Creep

Los gritos en los túneles

Por Emiliano Fernández

El metro, o red de trenes fundamentalmente subterráneos, tiene distintas acepciones según estemos hablando del Primer Mundo o del Tercer Mundo porque en este último el sistema de transporte suele limitarse al núcleo urbano más céntrico de las grandes metrópolis y abarcar, precisamente, un trazado bajo tierra, sin embargo en los países más ricos el tendido se extiende hacia los suburbios más alejados y combina partes subterráneas con otras varias elevadas y unas cuantas con las vías ya al ras del suelo. El séptimo arte moderno siempre incluyó diversas escenas en el metro aunque curiosamente no le ha dedicado demasiadas películas a la temática o locación en sí, cuyo “grado cero” en términos de la gran pantalla -y a nivel sobre todo espiritual- es una trilogía tácita del suspenso alrededor del tópico de la toma de rehenes y cierto sadismo de fondo, esa compuesta por Paseo con el Terror (Ride with Terror, 1963), de Ron Winston, El Incidente (The Incident, 1967), de Larry Peerce, y La Captura del Pelham 1-2-3 (The Taking of Pelham One Two Three, 1974), de Joseph Sargent, esta última de lo más influyente al punto de generar tres remakes muy inferiores. El metro ha aparecido en el lenguaje cinematográfico bajo diferentes formatos a lo largo del tiempo que incluyen el thriller ultra callejero de Los Guerreros (The Warriors, 1979), de Walter Hill, el documental de Style Wars (1983), de Tony Silver, y Dark Days (2000), de Marc Singer, la acción bufonesca de Asalto al Tren del Dinero (Money Train, 1995), de Joseph Ruben, la ciencia ficción de Moebius (1996), del argentino Gustavo Mosquera, la antología dramática de Historias bajo Tierra: El Último Viaje (Subway Stories: Tales from the Underground, 1997), de Abel Ferrara, Jonathan Demme, Bob Balaban y la friolera de otros siete directores, la comedia negra de Control (Kontroll, 2003), de Nimród Antal, la animación experimental de Metropia (2009), de Tarik Saleh, las catástrofes infladas de Metro (2013), de Anton Megerdichev, y el musical de Beat Street (1984), opus hiphopero de Stan Lathan, y Atascados (Stuck, 2017), una propuesta de índole pop de Michael Berry.

 

No obstante, como suele ocurrir con todos los ámbitos que tienen marcados “claustrofobia” en la frente por una más que evidente sensación de reclusión o aislamiento, es el horror el que mejor aprovechó la soledad del metro en un puñado de películas no particularmente brillantes aunque bastante aceptables para el nivel promedio de calidad de su tiempo, una de las tantas paradojas del ecosistema de la cultura que justo en este caso abarca por un lado los cimientos del subgénero terrorífico de los trenes subterráneos, léase Muerte en la Línea (Death Line, 1972), convite inaugural de Gary Sherman, y Un Extraño te Espía (A Stranger Is Watching, 1982), de Sean S. Cunningham, y por el otro lado los exponentes posmodernos modelo mixtura de elementos previos, un grupo en el que encontramos Final de la Línea (End of the Line, 2007), de Maurice Devereaux, El Tren de la Medianoche (The Midnight Meat Train, 2008), de Ryûhei Kitamura, y El Túnel (The Tunnel, 2011), de Carlo Ledesma. Ahora bien, la mejor realización por lejos del rubro que nos compete -por lo menos en su acepción vinculada a los sustos y los gritos en los túneles- es la ópera prima del director y guionista británico Christopher Smith, Creep (2004), una diminuta maravilla que se centra en Kate (la alemana Franka Potente), una ejecutiva muy soberbia de Londres que en los primeros minutos del metraje rechaza burlona el avance romántico de un colega del trabajo, Guy (Jeremy Sheffield), le niega unas pocas monedas a un homeless en un cajero automático (Craig Fackrell) y se enfrenta a una arpía egoísta que se parece bastante a ella misma (Elizabeth McKechnie). Con la idea de conocer a George Clooney en una fiesta nocturna, la protagonista ingresa al metro mediante la estación Charing Cross pero pronto se queda dormida y padece un intento de violación de parte de Guy que termina siendo detenido por un tercero, Craig (Sean Harris), sujeto deforme, caníbal y amigo de las ratas que fue el hijo adoptivo de un médico que se dedicaba a hacer abortos y a experimentar con las mujeres que se presentaban en su quirófano ilegal del inefable London Underground.

 

Smith en primera instancia aplica una fórmula relativamente sencilla, hablamos de la premisa narrativa de base de Muerte en la Línea más el grotesco adicional de Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven, y el fetiche con los roedores del díptico de Willard (1971), de Daniel Mann, y Ben (1972), de Phil Karlson, ambas por cierto escritas por Gilbert Ralston, y en segundo lugar nos regala una linda retahíla de personajes complementarios que en un único movimiento confirman el estereotipo del mainstream y el indie de la carnicería en cadena y le escapan al pivote por antonomasia de dicho esquema conceptual, la soledad y benevolencia de nuestra reina del grito/ “scream queen”, en este sentido pensemos que esta Kate bajo peligro casi nunca está sola porque la intención del realizador es subrayar que la señorita es una burguesa inepta que no puede hacer nada por su cuenta y para protegerse necesita pagarle a un pobre drogadicto llamado Jimmy (Paul Rattray), quien vive en el metro junto a su perro Ray y su novia heroinómana Mandy (Kelly Scott), además de recurrir a un guardia de seguridad bien obtuso (Morgan Jones) e incluso a una de las víctimas del imparable Craig, George (Vas Blackwood), un ex traficante de marihuana, padre de una hija y empleado del sistema de aguas residuales de Londres que termina en una de las jaulas semi sumergidas en donde el villano guarda su “alimento”, siempre esperando que mueran para empezar a desmembrar y rebanar los cadáveres. Esta decisión de no dejar sola a la criatura de la estupenda Potente, por entonces atravesando lo mejor de su carrera como lo demuestran sus colaboraciones con Stefan Ruzowitzky, Paul Greengrass, Ted Demme, Peter Greenaway, Todd Solondz, Steven Soderbergh y aquel Tom Tykwer que la hizo famosa gracias a Corre, Lola, Corre (Lola Rennt, 1998) y La Princesa y el Guerrero (Der Krieger und die Kaiserin, 2000), funciona en paralelo con la idiosincrasia poco simpática de Kate y la ampulosidad de un gore símil exploitation de los años 70 o porno de torturas y extremismo europeo de esta primera década del Siglo XXI.

 

Entre la brutalidad del slasher y la mentada ridiculización de la burguesía más narcisista que no puede -ni sabe cómo, en realidad- ponerse en el lugar del prójimo, ya sea el igual de clase o el necesitado de otro estrato de la comunidad, Creep juega de manera brillante con géneros superpuestos como la película de monstruos, el suspenso de entorno cerrado, el horror de acecho in crescendo, la odisea de leyenda urbana y hasta esa parodia o fábula social que no sólo se percibe en el pancismo y cobardía de la protagonista sino también en ese magnífico remate cuando en los últimos segundos recibe una moneda de limosna por parte de un extraño del montón (Spencer Hawken) que la confunde con una mendiga a raíz de su suciedad, ropa destruida y especialmente por estar acompañada por el otro único ser viviente que sobrevivió a la apabullante masacre, el perrito Ray. El film no sólo exprime con astucia el trasfondo laberíntico del metro londinense y evita el feminismo de cartón pintado de tanto producto marketinero contemporáneo de terror sino que asimismo apuesta por el maquillaje y unos practical effects que rechazan los CGIs y toda corrección política, amén de presentarnos a un monstruo trágico frankensteineano, de compulsiones homicidas homologadas a abusos por parte de un tecnócrata cuasi nazi de la medicina, que toma la forma de una figura villanesca neutral a lo “Dios devorador” que mata por igual a víctimas y victimarios porque la moralidad no entra en el régimen de competencias de los animales. Perteneciente a su mejor fase profesional, aquella de la trilogía inicial que se completa con la comedia negra sobre trabajos de oficina Recorte Sangriento (Severance, 2006) y la pesadilla existencial en espiral Triangle (2009), el opus de Smith gira alrededor de las dos grandes obsesiones del cineasta, primero la responsabilidad individual, algo que incluye la abulia de la burguesa pero también del lumpen George, y segundo la certeza de que el peor enemigo/ demonio/ lunático del mundo no es aquel que podamos señalar con el dedo índice sino uno mismo, tanto en la inconsciencia de Craig como en la autoconciencia de Kate…

 

Creep (Reino Unido/ Alemania, 2004)

Dirección y Guión: Christopher Smith. Elenco: Franka Potente, Sean Harris, Paul Rattray, Jeremy Sheffield, Vas Blackwood, Kelly Scott, Craig Fackrell, Elizabeth McKechnie, Morgan Jones, Spencer Hawken. Producción: Jason Newmark y Julie Baines. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 9