteroso, el enroque en lo que atañe a la posición privilegiada de los humanos en el ecosistema, la mundanidad aplicada a esta nueva condición de “manjar” para otros animales y finalmente el surgimiento de un existencialismo entre humanista y religioso que nos habla tanto de la belleza de lo infinitesimal como de su importancia dentro del cosmos en su conjunto, en simultáneo ofreciendo dignidad y reclamando respeto desde la misma afirmación de la vida o apenas el persistir de la materia, ese errar concreto de un átomo. El desenlace, uno de los mayores tesoros de la historia del cine, pone de relieve un ego hecho añicos y la aceptación del trance de constituir una mínima parte de un universo colosal…

 

El Increíble Hombre Menguante (The Incredible Shrinking Man, Estados Unidos, 1957)

Dirección: Jack Arnold. Guión: Richard Matheson. Elenco: Grant Williams, Randy Stuart, Paul Langton, April Kent, Raymond Bailey, William Schallert, Frank J. Scannell, Helene Marshall, Diana Darrin, Billy Curtis. Producción: Albert Zugsmith. Duración: 81 minutos.

Puntaje: 10