Comiéndose a Raúl (Eating Raoul)

Los pervertidos siempre rinden

Por Emiliano Fernández

Pasan los años y sinceramente Comiéndose a Raúl (Eating Raoul, 1982) cada día envejece mejor: hablamos de una de las mejores comedias negras -y comedias a secas- que haya dado el cine independiente estadounidense en toda su historia, una propuesta cargada de una sátira social y un humor corrosivo que saben destrozar el entramado de represiones, estupideces, vilezas, compulsiones e hipocresías de los distintos estratos comunales que pueden hallarse en prácticamente cualquier metrópoli del planeta, hoy haciendo foco en una pareja de Los Ángeles que -palabras más, palabras menos- monta una pequeña empresa hogareña en torno al asesinato de palurdos adictos a diversas parafilias con el objetivo de fondo de cumplir su sueño, léase instalar un restaurant en una zona bucólica y dejar para siempre sus trabajos miserables asalariados en una ciudad que consideran decadente. El opus fue dirigido por el gran Paul Bartel, en esencia un actor que supo desarrollar una muy interesante carrera como realizador combinando recordados convites por encargo como Carrera Mortal 2000 (Death Race 2000, 1975) y Cannonball (1976) con otros mucho más personales en la línea de las también geniales Partes Privadas (Private Parts, 1972), Polvo de Oro (Lust in the Dust, 1984) y Escenas de la Lucha de Clases en Beverly Hills (Scenes from the Class Struggle in Beverly Hills, 1989), todas creaciones que en mayor o menor medida dejaron entrever su mano maestra para la parodia más cruenta, caótica y liberadora.

 

El matrimonio Bland -algo así como “Soso” en inglés- está compuesto por Paul (el propio Bartel, abrazando a pleno la ironía de ser abiertamente homosexual en realidad) y Mary (la bella y talentosa Mary Woronov, conocida por sus trabajos con Andy Warhol y Roger Corman, amén de una larga amistad y muchas colaboraciones con Bartel), unos burgueses snobs y frígidos -duermen en camas separadas en su departamento conyugal y desaprueban el sexo, sólo aceptando algunos besos y abrazos- que se sienten extremadamente frustrados con sus vidas, de ahí el proyecto de comprar un inmueble para abrir el restaurant Country Kitchen: Paul es un sommelier que trabaja en una tienda berreta de venta de vinos y Mary es una nutricionista que se desempeña como enfermera en un hospital. Cuando el hombre es despedido de su trabajo porque encarga productos muy costosos sin salida y no puede evitar decirle a los clientes cuál vino es una soberana porquería, el dúo ve venirse abajo su plan de independencia económica entrando al negocio culinario, no obstante el asunto mejora cuando uno de los asistentes a las recurrentes fiestas swingers de su edificio trata de violar a Mary y así Paul lo mata golpeándolo en la cabeza con una sartén, detalle que se transformará en catalizador de un esquema de homicidios y robos a ricachones calentones a los que atraen con un aviso en una revista, Hollywood Press, en el que prometen cumplir cualquier fantasía vía sus álter egos “Carla, la cruel” (Mary) y “Nancy, la traviesa” (Paul).

 

Antes de sucumbir del todo en la nueva rama laboral la dupla intenta pedir un préstamo y vender unas botellas de la preciada colección del marido, sin embargo el gerente del banco de turno, el Señor Leech/ Sanguijuela (Buck Henry), acosa a Mary y Paul es engañado por un comprador de vino que la va de bon vivant adinerado, John Peck (Hamilton Camp), el cual lo manipula para llevarse las botellas sin abonarlas. Ayudados por los consejos de una profesional del sadomasoquismo que responde al nombre de “Doris, la Dominatrix” (Susan Saiger), adorable madre de un bebé en su vida privada, los dos protagonistas comienzan a acumular los billetes que le sacan a los “pervertidos” de sus bolsillos y tiran los cadáveres por el triturador de basura. Todo va bien hasta que un cerrajero mexicano, Raoul/ Raúl Mendoza (Robert Beltran), se mete en el departamento con intención de robarles luego de haberles cambiado la cerradura de la puerta de entrada, pero al descubrir el asunto les propone un acuerdo de mutuo beneficio: nadie denunciará a nadie ante la policía, la pareja se queda con el efectivo que le sacan a las víctimas y Raoul se lleva los cuerpos resultantes, a los que vende repartiendo las ganancias en mitades iguales con los asesinos (a posteriori nos enteraremos de que los finados son entregados -en calidad de carne- a una fábrica de alimento para perros, Doggie King, la ropa liquidada en una tienda de segunda mano y los automóviles de los muertos enajenados por un dinerillo que los Bland jamás llegan a ver).

 

Bartel, un satirista de la generación de Paul Mazursky, Woody Allen, Peter Bogdanovich y Robert Altman, se mantiene firme en el límite entre el ridículo más desbocado y un planteo naturalista deudor de los engranajes narrativos más tradicionales, aunque siempre volcando su corazoncito hacia la comarca de lo grotesco inteligente inconformista que enfatiza la doble faceta del sexo a nivel cotidiano, por un lado herramienta de manipulación en pos de intentar enriquecerse o cambiar la estructura de poder, típico manotazo de ahogado de unas clases subalternas que imitan -y celebran en el trajín- a los sectores maquiavélicos en serio de la alta burguesía, y por otro lado ejercicio algo patético homologado a la satisfacción de una carencia pulsional de índole individual, categoría en la que sin duda caen los clientes del matrimonio a través de ese colorido catálogo de fantasías orientadas intermitentemente a la sumisión o la autoridad, más allá de las muy graciosas escenificaciones en cuestión (tenemos la infantil, la nazi, la hippie, la médica, etc.). El guión del director y Richard Blackburn también aprovecha el triángulo amoroso que eventualmente se forma con Raoul, después de que el mexicano salva a Mary de ser violada por una de sus futuras víctimas ahorcando al susodicho, mediante intentos de asesinato por parte de Mendoza contra Paul y la contraofensiva de éste vía una Doris, la Dominatrix que se convierte en monja ciega, agente de inmigración y hasta inspectora sanitaria para tratar de forzar el final del affaire.

 

Apelando a una estupenda amalgama de diálogos certeros, actuaciones bien exageradas y situaciones gloriosamente delirantes, la película construye un retrato muy complejo -bajo el influjo de una farsa vinculada al film noir- de la ruina moral tanto de la clase media, una y otra vez dispuesta a sacrificar a quien sea con tal de que se cumplan de lleno sus anhelos económicos idílicos, como de la oligarquía profesional/ empresaria/ gubernamental, una fauna horrenda plagada de infradotados que se mueven como una aristocracia tratando a todos como sus esclavos, desparramando premios y castigos a discreción y sucumbiendo a sus propios caprichos risibles, por los que son capaces de pagar lo que sea en pos de una humillación entrecruzada que llevan continuamente al extremo de la fetichización (los sectores sociales dominados, por su parte, aparecen en el relato como unos buscavidas que tratan de ganarse el sustento diario dentro de esta coyuntura general de envilecimiento ad infinitum). Las caricaturas que pululan en Comiéndose a Raúl logran desmenuzar las payasadas que atraviesan a una comunidad de temple plutocrática y a su fariseísmo en materia de los rituales de alcoba, siempre mostrándose conservadora en público y ante sus familias de cotillón y luego consagrándose en cuerpo y alma al mercado del sexo culposo a escondidas en el ámbito hogareño, llegando al punto de armar “sectas” en torno a mantener las apariencias y contrarrestarlas con la algarabía de las parafilias preferidas de cada uno.

 

El opus de Bartel es tan eficaz en lo suyo que incluso va más allá de la denuncia de la represión sexual policlasista y apuntala obras maestras de la comedia contracultural en sí como la escena del sex shop, en la que el puritano Paul pretende comprar un vibrador, un par de esposas y un anillo para el pene y se topa con el trato agresivo del dueño del local (John Paragon), aquella otra de la orgía de los swingers en la mansión de Howard Swine (Don Steele), lo que deriva en el asesinato de un reaparecido Señor Leech a manos de Mary y en una masacre en el jacuzzi cuando Paul arroja dentro una estufa eléctrica matando a todos los burgueses idiotas cachondos, y desde ya el “final feliz” en su conjunto, con ese maravilloso episodio de canibalismo sardónico -que anticipaba el título- frente al paladar imperturbable de los Bland y un agente inmobiliario, James (Blackburn, el coguionista), que nada sabe sobre Raoul, el otrora socio y hoy eliminado de un sartenazo. Ofreciéndonos un agudo estudio acerca de la pantomima de las elites, sus sublimaciones autodestructivas y esos espejos transfigurados cortesía de la envidia legitimadora inconsciente de las otras clases sociales, Comiéndose a Raúl unifica inocencia y desparpajo con vistas a condimentar la burla hacia estos psicópatas con un ultraje narrativo que subraya cuánto se puede extraer de unos pervertidos -y farsantes similares- que siempre rinden, en simultáneo en su faceta de consumidores lobotomizados y/ o simplemente considerando su peso en carne cebada…

 

Comiéndose a Raúl (Eating Raoul, Estados Unidos, 1982)

Dirección: Paul Bartel. Guión: Paul Bartel y Richard Blackburn. Elenco: Paul Bartel, Mary Woronov, Robert Beltran, Susan Saiger, Buck Henry, Richard Blackburn, John Paragon, Hamilton Camp, Don Steele, Allan Rich. Producción: Anne Kimmel. Duración: 83 minutos.

Puntaje: 10