Satánico Pandemónium: La Sexorcista

Los réprobos de Luzbel

Por Emiliano Fernández

Si bien hoy en día al terror mexicano se lo suele homologar en el ámbito internacional por un lado al Carlos Enrique Taboada de Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969), Más Negro que la Noche (1975) y Veneno para las Hadas (1986), y por el otro al Juan López Moctezuma de La Mansión de la Locura (The Mansion of Madness, 1972), María, María, Sangrienta María (Mary, Mary, Bloody Mary, 1975) y Alucarda, la Hija de las Tinieblas (1977), sin duda los dos directores que mejor se adaptan al gusto del público mainstream e indie del Siglo XXI, respectivamente, lo cierto es que el formato tiene una larga historia que empieza en la Época de Oro (1936-1956) y cuenta con faenas pioneras como El Fantasma del Convento (1934), de Fernando de Fuentes, Dos Monjes (1934), El Misterio del Rostro Pálido (1935), El Hombre sin Rostro (1950) y Retorno a la Juventud (1954), todas de Juan Bustillo Oro, y El Signo de la Muerte (1939), El Monstruo Resucitado (1953), La Bruja (1954), El Barón del Terror (1962) y El Espejo de la Bruja (1962), del inefable Chano Urueta, período previo a la sutil modernización que supieron imponer Fernando Méndez mediante El Vampiro (1957), Ladrón de Cadáveres (1957), El Ataúd del Vampiro (1958) y Misterios de Ultratumba (1959), ese Rafael Baledón de El Hombre y el Monstruo (1959), La Maldición de la Llorona (1963) y La Loba (1965) y sobre todo Rogelio A. González a través de la estupenda El Esqueleto de la Señora Morales (1960), recordada mixtura de truculencias y comedia negra. Durante la década del 60 se acumularían obras de variada envergadura que siguieron ampliando el rango de lo posible en tierra azteca, pensemos para el caso en Muñecos Infernales (1961), de Benito Alazraki, El Mundo de los Vampiros (1961), film de Alfonso Corona Blake, El Vampiro Sangriento (1962), de Miguel Morayta, Cien Gritos de Terror (1965), de Ramón Obón, El Escapulario (1968), de Servando González, y La Horripilante Bestia Humana (1969), una bizarreada absoluta de René Cardona, entre muchas otras realizaciones como los graciosos productos de horror, fantasía y/ o ciencia ficción alrededor de Rodolfo Guzmán Huerta alias El Santo, una franquicia archiconocida y muy exitosa especialmente a lo largo de los años 60 y 70.

 

Antes de que todo se derrumbase en el nuevo milenio, en consonancia con la uniformidad cultural de la globalización y por supuesto toda la mediocridad y estupidez del resto de las cinematografías nacionales del planeta, de la mano de bodrios como KM 31: Kilómetro 31 (2006), de Rigoberto Castañeda, Somos lo que hay (2010), de Jorge Michel Grau, Atroz (2010), de Fernando Barreda Luna, Tenemos la Carne (2016), de Emiliano Rocha Minter, 1974: La Posesión de Altair (2016), de Victor Dryere, Vuelven (2017), film de Issa López, Belzebuth (2017), de Emilio Portes, o las horrendas remakes de las joyas de Taboada, como la de 2007 de Gustavo Moheno o la de 2009 de Julio Cesar Estrada o la de 2014 de Henry Bedwell, el terror hecho en México experimentó un último período de riqueza e inusitada variedad durante la década del 80 e incluso los años 90, recordemos en este sentido opus tan diversos como La Tía Alejandra (1980), aquella rareza de Arturo Ripstein, Cementerio del Terror (1985), de Rubén Galindo Jr., Terror y Encajes Negros (1986), de Luis Alcoriza, El Extraño Hijo del Sheriff (1986), amalgama de western y body horror de Fernando Durán Rojas, El Violador Infernal (1988), de Damián Acosta Esparza y José Medina, Vacaciones de Terror (1989), de René Cardona III, Santa Sangre (1989), hazaña del querido Alejandro Jodorowsky, Cronos (1992), de Guillermo del Toro, y Sobrenatural (1996), de Daniel Gruener. Ahora bien, una película muy extraña que le escapa a latiguillos vernáculos de la época como el vampirismo, las leyendas populares y los monstruos clásicos y que supo mirar al exterior de una forma similar a Taboada y Moctezuma, ambos preocupados por el entramado gótico, la locura y el satanismo, es precisamente Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), la obra más memorable del prolífico y camaleónico Gilberto Martínez Solares, un director en esencia especializado en comedias que aquí entrega no sólo una de las mejores odiseas del espanto azteca sino también uno de los clásicos del nunsploitation terrorista modelo Los Demonios (The Devils, 1971), de Ken Russell, del destape creativo, erótico e iconoclasta de aquellos 60 y 70 -ya sin el puritanismo de la Época de Oro- y de ese delirio de transición bastante trash hacia la posmodernidad de las décadas siguientes.

 

Sor María (Cecilia Pezet) es una monja de un convento bucólico mexicano del Siglo XVIII que suele martirizarse a puros latigazos y cinturones de espinas, aparentemente por deseos lésbicos reprimidos que la llenan de culpa, y que hace obras de caridad en la región cual veterinaria intuitiva, sobre todo curando las ovejas de los campesinos y la vaca del claustro, bautizada Doña Sofía. Durante un paseo por el bosque se le aparece un hombre desnudo, nada menos que el tremendo Lucifer (Enrique Rocha), que comenzará a acosarla para que coma una manzana muy roja o se entregue sexualmente, algo que logra sólo cuando se hace pasar por otra religiosa (Verónica Rivas) y la seduce en su dormitorio, lo que genera una especie de posesión tácita ya que María de inmediato padece visiones diabólicas varias y siente la predisposición hacia la maldad más grandilocuente al extremo de abalanzarse al costado de un arroyo contra un pastor adolescente, Marcelo (Daniel Albertos), intentar violar y de hecho clavarle un cuchillo en un hombro a otra monja, Sor Clemencia (la actriz argentina Clemencia Colín), empujar hacia su muerte a una negra enclaustrada dispuesta a suicidarse, Sor Caridad (Verónica Ávila), abusar sexualmente de Marcelo durante una noche y matarlo en un incendio junto a su abuela (Velia Lupercio) y estrangular con una soga a la Madre Superiora (Delia Magaña) cuando la descubre tratando de recuperar los restos quemados de una cruz bordada que olvidó en la mentada escena del crimen, además del detalle de convertir al convento en un lupanar una vez que acepta la oferta de Luzbel de transformarse en la nueva jerarca, su ambición de siempre, para asimismo escapar de un destino de tortura y muerte a manos de las autoridades eclesiásticas que implica rastrillos abriéndole el pecho, la extracción de globos oculares con un gancho y el infaltable plomo derretido vertido en sus entrañas vía un embudo en la boca. El carácter anómalo del film se condice con sus metamorfosis, basta con considerar que arranca en el horror faustiano, continúa su senda retórica en el nunsploitation adepto a las violaciones en cadena, luego el asunto se vuelca a una faena de homicidios -incluida la eliminación de pruebas- y al final llega una fábula de descenso hacia la histeria que coquetea con el arsenal de la Inquisición.

 

A pesar de su hilarante subtítulo, el opus de Martínez Solares no es un exploitation de El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, aunque sí responde al interés mundial en torno a lo sobrenatural diabólico despertado por la susodicha y El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), joya de Roman Polanski, y en gran medida puede leerse como un “ensayo general” para el frenesí irónico y la tentación putañera de su expansión conceptual por antonomasia, hablamos de la muy semejante Alucarda, la Hija de las Tinieblas, amén de haber inspirado el nombre del recordado personaje de Salma Hayek en Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), de Robert Rodríguez. Más allá de sus cambios de tono, bastante bien administrados por el guión del realizador y su hijo, Adolfo Martínez Solares, a su vez ampliando un relato original del aquí también productor Jorge Barragán, Satánico Pandemónium: La Sexorcista es una propuesta muy interesante que explora uno de los grandes fetiches de todos los países católicos, la corrupción comunal de los puros, ingenuos e inocentes pero asimismo de los presuntuosos que se creen dueños de la verdad o la virtud, y recupera el motivo del lesbianismo réprobo de Carmilla (1872), la novela corta de Sheridan Le Fanu, para combinarlo con una versión invertida del envilecimiento piadoso de El Monje (Le Moine, 1972), dirigida por Adonis Kyrou y escrita por el extraordinario Luis Buñuel, y con diversos recursos del cine mexicano del pasado, en especial las pasiones enclaustradas de la primigenia Dos Monjes, aquel pacto faustiano de Macario (1960), de Roberto Gavaldón, las ovejas surrealistas y toda la claustrofobia social exacerbada de El Ángel Exterminador (1962), de Buñuel, y la paranoia persecutoria y fundamentalista de la magistral El Santo Oficio (1974), de Ripstein. Hoy el cineasta quiebra su plan estándar de combinar los sustos y la comedia tontuela, como en La Casa del Terror (1960), El Camino de los Espantos (1967) y la tardía Curado de Espantos (1992), y apuesta por una epopeya hipnótica, con pocos diálogos y sin pudor alguno a la hora de escenificar las violaciones o mostrar la anatomía de la linda y eficaz Pezet, incluso llegando a denunciar la esclavitud y los muchos maltratos sobre las monjas negras en el entorno opresivo católico de la época…

 

Satánico Pandemónium: La Sexorcista (México, 1975)

Dirección: Gilberto Martínez Solares. Guión: Adolfo Martínez Solares y Gilberto Martínez Solares. Elenco: Cecilia Pezet, Enrique Rocha, Delia Magaña, Clemencia Colín, Daniel Albertos, Velia Lupercio, Verónica Ávila, Laura Montalvo, Amparo Furstenberg, Verónica Rivas. Producción: Jorge Barragán. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 8