Los Juguetes No Son para Niños (Toys Are Not for Children)

Madurez en pausa

Por Emiliano Fernández

Los Juguetes No Son para Niños (Toys Are Not for Children, 1972) es una de las más interesantes curiosidades que nos ha dado el período de oro del cine norteamericano en general y del underground en particular, la década del 70, una suerte de clase B seria y con un presupuesto más que digno que teniendo numerosas oportunidades de caer en el sexploitation más altisonante, prefiere esquivar el rubro -a pesar de que evidentemente la premisa de base está tomada del porno- para meterse muy inteligentemente con tópicos pesaditos como el incesto, la pedofilia, los traumas infantiles, la violación, el maltrato doméstico, la represión sexual, el fetichismo, la frigidez femenina, la prostitución y sobre todo la negativa psicológica a convertirse en adulto y a asumir las responsabilidades del caso, en esta oportunidad un asunto enmarcado en un ambiente familiar asfixiante de constantes peleas y recriminaciones paternas que dejan sus marcas en el subconsciente. La protagonista es Jamie Godard (Marcia Forbes), una bella jovencita que idealiza a su padre ausente y en esencia se la pasa masturbándose con los juguetes que supo regalarle cuando niña, un hombre que fue echado del hogar por la madre de la chica, Edna (Fran Warren), por la adicción del señor a las meretrices. La chica lleva adelante un intento de “curarse” de su irrefrenable vocación incestuosa casándose con un compañero de la juguetería donde trabaja, Charlie Belmond (Harlan Cary Poe), pero el desinterés hacia el sexo de la señorita virginal hace que el matrimonio fracase y lleva a Belmond a recorrer los bares por la noche en busca de mujeres que sí deseen mantener relaciones sexuales, donde se topa con Max Geunther (N.J. Osrag), el jefe de ambos, y su rauda reprimenda por la infidelidad en curso.

 

El verdadero giro del relato se va preparando de a poco a lo largo de todo el desarrollo retórico y se produce con la amistad que surge entre Godard y una prostituta neoyorquina entrada en años llamada Pearl Valdi (Evelyn Kingsley), quien un día pasa a comprar un juguete por el local y así conoce a la chica, siempre temerosa de convertirse en la gritona e insoportable de su madre: Valdi vive en un departamento junto a su novio/ proxeneta, Eddie (Luis Arroyo), y cuenta con una clientela bien variada que incluye al adorado e ignoto “papi” de Jamie, Phillip Godard (Peter Lightstone), razón por la cual la muchacha sigue frecuentando a la mujer con la esperanza de que el hombre vuelva a contactarla en calidad de cliente y se pueda producir la reunión, algo que la joven viene anhelando desde que a los seis años sus padres se separaron definitivamente en medio de quejas e insultos. Si bien en un principio Eddie pretende violarla porque es un fanático del sexo con vírgenes, situación de la que es rescata por Pearl, Jamie de todos modos regresa al departamento en cuestión y se hace desflorar por el susodicho por un lado porque quiere vengarse de su marido y por el otro porque atesora la esperanza de que se encontrará con su progenitor si hace del lugar y la profesión de Valdi su nuevo estilo de vida. Así las cosas, Godard pronto se transforma en una meretriz especializada en una linda colección de pervertidos que gustan de hacerse pasar por sus padres antes del encuentro sexual reglamentario, muy a pesar de una Pearl que siente celos de Eddie y de los clientes de la muchacha debido a sus inclinaciones lésbicas hacia la protagonista, quien pasa de la frigidez a la promiscuidad y del amor filial/ paterno al incesto de turno sin fases intermedias ni demasiados preámbulos.

 

De movida llama la atención la casi nula experiencia de los principales involucrados detrás de la propuesta, empezando por el realizador y productor Stanley H. Brassloff, el cual sólo dirigió otra película, el sexploitation de acoso y violación Two Girls for a Madman (1968), continuando con el guionista Macs McAree, cuyo único trabajo en cine fue Los Juguetes No Son para Niños, y finiquitando con la debutante Marcia Forbes, el corazón del film, quien tampoco volvió a trabajar en el séptimo arte (el productor ejecutivo, Harry H. Novak, sí contaba con una larga trayectoria en el porno y el exploitation). El guión de McAree, encarado a partir de una historia del propio Brassloff, juega con maestría y sencillez con la línea divisoria entre lo gloriosamente vulgar, ese sustrato correspondiente al enclave trash del período, y lo taciturno cuasi artístico, algo así como un “cinéma de qualité” que no desconoce las bajezas del mundo y en simultáneo se sumerge encantado en un melodrama hecho y derecho cercano a las pasiones latentes del mainstream. Amparándose en buenas actuaciones y recursos de producción más que atendibles, la obra hace de la paradoja central su máxima herramienta narrativa/ formal/ discursiva y a nivel general se asemeja a lo que sería una mixtura entre los estudios meticulosos sobre la represión femenina, sin duda en consonancia con Repulsión (1965), Belle de Jour (1967) e Imágenes (Images, 1972), y las hermosas barrabasadas de la época acerca de las perversiones humanas y los miedos en torno a la constitución familiar, panorama que nos reenvía hacia las recordadas Partes Privadas (Private Parts, 1972), Jaula sin Techo (The Baby, 1973) y El Monstruo Está Vivo (It’s Alive, 1974), tres clásicos absolutos del under más inconformista y socarrón.

 

No obstante vale aclarar que Brassloff nunca recurre del todo al humor negro o el erotismo porque se toma muy en serio el delirante eje de la historia y -por ello mismo- lo verosímil que resulta a escala de los vínculos: Edna representa a la conventillera de los suburbios citadinos y a las mujeres que odian a los hombres por malas experiencias y reduccionismos conceptuales de cotillón, Phillip hace las veces del irresponsable y putañero que se arrepiente de haber construido una familia con una neurótica a la que no conocía, Charlie representa a los varones bienintencionados y sus temores paranoicos en lo que atañe a la sexualidad/ posible promiscuidad de la pareja, Eddie es un proxeneta y vividor marca registrada, Pearl un caso de víctima laboral que se convierte en cómplice del verdugo en cuestión y finalmente Jamie simboliza el cúmulo de patologías a las que deriva este estado de “madurez en pausa” e infantilismo caprichoso dominante en el que viven las sociedades modernas desde los 80 hasta nuestros días, algo que ya podía percibirse en algunos aspectos de las comunidades de los 70 y que aquí pasa a ser satirizado de manera muy pero muy sutil. Temáticas como el Complejo de Electra, el tabú del incesto y la cosificación del ser humano vía la metáfora de los muñecos sexuales antropomorfizados son examinadas en Los Juguetes No Son para Niños con una naturalidad envidiable y un desenlace catastrófico que resultarían imposibles en el cine comercial tradicional, para colmo incorporando una serie de flashbacks ultra freaks y una compleja banda sonora -cortesía de Cathy Lynn, Jacques Urbont y el dúo de proto música electrónica Vardi & Hambro- que apuntalan un tono por momentos crudo, en ocasiones ensoñado y a veces dramático, de cadencia muy fatalista…

 

Los Juguetes No Son para Niños (Toys Are Not for Children, Estados Unidos, 1972)

Dirección: Stanley H. Brassloff. Guión: Macs McAree. Elenco: Marcia Forbes, Harlan Cary Poe, Evelyn Kingsley, Luis Arroyo, Fran Warren, Peter Lightstone, Tiberia Mitri, N.J. Osrag, Jack Cobb, Ronnie Kahn. Producción: Stanley H. Brassloff y Samuel M. Chartock. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 8