Casi siempre al considerar la idiosincrasia creativa de Poltergeist (1982), dirigida por Tobe Hooper y escrita y producida por Steven Spielberg, lamentablemente se habla más de la polémica detrás del film que de la película en sí, algo que tiene que ver con una catarata de testimonios contradictorios de parte de actores, equipo técnico y testigos circunstanciales acerca de quién fue la voz cantante detrás de cámaras, si ese Hooper que ya había dejado atrás el período indie de Cáscaras de Huevo (Eggshells, 1969), La Masacre de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) y Devorados Vivos (Eaten Alive, 1976) y estaba dando sus primeros pasos en el todopoderoso mainstream mediante la presente odisea, Carnaval del Terror (The Funhouse, 1981) y El Misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979), esta última una miniserie para la CBS, o aquel Spielberg también muy joven que había debutado en la gran pantalla con Loca Evasión (The Sugarland Express, 1974) y pronto saltaría a la popularidad de alcance mundial de la mano de Tiburón (Jaws, 1975), Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981) y E.T. el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982), amén de un experimento cómico fallido llamado 1941 (1979). Realmente el tópico de la autoría es casi irrelevante porque Poltergeist evidentemente funciona como un trabajo híbrido que responde a una colaboración entre la severidad promedio de Hooper, un señor muy adepto a un terror homologado al caos de gritos, delirios y truculencias superpuestas, y la sensiblería que todos conocemos del amigo Steven, por entonces en pleno proceso de convertirse en un mecenas/ productor prolífico gracias a una retahíla siempre generosa de realizaciones a cargo de gente como Robert Zemeckis, Michael Apted, Joe Dante, Kevin Reynolds, Richard Donner, Barry Levinson, Richard Benjamin, Don Bluth, William Dear, Phil Joanou, Matthew Robbins, John Patrick Shanley e incluso Akira Kurosawa, casi todas precisamente dentro de ese ecosistema del cine familiar que tanto repercutía en la suculenta taquilla de la década del 80, paradigmática etapa de transición entre el nihilismo del Nuevo Hollywood de los años 70 y la idiotez cada día más infantiloide de las décadas siguientes.
Dilucidar el origen de Poltergeist puede resultar una misión laberíntica porque el asunto en general se divide en dos vertientes, primero una rama simple que se corresponde al episodio número 26 de la tercera temporada de la genial La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), Pequeña Niña Perdida (Little Girl Lost, 1962), trabajo dirigido por Paul Stewart y escrito por el mítico Richard Matheson que sirvió de inspiración casi literal para la trama del opus que nos ocupa en función del cariño de siempre de Spielberg para con la serie de Rod Serling, algo asimismo pronto demostrado en Al Filo de la Realidad (Twilight Zone: The Movie, 1983), antología en sociedad con Dante, John Landis y George Miller, y segundo aquella continuación de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo que reemplazó a la ciencia ficción por el horror y con el tiempo quedó en la nada o más bien se reconvirtió en E.T. el Extraterrestre y esta misma Poltergeist, hablamos por supuesto de Cielos Nocturnos (Night Skies, 1979), proyecto creado por Spielberg, John Sayles y el especialista en efectos especiales Rick Baker que viviría aproximadamente un año y estaba basado en el Encuentro de Kelly-Hopkinsville del 21 de agosto de 1955, un supuesto “acoso” extraterrestre en una granja del Estado de Kentucky que sufrió una parentela de once personas, unos paranoicos risibles que aparentemente estuvieron toda una noche disparándole a unos pobres búhos que protegían a sus crías y por ello se volvieron agresivos con los bípedos tarados del montón. Esta anécdota detrás de la cancelación natural de Cielos Nocturnos, fuente inagotable de inspiración para Gremlins (1984), del querido Dante, El Hermano de Otro Planeta (The Brother from Another Planet, 1984), de Sayles, Critters (1986), de Stephen Herek, Señales (Signs, 2002), de M. Night Shyamalan, y Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005), del propio Steven, suele opacar el hecho de que Spielberg ya arrastraba una innegable fama de ladrón porque Encuentros Cercanos del Tercer Tipo y E.T. el Extraterrestre también le deben mucho a un guión no producido firmado por Satyajit Ray, El Alienígena (The Alien, 1967), film que hubiese sido el debut del maestro hindú en Hollywood, un panorama que a su vez recuerda las ideas extraídas de manera bastante poco sutil de Pequeña Niña Perdida.
El relato es prácticamente inexistente porque lo que tenemos ante nosotros es un conjunto de escenas que giran incansablemente sobre una idéntica situación, léase el secuestro de una nena por parte de unas almas en pena, los poltergeists del título, que fetichizan el ruido blanco de los televisores y no saben o no quieren o no pueden morir tanto porque la parca los agarró desprevenidos como porque están siendo influenciados por una figura diabólica conocida como la Bestia que se hace pasar por un purrete a ojos de la abducida. La familia protagónica está encabezada por un matrimonio, Steve (Craig T. Nelson) y Diane Freeling (JoBeth Williams), el primero un agente inmobiliario que vive en la misma comunidad de California que comercializa, Cuesta Verde, y la segunda una ama de casa con un cuerpo envidiable considerando que se supone que parió a tres hijos, una adolescente de 16 años, Dana (Dominique Dunne), un mocoso de ocho, Robbie (Oliver Robins), y la nenita rubia celestial de cinco años en cuestión, Carol Anne (la eficaz Heather O’Rourke), quien irradia una luminosidad símil fuerza vital arrolladora que la Bestia utiliza para distraer/ manipular a la colección de espíritus, siempre deseosos de recuperar los placeres terrenales, para que hagan lo que el malévolo desea y en esencia no entren al cielo atravesando una membrana de luz que oficia de portal hacia esa salvación y esa paz que no conocen en el limbo en el que hoy por hoy se encuentran. Con personajes adicionales como el vecino pendenciero de los Freeling, Ben Tuthill (Michael McManus), y el jefazo de Steve, Lewis Teague (James Karen), oligarca inmobiliario que construyó Cuesta Verde sobre un cementerio trasladando sólo las lápidas y dejando los cadáveres allí para que sean tapados por el cemento de estas casonas de lujo intercambiables de la alta burguesía, la trama se vincula a los fenómenos paranormales que sufre la familia y a la llegada primero de la parapsicóloga Martha Lesh (Beatrice Straight), una especialista que cuenta con dos asistentes, Ryan (Richard Lawson) y Marty (Martin Casella), y después de la médium Tangina Barrons (Zelda Rubinstein), una cuasi enana que no se atemoriza por los objetos que se mueven solos y que con apenas unas bolas de béisbol y una soga logra rescatar a la chiquilla, desde ya con la ayuda de su madre.
Muy amparada en la música rimbombante de Jerry Goldsmith y en los maravillosos trucos e ilusiones de Richard Edlund bajo el paraguas de la Industrial Light and Magic, léase una amalgama de animación, títeres, maquillaje y practical effects varios, Poltergeist no sólo pondera determinados pivotes de la cultura anglosajona como el fútbol americano, el juego de mesa detectivesco Clue, juguetes como muñecos/ peluches o autos a control remoto y blockbusters en línea con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, y Alien (1979), de Ridley Scott, sino que además analiza -o se burla largo y tendido de- la familia perfecta mentirosa suburbana, la televisión como sinónimo de manipulación o ruido de fondo, la imagen inmaculada que los estratos pudientes tienen de ellos mismos, aquella revolución del mando a distancia, los barrios cerrados de casas anodinas e indistintas y en general la mugre moral o bien práctica que ocultan todos los productos del capitalismo que se venden como efigies de un cuento de hadas pero en realidad son una estafa maquiavélica y ultra cutre, desde el enorme volumen de ítems del consumismo reaganiano que atesoran los Freeling hasta el mismo proyecto urbanístico que aporta su sustento y en el que viven, Cuesta Verde, algo también representado en la muerte del canario de Carol Anne, Piolín/ Tweety, y cómo su cadáver termina desenterrado poco después por la misma parentela para construir una pileta en el jardín. La película juega muy bien con una pesadilla de siempre de la burguesía conservadora, hedonista y banal, esa dimensión hogareña hipotéticamente inviolable aunque aquí violentada, y en un mismo movimiento sopesa la hipocresía de fondo, en pantalla con los padres fumándose unos porros y comportándose como púberes a escondidas, y la omnipresencia de los mass media en el devenir cotidiano desde la mañana hasta la noche tardísima, por ello precisamente los adultos son unos imbéciles y sus hijos un tanto mucho histéricos o cobardes insoportables. Si Spielberg claramente se toma al film como una relectura de las faenas de espectros tenebrosos y domicilios malditos, tanto las modernas de El Mandato de Otro Mundo (The Uninvited, 1944), de Lewis Allen, Mansión Siniestra (House on Haunted Hill, 1959), de William Castle, y La Casa Embrujada (The Haunting, 1963), de Robert Wise, como las posmodernas de La Leyenda de la Casa del Infierno (The Legend of Hell House, 1973), joya de John Hough, Aquí Vive el Horror (The Amityville Horror, 1979), de Stuart Rosenberg, y El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, Hooper en cambio aprovecha el paternalismo respetuoso de la época de Steven, más entusiasta que controlador como lo suelen describir todos los testimonios del caso, y definitivamente mira más al futuro que al pasado ya que luego de que Spielberg “hace lo suyo”, ese falso final feliz con el personaje de la fascinante Rubinstein salvando a la niña, toma de repente posesión de la película e incluye una coda en verdad magistral en la que el terror puro y duro deja de lado el quid esquizofrénico previo, el correspondiente a las personalidades contrapuestas de los dos creadores principales, recordemos por ejemplo el calvario de una Diane en paños menores que trae a la memoria situaciones similares de El Ente (The Entity, 1982), de Sidney J. Furie, y Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), de Wes Craven, y la arremetida en montaje paralelo de un payaso/ arlequín psicótico de plástico contra Robbie a lo Muñecos Malditos (Dolls, 1986), de Stuart Gordon, y Puppet Master (1989), de David Schmoeller. Dejando de lado los dos bodrios por venir, Poltergeist II: El Otro Lado (Poltergeist II: The Other Side, 1986), de Brian Gibson, y Poltergeist III (1988), mega desastre de Gary Sherman que sería sucedido por la apestosa remake del 2015 de Gil Kenan del opus original, y las trágicas muertes de Dominique Dunne, asesinada a sus 22 años en este 1982 por su ex novio John Thomas Sweeney, y de Heather O’Rourke en 1988 a los 12 años de edad durante la postproducción de Poltergeist III, a raíz de una combinación de choque séptico y estenosis intestinal que fue mal diagnosticada como la Enfermedad de Crohn, Poltergeist funciona como una suerte de tren fantasma volcado a una existencia privada en la que se pagan mediante los ataques a la intimidad las barrabasadas cometidas en el enclave público, por ello la falta de respeto a los fallecidos -las generaciones previas cual historia negada o desconocida- deriva en una venganza a toda pompa debido al hecho de que lo espiritual y todo lo abstracto pueden ser sinónimo de tranquilidad, cuentas pendientes del sujeto o una malicia muy claustrofóbica…
Poltergeist (Estados Unidos, 1982)
Dirección: Tobe Hooper. Guión: Steven Spielberg, Michael Grais y Mark Victor. Elenco: Heather O’Rourke, Craig T. Nelson, JoBeth Williams, Zelda Rubinstein, Beatrice Straight, Dominique Dunne, Oliver Robins, Michael McManus, Richard Lawson, James Karen. Producción: Steven Spielberg y Frank Marshall. Duración: 115 minutos.