El Congreso (The Congress)

Los dilemas del libre albedrío

Por Martín Chiavarino

Evidentemente influenciada por la estética de Una Mirada en la Oscuridad (A Scanner Darkly, 2006), la extraordinaria adaptación de Richard Linklater de la maravillosa novela del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, el último film hasta la fecha del realizador israelí Ari Folman, El Congreso (The Congress, 2013), es también la adaptación libre de una de las novelas más trascendentales de la literatura de ciencia ficción soviética, El Congreso de Futurología, del polaco Stanislaw Lem, un escritor que creó fantásticas alegorías políticas sobre el capitalismo, la burocracia y la condición humana.

 

El film fragmenta las escenas de la actuación de personajes de carne y hueso de la animación, que se apodera de la película al igual que la fantasía alucinatoria en la intempestiva novela de Lem. En el principio, la actriz Robin Wright se interpreta a sí misma a los cuarenta y cuatro años con una carrera en decadencia y sin demasiado futuro en una industria fagocitaria que la condena por sus malas decisiones. Su representante, Al (Harvey Keitel), y el productor cinematográfico Jeff Green (Danny Houston), un personaje que emula al denostado y execrable Harvey Weinstein, le ofrecen firmar un extraño contrato para ser escaneada digitalmente con el fin de la explotación de su ser digital para uso y abuso en la nueva moda cinematográfica, los films virtuales sin actores bajo el control de los equipos de marketing. Con un hijo a punto de quedarse ciego y sordo por una extraña enfermedad y una carrera sin demasiado futuro, Wright duda en renunciar a su profesión y firmar el abstruso contrato y es amenazada con perderlo todo y ser desterrada de la industria y el trabajo que tanto ama si declina la oferta. Muchos años después, una Wight ya anciana acude a un congreso de la productora donde será homenajeada por sus éxitos digitales en una zona de animación. De allí en más el film se convierte, al igual que la novela, en una sucesión de escenas alucinatorias y lisérgicas animadas fuera de control con personajes atrapados en su figura animada en medio de un ataque terrorista. Al igual que la novela, el film da un salto hacia un futuro muy parecido al de la magnífica obra profética Un Mundo Feliz (Brave New World, 1932), del escritor inglés Aldous Huxley, donde las drogas mantienen a los sujetos adormecidos viviendo una vida vacía y miserable de apariencias suntuosas en una visión cada vez más parecida al presente cínico y enajenado que estamos construyendo. Al despertar en este futuro distópico, Robin emprende la búsqueda de su hijo y descubre una vida en la que el hedonismo se entronca con la miseria velada por las drogas alucinógenas.

 

El Congreso cambia la historia de Lem para adentrarse en el mundo de la industria del cine con el objetivo de denunciarlo descarnadamente en su pretensión de eliminar su costado artístico y artesanal para inclinar la balanza completamente hacia el lado del marketing industrial y de la producción de obras cada vez más pasteurizadas e insulsas para masas adormecidas y languidecidas por vidas sin sentido y trabajos cada vez más monótonos.

 

El film capta con gran sensibilidad el espíritu de la novela de Lem y de las alegorías de la ciencia ficción contemporánea para construir una metáfora sobre el deseo de evasión de la realidad de parte de una sociedad cada vez más embotada por la falta de mediaciones ante el bombardeo de información innecesaria y la obsesión por un hedonismo concupiscente que reemplaza al deseo y al placer a través de su abuso o de sucedáneos.

 

Con una atractiva animación en la que priman los colores pasteles radiantes de un esplendor reluciente que embriaga, el film escrito y dirigido por Ari Folman logra cautivar tanto por sus maravillosas imágenes como por un guión que sigue el planteo de Lem de las consecuencias de la renuncia a la libertad a cambio de los beneficios de un supuesto bienestar, lo que a la postre conlleva la perdida de todos los beneficios ofrecidos una vez que los que luchan son relegados a minorías sin representación. Tanto en la novela como en el film, la mirada está puesta en el futuro pero este condicional es percibido como una consecuencia de las decisiones del presente, y más precisamente de las disposiciones individuales respecto de la libertad, no como noción abstracta sino como acto que se ejerce en situaciones específicas para convertirse en acontecimiento.

 

También se destaca la creación de animaciones de gran esplendor como una Nueva York transformada en El Jardín de las Delicias, la icónica obra simbólica del pintor holandés Jheronimus Bosch, conocido en español como El Bosco. Las actuaciones de un elenco maravilloso, compuesto por Robin Wright, Paul Giamatti, Danny Houston, Harvey Keitel y Jon Hamm, enaltecen una obra en la que las diferencias entre la animación y la realidad se difuminan en una distopía sobre el futuro de la tecnología de animación CGI y el devenir de la industria cinematográfica. A través de una indagación dialéctica entre la imagen real y la animación, el film busca comprender así la esencia cinematográfica y el futuro de la relación entre industria y arte a través de diálogos filosóficos profundos e intensos, típicos de las novelas y la mirada del mundo de Lem, un escritor tan ocurrente como descarnado y sardónico al que Folman homenajea con esta obra tan desesperanzada como árida sobre el futuro que nos espera si seguimos en este proceso de renuncia a nuestra libertad.

 

El Congreso (The Congress, Israel/ Alemania/ Polonia/ Luxemburgo/ Bélgica/ Francia, 2013)

Dirección y Guión: Ari Folman. Elenco: Robin Wright, Harvey Keitel, Sami Gayle, Jon Hamm, Kodi Smit-McPhee, Danny Huston, Michael Stahl-David, Paul Giamatti, Ed Corbin, Christopher B. Duncan. Producción: Ari Folman, Robin Wright, Ewa Puszczynska, Eitan Mansuri, David Grumbach, Piotr Dzieciol, Sébastien Delloye y Reinhard Brundig. Duración: 122 minutos.

Puntaje: 8