En Maldita Suerte (Ballad of a Small Player, 2025) el realizador alemán Edward Berger recupera a escala espiritual aquella impronta delirante o semi kitsch tácita de su propuesta previa, Cónclave (2024), ahora reemplazando las conspiraciones y la pugna entre izquierda y derecha en el Vaticano con la pompa de los juegos de azar y sobre todo el falso perdedor que en realidad es el protagonista de la historia, su razón de ser en términos del derrotero de un buscavidas capaz de reinventarse una y otra vez aunque también tendiente a caer en los brazos de los mismos demonios de siempre. Ambas películas superan por mucho a los dos dípticos iniciales de Berger, el indie de Gómez: Cara o Cruz (Gómez: Kopf oder Zahl, 1998) y Mujer2 Busca un Final Feliz (Frau2 Sucht HappyEnd, 2001) y el melodramático arty de Jack (2014) y Todo mi Amor (All My Loving, 2019), y por cierto dejan muy atrás a Sin Novedad en el Frente (Im Westen nichts Neues, 2022), obra sobrevalorada -también para Netflix, como Maldita Suerte– que traicionaba el retrato visceral de las penurias de los soldados durante la Primera Guerra Mundial y la denuncia del protofascismo de aquellos generales prusianos de la novela original autobiográfica de 1929 de Erich Maria Remarque y de su primera adaptación cinematográfica, Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), joya de Lewis Milestone, todo en pos de privilegiar las carnicerías de las batallas, los entretelones en los altos mandos militares/ políticos y una crítica bien elemental contra la guerra de trincheras, esa que empantanó el conflicto porque llevó a ambos bandos a una estrategia de desgaste o posiciones férreas separadas por la famosa “tierra de nadie”. El guión de Rowan Joffé, basado en la novela del mismo título de 2014 de Lawrence Osborne, se centra en Lord Doyle (Colin Farrell), un británico fugitivo y ludópata que suele lucir sus “guantes amarillos de la suerte” y vive en Wynn Palace, hotel de cinco estrellas de Macao, antigua colonia portuguesa en China y capital regional del juego, después de robar 957 mil libras a una anciana ricachona y egoísta del Reino Unido.
Mientras intenta cobrar una deuda de un tal Adrian Lippett (Alex Jennings), otro colega de apuestas en exilio permanente, y trata de sacarle unos billetes a una detective privada que trabaja para la damnificada y pretende probar con una foto que fingió su muerte en Manila, Filipinas, Cynthia Blithe (Tilda Swinton), nuestro protagonista conoce a la encargada del otorgamiento de créditos del Casino Rainbow, Dao Ming (Fala Chen), una mujer con la que inicia una cuasi relación romántica porque ambos comparten la necesidad de escapar de su pasado, en el caso de Ming debido al robo de los ahorros familiares cuando joven y el desencadenamiento de la muerte de su padre a raíz de la tristeza, amén de la condena de la progenitora. Presionado para pagar una cuenta muy abultada en el hotel, 352 mil dólares de Hong Kong, y para devolver las libras sustraídas so pena de ser deportado al Reino Unido, Lord Doyle, en realidad un irlandés llamado Reilly, trata de revertir una mala racha en el baccarat que lo dejó sin dinero y bordeando el suicidio, algo que se manifiesta en episodios de fiebre e ingesta desenfrenada de alimentos hasta vomitar o colapsar en el suelo. Macao, único lugar en China donde se puede apostar legalmente porque todos los casinos están prohibidos en Hong Kong y la China continental, funciona como un personaje más al igual que la fotografía de James Friend, siempre coqueteando con el exceso, la pirotecnia y lo suntuoso, en ocasiones incapaz de bajar un poco las revoluciones retóricas para encauzar con paciencia el relato o exprimir en serio los latiguillos amalgamados de fondo, léase la bohemia venida a menos, el exotismo desde el punto de vista occidental y sobre todo una ludopatía a crédito o en la cuerda floja. En pantalla el adalid del juego se la pasa a la espera de una buena suerte basada tanto en la probabilidad como en la fe o esperanza de que todo repentinamente se solucione de la misma forma en que se estropeó, apostando sin cesar, lo que trae a colación la preeminencia en el Siglo XXI del pensamiento mágico cual regresión a períodos previos de la humanidad en los que la lógica y/ o la responsabilidad no existían.
La película definitivamente es errática pero nunca deja de despertar interés, especialmente porque el ecosistema audiovisual contemporáneo está saturado de basura, y por lo menos no cae en la comedia delictiva cínica facilista modelo Quentin Tarantino, los hermanos Joel y Ethan Coen o el mismísimo Martin McDonagh, con quien Farrell ha colaborado en las bastante decepcionantes Escondidos en Brujas (In Bruges, 2008) y Siete Psicópatas (Seven Psychopaths, 2012) y la genial Los Espíritus de la Isla (The Banshees of Inisherin, 2022). El gris deprimente de la ciudad durante el día, casi como una Londres de Asia, contrasta con la luminosidad de neón de la noche macaense, tan histérica y desesperada por atención como el film en su conjunto y por supuesto el tremendo Lord Doyle, atrapado en un ciclo de vagabundeo de nunca acabar por su doble condición de expatriado y adicto a los juegos de azar o más precisamente a vivir en la cornisa. En este sentido el suicidio se nos aparece como un fantasma ubicuo ante las decisiones de antaño pero también frente a los diversos predicamentos de todo jugador como afirma con sorna la criatura de Farrell al momento de definir el acto de quitarse la vida por las deudas acumuladas, “una solución definitiva a un problema pasajero”, por ello escapar hacia adelante y no hacia atrás, profundizando la dinámica que llevó al atolladero, termina siendo bajo esta óptica la única alternativa válida para salir del fango, en la trama poniéndose nuevamente en las garras del destino o más bien de la cruel industria capitalista del juego. En gran medida puede afirmarse que Maldita Suerte no se decide del todo qué quiere ser y el titubeo a veces le juega en contra y en otras oportunidades a favor, pensemos cómo salta del retrato de un masoquista empedernido a una semblanza del infierno lúdico de la codicia, un lienzo tragicómico de una redención en cámara lenta, una crónica lírica del amor entre Doyle y Ming en tanto perdedores eternos y finalmente una faena policial iconoclasta o quizás deforme sobre la necesidad de huir de los marginados porque la oligarquía jamás perdona el robo de gallinas del lumpenproletariado.
En el libro de Osborne, autor ya adaptado anteriormente en Los Perdonados (The Forgiven, 2021), correcto film de John Michael McDonagh, y en el derrotero diagramado por Joffé, hijo de Roland Joffé conocido por haber escrito Exterminio 2 (28 Weeks Later, 2007), de Juan Carlos Fresnadillo, El Ocaso de un Asesino (The American, 2010), de Anton Corbijn, y Antes de Despertar (Before I Go to Sleep, 2014), dirigida por el mismo Rowan, el lujo y la apariencia de prosperidad funcionan como una burbuja próxima a romperse por obra y gracia de las propias compulsiones del sujeto y su propensión a ahogarse en la soledad, la autosatisfacción, su pulsión de muerte y el laberinto mendaz del mercado, ese que siempre lleva a consumir/ apostar de manera irreflexiva o tal vez creando sentido común desde el condicionamiento del poder central. La gula hasta vomitar, como si estuviésemos ante una reformulación parcial de La Gran Comilona (La Grande Bouffe, 1973), de Marco Ferreri, se equipara en el desarrollo a la ludopatía hasta la quiebra, algo así como una necesidad de destruirse a uno mismo para legitimar nuestra voluntad o la autenticidad idiosincrásica en contraposición a un mundo que engulle al sujeto y no lo libera hasta el final de sus días, para colmo obnubilando los sentidos para que se acepte como verdadera la andanada de patrañas, luces cegadoras y derroche que ofrece el capitalismo mediante la publicidad, el marketing, la psicología conductista y la puesta en escena. Hoy las falsas identidades, los casinos como picadoras de carne y la fortuna que va y viene, de manera muy caprichosa, se combinan en el opus de Berger con la adrenalina detrás de la simpleza del baccarat y con una exquisita actuación de parte de Farrell, todo un experto en personajes entre estrafalarios y torturados y un señor que aquí alcanza el gran nivel interpretativo de Los Espíritus de la Isla y El Pingüino (The Penguin, 2024), estupenda miniserie creada por Lauren LeFranc para HBO en la que compuso a Oswald “Oz” Cobb, aquel de Batman (The Batman, 2022), de Matt Reeves. La inclusión en el desenlace del motivo fantasmal, detalle que simboliza el amor, el despojo y una especie de bálsamo para la avaricia fetichizada desde la figura de la suerte, termina de volcar el asunto hacia la tragedia metafísica de expiación/ salvación, con él para colmo habiendo quemado sus billetes y observando los fuegos artificiales desde la otra orilla, ya fuera del redil de las apuestas patológicas desaforadas símil Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), de Jean-Pierre Melville, o La Bahía de los Ángeles (La Baie des Anges, 1963), de Jacques Demy, esquema que narrativamente se vincula al Festival de los Fantasmas Hambrientos, en el que los habitantes de Macao queman ofrendas en honor de los muertos para apaciguar sus espíritus inquietos, de allí el doble carácter de la festividad y de la película en sí, por un lado fascinante y visualmente fastuosa, enmascarando el dolor de fondo con el espectáculo, y por el otro lado obsesionada a escala discursiva con la ética y la salud del individuo de a pie, ese que puede morir si no modifica su comportamiento…
Maldita Suerte (Ballad of a Small Player, Reino Unido/ Alemania, 2025)
Dirección: Edward Berger. Guión: Rowan Joffé. Elenco: Colin Farrell, Fala Chen, Tilda Swinton, Alex Jennings, Deanie Ip, Anthony Wong, Margaret Cheung, Adrienne Lau, Jason Tobin, Alan K. Chang. Producción: Edward Berger, Mike Goodridge y Matthew James Wilkinson. Duración: 103 minutos.