Las películas biográficas o biopics han existido desde el comienzo del séptimo arte porque la interpretación de la realidad siempre constituyó el principal manantial del que beben las expresiones culturales en general, ya sea que pensemos en el mainstream o en la comarca independiente del espectro, sin embargo el Siglo XXI ha reconvertido al formato de turno en un verdadero fetiche al punto de que gran parte del denominado “contenido” en cine y televisión -término de la jerga globalizada que cosifica, unifica y mercantiliza al arte para llevarlo al terreno de la banalización- está inspirado en sucesos y personajes históricos para garantizar la inmediata identificación entre los espectadores y lo ocurrido/ retratado en el relato, algo que a su vez tiene que ver con el doble hecho de que los grandes estudios de Hollywood y los principales servicios de streaming están controlados por autómatas de marketing que poco y nada saben de cultura y por ello se privilegian los proyectos de fácil empatía popular -precisamente los inspirados en figuras públicas de gran resonancia local o regional o internacional plena- en detrimento de aquellas obras originales de antaño, esas que hasta las décadas del 80 y 90 constituyeron el motor creativo por antonomasia de la gran industria del séptimo arte y de la “caja boba” también. Como este panorama lo pone en evidencia de manera cada día más explícita, vivimos en una época paradójica porque el artilugio digital prácticamente todo lo permite a escala visual aunque está muy pauperizado en términos creativos porque el conservadurismo formal y temático es la norma social en todo el planeta, lo ya digerido en vez de la novedad real, en función de ello una y otra vez nos topamos con los mismos blockbusters refritados de siempre, las mismas “epopeyas importantes” en ocasión de la temporada de premios y las mismas biopics reglamentarias sobre figuras que pueden atesorar vidas/ carreras/ tribulaciones extremadamente distintas aunque en pantalla se parecen o resultan intercambiables, homogeneización de por medio.
Dalíland (2022), película sobre el legendario pintor surrealista Salvador Dalí (1904-1989) dirigida por la cineasta canadiense Mary Harron, conocida por American Psycho (2000) y la miniserie Alias Grace (2017), y escrita por su esposo estadounidense John C. Walsh, retoma dos variantes muy utilizadas por las biopics del nuevo milenio especializadas en creadores culturales, léase el retrato estático tras bambalinas y la denuncia sarcástica de la locura del arte y sus negocios, y deja de lado otras dos alternativas incluso más populares entre los realizadores y guionistas consagrados al análisis de virtuosos y semejantes, la fábula de ascenso y caída y el recorte histórico riguroso a lo docudrama. Como es habitual entre las biopics posmodernas, aquí se privilegia una perspectiva tangencial que resulta ser la de James Linton (Christopher Briney), un empleado ficcional de Christoffe (Alexander Beyer), mandamás de la galería que comercializa en exclusividad las pinturas de Dalí en Nueva York, Dufresne. El muchacho en 1974 es designado asistente del maestro por el propio Salvador (ese camaleónico Ben Kingsley), justo en las tres semanas previas a una exhibición, después de regalarle un librito improvisado que recopila sus múltiples firmas a lo largo de los años, así conoce a la fauna que lo rodea como su secretario Peter Moore (Rupert Graves), su tiránica esposa Gala (Barbara Sukowa), el amante de esta última Jeff Fenholt (Zachary Nachbar-Seckel) y diversos personajes complementarios como el rockero y amigote Alice Cooper (Mark McKenna) y modelos o “semi mascotas” femeninas como el supuesto travesti Amanda Lear (Andreja Pejic) y Ginesta (Suki Waterhouse), con quien James empieza una relación hasta que lo traiciona con un tal Renaldo (Matthew James Ovens). Respetando la regla principal del Método Paranoico-Crítico, estructura dadaísta de trabajo de Salvador, la película enfatiza todo el tiempo que los apuestos se complementan ya que el pintor y su mujer dependen el uno del otro a nivel laboral y sobre todo anímico.
El correcto guión de Walsh, en esencia responsable de dos comedias indies hoy olvidadas, Ed’s Next Move (1996) y Pipe Dream (2002), indaga en la relación entre el fascinado e inexperto Linton, rebautizado San Sebastián por Salvador a raíz de uno de los motivos del acervo del pintor francés Gustave Moreau, y un Dalí septuagenario que se debate entre la megalomanía, la teoría de la creación surrealista y la franca dependencia con respecto a su esposa, una Gala que puede ser muy sádica, algo necesario para que el masoquista de su esposo se ponga a trabajar, y comprensiva frente a los arrebatos celosos e hipocondríacos de Salvador, el cual rechaza a los amantes a largo plazo de Gala y suele delirar acerca de infecciones que se esparcen ante la más mínima herida. Con tres flashbacks protagonizados por unas versiones de corta edad de Dalí (Ezra Miller) y Gala (Avital Lvova), el primero sobre el instante en el que se conocen, el segundo sobre la concepción de La Persistencia de la Memoria (1931), uno de sus cuadros más famosos, y el tercero sobre un cuasi intento de suicidio por parte de su musa y manager, el film funciona como un típico cuento de desromantización adusta a medida que la leyenda deja paso a la fragilidad y decadencia del hombre real a ojos del jovenzuelo que nos ofrece su perfil y parecer, esquema que no sólo abarca al pintor, un enigma infantiloide con patas que se muestra adepto a la masturbación, los cuerpos andróginos y el voyeurismo en fiestas que derivan en orgías, sino también a su heterogénea troupe, por ello Ginesta es una arpía hedonista, Cooper admira al español pero no lo entiende para nada, Fenholt es un pobre diablo desquiciado que sólo será recordado como amante de Gala y por protagonizar la versión original de Broadway de Jesus Christ Superstar (1971), de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, y el resto -Christoffe, Moore y la promiscua Gala- son ejemplos de codicia exacerbada, de lucrar con el renombre del genio al extremo de vaciarlo de todo sustrato revulsivo y convertirlo en un producto repetitivo.
Harron celebra la imaginación y el desparpajo iconoclasta de Salvador y evita a conciencia tres de los latiguillos recurrentes de las biopics actuales sobre artistas, la sobreutilización de la obra en sí, un ritmo videoclipero trasnochado y un popurrí circense felliniano de fondo de manera permanente, planteo estético/ ideológico encomiable que conlleva como efectos secundarios la nula presencia detallada de pinturas de Dalí y un ascetismo narrativo quizás algo excesivo, sobre todo en la segunda mitad del relato, cuando James es despedido por Christoffe luego del fracaso de ventas de la exhibición en la Gran Manzana y se muda a Figueras, en Cataluña, como asistente de Dalí, donde termina de descubrir que Moore es un ladrón que se lleva fajos de dólares y que Gala prefiere el efectivo para desperdigarlo a su gusto en su hogar particular, el Castillo de Púbol, mientras vende impresiones/ fotocopias baratas como litografías originales, le hace firmar a su marido lienzos en blanco -una estafa clásica de los pintores veteranos, para que sigan apareciendo obras después de fallecidos- y hasta le regala a Fenholt un retrato de ella que Dalí había pintado para que lo venda y pueda grabar un disco. Kingsley y Sukowa están perfectos y Briney cumple bastante bien pero el derrotero resulta muy previsible en su vuelco final hacia la expulsión del joven del entorno daliniano, por denunciar los manejos espurios ante el español, y la eventual amistad entre Linton y el único otro personaje que no es un ventajista o un ególatra, Lear, futura reina del pop y el eurodisco. Si la comparamos con las otras biopics de Harron, Dalíland está más cerca de la despareja pero interesante Charlie Says (2018) que de las mucho mejores I Shot Andy Warhol (1996) y The Notorious Bettie Page (2005), aquí consagrada a construir un Dalí históricamente consensuado amigo de la fama, el dinero y el candaulismo y propenso en el final de su vida a una versión embrionaria del arte pop warholiano, de allí la obsesión con los duplicados y/ o la intercambiabilidad de sus allegados, lambiscones y asistentes…
Dalíland (Estados Unidos/ Francia/ Reino Unido, 2022)
Dirección: Mary Harron. Guión: John C. Walsh. Elenco: Ben Kingsley, Barbara Sukowa, Ezra Miller, Christopher Briney, Rupert Graves, Andreja Pejic, Alexander Beyer, Mark McKenna, Zachary Nachbar-Seckel, Avital Lvova. Producción: David O. Sacks, Sam Pressman, Chris Curling, Daniel Brunt y Edward R. Pressman. Duración: 97 minutos.