Rojo

Los últimos días de la víctima

Por Maximiliano Curcio

El cine argentino comenzó a reflexionar sobre nuestra sociedad durante los sangrientos años de plomo, una vez instaurado el regreso a la democracia,  mediante títulos ejemplares como La Historia Oficial (1984) y La Noche de los Lápices (1985), que nutrieron una temática ultra transitada, inclusive hasta décadas posteriores con las recordadas Garage Olimpo (1999) y Crónica de una Fuga (2006). Sin embargo, este tipo de acercamiento no es habitual. Porque Rojo (2018) retrata uno de los períodos más oscuros y sangrientos de nuestra historia,  que abarca no sólo la última dictadura militar (1976-1983) sino también la tensión vivida en los turbulentos años previos, durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón.

 

En la escena inicial del film, vemos un chalet moderno e impecable, ubicado en algún tranquilo suburbio del interior del país. Poco a poco, vamos convirtiéndonos en testigos de los procedimientos que comenzaba a ser una costumbre por aquella época, y percibimos que la propiedad guarda en su interior una historia como tantas otras igual de lamentables: el saqueo físico y el ultraje moral que moldearon la violencia y la impunidad que imperó durante una década nefasta. El germen de la desagradable dictadura se palpa como una creíble amenaza cuando la presencia militar, los grupos parapoliciales y el aparato interventor ganaban lugar en la escena, patrullando rutas y caminos, poblando despachos de entidades gubernamentales o invadiendo propiedades por la fuerza. Sin embargo, la secuencia inicial sería apenas el prólogo de un relato perturbador.

 

Un extraño (notable Diego Cremonesi) acude a una cantina en una tranquila noche de provincia. Allí agrede a un reconocido abogado, en la piel de un monumental Darío Grandinetti. Éste, en lugar de huir, toma la mala decisión de buscar al agresor. Luego un episodio confuso derivará en tragedia. Después, el tiempo que pasa y la vida rutinaria que sigue su curso. Sin embargo, un turbio ofrecimiento de un amigo del matrimonio (Claudio Martínez Bel, una fantástica revelación) y la llegada de un infalible inspector desde Chile (encarnado de forma magistral por Alfredo Castro) para aclarar una misteriosa desaparición pondrán en peligro la apacible vida de este letrado.

 

A partir de allí, una cadena de sucesos incontrolables va comprometiendo, más y más, la moral del abogado entrometido en los hechos y el silencio de su mujer (Andrea Frigerio, su consagración en la gran pantalla), cómplice del ocultamiento de un cadáver. Ambos se verán atrapados, producto de una escalada de violencia y una mala decisión que, accidentalmente, cambiará para siempre el rumbo de sus vidas. Inmersos en un laberinto sin retorno y presos en un país que se cae a pedazos, la película pone el acento sobre los principios éticos de este matrimonio, que se verá inserto en un laberinto teñido de muerte, secretos, apariencias e intrigas en medio de un murmullo generalizado que auguraba oscuros años por venir.

 

Benjamín Naishtat elabora un cuidadoso estudio social acerca del preludio del horror que desembocaría en el Golpe de Estado, señales que se percibían en el aire enrarecido de un país a punto de estallar, del cual una sociedad cómplice y mediocre fue partícipe. Con una notable solvencia para atrapar al espectador mediante climas opresivos, el film incomoda desde el primer minuto. Asertivo en generar atmósfera de suspenso o sugestionarnos con el marcado uso de la música, Rojo se convierte en una perfecta pintura que retrata la violencia cotidiana que caracterizaba al país a mediados de los 70, cuando el golpe militar parecía inevitable.

 

Gracias a un guión poblado de imágenes y simbolismos, Naishatat no deja ningún aspecto librado al azar y el film va sembrando, a medida que la trama avanza, un sinnúmero de metáforas y alegorías que sirven para explicar el clima de angustia, sometimiento y truculencia que caracterizaba a la Argentina de ese momento. Por otra parte, hecho que nos concientiza acerca de la verdadera naturaleza de una sociedad en cuyos cimientos se percibe una violencia sugerida, enquistada e implícitamente concebida. Basta ver el condenable corto publicitario de Bonafide para percibir lo horroroso de un simbolismo que parecía darse por sentado, como parábola del propio monstruo que cada sociedad fabrica para sí.

 

La ambientación de época -omnipresente desde los títulos iniciales y un rojo saturado que inunda la pantalla- aporta las cuotas de elegancia, melodrama y suspenso que esta propuesta requiere. Impecable recreación mediante la puesta en escena para dar forma a un éxtasis visual, tan seductor como hipnótico, que tendrá su apoteosis en la recreación de un eclipse, cuya brillante secuencia plagada de lecturas subliminales desnuda los síntomas de una sociedad enferma. El realizador concibe un thriller psicológico perturbador, echando mano a una mixtura de géneros asumida con maestría. Con asombrosa ductilidad, utiliza marcas del lenguaje cinematográfico de aquel entonces como fuente intertextual que nutre su propia impronta vintage. Así, el espectador disfrutará de una paleta de recursos (visuales y sonoros) que completan la experiencia y brindan una estética de época gracias a su precisa reconstrucción.  Con sutileza en el tratamiento fotográfico y un marcado uso del zoom y del encuadre, el film deja postales magníficas (como las escenas que transcurren en el árido desierto) cuyas influencias se perciben en referencias al cine de los 70, desde Francis Ford Coppola, pasando por Brian De Palma y llegando a Michelangelo Antonioni.

 

Con reconocibles reminiscencias al cine comprometido de Adolfo Aristarain, esta obra denuncia los secretos que todo pueblo oculta bajo una apacible apariencia, mientras el fantasma del Golpe de Estado va trazando un microcosmos contaminado de la mentira y la codicia que ostentan los poderosos.  El autor no deja margen para la duda: el oportunismo y las apariencias de las clases acomodadas son un mal enquistado en el tejido social, vehículo para reflexionar sobre nuestra identidad, nuestros problemas sociales y nuestra realidad. Naishtat describe una Argentina al borde del colapso y la génesis de su desintegración financiera, política y moral. En donde el “rojo” alude a la represión política, a la sangre derramada de los desaparecidos y a la luz de alerta en una sociedad hipócrita, todos inevitables sinónimos de una catástrofe que se avecinaba.

 

Es la forma preferida por Rojo para denunciar la doble moral del ciudadano medio que elige mirar para otro lado y también retrata de modo cabal el rol decisivo que jugaron los medios masivos de comunicación: la radio, la televisión  y los diarios.  Haciendo mención a un evento con motivo de una exhibición provincial que pretendía fortalecer los lazos comerciales con el país del norte (un acontecimiento que tiene sus ecos en la actualidad), la excusa sirve para potenciar una mirada que -más allá de su acento sobre el colonialismo cultural- alerta sobre el papel que jugó Estados Unidos en el desencadenamiento de varios movimientos golpistas en Sudamérica.  La fábula funciona como disparador y toma de conciencia sobre tensiones que se adivinan en la superficie y encuentran su perfecta consumación gracias al pulso firme de un cineasta con ideas claras y en dominio absoluto para delinear las imágenes de la barbarie.

 

Rojo se consolida como un manifiesto social y político, un ejercicio de cine de alta calidad, sagaz e inquietante al correr el velo sobre las falsas caras que habitan nuestra sociedad.  La oscuridad que se cernía sobre nuestro país en este punto del conflicto -el caldo de cultivo y punto de ebullición que se coronaría en el lamentable 24 de marzo de 1976- encuentra tres paralelismos notables que el director inserta en el film como subtramas. Por un lado, el despertar sexual de una joven, representado mediante un juego teatral que resignifica los celos de su pareja masculina como enésimo simbolismo de la violencia subterránea, del abuso de poder y la dominación. De igual forma, lo perturbador que puede resultar un simple acto de magia de un club nocturno, que simboliza a los desaparecidos por el régimen, a la vez que exhibe a una sociedad miserable y corrupta, donde en el discurso mismo se avalaba implícitamente el horror y el maltrato. Por último, un evento escolar cuya discursiva y puesta en acto exhibe los disfraces y las máscaras bajo las que se ocultaba una comunidad hipócrita.

 

Es bienvenida la propuesta de Naishtat en medio del irregular panorama que ofrece el cine nacional a lo largo de este año. El suceso en boleterías del “mes INCAA” se nutrió de propuestas de gran calidad que ofrece nuestro cine de la mano de grandes films como Acusada, La Quietud, El Ángel, Mi Obra Maestra y El Amor Menos Pensado. Su contraste resulta la gran cantidad de producciones que pueblan la cartelera, semana a semana, con películas nacionales de escasísima calidad narrativa y pobre factura técnica. De esta comparación se adivina un presente de nuestro cine un tanto irregular y dentro de este panorama desconcertante, buscando su lugar en este mapa cinematográfico, surge una obra tan singular y meritoria como Rojo. La evidente muestra de que un notable director, con un gran guión en sus manos y unas ideas estéticas sólidas, puede llevar a cabo un producto creativo, innovador, con destino de clásico y capaz de competir internacionalmente en festivales. Con apenas 32 años y un par de largometrajes en su haber (Historia del Miedo y El Movimiento), Naishtat concibe una obra maestra de nuestro cine contemporáneo.

 

Rojo (Argentina/ Brasil/ Francia/ Países Bajos/ Alemania, 2018)

Dirección y Guión: Benjamín Naishtat. Elenco: Darío Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremonesi, Laura Grandinetti, Susana Pampín, Rudy Chernicoff, Claudio Martínez Bel, Mara Bestelli, Rafael Federman. Producción: Federico Eibuszyc y Barbara Sarasola-Day. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 10