El Código Hays o Código de Producción Cinematográfica fue una regulación fuertemente restrictiva creada allá en 1930 por William H. Hays, uno de los líderes tanto del Partido Republicano como de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (Motion Picture Association of America), la entidad oligopólica que controla la producción en yanquilandia y agrupa a los principales estudios de Hollywood, con la idea de fondo de ya limitar las libertades que tuvo el séptimo arte a escala industrial durante sus primeras tres décadas de vida, lo que implicaba anular todo componente semi explícito en materia de sexo, crímenes, insultos, herejías, armas, desnudos, alcohol, danza, vestimenta, erotismo, violencia, drogas varias, sangre, perversiones y detalles macabros o sensibles, amén de siempre santificar a Jesucristo, la institución matrimonial y la Biblia. Si bien cuando se habla del Código Hays en los análisis históricos de la prensa y el público, en sí en funcionamiento entre 1934 y 1967, se suele enfatizar su más que evidente carácter censurador o castrador, a decir verdad siempre se movieron por detrás otras dos intenciones por parte del mainstream cultural estadounidense que de reactivas no tenían nada, a saber: en primera instancia hay que tener presente que el código ofició de estructura tácita proteccionista porque en el auge de su aplicación, léase durante la caza de brujas anticomunista del macartismo de los años 50, sirvió no sólo de excusa para identificar a simpatizantes socialistas en el mainstream yanqui sino para impedir en términos concretos el ingreso y la distribución de películas europeas que violaban groseramente los mandatos de Hays y compañía, algo que mantenía el statu quo de la distribución doméstica norteamericana eliminando la competencia subida de tono, y en segundo lugar la norma incluía claros ribetes moralizantes en lo que respecta a influir en el vulgo, ese público que se pretendía sumiso y que en buena parte terminó abandonando a Hollywood por la TV y el acervo disruptivo sesentoso de los films del viejo continente.
A pesar de que siempre estuvo a la sombra de dos de los clásicos del horror correspondiente a la etapa previa a la triste puesta en funcionamiento definitiva del código, hablamos por supuesto de El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), joya de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack que inicia el motivo cinematográfico de la “cacería humana” y que está inspirada en el cuento de 1924 de Richard Connell, y La Isla de las Almas Perdidas (Island of Lost Souls, 1932), obra de Erle C. Kenton que populariza en todo el mundo los híbridos entre animales y seres humanos mientras hace mucho más famosa una novela de Herbert George Wells alias H.G. Wells, La Isla del Doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1896), Asesinatos en el Zoológico (Murders in the Zoo, 1933), también conocida en castellano bajo el poco imaginativo título de El Asesino Diabólico, no tiene nada que envidiarle a aquellas en lo que respecta al ingrediente sin duda fundamental de todos estos exponentes primigenios en el lenguaje del terror, nos referimos al sustrato implacable y ultra sádico del villano, hoy un experto en caza mayor y zoólogo millonario que responde al nombre de Eric Gorman (Lionel Atwill) y previamente los espantosos Conde Zaroff (Leslie Banks) y Dr. Moreau (Charles Laughton), en suma una trilogía de seres despreciables que se comen a cada película de turno hasta el extremo de opacar a los adalides de la bondad y las buenas costumbres, esos que -precisamente- pasarían con el Código Hays al primer plano narrativo al año siguiente para no abandonarlo hasta el ascenso de la juventud de los 60 y el encumbramiento del cinismo social durante los años 70, por ello mismo a partir de 1968 la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos introdujo un flamante sistema de calificación por edades con el objetivo de ya no censurar en producción y supuestamente operar sólo a escala de la distribución del film, no obstante las limitaciones en contenido se internalizaron en cineastas que desearon y desean llegar a determinados segmentos etarios.
El guión de Philip Wylie, un especialista en literatura de ciencia ficción, y Seton I. Miller, uno de los libretistas más prolíficos de la primera fase del Hollywood Clásico, deambula por distintos personajes pero tiene por núcleo al tremendo Gorman, cuya presentación a los espectadores ya sintetiza de maravillas su idiosincrasia brutal: el susodicho, ayudado por dos secuaces vernáculos, en la selva de la Indochina Francesa de la época le cose la boca a un colega zoólogo y ex amigo y lo deja en el medio de la espesura verde, atado, para ser devorado por los tigres del lugar por haber besado a la esposa de Eric, la hermosa aunque aparentemente un tanto promiscua Evelyn Gorman (Kathleen Burke). La señorita no pierde tiempo y en el viaje de regreso del matrimonio a Estados Unidos, luego de una expedición en la que el cazador capturó un sinfín de animales que pretende entregar a un zoológico yanqui en dificultades económicas, se busca un nuevo candidato a rescatarla de la relación tóxica con el hiper celoso Eric, específicamente un tal Roger Hewitt (John Lodge) con el que ya había tenido una relación amorosa clandestina con anterioridad, algo de lo que por supuesto se entera Gorman y por ello comienza a hacer planes para matar al amante y salir impune. El encargado de prensa del zoo, Peter Yates (Charles Ruggles), un borrachín que paradójicamente le tiene miedo a las criaturas salvajes y que fue contratado por el director implícito de la institución, el Profesor G.A. Evans (Harry Beresford), organiza un evento culinario para recaudar fondos entre la oligarquía de la ignota ciudad de turno y el asunto le permite a Eric por fin sacarse de encima al “tercero en discordia”, ese Hewitt al que mata sutilmente con el veneno de una serpiente, una mamba verde, que trajo desde Indochina y estaba al cuidado del bioquímico y toxicólogo responsable del laboratorio del zoológico, el Doctor Jack Woodford (Randolph Scott), un verdadero pobre diablo que muta en chivo expiatorio del desastre y que está enamorado de la linda hija de Evans, Jerry (Gail Patrick).
Entre los fans de la película, por cierto dirigida por el hoy por hoy completamente olvidado A. Edward Sutherland, un actor que saltó a la realización bajo el mecenazgo de nada menos que Charles Chaplin, están quienes soportan con hidalguía la rutina bufonesca de Ruggles, un comediante muy celebrado de la época, y esos otros que señalan que su personaje de periodista/ agente de prensa le impide al film llegar al nivel no sólo de El Malvado Zaroff y La Isla de las Almas Perdidas sino asimismo de otro de los grandes clásicos del shock de su tiempo, Fenómenos (Freaks, 1932), del genial Tod Browning, algo que puede resultar exagerado pero no le resta inconformismo, irreverencia y franca crueldad a las tres escenas más renombradas de Asesinatos en el Zoológico, la de la boca cosida del prólogo, la del homicidio bien a lo bestia de una Evelyn que había descubierto la serpiente mecánica de su marido -con la que reventó al amante de la ninfa- y pretendía contárselo todo a Woodford, ganándose el ser arrojada viva por su esposo al estanque/ lago de los simpáticos cocodrilos, y finalmente el escape de Eric del desenlace aunque no sin antes dejar en libertad a todos los felinos gigantes, secuencia que deriva en una pelea real entre los animales, en la muerte de un puma y en el insólito ajusticiamiento de Gorman, compactado y devorado por una enorme boa constrictora. La belleza de una proto femme fatale como Burke y la solvencia actoral de Scott, éste todavía muy lejos de sus míticas colaboraciones en el ecosistema del western con Budd Boetticher, son otros factores de gran interés que se agregan al villano de Atwill, un intérprete británico que tendría un largo derrotero en el terror que incluyó films de Browning, Michael Curtiz, Frank R. Strayer, George Waggner, Kurt Neumann, Rowland V. Lee y Sidney Lanfield, entre muchos otros. El Código Hays pronto haría desaparecer el catálogo de “inmoralidades” y truculencias del opus de Sutherland pero hasta el día de hoy esta deliciosa anomalía se abre camino como una joyita del horror de celos patológicos…
Asesinatos en el Zoológico (Murders in the Zoo, Estados Unidos, 1933)
Dirección: A. Edward Sutherland. Guión: Philip Wylie y Seton I. Miller. Elenco: Lionel Atwill, Charles Ruggles, Gail Patrick, Randolph Scott, John Lodge, Kathleen Burke, Harry Beresford, Edward Pawley, Syd Saylor, Cyril Ring. Producción: E. Lloyd Sheldon. Duración: 62 minutos.