Monsieur Verdoux

Los números santifican

Por Emiliano Fernández

La carrera criminal de Henri Désiré Landru (1869-1922), sin duda alguna el asesino de viudas más famoso de toda Europa, está estrechamente relacionada con la Primera Guerra Mundial (1914-1918) porque aquella carnicería interimperialista le permitió moverse al galo con un grado de impunidad muy grande hasta que fue arrestado por la policía un año después de finalizado el conflicto. Landru, en esencia un estafador de rasgos psicopáticos que se casó en 1893 con Marie-Catherine Remy y tuvo cuatro hijos con la susodicha, los varones Maurice y Charles y las mujeres Marie y Suzanne, venía de una parentela de idiosincrasia católica y fue saltando de trabajo en trabajo hasta que de a poco empezó a enloquecer y se volcó primero hacia el curioso oficio de inventor, de hecho diseñando una motocicleta precaria y un juguete automatizado, y a posteriori hacia los fraudes, génesis práctica de esta extensa trayectoria delictiva que lo condujo reiteradamente a la cárcel, a transformarse en prófugo a tiempo completo y a desarrollar una colección de ardides que supieron abarcar los embustes sobre capital especulativo, los timos bancarios, los robos de guante blanco y las falsas identidades para conquistar a viudas ricas y convencerlas de que le entreguen su patrimonio en el mediano plazo en calidad de “materia prima” para raudas inversiones basadas en la confianza y/ o augurios fatalistas de crisis financieras por venir, luego de lo cual solía desaparecer sin dejar el más mínimo rastro. Después del suicidio de su padre en 1912 a raíz de la angustia que le causaba el derrotero de su vástago, Landru se terminó de especializar en tamaña estafa romántica durante el período bélico, donde llegó a cartearse con tres centenas de féminas a través de agencias matrimoniales y de avisos de “corazones solitarios” en periódicos, un sistema criminal muy aceitado que incluyó muchas mudanzas y efectivamente el homicidio cuando las hembras en cuestión descubrían las mentiras del señor o cuando resultaba algo difícil liquidar sus propiedades o quedarse con sus ahorros si permanecían con vida, todo por cierto con la ayuda crucial de la familia del psicópata y beneficiándose de las masacres generalizadas de la guerra, contienda que no sólo acaparaba todos los recursos del aparato represivo e investigativo del Estado sino que desencadenaba una enorme indiferencia en lo que respecta a las desapariciones de mujeres cuando miles de jóvenes morían a diario en las batallas contra los alemanes y los otomanos, engrosando las filas de esas viudas en tiempos de un paternalismo que reclamaba maridos.

 

Justicia poética de por medio, fue precisamente una mujer la que alertó a las autoridades francesas sobre las correrías de Landru, Marie Lacoste, hermanastra menor de una de sus víctimas, Célestine Buisson, y el asunto derivó en su captura cuasi azarosa y en un proceso judicial muy publicitado que se prolongó durante tres años fundamentalmente porque había mucha evidencia en torno al amplio surtido de fraudes del criminal y cómo manejaba todo el dinero y vendía las pertenencias de las hembras, lo que podría llevarlo a una condena de trabajos forzados de por vida en la colonia penal de Nueva Caledonia, en Oceanía, pero muy pocas pruebas en lo que respecta a los homicidios en sí y menos evidencias aún que vinculasen materialmente al acusado con las supuestas muertes, de allí que durante el juicio se hayan fetichizado -y por consiguiente hayan quedado grabados en la memoria popular y en los anales delictivos del globo- los restos óseos carbonizados que se encontraron debajo de una pila de hojas en el jardín trasero del hogar rentado de Landru en Gambais, principal evidencia contra él junto con una lista de once nombres anotados en un pequeño cuaderno/ agenda que de hecho mutarían en los diez cargos de homicidio de mujeres y un cargo de asesinato de un menor de edad, André Cuchet, hijo de una de las occisas, Jeanne. En parte limitados por la obstinación de Landru en función de esa insistente estrategia de clamar su inocencia en materia de la carnicería mientras reconocía la abrumadora retahíla de estafas, siempre repitiendo que la famosa lista agrupaba clientas de su supuesto negocio de venta de muebles usados, la policía y la fiscalía se conformaron con las víctimas conocidas, todas desaparecidas, con activos licuados y habitantes de París, y dejaron de lado la posibilidad de seguir investigando y de descubrir otras viudas, más teniendo presente que se sabe que el chiflado recorrió toda Francia con sus falsas identidades/ camuflajes sociales promedio y para colmo de las diez mujeres asesinadas únicamente tres poseían ahorros importantes que justificasen los homicidios de turno. Conmocionada por la naturaleza horripilante de los crímenes y los muchos enigmas, panorama que incluye el hipotético desmembramiento de los cadáveres para ser quemados en un simple horno de cocina de la casa de Gambais, la sociedad europea vio como un acto de justicia que se lo condene a la guillotina, no obstante su familia no fue acusada porque entorpecía el argumento bastante estereotipado y simplista de la fiscalía sobre el “monstruo solitario” que faenaba a mujeres indefensas y acaudaladas.

 

La genial interpretación de Charles Chaplin sobre el periplo de Landru, Monsieur Verdoux (1947), dirigida, producida, protagonizada y escrita por el británico, en este último rubro a partir de una idea de base de nada menos que Orson Welles, no sólo supera a la lectura de Claude Chabrol, esa apenas correcta Landru (1963), y se acopla a otras realizaciones de Chaplin basadas en incidentes trágicos metamorfoseados en caldo de cultivo para la sátira o la comedia negra, pensemos para el caso en el episodio de canibalismo de la Expedición Donner de 1846 y 1847 de La Quimera del Oro (The Gold Rush, 1925), en los coletazos de la industrialización ciega y la Gran Depresión detrás de Tiempos Modernos (Modern Times, 1936), en las figuras fascistas combinadas de Adolf Hitler y Benito Mussolini de El Gran Dictador (The Great Dictator, 1940) o en la caza de brujas del macartismo y del Comité de Actividades Antiestadounidenses que guiaba a Un Rey en Nueva York (A King in New York, 1957), sino que la película además le permite a Charles construir una semblanza idealista tanto acerca de su gran temor autobiográfico, léase el doble fantasma del olvido popular y la vuelta a aquella pobreza que marcó su infancia, como sobre la amalgama poco simpática -bordeando el tabú social, de ayer, hoy y siempre- entre el desfalco pancista, el homicidio, el capitalismo y una hipocresía occidental amoral que a su vez se mezcla con la paranoia, el armamentismo, las conflagraciones, los sermones cínicos estatales y la amenaza nuclear en ciernes de la etapa, de allí la popularidad de la línea de diálogo más inteligente del film en boca de nuestro reemplazo de Landru, Henri Verdoux (el propio Chaplin), “un asesinato te convierte en un villano, millones en un héroe: los números santifican”. En pantalla Verdoux fue un cajero bancario durante 30 años hasta que fue despedido y por ello recurre al delito para mantener a su esposa parapléjica, Mona (Mady Correll), y a su vástago pequeño, Peter (Allison Roddan), así despierta la sospecha de la familia de una tal Thelma Couvais que desapareció de golpe, pretende seducir a la viuda regordeta Marie Grosnay (Isobel Elsom), efectivamente revienta a una arpía amarga, Lydia Floray (Margaret Hoffman), e intenta una y otra vez hacer lo mismo con otra fémina entre crédula y bobalicona, Annabella Bonheur (una estupenda Martha Raye), quien se salva de morir envenenada o ahogada en un lago y pronto lo obliga a huir cuando se aparece sin más en el casamiento con Grosnay al punto de quebrar el anonimato metropolitano y alertar a la policía junto con los parientes de Couvais.

 

Chaplin, un visionario de la manipulación melodramática astuta como herramienta para el discurso de izquierda, aquí nos propone a un Verdoux paradójico y complejo que por un lado es un romántico que celebra la belleza y el arte, ama a la naturaleza, hace un culto de la elegancia y hasta adora a su familia, siempre obsesionado con mantener a flote su hogar burgués y evitar un regreso a las penurias económicas de antaño, y por el otro lado hace las veces -ya en su existencia paralela, ahora a espaldas de su parentela- de una mixtura de Don Juan y Barba Azul que miente, engaña, asesina, roba e incluso invierte en la Bolsa en un comportamiento que tiene mucho de ludopatía, amén de caer en hilarantes contradicciones complementarias como eso de ser vegetariano pero hacer un desastre fuera de campo con los cuerpos de sus víctimas, todos desmembrados y quemados como en la realidad, y eso de censurar la violencia naciente de Peter, quien le tira la cola al gato y ello motiva que Henri le diga que arrastra una faceta cruel que debería suprimir porque “la violencia engendra violencia”. Más allá del ataque terrorista contra el capitalismo antropófago símil Luces de la Ciudad (City Lights, 1931), algo vinculado a las denuncias de la explotación obrera de Tiempos Modernos, del chauvinismo y la industria bélica genocida de El Gran Dictador y del carácter banal y predatorio del mainstream cultural estadounidense y de la sociedad en general de Candilejas (Limelight, 1952) y Un Rey en Nueva York, el film asimismo indaga sarcásticamente en el edadismo o discriminación por edad avanzada, recordemos primero el desempleo de Verdoux/ Landru, el trampolín para sus andanzas criminales, y segundo la soledad o sustrato grotesco de sus víctimas, cuya belleza menguante las lleva a caer en las garras del funesto gigoló o “viudo negro”. La introducción de un personaje femenino sin nombre (la hermosa y joven Marilyn Nash), mediante la excusa de probar un veneno que termina siendo descartado porque Verdoux se apiada de esta muchacha que acaba de salir de prisión y que cuidó a su marido soldado y lisiado hasta que falleció, no sólo abarca a las clásicas ninfas chaplinescas a lo ángel caído o permite una repentina interpelación a cámara por parte de Henri/ Charles y una comparación tácita entre la desesperación prostibularia de la mujer y el hombre, sino que también pinta de pies a cabeza el quid mismo de la película, esta ciclotimia entre el óbito y la vida, entre la codicia y la solidaridad, entre el egoísmo y la ternura, entre la perfidia y una redención signada no por la culpa sino por la sabiduría…

 

Monsieur Verdoux (Estados Unidos, 1947)

Dirección y Guión: Charles Chaplin. Elenco: Charles Chaplin, Marilyn Nash, Martha Raye, Isobel Elsom, Margaret Hoffman, Mady Correll, Allison Roddan, Robert Lewis, Audrey Betz, Almira Sessions. Producción: Charles Chaplin. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 10