Sin Piedad (Mercy, 2026) constituye el regreso al ruedo -en su faceta de realizador- del siempre impredecible Timur Bekmambetov, quien se hizo conocido por dos neoclásicos fantásticos/ vampíricos, Guardianes de la Noche (Nochnoy Dozor, 2004) y Guardianes del Día (Dnevnoy Dozor, 2006), hoy moviéndose entre la vigilancia maniática de 1984 (1984), de Michael Radford, la famosa escena del intento de lavado de cerebro de El Vengador del Futuro (Total Recall, 1990), de Paul Verhoeven, y la premisa y todas las tribulaciones de ese oficial acusado de un crimen que no cometió, John Anderton (Tom Cruise), de Minority Report: Sentencia Previa (Minority Report, 2002), de Steven Spielberg. La película, de hecho por momentos casi un exploitation de bajo presupuesto del opus de Spielberg, es una solución negociada entre los bodrios tradicionales de Bekmambetov en yanquilandia, léase Se Busca (Wanted, 2008), Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 2012) y Ben-Hur (2016), y su mega fetiche con respecto a las películas de pantalla de computadora o de escritorio o “screenlife”, rubro en el que dirigió la estupenda Perfil (Profile, 2018) y produjo un conjunto de obras variopintas que van desde las dignas Eliminar Amigo 2 (Unfriended: Dark Web, 2018), de Stephen Susco, Buscando (Searching, 2018), de Aneesh Chaganty, y Desconectada (Missing, 2023), de Will Merrick y Nicholas D. Johnson, hasta las dolorosas Eliminar Amigo (Unfriended, 2014), de Levan Gabriadze, y La Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2025), de Rich Lee, ejemplos de propuestas muy económicas que obligan a los responsables a narrar desde la astucia y el minimalismo.
El film, que continúa en la relativa mediocridad del opus previo, V2: Escape del Infierno (Devyataev, 2021), ya que no logra superar aquella Perfil, sin duda el renacimiento creativo del cineasta, asimismo incluye un marco de thriller en “tiempo real” símil Tiempo Límite (Nick of Time, 1995), de John Badham, y de faena en una sola y claustrofóbica locación modelo Enlace Mortal (Phone Booth, 2002), de Joel Schumacher, divirtiéndose de lo lindo con la idea de fondo del fascista amigo del punitivismo extremo terminando en las garras del propio sistema represivo que tanto defendía. La trama se centra en una sociedad futura no muy lejana en la que la ciudad de Los Ángeles tiene acceso a todos los teléfonos de la población y delegó la justicia en una Inteligencia Artificial bautizada Mercy que hace de juez, jurado y verdugo y considera culpables a todos los arrestados por delitos graves y les da 90 minutos para probar su inocencia antes de ser ejecutados, esquema en el que cae uno de sus principales defensores, el Detective Christopher “Chris” Raven (Chris Pratt), quien arrestase al primer ajusticiado, David Webb (Ross Gosla), un sospechoso de homicidio que de hecho fue ejecutado. Apenas unas horas a posteriori del asesinato de su esposa con un cuchillo, Nicole (Annabelle Wallis), y del hallazgo del cadáver por parte de su única hija, la adolescente Britt (Kylie Rogers), Raven es confinado a una silla del espanto símil aquella de Douglas Quaid (Arnold Schwarzenegger), de El Vengador del Futuro, y sometido a un proceso a cargo de la Jueza Maddox (Rebecca Ferguson), entidad virtual que lo considera responsable por evidencia circunstancial y un pasado de alcoholismo y problemas de ira.
La noción hitchcockiana del falso culpable oficia de catalizador de una investigación a la distancia que incluye conversaciones con la compañera de Chris en la policía, Jacqueline “Jaq” Diallo (Kali Reis), el amante de la esposa muerta, Patrick Burke (Jeff Pierre), y el espónsor del polizonte en Alcohólicos Anónimos, Robert “Rob” Nelson (Chris Sullivan), también compañero de trabajo de Nicole controlando contenedores en el puerto. En pantalla -y en la praxis cotidiana, lamentablemente- la omnipresencia de registros visuales por la omnipresencia de cámaras orwellianas, más un enorme volumen de datos de distinta clase y envergadura, enfatiza el hecho de que estamos en una sociedad que controla al individuo no sólo con la amenaza de castigo sino con la información y la falta de privacidad/ intimidad, desmenuzando su existencia hasta el más mínimo detalle para meterlo en una jaula tácita de comportamientos siempre prefijados desde el poder de la manipulación. El screenlife según Bekmambetov es algo así como una relectura maximalista del antiguo metraje encontrado/ “found footage”, ese que en su versión posmoderna nace con La Última Transmisión (The Last Broadcast, 1998), de Stefan Avalos y Lance Weiler, y El Proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, 1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, sin olvidarnos del otro pilar en cuestión, el teatro, en esta oportunidad apareciendo bajo una acepción interactiva/ multimedia que tiene un pie en los soliloquios y el otro en el constante contrapunto con el personaje de una Ferguson más robotizada -en el buen sentido- que nunca, precisamente la representación de un algoritmo con un ego tan inflado y tontuelo como el del propio Raven.
Desde el vamos la trama deja en claro que el entramado judicial, con IA o sin ella, está atravesado por prejuicios de larga data y en especial por la soberbia del que se cree dueño de la verdad desde una superioridad moral farsesca y/ o profundamente hipócrita, más teniendo en cuenta la paupérrima formación profesional y cognitiva de tantos abogados y policías de hoy en día. Quizás la mayor crítica recaiga en la misma Inteligencia Artificial, una tecnología sobrevalorada al servicio de los centros del poder oligárquico capitalista con la capacidad de raciocinio del Traductor de Google, de este modo se pasó de la promesa de curar el cáncer a la patética realidad de crear fotitos estúpidas o de falsear videos para la política, el ocio o la pornovenganza. Como casi siempre en el caso del kazajo/ ruso y su doble francés adepto a la estilización y la producción masiva de odiseas en paralelo a su carrera como director, Luc Besson, el guión de Marco van Belle, un irlandés conocido por la floja Arthur & Merlin (2015), evidentemente fue reescrito sin acreditar por el tremendo Timur y en sí comienza en el campo de lo verosímil para de a poco ir enloqueciendo de la mano de una andanada de delirios de diverso tenor, algunos de los cuales resultan risibles y otros despiertan fascinación o simplemente vuelven a atrapar al espectador a lo largo de los siguientes actos de la epopeya. Sin Piedad está bien editada y posee un desarrollo atractivo dentro del armazón retórico del screenlife, no obstante los diálogos son flojos, las escenas de acción no pasan de lo correcto y la sobreabundancia de drones para las tomas amplias deriva en lo involuntariamente hilarante por su oportunismo hollywoodense, muy forzado.
El pivote detectivesco a lo whodunit es un tanto burdo pero no está del todo mal ya que las actuaciones son buenas y en general se reduce el volumen de personajes a la compañera de trabajo de Raven, su hija, el amante de la finada y por supuesto la presencia espiritual del homicida, sin embargo el asunto se vuelve repetitivo y por ello las lagunas/ baches abundan en el relato en consonancia con las idas y vueltas de una investigación en pos de probar una inocencia que no se caracteriza por su imaginación u originalidad. La vuelta de tuerca final, relacionada a una revancha, el robo de sustancias químicas y un atentado contra el palacio de justicia de la IA, se siente demasiado desesperada al extremo de tomar la forma de un “deus ex machina” implícito en la tradición del mainstream más pomposo, planteo caótico que en buena medida choca con el minimalismo -como decíamos antes, paradójicamente maximalista- del screenlife de Bekmambetov, momento en el que la propuesta se traiciona a sí misma porque cuando Chris abandona la silla el formato estalla por los aires y saltamos directamente a la ficción tradicional, una vez más con la Jueza Maddox asistiendo al policía como si se tratase de una versión amigable del famosísimo Gran Hermano (Big Brother), de 1984. El desenlace en sí respeta esta filosofía demencial ya que funciona como una mixtura entre un videojuego en primera persona, una transmisión de TV, un simulador inmersivo noventoso de parque de diversiones y un opus estrambótico de acción orientado a denunciar tanto los “errores” de la justicia, sea digital o prosaica, como la creencia lela de que delegar en máquinas las responsabilidades humanas resolverá mágicamente nuestros problemas…
Sin Piedad (Mercy, Estados Unidos/ Rusia, 2026)
Dirección: Timur Bekmambetov. Guión: Marco van Belle. Elenco: Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Kali Reis, Annabelle Wallis, Chris Sullivan, Kylie Rogers, Jeff Pierre, Ross Gosla, Kenneth Choi, Rafi Gavron. Producción: Timur Bekmambetov, Charles Roven, Robert Amidon y Majd Nassif. Duración: 100 minutos.