La sorpresa de reencontrarse más de dos décadas después con Palíndromos (Palindromes, 2004), el quinto largometraje del cineasta estadounidense Todd Solondz luego de un debut fallido mainstream, Miedo, Ansiedad & Depresión (Fear, Anxiety & Depression, 1989), y esa trilogía dorada que constituye lo mejor de su carrera, Mi Vida es mi Vida (Welcome to the Dollhouse, 1995), Felicidad (Happiness, 1998) y Storytelling (2001), pone en primer plano cuánto se ha degradado el cine independiente en el nuevo milenio o mejor dicho, cuánto se ha higienizado para el consumo digital planetario y cuánto se ha mimetizado con el producto promedio de una gran industria hollywoodense siempre profundamente estéril, conservadora, anodina o proclive a no aceptar riesgo alguno. Para comprender en toda su envergadura el salto de un momento a otro, desde principios del Siglo XXI a veinte años y pico después, conviene recordar que el indie moderno se origina a mediados de la centuria pasada y en general se dividía entre por un lado aquel cine under de género, groseramente ninguneado por prensa, festivales y la gran mayoría del público salvo una secta de loquitos truculentos, y por el otro lado un acervo arty efectivamente festivalero que además gozaba de un circuito de exhibición específico al que acudía un público relativamente culto o por lo menos un poco más exigente que el espectador estándar del mainstream, que se conforma con cualquier hamburguesa audiovisual infantilizada y sin demasiado mérito artístico (o ninguno, dependiendo de cada caso). Ya muy entrado el nuevo milenio, no sólo películas tan pirotécnicas como Palíndromos han desaparecido, a raíz de la mentalidad marketinera de obviar toda referencia sexual y de violencia discursiva en serio, sino que ya ni siquiera existe un verdadero nicho de distribución/ exhibición en el que el público nostálgico de la virulencia y las emociones fuertes o inconformistas pueda encontrar los pocos exponentes que en ocasiones aparecen por arte de magia entre la retahíla de bodrios intercambiables del presente, en este sentido tomemos de ejemplo el olvido que padece el mismo Solondz, cuya obra en su mayoría estaba disponible de manera intermitente sólo en MUBI, permanecía completamente inédita en blu-ray y recién entre el 2024 y el 2025 comenzó a aparecer con cuentagotas en ese mercado hogareño gracias a The Criterion Collection, Shout Factory y Radiance Films, entre otras compañías que siguen apostando a la heterogeneidad artística.
Palíndromos es una secuela tácita de Mi Vida es mi Vida e incluso se podría aseverar que forma parte de un ecosistema narrativo en común que la vincula también a Felicidad, la continuación de esta última, La Vida en Tiempos Difíciles (Life During Wartime, 2009), y el último convite del cineasta a la fecha, Perro Salchicha (Wiener-Dog, 2016), suerte de spin-off del opus de 1995 y en sí una propuesta que deja afuera del universo compartido a los otros tres films de la trayectoria del amigo Todd, Mi Novia Ideal (Dark Horse, 2011) y las citadas Storytelling y Miedo, Ansiedad & Depresión, apenas ocho largometrajes en un derrotero de cuatro décadas -contando desde los cortos de mediados de los años 80- que para colmo incluye un par de lustros de silencio reciente porque ya acumula tres anuncios fallidos sobre el inicio del rodaje de su nuevo trabajo, Love Child, para el que no consigue financiamiento dentro de un exilio forzoso semejante al padecido en su momento por David Lynch o ese David Cronenberg previo a Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 2022) y Las Mortajas (The Shrouds, 2024). La historia de Palíndromos gira alrededor de Aviva, un personaje encarnado por la friolera de ocho intérpretes que van de negros a blancos, de flacos a corpulentos, de niños a adultos y de mujeres a un varón: la jovencita de trece años se obsesiona con quedar embarazada, para “tener a alguien a quien amar”, luego de asistir al funeral judío de la protagonista de Mi Vida es mi Vida, su prima Dawn Wiener (Heather Matarazzo), quien se suicidó después de terminar preñada por una violación, por ello Aviva tiene sexo con el vástago adolescente de una familia amiga, Judah (Robert Agri), y pronto queda encinta aunque sus padres, Joyce (Ellen Barkin) y Steve (Richard Masur), la obligan a hacerse un aborto que sale mal y deriva en una histerectomía, la extracción del útero, sin que la chica lo sepa. Todavía con la idea fija de procrear, Aviva se escapa de su hogar e intima en un hotel con un camionero pederasta y sodomita, Joe (Stephen Adly Guirgis), que la abandona de repente y así la mocosa eventualmente va a parar a la casa/ albergue de unos beatos inmundos que coleccionan nenes y nenas con discapacidades o características “no caucásicas y cristianas”, Bo (Walter Bobbie) y Mamá Sunshine (Debra Monk), el primero especializado en mandar a matar a médicos abortistas como el que atendió a Aviva, el Dr. Fleisher (Stephen Singer), tarea rápidamente asignada a nada más y nada menos que Joe.
Más allá de la complejidad del film y el prodigioso desempeño de Sharon Wilkins, Jennifer Jason Leigh y Shayna Levine como Aviva, superando lo hecho por Emani Sledge, Valerie Shusterov, Hannah Freiman, Rachel Corr y ese Will Denton, por momentos pareciera que Solondz se toma el asunto como un gran homenaje/ chiste cinéfilo porque evidentemente pretende retomar ítems o facetas de cuatro realizaciones cruciales que rankean en punta entre sus favoritas, hablamos de Ese Oscuro Objeto del Deseo (Cet Obscur Objet du Désir, 1977), la última película de Luis Buñuel y el caso más famoso de múltiples actrices para un único rol, allí Carole Bouquet y Ángela Molina para Conchita, La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), joya de Charles Laughton aludida mediante un viaje farsesco de Aviva por un arroyo y desde ya su llegada al “refugio” de los fundamentalistas religiosos, Fenómenos (Freaks, 1932), obra de Tod Browning que se recupera especialmente en el desayuno colectivo de los Sunshine, y El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, en este caso a través de una canción de cuna que Nathan Larson compuso para el norteamericano que remite en gran medida a su homóloga de Krzysztof Komeda para el opus de secta satánica por antonomasia. El director y guionista insinúa una violencia latente en casi todas las situaciones sociales, como una pulsión gregaria original que pide a gritos desatarse contra cualquiera que ose interponerse en nuestro camino, y se mofa de lo sagrado de idiosincrasia hebrea, en síntesis el prólogo con los ritos fúnebres payasescos por Dawn, y también de dejo cristiano, en este caso literalmente el resto del film considerando cómo se engolosina Solondz con la hipocresía del matrimonio Sunshine, el cual vive con otros diez niños adoptados con leucemia, ceguera, síndrome de Down, epilepsia, enanismo, retraso mental y algunas “condiciones” como ser árabe, tullido, carecer de brazos o tener que realizarse nebulizaciones antes de dormir para extraer mucosidad/ flema, precisamente el problemilla de Peter Paul (Alexander Brickel), el hilarante interés romántico de Aviva durante su estadía con los fascistas, a su vez adeptos a sacar bebés abortados de un basural para enterrarlos, unos fanáticos de la genuflexión y las coreografías del pop evangélico que reciben el apoyo del Dr. Dan (Richard Riehle), quien acusa a la protagonista de “niña puta” y fotografía su vagina para que la vean Bo y Joe, este último asimismo llamado Earl y Bob.
La propuesta, con una estética entre documentalista y precaria aunque eficaz, destruye a la burguesía biempensante estadounidense tanto de izquierda, empardada a lo políticamente correcto o la condescendencia paternalista/ maternalista, como de derecha, pensemos en los antiabortistas psicópatas del albergue familiar para mocosos descarriados u olvidados por el Estado, la comunidad y su familia de origen, equivalentes a las “mascotas” del marketing o la industria cultural más oportunista y publicitaria. Palíndromos también puede leerse como una parodia en primera instancia de la maternidad, aquí reducida a un impulso caprichoso baladí que resulta irresponsable en medio de la sobrepoblación y la destrucción del planeta por obra y gracia del ser humano, en segundo lugar de la caridad en términos cristianos, en esencia utilizando los mismos argumentos de aquel Buñuel de Viridiana (1961) porque el gesto de salvar a un exponente de los desesperados se pierde en el océano de la catástrofe capitalista, y en tercera instancia del bildungsroman o relato de aprendizaje o coming of age, género sin duda fetichizado hasta el hartazgo por Hollywood y su culto a la juventud y la adultez infantilizada, en pantalla derivando en una Aviva que jamás madura ni deduce la realidad ni aprende la lección en materia de la inutilidad absoluta de su periplo existencial en pos de un vástago sin siquiera tener útero. En consonancia con ello el título de la faena, referencia a una palabra u oración que se lee de la misma manera de izquierda a derecha como de derecha a izquierda, apunta no sólo a la intercambiabilidad del significante/ actor, ya que el significado/ personaje permanece igual, sino también a la moraleja en general que Solondz pone en boca de su alter ego nerd de Mi Vida es mi Vida, Mark Wiener (Matthew Faber), el hermano mayor de Dawn -falsamente acusado de pedófilo por su otra hermana, Missy (Daria Kalinina)- que por un lado enfatiza que en el fondo nada ni nadie cambia, debido a que seguimos patrones preestablecidos de índole atávica/ social/ psicológica, y por el otro lado subraya el costado autosatírico de este universo retórico en común del cine de Todd, una y otra vez con actores que componen a personajes de otros colegas y con líneas dramáticas que se trastocan de film en film sin explicación alguna, casi englobadas en el surrealismo del absurdo. El destino, “los genes y el azar” según aquellas palabras de Mark, parece burlarse de todas y cada una de las criaturas en pantalla y en especial de su obsesión en lo que atañe a utilizar el rasgo físico, espiritual o identitario distintivo como motivo de un escarnio ad infinitum, por ello la inocencia desexualizada de derecha y su contraparte, la candidez sexualizada de modo prematuro dentro del andamiaje discursivo de izquierda, son vapuleadas en simultáneo por la epopeya desde el humor negrísimo y sin anestesia de un Solondz que considera a los hijos unos tumores -benignos, malignos o quizás de naturaleza híbrida- que nosotros mismos buscamos a conciencia obedeciendo un plan masoquista con mucho de idiotez e imperativo biológico ineludible, de todos modos en parte condicionado por una sociedad que lava cerebros para reducir la complejidad de la crianza a las fábulas de Disney y regiones lelas aledañas como si la reafirmación del propio ego fuese prioritaria por sobre el purrete llorando o quejándose delante nuestro, de hecho transformado a escala conceptual para la fauna individualista en un juguete que aleja a los padres de la soledad…
Palíndromos (Palindromes, Estados Unidos, 2004)
Dirección y Guión: Todd Solondz. Elenco: Sharon Wilkins, Alexander Brickel, Jennifer Jason Leigh, Ellen Barkin, Shayna Levine, Emani Sledge, Valerie Shusterov, Hannah Freiman, Rachel Corr, Will Denton. Producción: Derrick Tseng y Mike S. Ryan. Duración: 101 minutos.