Cherilyn Sarkisian alias Cher sin duda rankea en punta como una de las personalidades norteamericanas del mundo del espectáculo más atacadas y ridiculizadas de la historia moderna, ya sea por su extravagante look, sus opiniones sobre esto o aquello, sus cirugías estéticas, sus desplantes y/ o sus distintas movidas profesionales a lo largo de una carrera que abarca seis décadas, sin embargo muchas de esas arremetidas esconden lisa y llana envidia y a decir verdad la mujer ha generado un enorme volumen de canciones clásicas con su vozarrón, su trabajo televisivo ha tenido chispazos de genialidad, su paso por el teatro también y en materia cinematográfica siempre tendremos aquel 1987 en el que se terminó de consagrar como actriz de la mano de Las Brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick, 1987), de George Miller, Sospechoso (Suspec, 1987), de Peter Yates, y Hechizo de Luna (Moonstruck, 1987), de Norman Jewison, esta última hasta concediéndole el Oscar a Mejor Actriz. Nada fue de la noche a la mañana, más bien todo lo contrario porque el ascenso en términos de legitimidad actoral intra industria cultural fue muy paulatino y con baches y empezó con las olvidables Buenos Tiempos (Good Times, 1967), de William Friedkin, y Chastity (1969), de Alessio de Paola, ya en el primer período de crisis de Sonny & Cher, aquel dúo musical de ella con Sonny Bono orientado a un pop que no calzaba para nada con la potencia de un rock cada día más enérgico y popular, pero a partir de principios de los 80 la artista retomaría su interés por la interpretación en la gran pantalla y el asunto no dejaría de crecer gracias a Vuelve a la Tienda de Baratijas, Jimmy Dean (Come Back to the 5 & Dime Jimmy Dean, Jimmy Dean, 1982), de Robert Altman, Silkwood (1983), de Mike Nichols, y Máscara (Mask, 1985), el recordado y exitoso film de Peter Bogdanovich.
Más allá de la potable aunque sutilmente inferior Sospechoso y la igualmente extraordinaria Las Brujas de Eastwick, donde en gran medida no podía terminar de lucirse porque tenía alrededor a bestias sagradas de la actuación como Jack Nicholson y Susan Sarandon, en términos generales es Hechizo de Luna la película que terminó de convertir a Cher en una actriz con un registro muy particular de influjo callejero/ costumbrista/ apasionado que se acopla a la perfección con el minimalismo de la puesta en escena de Jewison y con el maravilloso guión del debutante John Patrick Shanley, un dramaturgo que comenzaba a combinar las tablas con Hollywood en función de la presente y de otra propuesta del mismo año, la hoy casi completamente olvidada El Cielo en una Esquina (Five Corners, 1987), dirigida por Tony Bill, en esta oportunidad no ocultando su decidida intención de recuperar muchos de los latiguillos de la “commedia all’italiana” aunque adaptándolos a un contexto neoyorquino de aire más atemporal que ochentoso típico, de allí se explica lo bien que ha envejecido el film con los años sin quedar atado a su época de realización, algo que sufren muchas obras de aquella etapa. A decir verdad Hechizo de Luna es la mejor comedia romántica de su tiempo que en el fondo no es una comedia romántica, ya que coquetea con el melodrama familiar, las faenas de enredos, las epopeyas de crisis existencial y hasta lo fantástico onírico/ surrealista/ lírico por la permanente presencia de una Luna Llena que simboliza al amor sincero y efervescente, el fogoso, ese que arruina o logra contrariar toda seguridad o estabilidad hogareña porque tiende a hacernos comportar de manera imprevista y por consiguiente a complicarlo todo como un vendaval bizarro que va de menor a mayor rompiendo sus propios récords, estupidizando a los amantes y destrozando sus corazones.
Loretta Castorini (Cher) es una contadora de Brooklyn Heights perteneciente a una familia italoamericana compuesta por su padre Cosmo (Vincent Gardenia), su progenitora Rose (Olympia Dukakis) y su abuelo, el padre de Cosmo, quien gusta de pasear por las calles con sus cinco adorables perros (Feodor Chaliapin Jr.), con quienes convive a sus 37 años en un caserón tanto por tradición y cariño como debido al hecho de que siete años atrás quedó viuda cuando un autobús atropelló a su esposo, sin que hayan surgido hijos de la unión. Su novio Johnny Cammareri (Danny Aiello) le propone matrimonio y ella dice que sí pero todo queda en un impasse porque el hombre debe viajar a Sicilia para estar con su madre moribunda en sus momentos finales de vida, instando a Loretta a invitar a la boda a su hermano Ronny (Nicolas Cage), con quien no se habla desde hace cinco años porque el susodicho culpa a Johnny por haberlo distraído un día y así haber provocado la pérdida de su mano izquierda, la cual entró sin querer en un rebanador de la pequeña panadería que tienen juntos, luego encima generando que la novia de Ronny lo abandone por otro hombre al descubrir que ahora es manco. La viuda y el hermano de su prometido protagonizan un apasionado romance clandestino que a su vez encuentra su espejo en la relación tramposa del plomero Cosmo con una veterana que tiene de amante, Mona (Anita Gillette), y en el coqueteo de la ama de casa Rose -quien intuye la evidente infidelidad de su marido- con un desconocido que halla en un restaurant al que concurre siempre, Perry (John Mahoney), un profesor universitario que suele acostarse con alumnas en pos de recuperar algo de la chispa perdida en materia del cariño por la docencia. Cammareri de repente regresa a Nueva York, fruto de la mejoría milagrosa de su madre, y así surge el momento de la verdad del corazón.
A diferencia de tantas comedias similares del mainstream que abusan de la caricaturización, las situaciones trilladas y los chistecitos para imbéciles, el opus de Jewison construye un retrato insólitamente humanista de la italianidad y de su apego fanático por la familia en tanto núcleo de la vida de los sujetos porque ofrece un ámbito de protección que asimismo implica responsabilidad y aflojar con el hedonismo de hacer lo que se quiere en el momento que se quiere, en este sentido el guión de Shanley defiende a las parentelas tradicionales esquivando los argumentos atávicos conservadores y optando por el ejemplo práctico de la convivencia beneficiosa que ayuda a cada personaje a salir del pozo privado sin moralinas o sermones baratos de por medio, simplemente mediante la confianza y el amor honesto y un tanto histérico que pueden hallarse dentro de cualquier morada colectiva de ayer y hoy. Las conflictivas relaciones entre los sexos también son trabajadas desde una inusual sinceridad para el acervo norteamericano promedio y sin demonizar a nadie, sustrato que se resume en esa escena inicial en la que Castorini entra en una licorería para comprar un espumante y es testigo de una discusión entre los dueños, una pareja de veteranos, en la que la mujer acusa al hombre de ser un lobo que miró a una muchacha cual presa/ cordero aunque todo termina de golpe cuando el hombre lisonjea a la fémina diciéndole que en su esposa lo único que puede ver es a la chica con la que se casó: a lo largo del film se dan distintas razones acerca de la necesidad masculina de ir detrás de las mujeres, como por ejemplo nervios, miedo a morir, porque son encantadoras, debido a que se sienten incompletos o por melancolía para con tiempos de juventud, no obstante el asunto queda sin respuesta concreta ya que existen millones de varones y millones de posibles explicaciones que en el fondo se condicen con este esquema animalizado del cazador que puede ser obsesivo y caprichoso como también capaz de volcarse a la comprensión y a esos halagos algo mucho cándidos que las mujeres tanto disfrutan, algo así como un comodín prosaico del amor en sintonía con esa Luna Llena que todo lo ve y siempre exacerba la libido. El elenco en su conjunto está perfecto y si bien el relato parece inclinarse en ocasiones hacia una comedia de traiciones cruzadas, luego el foco vuelve a girar hacia temáticas inmemoriales como el cansancio hogareño, el peso de la rutina, el aburrimiento, los matrimonios de treintañeros desesperados, el odio entre hermanos, los affaires, el afecto espontáneo y la distancia cultural entre las diversas generaciones, con Cher, un joven Cage, Dukakis, Gardenia y Chaliapin luciéndose en especial gracias a las inteligencia y afabilidad de las que dotan a sus criaturas en pantalla (Julie Bovasso y Louis Guss, como los tíos Rita y Raymond, también aportan una hilarante humanidad y en suma conforman la única pareja que no está en crisis a lo largo de la obra). Jewison por entonces ya era un veterano que había dirigido films tan variados como Adiós Ilusiones (The Cincinnati Kid, 1965), ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! (The Russians Are Coming, the Russians Are Coming, 1966), Al Calor de la Noche (In the Heat of the Night, 1967), El Affaire de Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1968), El Violinista en el Tejado (Fiddler on the Roof, 1971), Jesucristo Superstar (Jesus Christ Superstar, 1973), Rollerball (1975), F.I.S.T (1978), Justicia para Todos (And Justice for All, 1979), La Historia de un Soldado (A Soldier’s Story, 1984) y Agnes de Dios (Agnes of God, 1985), aunque lamentablemente Hechizo de Luna sería su última gran película y ello asimismo puede extenderse a la protagonista ya que Cher a posteriori -y empezando por la apenas simpática Mi Madre es una Sirena (Mermaids, 1990), de Richard Benjamin- nunca más volvería a entregar una odisea tan atractiva, graciosa y descollante como la presente…
Hechizo de Luna (Moonstruck, Estados Unidos, 1987)
Dirección: Norman Jewison. Guión: John Patrick Shanley. Elenco: Cher, Nicolas Cage, Vincent Gardenia, Olympia Dukakis, Danny Aiello, Julie Bovasso, John Mahoney, Louis Guss, Feodor Chaliapin Jr., Anita Gillette. Producción: Norman Jewison y Patrick J. Palmer. Duración: 102 minutos.