El Ente (The Entity)

Los fantasmas también eyaculan

Por Emiliano Fernández

El director Sidney J. Furie y el guionista Frank De Felitta, los mayores responsables detrás de El Ente (The Entity, 1982), una de las mejores películas de horror de la década del 80 y sin duda un trabajo que no ha recibido todo el reconocimiento que merece, son dos de las figuras más curiosas que haya dado la industria cultural norteamericana de los 60 y 70: el Furie previo a la película que nos ocupa encaró una catarata de films de la más diversa índole entre los que se destacan The Ipcress File (1965), The Appaloosa (1966), Little Fauss and Big Halsy (1970) y la querida The Boys in Company C (1978), luego de lo cual caería en una interminable retahíla de productos cada vez más flojos o precarios que lo fueron acercando a una clase B sin culpa que reforzó su idiosincrasia artesanal a la hora de filmar y filmar para mantenerse en movimiento; y en lo que respecta a De Felitta, el señor es recordado por haber formado parte de esa generación de escritores de terror -junto con Peter Straub y Stephen King, sobre todo- que se hicieron muy conocidos a fines de la década del 70, incluso atesorando el insólito privilegio hollywoodense de haber firmado los guiones de sus dos adaptaciones más célebres, la relativamente digna La Otra Vida de Audrey Rose (Audrey Rose, 1977), basada en su novela homónima de 1975, y la misma El Ente, inspirada en su libro de 1978, circunstancia que por cierto no debe impedirnos subrayar que también tuvo una atendible carrera como realizador televisivo que incluye a Trapped (1973), The Two Worlds of Jennie Logan (1979), la memorable Dark Night of the Scarecrow (1981) y Killer in the Mirror (1986), amén de una aventura fallida en la pantalla grande llamada Scissors (1991), protagonizada por la entonces ascendente Sharon Stone.

 

La novela tomó como fuente de inspiración el caso de Doris Bither, una estadounidense que en 1974 alegó que los espíritus de tres hombres se confabularon para violarla, dos de ellos sosteniéndola mientras el tercero la penetraba, lo que se extendió a una serie de episodios similares que duraron años y fueron registrados por un par de parasicólogos, Barry Taff y Kerry Gaynor. Aquí la protagonista es Carla Moran (Barbara Hershey), una recepcionista que asiste a un curso de mecanografía con la esperanza de en un futuro hallar un trabajo mejor pago que le permita vivir más holgadamente junto a sus tres hijos, las dos nenas pequeñas Julie (Natasha Ryan) y Kim (Melanie Gaffin) y su vástago adolescente, Billy (David Labiosa). Cuando empiecen los ataques sexuales reglamentarios en su casa por parte de la entidad incorpórea del título, en un principio nadie le creerá y sólo de manera paulatina -a medida que cada uno de los secundarios experimenta alguno de los eventos sobrenaturales de turno- irá ganando el apoyo necesario para luchar contra el cruel espectro. Primeramente acude a un psiquiatra, el Doctor Phil Sneiderman (Ron Silver), el cual se muestra comprensivo aunque sutilmente la acusa de ser una histérica que se está inventando los violentos embates por traumas de su pasado, como por ejemplo indicios de acoso por parte de su padre clérigo, el haberse fugado de su casa por ese tema y haber tenido a Billy con un muchachito drogón que se terminó matando en un accidente con su moto, la fuga del padre de Kim y Julie -un hombre mucho mayor que ella- para evitar la responsabilidad de criar a las nenas, y finalmente la aparición de su novio actual, Jerry Anderson (Alex Rocco), un hombre que también la deja sola de modo reiterado por largos viajes laborales.

 

Al igual que en la otra película del mismo año sobre el acoso de unos seres demoníacos que saltaban de su plano específico de existencia al nuestro, la mucho más “family friendly” y popular Poltergeist (1982), en El Ente se termina de establecer lo que luego sería tomado como el patrón estándar del rubro dentro del cine de horror, léase la intervención de especialistas del estudio de lo oculto y lo paranormal con vistas a recolectar pruebas que revaliden el campo de trabajo, legitimen a los investigadores y posibiliten un mayor presupuesto para pesquisas venideras, en esencia retomando -y expandiendo desde nuestra posmodernidad, a la vez nihilista y cientificista- fórmulas retóricas que ya estaban presentes en La Casa Embrujada (The Haunting, 1963) y la injustamente semi olvidada La Leyenda de la Casa Infernal (The Legend of Hell House, 1973). En esta oportunidad los dos cazafantasmas, Gene Kraft (Richard Brestoff) y Joe Mehan (Raymond Singer), al servicio de una jefa veterana, la Doctora Elizabeth Cooley (Jacqueline Brookes), constituyen el contrapeso necesario a nivel narrativo para volcar la incredulidad freudiana de Sneiderman de la primera parte hacia ese frenesí posterior de intentos sesudos por primero dejar constancia de las violaciones que padece Moran y luego eliminar la amenaza hiper posesiva en cuestión, una que de sopetón hace más estrecho el vínculo con su mejor amiga, Cindy Nash (Margaret Blye), y destruye la relación con Anderson, quien sale despavorido ante el primer ataque nocturno que atestigua contra Carla. El enfoque psicologista clásico del film bien se podría reemplazar por el fetiche actual con las neurociencias, siempre obsesionadas con reducir todo a la biología del cerebro, y nada sustancial cambiaría a escala del relato.

 

La paciencia, meticulosidad y crudeza de la puesta en escena naturalista de Furie, sumada a los muy buenos diálogos de De Felitta y la música martilladora de Charles Bernstein para los instantes de violencia sexual o las arremetidas asesinas del ente sin nombre, son los grandes pivotes de la faena y las garantías de que cualquier infantilismo queda de lado al momento de sopesar todos los pormenores del caso, los cuales incluyen además una cierta sensualidad malsana y muy bienvenida durante las escenas más escabrosas (resulta inmaculado el practical effect de esas manos invisibles tocándole los pechos y jugando con los pezones de Moran, aunando permanentemente el erotismo con el dolor y esa inefable humillación), la sugerencia de una fantasía incestuosa de fondo como marco de las agresiones paranormales (basta con recordar la excelente y agitada secuencia en la que Sneiderman señala que puede existir una correlación entre el trío de espectros que afirma que la violaron en el baño y sus dos hijas y el mismo Billy, siendo este último el encargado de penetrarla en esta hipotética fantasía subconsciente), y la tendencia a enfatizar el carácter cíclico del hostigamiento haciendo que los puntos neurálgicos del derrotero pasen a segundo plano ante el sadismo y la insistencia de la entidad (esta suerte de espontaneidad maquillada -o mejor dicho, condicionada de manera magistral desde el dispositivo narrativo- pocas veces sería igualada a futuro porque una y otra vez a partir de esta película se optaría con subrayar a lo bestia cada nueva vuelta de tuerca en convites que dejarán de lado el pesimismo fatalista de El Ente para seguir la arquitectura mainstream tradicional y algo mucho pueril de “cielo/ infierno/ restitución celestial”, con toda la cobardía a cuestas).

 

Ahora bien, todo lo anterior no hubiese pasado de espejitos de colores si no fuera por la presencia de una protagonista a la altura de semejante experiencia y de uno de los papeles más demandantes de la historia del cine de horror, la enorme Barbara Hershey, una mujer que no sólo se banca el mote de “héroe de la clase obrera” que le calza el opus de Furie y De Felitta sino que lleva con hidalguía y talento la colección de violaciones de la que es objeto a lo largo del metraje, componiendo por cierto a una fémina real que hace lo que puede para sobrellevar el asunto -incluso conjeturando con la posibilidad de “cooperar” con el victimario- y no a una caricatura hollywoodense que pasa en un santiamén de la inacción y la autoindulgencia al combate de igual a igual, como si las soluciones mágicas existiesen aun bajo el asalto de fantasmas ultra prosaicos que cuentan con la capacidad de eyacular. A diferencia de tantos melodramas similares sobre la indefensión o la valentía de una mujer en peligro, El Ente ve a las otroras mediocridad y explotación de los suburbios citadinos como cubiertas de un manto de alegría familiar no del todo percibida por el clan de turno hasta que comienza la pesadilla. Más allá de ese legendario desenlace, cuando Cooley y sus dos asistentes pretenden congelar a la entidad con helio líquido con vistas a probar su existencia material y que no es una simple proyección psíquica de Carla, y de ese epílogo en el que el espectro le regala un “bienvenida a casa, conchuda” cuando ella entra por última vez a su hogar desierto antes de abandonar Los Ángeles, el film se rehúsa a brindar un cierre al sufrimiento enfatizando su inconformismo con el fin de poner en primer plano la incertidumbre y el carácter perenne tanto del trauma como del acoso psicopático en sí…

 

El Ente (The Entity, Estados Unidos, 1982)

Dirección: Sidney J. Furie. Guión: Frank De Felitta. Elenco: Barbara Hershey, Ron Silver, David Labiosa, Margaret Blye, Jacqueline Brookes, Richard Brestoff, Raymond Singer, Alex Rocco, Natasha Ryan, Melanie Gaffin. Producción: Harold Schneider. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 10