Tideland

Los traseros de las ardillas no brillan

Por Emiliano Fernández

Jeliza-Rose es una niña de 8 años que vive rodeada de lo que para cualquier adulto sería un entorno insoportable. Pero como la nena no conoce otra vida, lo sobrelleva bastante bien. Desde la primera escena vemos como ayuda a su padre rockero a inyectarse en las venas su dosis diaria de heroína (a papi le gusta mucho “salir de vacaciones”) y presenciamos la rápida muerte de la madre por una sobredosis de metadona (a pesar de ello le sobra tiempo para antes advertirle a la “pequeña zorra” que se mantenga alejada de la preciada caja de chocolates que mantiene escondida debajo de la cama). El progenitor sobreviviente no tiene mejor idea que llevar a la joven al rancho de la abuela, la cual lleva varias décadas fallecida. Allí él también se pasa de rosca y queda flipando para siempre en una mecedora. Pero Jeliza-Rose esto no lo sabe, por lo que da rienda suelta a su imaginación mientras comienza a explorar los pastizales que circundan el lugar…

 

Al genial Terry Gilliam le llevó solo seis meses dirigir Tideland (2005), film completado durante un hiato en la post producción de Los Hermanos Grimm (The Brothers Grimm, 2005). Al tiempo que se peleaba con Harvey Weinstein por el corte final de aquélla película, Gilliam redondeó esta contrapartida independiente, claramente una de sus obras más personales desde la ya lejana Pánico y Locura en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998). Entre esta ultima y este par de realizaciones recientes el cineasta estuvo embarcado en la consumación de un viejo sueño que lamentablemente no pudo darse, una bizarra adaptación del “Quijote” que se iba a llamar El Hombre que Mató a Don Quijote (un muy interesante documental sobre las calamidades que padeció este proyecto es Lost in La Mancha, del 2002). Tideland es el gran regreso de este mítico realizador, aquí entregándonos una muy lograda semblanza sobre la formación de los seres humanos, las quimeras infantiles y la resistencia de los muchas veces subvalorados y cosificados niños.

 

Esta suerte de adaptación de “Alicia en el país de las maravillas” condensa todas las obsesiones características del ya sexagenario norteamericano. El humor absurdo, el ritmo frenético, el tono grotesco, las secuencias surrealistas y los condimentos picarescos vuelven  a decir presente dentro un contexto de cuento maldito, iconoclasta y misantrópico. Gilliam aprovecha el inicio del film en la ciudad para introducir toda su clásica artillería de tomas desde ángulos inclinados y primeros planos desquiciados, para luego bajar la velocidad una vez que la protagonista llega a su nuevo hogar campestre. En ese momento la excelente fotografía y los bellos travelings se convierten en partes fundamentales del relato, a medida que empiezan los encuentros entre Jeliza-Rose y un puñado de extraños personajes con serios problemas mentales, por una u otra razón. Hay que aclarar que las fantasías de la nena no son presentadas en tanto escapismos indulgentes, como sucede en el cine mainstream. Aquí son mecanismos significantes que no solo ayudan a comprender la espantosa realidad, sino que además tienen un sustento disparador en la misma. Este es un logro mayúsculo e invaluable de toda la producción artística de Gilliam y los Monty Python en general.

 

La película más que criticar a los adultos lo que pretende es asustarlos, como el propio realizador se encargó de aclarar. De hecho, la joven -como muchos otros chicos- sabe manejarse frente al peligro con una destreza y perspicacia sin igual, envuelta casi siempre en situaciones que plantean encrucijadas de las que muchos hombres y mujeres huirían torpemente y despavoridos. El retrato de la niñez que propone Tideland es portador de una profunda inteligencia y está alejado de todo maniqueísmo o solemnidad. Los personajes son complejos y convincentes gracias al maravilloso guión y a la muy buena labor de todo el elenco (mención especial merecen los graciosísimos Jennifer Tilly y Jeff Bridges como los padres). Ahora bien, gran parte del film recae sobre los hombros de la pequeña promesa Jodelle Ferland, interpretando en forma brillante no solo a Jeliza-Rose, sino también a las cuatro cabezas de muñecas con las que mantiene recurrentes conversaciones (en uno de los típicos juegos de roles que se practican durante la infancia). Ferland construye una caracterización tan prominente como increíble para su corta edad.

 

La magnifica y minimalista puesta en escena pone en ridículo a las grandes producciones de Hollywood que para conquistar un público ávido de dramas supuestamente “serios” derrochan millones y millones de dólares vaya uno a saber en qué. El espíritu aguerrido e inconformista de Gilliam reaparece en toda su genialidad, baja las revoluciones con respecto a su velocímetro narrativo habitual y nos entrega una certera aproximación al ideario y la praxis infantil, sin subestimar a los niños y comprendiéndolos en sus propios términos… amputados como todos lo estamos en un mundo que avanza dos pasos y retrocede tres. Ejemplo de todo esto es la escena en la que Jeliza-Rose ve una ardilla: frente al comentario de una de sus “chicas” sin cuerpo referido a la posibilidad de que sea un hada, ella, conocedora de que sólo las luciérnagas lo son, responderá sabiamente que “los traseros de las ardillas no brillan”.

 

Tideland (Reino Unido/ Canadá, 2005)

Dirección: Terry Gilliam. Guión: Terry Gilliam y Tony Grisoni. Elenco: Jodelle Ferland, Janet McTeer, Brendan Fletcher, Jennifer Tilly, Jeff Bridges, Dylan Taylor, Wendy Anderson, Sally Crooks, Alden Adair, Mitch Cullin. Producción: Gabriella Martinelli y Jeremy Thomas. Duración: 120 minutos.

Puntaje: 9