Bajo el Volcán (Under the Volcano)

Magma de calaveras y diablitos

Por Emiliano Fernández

Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1947), la célebre novela con elementos autobiográficos de Malcolm Lowry, en manos de cualquier otro artista se prestaba para una adaptación cinematográfica cargada de soliloquios en off, un manto de preciosismo permanente y un tono lírico en piloto automático que vincularía al fatalismo de fondo del relato con la idea de algún tipo de redención existencial que funcionase como catarsis retórica para quien ve, especie de rauda compensación capaz de ofrecer algo de paz burguesa reconfortante ante el derrotero autodestructivo en primer plano que nos acompaña de principio a fin. Ninguno de estos elementos está presente en la traslación a la gran pantalla craneada por el genial John Huston a mediados de la década del 80, película que por cierto forma parte del ciclo de films de la última etapa de la extensa carrera del director y guionista basados en trabajos literarios algo freaks, a priori infilmables o simplemente demasiado difíciles de conjugar en términos visuales clásicos, pensemos para el caso en Desde Ahora y para Siempre (The Dead, 1987), inspirada en Dublineses (Dubliners, 1914), de James Joyce, El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985), gran adaptación de la novela homónima satírica de 1982 de Richard Condon, Sangre Sabia (Wise Blood, 1979), exégesis del conocido libro de 1952 de Flannery O’Connor, la eterna El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), traslación del legendario cuento corto de 1888 de Rudyard Kipling, El Emisario de Mackintosh (The MacKintosh Man, 1973), inspirada en La Trampa de la Libertad (The Freedom Trap, 1971), de Desmond Bagley, y Ciudad Dorada (Fat City, 1972), construida a partir de la novela de 1969 de Leonard Gardner, única incursión en el formato ya que casi toda su producción estuvo orientada a los relatos cortos. En esencia la historia, tanto del opus de Huston como del libro original de Lowry, es prácticamente inexistente porque la susodicha funciona como un retrato del devenir en general de un personaje concreto, el excónsul británico alcohólico Geoffrey Firmin (Albert Finney), aunque sustituyendo los floreos simbólicos y la andanada de monólogos psicológicos del papel por el típico enfoque objetivo y bien naturalista del cineasta norteamericano, aquí coescribiendo el guión junto a Guy Gallo, un especialista en la obra de Lowry en su único trapajo para el séptimo arte, un dúo verdaderamente maravilloso que encara al proyecto en función del patetismo del ocaso anímico del protagonista sin engolosinarse para nada con la hipotética bohemia implícita.

 

Todo transcurre entre el 1 y el 2 de noviembre de 1938 en Cuernavaca, México, durante la celebración del Día de los Muertos, lugar en el que el excónsul estaba apostado dentro de un servicio diplomático al que dimite porque ya no soporta más la banalidad y perfidia de una profesión enmarcada en dos eventos cruciales de ese 1938, léase los Acuerdos de Múnich, tratados mediante los cuales el Reino Unido, Francia e Italia aceptaban entregar la cordillera de los Sudetes, perteneciente de por sí a Checoslovaquia, a la Alemania nazi, y la expropiación petrolera en México a instancias del presidente Lázaro Cárdenas del Río, quien ordenó la nacionalización debido a que los poderosos conglomerados petrolíferos, todos de capitales extranjeros, se negaban a acatar un fallo judicial a favor del pago de mejores salarios para todos los trabajadores del sector, lo que generó el espanto del siempre parasitario gobierno británico porque una de las principales compañías del rubro, El Águila, era de capitales ingleses y había sido fundada por los ingenieros e inversionistas Weetman Pearson y James Hyslop en 1908. Firmin, asqueado por la defensa del Estado Inglés del totalitarismo en su acepción germana y de los intereses de las sanguijuelas empresarias anglosajonas en México, lo que lleva al eventual quiebre de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, a su vez ve incrementada su angustia por el divorcio consumado de su esposa, Yvonne (Jacqueline Bisset), quien lo abandonó hace más de un año, y por su propio alcoholismo, adicción que lo obliga a mantener una permanente ingesta de bebidas blancas dentro de un delicado equilibrio entre los temblores de beber poco y el abismo de beber mucho. Anhelando el regreso de su esposa y recorriendo los bares que suele visitar habitualmente para tratar de encontrar un manojo de cartas de Yvonne que perdió y jamás respondió, el hombre transita Cuernavaca a pie después de haber chocado su automóvil, alimenta a perros callejeros, se maravilla por la curiosa celebración funeraria, charla con su amigo el Doctor Vigil (Ignacio López Tarso) en una cantina pegada a un cine que proyecta Las Manos de Orlac (The Hands of Orlac aka Mad Love, 1935), dirigida por Karl Freund y protagonizada por Peter Lorre, y hasta recuerda cuando era comandante de un destructor disfrazado de buque mercante durante la Primera Guerra Mundial, consiguiendo capturar a un submarino alemán en una cruenta arremetida que lo dejó con una generosa culpa y por la que fue condecorado después de un consejo de guerra por la muerte de oficiales enemigos.

 

El regreso a México de Yvonne, una actriz que estuvo trabajando en Nueva York y que tiende a sumergirse en la condescendencia semi maternal para con su marido, en un inicio levanta el ánimo de Geoffrey cuando la ve alegrarse de volver a verlo y de reencontrarse con el gato de la pareja, Edipo, y con la sirvienta del caserón donde solían vivir juntos, Concepta (Irene Díaz de Dávila), no obstante los demonios del alcohol nunca se marchan y en parte determinan el carácter ciclotímico de Firmin, ese que además tiene que ver con un triángulo amoroso entre ambos y el hermanastro menor del protagonista, Hugh (Anthony Andrews), un periodista de izquierda que estuvo cubriendo la Guerra Civil Española y que abandonó el frente de batalla luego de un accidente. A pesar de la tensión y como un gesto hacia su hermanastro, quien ha estado velando por él en este último año, Geoffrey invita a Hugh para que acompañe a la pareja en una salida recreativa en pos de disfrutar de las fiestas populares, las charreadas de toros y un imponente volcán que corona una montaña de Cuernavaca, sin embargo en el viaje en autobús el trío presencia el asesinato y robo de un campesino por parte de una comitiva de criminales, funcionarios públicos y sinarquistas, esta última una adaptación vernácula del fascismo europeo que giraba en torno a la Unión Nacional Sinarquista, movimiento fundado en 1937 y vinculado al chauvinismo, el anticomunismo, el catolicismo y el sindicalismo cooperativista. La mujer desea reconstruir la relación y Firmin en un instante hasta promete dejar de beber para que ambos puedan mudarse a alguna zona alejada del bullicio metropolitano, pero Geoffrey de repente aclara que no puede olvidar el affaire entre la hembra y su hermanastro y se marcha solo luego de la charreada de turno, en la que Hugh participa esquivando las cornadas del toro. Si bien una buena amiga suya, la propietaria de un bar y también alcohólica Señora Gregoria (la maravillosa Katy Jurado), le advierte sobre un lugar llamado El Farolito, Firmin termina en lo que esencialmente es un burdel repleto de personajes sórdidos y putas horribles, donde el dueño avejentado de un gallo de pelea exitoso, Diosdado (el célebre Emilio Fernández), le entrega el manojo de cartas perdido y rápidamente un enano proxeneta (José René Ruiz) lo embauca para que se acueste con una prostituta. Una anciana que suele jugar al dominó con una gallina (Isabel Vázquez) le avisa que debe marcharse cuanto antes pero su fusilamiento está decidido una vez que reconoce al caballo del campesino asesinado por los sinarquistas.

 

El director en Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984) apuesta a amalgamar dos de los motivos fundamentales de su trayectoria, hablamos de los soñadores y marginados por un lado, seres que por cuenta propia o por influencia del entorno social viven manteniendo una considerable distancia para con las costumbres del vulgo en pos de satisfacer determinados berretines, misiones o fetiches que el resto de los mortales considerarían un tanto peculiares o bizarros, y del exilio por el otro lado, éxodo con respecto a un terruño poco reconfortante que tiene que ver con la gesta singular anteriormente nombrada, temática aquí a su vez relacionada con un latiguillo recurrente de la literatura, la música y el cine norteamericano en lo que atañe a idealizar y desacralizar en un único movimiento a los vecinos mexicanos, país al que los forajidos yanquis siempre quieren llegar cual sinónimo de libertad, de que allí las leyes de Estados Unidos no pueden tocarlos, y en simultáneo una especie de “tierra de nadie” en donde se exacerban la violencia, el canibalismo del “sálvese quien pueda” y cierto manto anárquico de las ciudades de frontera de América del Norte, sedes de todo tipo de corruptelas y tráfico de cosas y personas. Geoffrey continúa en México a pesar de que ya no tiene obligaciones diplomáticas a las que honrar ni esposa con la que convivir porque disfruta de lo que percibe como la sinceridad salvajona de un pueblo que no tiene nada que ver con la afectación de los británicos o hasta de sus hijos bobos y bastardos, los habitantes de yanquilandia, incluso despreciados por el enano de El Farolito de manera directa -bajo acusaciones de soberbia y egoísmo- mediante los continuos insultos que le regala a un borracho estadounidense del montón que quiere hablar con el exfuncionario entre diversos desvaríos provocados por el alcohol (Jim McCarthy). Este autodestierro, arraigado en una larga tradición literaria que va desde William S. Burroughs hasta Jim Thompson y más allá, se vincula tanto a un fracaso profesional y privado como a una necesidad muy íntima de inmolarse que está buscada de manera consciente e impuesta a pura compulsión por ese mismo alcoholismo que también padecía el Lowry de carne y hueso, anticipando su propio fallecimiento en 1957 a los 47 años mediante este álter ego ficcional, el excónsul errante de Cuernavaca, señor que agradece y a la vez resiente la presencia invasiva de las dos personas cruciales de su vida, Yvonne y Hugh, en tanto pivotes que por momentos lo salvan y en otras oportunidades lo arrastran hacia el fondo del mar con su lástima crónica y deprimente.

 

La interpretación de la novela del mítico realizador resulta profundamente humanista y meticulosa porque neutraliza ese posible sustrato cinematográfico mainstream preciosista/ publicitario/ videoclipero o indie documentalista burdo echando mano de un esquema costumbrista muy medido propenso a darle espacio a cada uno de los personajes para que salga a la luz su concepción particular, así nos topamos con una Yvonne que siente culpa por haber dejado solo a su esposo en medio de su enfermedad, por haber tramitado su divorcio y por haber protagonizado una relación clandestina con Hugh, mientras que éste también tiene sentimientos contradictorios ante la figura de su hermanastro, por un lado una solidaridad que lo lleva a asistirlo ante su penoso estado y por el otro lado un cansancio sutil frente a un martirio de nunca acabar y lo que puede leerse como un suicidio paulatino, gota por gota de bebida blanca en ambientes citadinos definitivamente miserables, amén de para colmo considerarse a sí mismo un cobarde o desertor por haber abandonado España en momentos en los que el bando republicano necesitaba de toda la ayuda posible para seguir combatiendo al repugnante franquismo, por ello su conciencia no acepta como excusa el hecho de que la contienda se haya transformado en una causa perdida. Bisset, Andrews y el elenco mexicano están perfectos aunque el desempeño de Albert Finney es francamente glorioso, un actor inglés irrepetible y nunca del todo reconocido por el gran público que aquí logra una vulnerabilidad aguerrida que calza a la perfección con el trasfondo bien paradójico del convite en general, y lo mismo puede decirse del equipo técnico con el director de fotografía Gabriel Figueroa y el compositor Alex North a la cabeza, dos genios que enriquecen a la faena y a las estupendas locaciones reales a las que tanto solía recurrir Huston para cimentar la autenticidad y visceralidad de siempre de sus epopeyas. El mundo que construye Bajo el Volcán no está ni embellecido ni falseado ni romantizado bajo ningún punto de vista porque funciona como un ecosistema de chispazos de felicidad entre cataratas de frustraciones y comportamientos internalizados a los que sin duda no se puede renunciar, un magma de calaveras y diablitos que siguen a los comodines centrales del Día de los Muertos debido a que el relato está homologado a un periplo en el que la parca viene “tercerizada” vía esos oportunistas del capitalismo que especulan con la vida de los demás para sacar provecho, hoy asesinando al campesino, al excónsul y hasta a su pobre esposa…

 

Bajo el Volcán (Under the Volcano, Estados Unidos/ México, 1984)

Dirección: John Huston. Guión: John Huston y Guy Gallo. Elenco: Albert Finney, Jacqueline Bisset, Anthony Andrews, Ignacio López Tarso, Katy Jurado, Jim McCarthy, Emilio Fernández, José René Ruiz, Isabel Vázquez, Irene Díaz de Dávila. Producción: Moritz Borman y Wieland Schulz-Keil. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 10