Alfa (Alpha)

Los problemas intergeneracionales

Por Emiliano Fernández

Con Alfa (Alpha, 2025) la parisina Julia Ducournau cierra una suerte de trilogía sobre el body horror y especialmente los dilemas familiares porque así como en Crudo (Grave, 2016) nos presentó el vínculo entre un par de hermanas caníbales mientras estudiaban veterinaria, Justine (Garance Marillier) y Alexia (Ella Rumpf), y en Titanio (Titane, 2021) hizo lo propio con respecto a la adopción por parte de un capitán de bomberos, Vincent (Vincent Lindon), de una insólita asesina en serie embarazada luego de tener sexo con un Cadillac, esa Alexia (Agathe Rousselle) que trabajaba de bailarina erótica y se hacía pasar por el hijo desaparecido del anterior de una década atrás, Adrien, ahora es momento de complejizar aún más las cosas porque en Alfa la francesa se despacha no con uno sino con dos vínculos interconectados, primero entre la preadolescente de trece años del título, Alfa (Mélissa Boros), y su madre médica, un personaje sin nombre conocido en la anatomía de Golshifteh Farahani, y segundo entre esta última y su hermano adicto a la heroína, Amin (Tahar Rahim), efectivamente el tío de la mocosa que se muda al departamento de la dupla justo cuando Alfa experimenta ataques de pánico porque estando borracha en una fiesta se dejó tatuar una “A” cerca del hombro de su brazo izquierdo que se infectó, preámbulo para la paranoia propia y de todos a su alrededor ya que la trama posee de telón de fondo una epidemia de transmisión sanguínea símil VIH/ SIDA que convierte de a poco el cuerpo de los sujetos en mármol, un panorama de índole surrealista retratado desde el andamiaje de la tragedia social al extremo de prescindir de la colección de homicidios de los opus previos, ahora sustituidos por un dejo hogareño que resulta incluso más tenebroso o claustrofóbico.

 

Este tercer largometraje de Ducournau, una discípula nada sutil de David Cronenberg, Shinya Tsukamoto y la Marina de Van de En mi Piel (Dans ma Peau, 2002), no alcanza ni remotamente el nivel de calidad de las dos propuestas anteriores, sobre todo por un metraje excesivamente inflado y un caos narrativo menos interesante que aquel caos narrativo de antaño, aunque el asunto tampoco llega a descarrilar del todo gracias a la decisión de por un lado esquivar el cliché de estas odiseas distópicas, léase ese fetiche para con el apocalipsis o la degradación ética en cuestión, y por el otro lado explorar con sinceridad la faceta más realista del relato, en esta oportunidad centrada en la convivencia, la adicción y el luto a una escala ultra prosaica, factores dignos de los traumas de parentela arrastrados a lo largo del tiempo. Si bien la realizadora sigue un tanto enamorada de una acepción monstruosa del bildungsroman/ coming of age/ cuento de aprendizaje, en Alfa pone el acento de su otro berretín, la metamorfosis corporal e identitaria, en un contexto familiar próximo que está más vinculado a la clase media baja y el proletariado marginal urbano que a la burguesía más tradicional de Crudo y Titanio, además hoy nos topamos con un clan de inmigrantes bereberes en Francia, en este sentido que la madre de la protagonista tenga a cargo a los muchos pacientes de la “enfermedad del mármol” en un hospital casi vacío/ sin personal médico, sólo ayudaba por una enfermera (Emma Mackey), resulta menos importante que la marginación que padece la precoz chiquilla -y otros personajes a su alrededor- por diversos factores como por ejemplo la edad, la etnia, la apariencia, la clase social, la enfermedad en sí y las compulsiones, desde el alcohol y las drogas hasta un carácter bastante pirotécnico.

 

La película es paradójica porque los vaivenes de la francesa a veces resultan fascinantes y en otras ocasiones nos conducen hacia el tedio, pensemos que suele apilar sin coherencia alguna flashbacks repentinos de la madre con su hermano, las alucinaciones fatalistas símil terremotos para los ataques de pánico de la púber y un buen número de bípedos secundarios que entran y salen de la historia a puro capricho, algo que abarca la abuela supersticiosa de Alfa (Zohra Benbetka), obsesionada con un “viento rojo” que puede impedir la respiración, el profesor de inglés de la muchacha (Finnegan Oldfield), gay que está en pareja con una víctima de la epidemia (Frédéric Bayer Azem), y especialmente el interés romántico de ella, un compañero del colegio secundario llamado Adrien (Louai El Amrousy), el cual por cierto ya tiene una “novia oficial” a la que le está metiendo los cuernos (Nina Bouffier). Como buena artista posmoderna, Ducournau echa mano de elementos ajenos o incluye citas explícitas dentro de una licuadora retórica multifunción en la que caen Las Aventuras del Barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988), parte de la maravillosa Trilogía de la Imaginación de Terry Gilliam junto con Bandidos del Tiempo (Time Bandits, 1981) y Brazil (1985), y canciones varias como Roads (1994), de Portishead, Let It Happen (2015), de Kevin Parker alias Tame Impala, y una bella versión acústica de The Mercy Seat (1988), de Nick Cave and the Bad Seeds, sin olvidarnos de esa utilización muy kubrickeana de composiciones de Ludwig van Beethoven y una relectura durante el final del Trío para Piano Nº 2 (1828), trabajo de Franz Schubert que oficia de alusión eterna a Barry Lyndon (1975) y que aquí es retomado sin acreditar por el encargado del soundtrack, Jim Williams.

 

Nuestra familia disfuncional o más bien atrofiada, en pantalla con el amor mutuo debiendo someterse a la necesidad de andar resucitando a cada rato a un Amin adepto a la sobredosis, inyección de adrenalina en el corazón de por medio, se homologa a un sacrificio cotidiano de nunca acabar, como si se tratase de una espiral que arrastra a todos hacia su centro, del mismo modo que la autodestrucción pareciera venir siempre de la mano del egoísmo, la paranoia, la misantropía y cierto mesianismo maquillado vía más planteos masoquistas. En el último acto, cuando todo se vuelca hacia la lamentable rutina de los fantasmas en lo que atañe a todas estas alegorías de parentelas en crisis que no logran superar sus delirios y sus problemas intergeneracionales, el suicidio se mezcla con la eutanasia tanto en el hospital de la progenitora como en los confines de la propia familia de la mocosa, entorno que va desde su departamento hasta algún que otro club nocturno y algún que otro hotelucho del montón, sede de debacles que jamás se olvidan. Dimensiones adicionales del film son el bullying, la maternidad, los desajustes habitacionales, el dolor compartido, la inmigración y esa semi locura que sobrevuela la trama de manera constante, sin embargo las excelentes actuaciones de los tres ejes, Farahani, Rahim y Boros, no alcanzan para tapar los baches espirituales/ narrativos/ conceptuales de una obra que no sabe bien qué quiere ser ni cuenta con sentido del humor o verdadera astucia de fondo, ingredientes que hubiesen sido de gran ayuda para dinamizar la faena o por lo menos unificar las líneas argumentales inconexas y esquivar la solución facilista apuntada modelo Hollywood, el espectro del tío largamente fallecido, más allá de lo afable y poético que resulte el desenlace con el mentado viento rojo de la parca…

 

Alfa (Alpha, Francia/ Bélgica, 2025)

Dirección y Guión: Julia Ducournau. Elenco: Mélissa Boros, Tahar Rahim, Golshifteh Farahani, Emma Mackey, Finnegan Oldfield, Louai El Amrousy, Zohra Benbetka, Frédéric Bayer Azem, Nina Bouffier, Ambrine Trigo Ouaked. Producción: Eric Altmayer, Arnaud Chautard, Jean-Rachid Kallouche y Nicolas Altmayer. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 5