El Aprendiz (The Apprentice)

Los sociópatas y su instinto asesino

Por Emiliano Fernández

Ali Abbasi, cineasta iraní asentado en Dinamarca, también vinculado a Suecia y ya sin la posibilidad de regresar a su país natal por haber importunado al régimen fundamentalista musulmán con críticas fuera y dentro de la pantalla, cuenta con una carrera corta pero muy interesante que arrancó con tres películas aparentemente distintas aunque con elementos en común que las unifican a escala ideológica y formal, como por ejemplo el interés por la marginación comunal, un desarrollo narrativo lineal, aquella negación de los orígenes por parte de los protagonistas, la presencia de la burguesía más psicopática, un tono general de semi cuento de hadas para adultos y desde ya esa obsesión con el hecho de desromantizar al poder, el sexo, la infancia, la violencia colectiva, la parentela y/ o las creencias del tipo que sea. El debut del señor fue Shelley (2016), quizás su película menos interesante porque no conseguía ir más allá de su condición de relectura arty y lynchiana de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, mediante una fábula de gestación subrogada que escondía un costado tenebroso, obra que en esencia sirvió para en el corto plazo derivar en la verdadera “carta de presentación” de Abbasi en nuestro ecosistema cinematográfico internacional, la sorprendente Border (Gräns, 2018), una rara mixtura de drama identitario, romance, neo film noir, odisea de excluidos y horror de impronta mitológica/ folklórica que adaptaba un texto del sueco John Ajvide Lindqvist, el mismo de Criatura de la Noche (Låt den Rätte Komma in, 2008), obra maestra de Tomas Alfredson, aquí por cierto metiéndose con tópicos pesaditos como el secuestro de bebés y la pornografía infantil y jugando con unos insólitos trolls hermafroditas capaces de percibir en terceros a través del olfato estados como la vergüenza, la culpa, el pánico y la rabia. Araña Sagrada (Holy Spider, 2022), el tercer largometraje del lote, fue un thriller también magnífico que se metió con la misoginia cultural de Irán a través de la historia verídica del asesino en serie de prostitutas y adictas Saeed Hanaei, un chiflado que secuestró y estranguló a 16 mujeres en una “limpieza” social sádica que gozó del apoyo de parte de la sociedad como si se tratase de un héroe del Islam.

 

Por suerte ya no se repite aquel generoso bache temporal entre Border y Araña Sagrada, motivado por la pandemia del coronavirus y por la misma naturaleza hiper polémica del convite alrededor del homicida religioso, y por ello hoy tenemos ante nosotros El Aprendiz (The Apprentice, 2024), primer opus de Abbasi no escrito por el propio realizador porque la trama es responsabilidad de Gabriel Sherman, guionista errático que saltó desde la inmunda Día de la Independencia: Contraataque (Independence Day: Resurgence, 2016), la secuela de Roland Emmerich de su epopeya trash mainstream de 1996, hacia dos series atractivas creadas por Tom McCarthy, La Voz más Alta (The Loudest Voice, 2019), retrato de Roger Ailes (Russell Crowe), jerarca de Fox News y gran artífice del conservadurismo mediático posmoderno en yanquilandia, y El Diario de Alaska (Alaska Daily, 2022-2023), faena sobre periodismo de investigación con Hilary Swank. Al cineasta iraní, además responsable de los recordados capítulos finales de la primera temporada de The Last of Us (2023), Cuando Estamos Necesitados (When We Are in Need) y Busca la Luz (Look for the Light), no le tiembla para nada el pulso a la hora de aparecerse con una biopic sobre Donald Trump justo en los momentos previos a la elección presidencial del 5 de noviembre de 2024, disputada cabeza a cabeza entre el engendro republicano y la vicepresidenta demócrata en funciones Kamala Harris, para colmo haciendo foco en la relación durante las décadas del 70 y 80 con su mentor, Roy Cohn, abogado fascistoide, plutócrata y agresivo que fue la mano derecha de Joseph McCarthy en su caza de brujas anticomunista, posibilitó la ejecución en 1953 de los supuestos espías soviéticos Julius y Ethel Rosenberg, un matrimonio estadounidense, y sobre todo ofició de asesor de muchas figuras de la mafia neoyorquina y de los gobiernos nefastos de Richard Nixon y Ronald Reagan. La propuesta supera a otros retratos de Roy, como Ciudadano Cohn (Citizen Cohn, 1992), obra de Frank Pierson, y Ángeles en América (Angels in America, 2003), de Mike Nichols, y complementa la parodia anti-Trump El Arte del Negocio: La Película (The Art of the Deal: The Movie, 2016), opus de Jeremy Konner.

 

En pantalla Trump (Sebastian Stan) comienza su patética carrera en los 70 bajo el ala de los negocios inmobiliarios miserables de su padre, Fred (Martin Donovan), y conociendo en la noche neoyorquina a Cohn (Jeremy Strong), a quien recluta con insistencia para que asista/ defienda al clan en un proceso judicial por discriminación contra inquilinos afroamericanos, pesquisa que Roy cierra de golpe mediante un chantaje dirigido al fiscal, un hombre casado, vía fotos sexuales del susodicho con un muchacho. Incorporando el desprecio de Cohn por las leyes, la ética y la verdad y adoptando de a poco sus tres reglas del “eterno ganador”, eso de atacar continuamente al adversario, nunca admitir un error y siempre proclamar la victoria/ jamás reconocer el fracaso, sin que importe lo que suceda, lo que afirmen sobre el protagonista o lo derrotado que en realidad esté, Donald reemplaza a su progenitor con Roy como raudo oráculo del capitalismo salvaje, deja de pedir la autorización del patriarca para encarar proyectos de su cosecha y se obsesiona con reconvertir al viejo Commodore Hotel, por entonces abandonado, en el Grand Hyatt en sociedad con la célebre compañía hotelera, meta que nuevamente se materializa gracias a otra extorsión de parte del abogado que le consigue a Trump una reducción fiscal de 160 millones de dólares para la remodelación del edificio. Con los años el protagonista pretende hacerse de la fortuna familiar aprovechando la senilidad de su padre, conduce de manera indirecta a la depresión, el alcoholismo y la muerte en 1981 a su hermano mayor, Freddy (Charlie Carrick), un piloto aeronáutico que fue maltratado por él y el patriarca, y finalmente se casa con la modelo checa Ivana Marie Zelníčková, a la que denigra y más adelante viola. Luego de abrir unos casinos en Atlantic City, inversión que llena de deudas a este energúmeno verborrágico y exacerba su leitmotiv de licuar empresas declarando la bancarrota y dejando sin pagar un sinfín de obligaciones contraídas, Cohn es paulatinamente expulsado del círculo íntimo del magnate al punto de que lo ningunea cuando el chupasangre legal, un maricón de clóset de toda la vida, contrae HIV y fallece en 1986 en medio de una acusación de desfalco contra un cliente moribundo.

 

La extraordinaria propuesta de Sherman y Abbasi recupera pivotes del acervo de Sidney Lumet y William Friedkin como un ritmo narrativo furioso, un desarrollo muy inteligente de personajes y unas actuaciones magistrales de parte de Strong, cuyo Cohn fue de hecho uno de los pilares del renacimiento conservador de la segunda mitad del Siglo XX junto con Barry Goldwater, y por supuesto Stan, intérprete rumano/ austríaco/ estadounidense que explora la sociopatía progresiva de Trump y constituye el corazón del film porque su enroque identitario de fondo moviliza sin medias tintas todo el frenesí dramático, nos referimos a la faceta vulnerable, torpe, insegura y todavía humana de Trump del capítulo inicial del Commodore, cuando está aprendiendo todos los “truquillos” para la licuación del capital simbólico del enemigo del aún muy poderoso Roy, en contraposición a ese Donald veterano de los años 80 -calvo, gordo y encima adicto a las anfetaminas- que construye la Trump Tower mientras su mentor pierde preeminencia ya que el cinismo de las orgías a puertas cerradas de los 70 muta en la codicia y la meritocracia caníbal, mitómana, ridícula y antiestatal a toda pompa del reaganismo, una filosofía vinculada a la soberbia, el look, la hipocresía, la misoginia, la cleptocracia capitalista, el espectáculo y la típica aporofobia del yuppie, precisamente rasgos retomados por el magnate cual versión incluso más rancia y payasesca, al igual que toda la nueva derecha del Siglo XXI. El Aprendiz, título que remite irónicamente al reality show de la NBC encabezado por Trump entre 2004 y 2017, explora la mediocridad doctrinaria, financiera e intelectual del futuro presidente mientras pone en primer plano la vacuidad del “instinto asesino” de estos megalómanos y especuladores que se la pasan autojustificando a la oligarquía parasitaria norteamericana que pretende destruir a los sindicatos, la asistencia social y la izquierda marxista de vieja cepa, planteo ideológico del film que incluye la diferenciación entre la convicción de Roy, apestosa pero convicción de larga data al fin, y el oportunismo penoso de Donald, un discípulo que supera al maestro e incluso desea expulsarlo de los libros de historia vampirizando su credo maquiavélico…

 

El Aprendiz (The Apprentice, Dinamarca/ Irlanda/ Canadá, 2024)

Dirección: Ali Abbasi. Guión: Gabriel Sherman. Elenco: Sebastian Stan, Jeremy Strong, Maria Bakalova, Charlie Carrick, Martin Donovan, Catherine McNally, Ben Sullivan, Mark Rendall, Joe Pingue, Bruce Beaton. Producción: Ali Abbasi, Ruth Treacy, Louis Tisné, Jacob Jarek, Daniel Bekerman y Julianne Forde. Duración: 122 minutos.

Puntaje: 9