Misericordia (Miséricorde)

Los hongos y el poder del deseo

Por Emiliano Fernández

El caso de Alain Guiraudie es muy gracioso porque el francés ha insistido incansablemente a lo largo de su carrera con un formato de comedia dramática, a mitad de camino entre lo grotesco, lo austero, lo satírico y lo surrealista encarado desde la cotidianeidad más bizarra, que definitivamente no alcanzó demasiada repercusión a nivel local e internacional con dos únicas salvedades, las estupendas El Desconocido del Lago (L’Inconnu du Lac, 2013) y Misericordia (Miséricorde, 2024), en las que recurrió a una arquitectura de thriller que de hecho suele enmascarar su tendencia de siempre hacia el humor negro y por momentos absurdo y especialmente hacia los romances de idiosincrasia hiper gala, en sintonía con su lectura del amor loco/ “amour fou”, todo un paradigma dentro de la cultura vernácula y su obsesión para con el retrato de los amantes con destino de desastre. Dicho de otro modo, no es que el resto de su producción artística sea anodina o descartable, hablamos del trayecto que va desde sus dos primeros mediometrajes, El Sol para los Pobres (Du Soleil pour les Gueux, 2001) y Ese Viejo Sueño que Mueve (Ce Vieux Rêve qui Bouge, 2001), hasta largos posteriores como No hay Reposo para los Valientes (Pas de Repos pour les Braves, 2003), Aquí ha Llegado el Tiempo (Voici Venu le Temps, 2005), El Rey de la Evasión (Le Roi de l’Évasion, 2009), Animal Vertical (Rester Vertical, 2016) y Un Héroe Anónimo (Viens je t’Emmène, 2022), sino que no consigue abrirse camino del todo hacia lo popular o, por el contrario, no logra destacarse en serio en el que sería su “ecosistema natural”, un circuito de festivales repleto de obras semejantes aunque sinceramente más volcadas al drama o costado trágico mundano de la existencia porque si hay algo que falta en el Siglo XXI son risas relativamente inteligentes que permitan desprenderse de tanta autoindulgencia y tanto narcisismo de base histérica social, de allí que la causticidad de impronta muy minimalista de Guiraudie -desfasaje espiritual mediante, se podría decir- nunca llegue a sincronizar con el gusto de su época o tal vez pase desapercibida debido a ciertas obsesiones temáticas que no cuadran con el conservadurismo neopuritano del nuevo milenio, sobre todo el tópico de la represión sexual o los entretelones poco lineales de las afinidades y la efusividad erótica.

 

De todos modos no se puede caracterizar en un cien por ciento al director y guionista como un pobre artista incomprendido porque honestamente sus incursiones más conocidas en la comedia hecha y derecha, No hay Reposo para los Valientes, El Rey de la Evasión y sus dos opus posteriores a su primer gran éxito global, El Desconocido del Lago, léase Animal Vertical y Un Héroe Anónimo, se movieron en el terreno de la corrección bienintencionada con algunos destellos ascéticos de inspiración, de una genialidad latente que se termina de asomar desde el armazón inconformista cuando se pone el traje hitchcockiano y coquetea con el suspenso de índole clasicista, aquel del “hombre común” -un homosexual en su caso, los quijotes de siempre de su universo narrativo- que se ve inmerso en situaciones insólitas y debe hacer frente a una amenaza externa en cuyas manos cae por obra y gracia de sus propias compulsiones/ fetiches/ tendencias, como si se tratase de un laberinto con pasajes y significados que por suerte quedan en el misterio o escapan a la comprensión del público. Misericordia, en este sentido, se aleja todavía más de las redundancias hollywoodenses de hoy en día y resulta mejor que El Desconocido del Lago ya que esencializa la fórmula de aquella, ahora sustituyendo la pompa del sexo explícito por desnudos al paso que funcionan muy bien dentro de la estructura de la trama y sitúan en primer plano la evidente ironía o intentona formal autolimitante de Guiraudie, eso de crear una fábula centrada en el poder del deseo en su dimensión carnal pero sin ninguna escena de sexo, epítome de la frustración de fondo. La película también parece dialogar con Absolución (Absolution, 1978), aquella joya británica dirigida por Anthony Page y escrita por Anthony Shaffer que jugaba con el homoerotismo, la culpa cristiana y el secreto de confesión en la Iglesia Católica mediante el martirio del Padre Goddard (Richard Burton), un sacerdote desabrido y docente de Latín y Conocimiento Religioso, a manos de uno de sus estudiantes, Benjamin “Benjie” Stanfield (Dominic Guard), nada menos que su alumno preferido y un muchacho que se la pasaba confesándole tropelías atroces a pura psicopatía para conducirlo hacia la locura ya que la ortodoxia del cura no le permitía aceptar que su “mascota” se había convertido en criminal.

 

En Misericordia el asunto en buena medida se invierte de manera doble porque el religioso de turno, el Padre Philippe Griseul (Jacques Develay), no es el protagonista del relato ni tampoco la víctima de un chantaje doctrinario sino un extorsionador o psicópata tácito que manipula al verdadero centro de la faena, Jérémie Pastor (Félix Kysyl), muchacho que se separó hace poco de su novia y regresa después de una década a su pueblito natal del interior de Francia, Saint-Martial, para asistir al funeral de su otrora empleador, un tal Jean-Pierre Rigal (Serge Richard) que falleció de una enfermedad ignota y estaba casado con Martine (Catherine Frot), padres de un único hijo, Vincent (Jean-Baptiste Durand), sujeto impulsivo de la edad de Jérémie que a su vez está casado con Annie (Tatiana Spivakova) y progenitor de un mocoso que se la pasa todo el tiempo lobotomizado por su smartphone, Kilian (Elio Lunetta). La inusitada hospitalidad de Martine, que le ofrece la habitación de su hijo y lo insta a quedarse para hacerse cargo de la ya cerrada panadería de la parentela, choca con la hostilidad de Vincent, quien pretende expulsarlo cuanto antes enmascarando el asunto bajo una posible jugarreta de vividor para con su madre cuando en realidad detrás del desprecio se mueve una serie de celos de maricones de clóset alrededor del mejor amigo de ambos varones, el hedonista y ex granjero fortachón Walter Bonchamp (David Ayala), otro gay no asumido que se sorprende y lo echa a tiros cuando un día Pastor le acaricia el pecho de repente. Vincent, que quiere a Walter para él solo y para colmo se siente atraído hacia Jérémie, le busca pelea a este último pero pierde duramente la contienda cuando el visitante le rompe la cabeza con una piedra, entierra su cuerpo y lleva su automóvil hacia una ciudad cercana, Millau. El cura deduce la responsabilidad de Pastor y eventualmente le ofrece una coartada frente a los encargados de la investigación de gendarmería en función de lo que se reporta como apenas una desaparición (Sébastien Faglain y Salomé Lopes), pidiéndole a cambio muestras de cariño que pasan de lo no correspondido a la tolerancia y luego a la ausencia absoluta de “discreción” con el objetivo de reforzar la coartada de que el joven estuvo en el lecho del cura durante los últimos momentos conocidos de Vincent.

 

Guiraudie recupera muchísimos ingredientes de sus trabajos previos y en especial de El Desconocido del Lago, pensemos en las tomas fijas sin música, los diálogos mayormente escuetos, la coyuntura bucólica, unas actuaciones naturalistas, el infaltable homoerotismo y todo ese trasfondo identitario marcado por la soledad, la angustia, cierta cobardía y una pasión sigilosa aunque vulnerable, además de un anticatolicismo buñueliano mordaz y el combo de homicidio más investigación policial inútil más parodia cruel modelo Bertrand Blier en el último acto, cuando queda de manifiesto que Pastor no sólo falló en materia de su amor no recíproco hacia Walter sino que asimismo quedó preso del fetiche amatorio de sus cómplices implícitos en el asesinato, la madre del finado y el sacerdote, ambos llevando a Jérémie a sus respectivas camas con la condición de no delatarlo ante la ley. El realizador juega con la autoincriminación masoquista y existencial de Pastor, el cual brinda distintas versiones de los hechos a la familia de Vincent y a la gendarmería cual monigote de aquel sadismo chabroliano y bressoniano, por ello los hongos del bosque que crecen sobre el cadáver enterrado y obsesionan culinariamente a los personajes -peligro de por medio si no se sabe elegirlos- ofician de metáfora de lo reprimido que genera placer mientras se ubica en lo ilusorio o la potencialidad fáctica pero deriva en debacle o yugo cuando se materializa saltando a la praxis cotidiana, como ocurría en El Desconocido del Lago porque en ella el protagonista, Franck (Pierre Deladonchamps), se condenaba al intimar con -y enamorarse de- un homicida en serie del que conocía su faceta psicopática, Michel (Christophe Paou), porque había visto cómo ahogaba a su amante anterior, Pascal Ramière (François-Renaud Labarthe). Entre sospechas, dependencia emocional, hipocresía, desvaríos y mediocridad burguesa, nuestra cruza de thriller y comedia negra se posiciona como la mejor película de Guiraudie y una de las más hilarantes gracias a la dinámica vincular demencial entre estas criaturas que tratan de conquistar al prójimo con los recursos disponibles o por lo menos controlarlo para que no escape al acecho porfiado, ejemplo de ello son las visitas nocturnas a Jérémie por parte de Vincent, su progenitora y el gendarme de las mil llaves de Faglain…

 

Misericordia (Miséricorde, Francia/ España/ Portugal, 2024)

Dirección y Guión: Alain Guiraudie. Elenco: Félix Kysyl, Jacques Develay, Catherine Frot, Jean-Baptiste Durand, David Ayala, Sébastien Faglain, Tatiana Spivakova, Salomé Lopes, Elio Lunetta, Serge Richard. Producción: Charles Gillibert. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 10