El Halcón de Mantequilla de Maní (The Peanut Butter Falcon)

Los amigos son la familia que uno elige

Por Emiliano Fernández

El Halcón de Mantequilla de Maní (The Peanut Butter Falcon, 2019), ópera prima en términos del largometraje ficcional de los directores y guionistas Tyler Nilson y Michael Schwartz, hasta ahora actor y productor/ editor principalmente, es una de esas películas minúsculas que con poco y nada de recursos logran la proeza de reconfirmar nuestro amor por el cine por el simple hecho de hacernos recordar lo mucho que todavía puede extraerse de las historias más transitadas de antaño a nivel de una puesta en escena sincera y un sustrato dramático apuntalado en un corazón enorme, de esos que hacen de la humildad y las sonrisas sutilmente irónicas sus principales armas, hazaña hasta cierto punto doble porque además abarca el detalle de hacerle frente al contexto cultural contemporáneo, con todo su cinismo y sobreestimulación hiper artificial y banal de por medio. El opus del dúo de realizadores norteamericanos apuesta no tanto a retomar el clasicismo narrativo de otras épocas más tranquilas sino a recuperar un humanismo casi extinto en buena parte del arte actual, por ello mismo los personajes protagónicos esquivan todo cliché del mainstream y se abren camino como seres multidimensionales -con angustia, anhelos varios y fracasos a cuestas- que para colmo se mueven en una coyuntura retórica que retoma visiblemente aquella de Las Aventuras de Huckleberry Finn (Adventures of Huckleberry Finn, 1884), la célebre novela de Mark Twain, ahora con un par de fugitivos modernos poniéndose en los zapatos del personaje titular y del esclavo prófugo Jim en su odisea a lo largo del Río Mississippi cual faena que pinta la sociedad en la que ambos están insertos desde su cuna.

 

Zak (Zack Gottsagen) es un huérfano de 22 años con Síndrome de Down que vive en una pequeña residencia de ancianos de Richmond, en el Estado de Virginia, a expensas de la administración pública, cuyas dos principales obsesiones son fugarse para comenzar a vivir su vida -no aquella a la que los esbirros institucionales pretenden confinarlo, siempre dentro de jaulas conceptuales acolchonadas- y viajar hasta Ayden, en Carolina del Norte, para convertirse en alumno de la escuela de lucha libre de Salt Water Redneck (Thomas Haden Church), un showman del que tiene un viejo VHS que ve una y otra vez en el cuarto que comparte con Carl (Bruce Dern), un ingeniero veterano que lo ayuda a escapar y sin querer a encontrarse con su compañero improvisado de viaje, Tyler (Shia LaBeouf), un pescador treintañero a su vez con otros problemas, empezando por la culpa por haber provocado el fallecimiento de su hermano mayor en un accidente automovilístico, Mark (Jon Bernthal), continuando por el desamparo que siente desde la desaparición del susodicho, y finalizando en los conflictos que tiene con Duncan (John Hawkes) y su secuaz Ratboy (Michael Wayne Atha alias Yelawolf), dos hombres que se hicieron de la otrora licencia de pesca de Mark y así privaron a su hermano de su único sustento. Luego de robar unos cangrejos de Duncan, una paliza cortesía de Ratboy y la revancha de incendiar las jaulas de pesca del abusón, Tyler comienza una fuga hacia la Florida -con la esperanza de iniciar un negocio de pesca- que lo lleva a toparse con un Zak en calzoncillos y decidido a acompañarlo por lo menos hasta Ayden y la escuela de Salt Water Redneck, un punto intermedio del periplo general.

 

La película más que sólo respetar al Gottsagen actor y personaje, a quien los directores conocieron en un campamento para actores con discapacidades en 2011, lo que hace es construir con naturalidad la amistad entre el joven con Síndrome de Down, ese que se escapó a través de los barrotes de una ventana del centro de ancianos y deslizándose semi desnudo y todo cubierto con jabón, y el personaje del siempre polémico pero aquí muy eficaz LaBeouf, un hombre que también está huyendo de las despiadadas autoridades en pos de borrar su pasado de ninguneo y sometimiento y permitirse algo de esperanza aunque sin las típicas utopías autoindulgentes del promedio de los adalides hollywoodenses, sean los “normales” o los del rubro del film que nos ocupa, los que padecen alguna discapacidad mental o física: los sueños de ambos son diminutos, uno conocer a su héroe y el otro abrirse camino con la pesca para sobrevivir y no mucho más, y encima la condición de fugitivos los termina hermanando al punto de que se entienden perfectamente a nivel anímico. Más road movie independiente de aventuras acerca de dos “aliados en la evasión” que relato tradicional de autodescubrimiento, la tragicómica propuesta incorpora con gran astucia y sentido de la oportunidad a un tercer cofrade, Eleanor (Dakota Johnson), una voluntaria en el hogar de ancianos y principal responsable de Zak, a quien busca y encuentra en compañía de Tyler justo luego de una fiesta nocturna que marcó el nacimiento del álter ego luchador del muchacho, “El Halcón de Mantequilla de Maní”, su mote para el eventual ring de combate una vez que lleguen a Ayden sobrellevando diversos obstáculos, como por ejemplo el acoso de Duncan y Ratboy, el casi atropello de Zak por un barco de camarones mientras cruzaban un río y la prédica cristiana ultra fanática de un negro ciego, Jasper John (Wayne Dehart), quien le ofrece a la dupla su hilarante depósito de chatarra para que construya una balsa y recorra las diferentes corrientes que les permitan alcanzar su destino.

 

Temáticas como la discriminación que padece Zak, el rol del Estado en el cuidado de los discapacitados, las reyertas intestinas a nivel de comunidades o gremios herméticos, la solidaridad entre los excluidos y la misma resiliencia del ser humano en su cotidianeidad más prosaica son analizadas a lo largo de un metraje de agraciados 97 minutos en los que no falta ni sobra nada, devolviéndonos en simultáneo la capacidad de resumen del cine de antaño y esa vieja noción sintetizada en la hermosa frase que el personaje del querido Bruce Dern le regala a su homólogo de Gottsagen, “los amigos son la familia que uno elige”, desacralizando al clan de nacimiento y elogiando las decisiones que uno toma en su faceta adulta a nivel de los vínculos afectivos (la responsabilidad y el acompañamiento recíproco en la praxis de Eleanor, Zak y Tyler nos hablan de una perspectiva ideológica madura en serio que nada tiene que ver con el hedonismo y la hipocresía de tantas películas similares del mainstream estadounidense que busca premios apelando a los minusválidos y los golpes bajos melodramáticos de manual). Como decíamos con anterioridad, Nilson y Schwartz consiguen un muy buen desempeño tanto de LaBeouf como de Gottsagen, no obstante la que se destaca -y mucho- es Dakota Johnson, una actriz bellísima que viene creciendo un montón como lo demuestran la presente obra y Cegados por el Sol (A Bigger Splash, 2015), Suspiria (2018) y Malos Momentos en el Hotel Royale (Bad Times at the El Royale, 2018), amén de un prodigioso y breve desempeño de parte de Thomas Haden Church. Evitando la corrección política demacrada y la condescendencia de la burguesía más necia que pretende que todo y todos se adapten a sus prejuicios acerca de cómo deberían ser las cosas, rol que ni siquiera es ocupado por Eleanor dentro del relato porque la mujer sí percibe la amistad primitiva, respetuosa y afable entre los hombres, el convite nos entrega una experiencia humanista encantadora de mutua comprensión y sutil asistencia voluntaria/ no impuesta…

 

El Halcón de Mantequilla de Maní (The Peanut Butter Falcon, Estados Unidos, 2019)

Dirección y Guión: Tyler Nilson y Michael Schwartz. Elenco: Zack Gottsagen, Shia LaBeouf, Dakota Johnson, Bruce Dern, Thomas Haden Church, Jon Bernthal, John Hawkes, Michael Wayne Atha, Wayne Dehart, Jake Roberts. Producción: Tim Zajaros, Ron Yerxa, David Thies, Lije Sarki, Christopher Lemole y Albert Berger. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 8