Los Goonies (The Goonies)

Los chicos sólo quieren divertirse

Por Enrique D. Fernández

Hubo un tiempo en que Steven Spielberg supo marcar el norte dentro de la meca hollywoodense gracias al sistema de blockbusters que ayudó a moldear a mediados de los 70 con la imprescindible Tiburón (Jaws, 1975). El boom taquillero de aquel tanque veraniego sentó las bases, junto con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), del tipo de producto que deberían crear las grandes compañías para transformar el negocio y dimensionarlo a gran escala. Las historias que comenzaban a ocupar las salas comerciales abandonaban el tono sombrío de antaño, respecto a los paradigmas de la contracultura, para abrazar un perfil más colorido y pasatista, inspirado por el clima consumista que las nuevas políticas de turno buscaban insertar en la sociedad.

 

Este recambio de formato comenzaba a asomarse durante los primeros años 80, etapa en la que Spielberg se embarcó en una serie de proyectos que elevaron su reputación no sólo como realizador sino también como productor, ya que debido a ciertas normas contractuales del rubro no podía cargarse con varios títulos como director; véase el caso de Juegos Diabólicos (Poltergeist, 1982), donde contrató los servicios de Tobe Hopper para participar tras las cámaras, aunque finalmente sería el mismo Spielberg quien tendría la última palabra sobre el proceso creativo.

 

Otro de los proyectos que Spielberg supervisó a mediados de la década fue Los Goonies (The Goonies, 1985), una obra cuasi infantil que supo divertir a toda una generación con su impronta de aventuras, misterio y humor. El encargo para dirigir cayó en manos de Richard Donner, el mismo que un par de años antes se había hecho un nombre en el circuito mainstream con La Profecía (The Omen, 1976) y Superman (1978), y como guionista figuraba el siempre eficiente Chris Columbus, quien venía de trabajar junto a Spielberg en la festiva Gremlins (1984).

 

La premisa nos sitúa en un pequeño pueblo de Oregon donde un grupo de amigos, conocidos como Los Goonies, está a punto de separarse debido a una crisis económica que golpea a la familia de algunos de sus integrantes, sin dejarles otra opción que mudarse; ya que la firma inmobiliaria que es dueña de estos terrenos obliga a que sus ocupantes firmen un contrato para ceder sus casas si no cumplen con el pago de la deuda que vienen arrastrando. Pero esta base apenas sirve como puntapié para una serie de eventos que van a desencadenar el verdadero conflicto de la historia. El descubrimiento de un mapa en el desván de uno de estos chicos será la excusa para embarcarse en la búsqueda de un tesoro escondido que podría ayudarles a saldar la deuda que complica la situación de sus padres.

 

Apenas una vieja leyenda pirata alcanza como incentivo para que en el camino tengan que resolver una serie de trampas y obstáculos hasta encontrar el barco donde se oculta el tesoro del Tuerto Willy. Todo esto sin contar a los Fratelli, los malos de la historia, compuestos por una señora de muy mal carácter (la grandiosa Anne Ramsey) y sus hijos (Robert Davi y Joe Pantoliano), como el trío de torpes criminales que persigue a Los Goonies para hacerse del tesoro una vez que estos lo encuentren. También se suman algunos secundarios que acompañan al grupo protagonista, y un ingrediente fantástico que apenas se cuela en ciertas instancias (sobre el desenlace aparecía una secuencia donde los pequeños se enfrentaban contra un pulpo gigante que por suerte Donner decidió cortar a último momento).

 

La película funciona gracias a la suma de géneros que la componen, junto a la química del elenco, su carácter pochoclero y las secuencias de acción, además de que Donner hace un trabajo eficiente para darle ritmo al desarrollo. El resultado fue todo un éxito, y no sólo elevó la reputación de todos los implicados sino que le dio a la Warner Bros. una recaudación millonaria. Pero vista hoy en día, la obra de Donner soporta el paso del tiempo por cuestiones que van más allá de sus atributos artísticos. Los Goonies es también el reflejo de una etapa en la que el cine extendía su negocio al formato casero, y con el auge de los videoclubs también se comenzaba a fomentar un consumo que acaparaba a aquellos espectadores que se formaban en el living del hogar antes que en una sala de cine.

 

Los Goonies supo encontrar su público en los televisores de millones de hogares, y su influencia en niños, adolescentes y grandes representa una forma de consumir cultura pop a través de las videocaseteras. Una costumbre y un estilo de películas que muchos aprendieron a denominar con el rótulo de «cine shampoo». Su legado persiste en el inconsciente colectivo gracias a su poderío nostálgico (el soundtrack a cargo de Cyndi Lauper también se convirtió en una postal de aquellos años), sin mencionar la suerte de revisionismo espiritual que tuvo gracias a la revalorización de muchos clásicos ochentosos que fueron cooptados por el oportunismo retro de estos últimos años, como la entrañable Super 8 (2011) y ese manual del cine reaganista para millennials que es Stranger Things.

 

Los Goonies (The Goonies, Estados Unidos, 1985)

Dirección: Richard Donner. Guión: Chris Columbus. Elenco: Sean Astin, Josh Brolin, Jeff Cohen, Corey Feldman, Kerri Green, Martha Plimpton, Ke Huy Quan, Robert Davi, Joe Pantoliano, Anne Ramsey. Producción: Richard Donner y Harvey Bernhard. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 10