El Jardín de las Delicias (1970) es quizás la gran incomprendida de las películas iniciales del mejor período de Carlos Saura, aquel que arranca inmediatamente luego de Los Golfos (1960) y Llanto por un Bandido (1964), sus dos opus primigenios, y asimismo abarca La Caza (1966), Peppermint Frappé (1967), Stress es Tres-tres (1968), La Madriguera (1969), Ana y los Lobos (1973), La Prima Angélica (1974), Cría Cuervos (1976), Elisa, Vida Mía (1977), Los Ojos Vendados (1978) y Mamá Cumple 100 Años (1979), porque la realización que nos ocupa suele despertar condenas y elogios de la misma envergadura -casi siempre muy apasionados e impetuosos- que tienen que ver con el hecho de que El Jardín de las Delicias terminó de encriptar el lenguaje narrativo, visual e ideológico de Saura sirviéndose de un surrealismo muy irónico, múltiples juegos con el tiempo y el espacio, personajes algo mucho lunáticos, referencias al fetichismo buñueliano y sobre todo la difuminación de la frontera entre realidad y ficción, ingredientes que ya estaban presentes en sus tres films previos aunque con mucha menor intensidad, léase Peppermint Frappé, Stress es Tres-tres y La Madriguera. De hecho, la película anticipa de manera cabal los entramados retóricos complejos y/ o laberínticos de propuestas futuras y mucho más famosas como por ejemplo Ana y los Lobos, La Prima Angélica, Cría Cuervos, Elisa, Vida Mía y Mamá Cumple 100 Años, esta última una secuela bastante insólita de Ana y los Lobos y su debut en el humor explícito a pesar de que buena parte de sus primeras odiseas puedan pensarse/ catalogarse como comedias negras solapadas sobre las frustraciones, miserias, idioteces, represiones, delirios, compulsiones y callejones sin salida del tardofranquismo primero, la etapa final de la dictadura de Francisco Franco que se extiende desde fines de los años 60 hasta la muerte del tirano en 1975, y la Transición Democrática Española después, el período que sigue al fallecimiento del payaso fascista y católico fanático y finiquita con el triunfo del Partido Socialista Obrero Español de Felipe González en aquellas elecciones generales de 1982.
El guión del director y su colaborador habitual Rafael Azcona, socio también de otros artistas inconmensurables como Marco Ferreri y Luis García Berlanga, gira alrededor de Antonio Cano (un glorioso José Luis López Vázquez), cabeza de una cementera que se reconvirtió en una constructora de éxito cuando se hizo del control de la compañía familiar apalabrándose al jerarca anterior, nada menos que su padre Don Pedro (Francisco Pierrá), quien ahora está desesperado por conseguir tanto la combinación de la caja fuerte de la mansión del clan como el nombre del banco suizo y el número de cuenta en el que está depositado todo el dinero de la firma, obsesión que se explica por la desconfianza extrema de Antonio y un accidente automovilístico que lo dejó amnésico luego de un fuerte golpe en la cabeza, episodio que asimismo involucró a la amante del hombre, Nicole (Esperanza Roy), la cual sufrió un corte en su pierna derecha. El grueso del relato está consagrado a los intentos de Don Pedro y el resto de la parentela del desmemoriado, especialmente su esposa Luchy (Luchy Soto) y sus hijos adolescentes Julia (Julia Peña) y Tony (Alberto Alonso), en pos de sacarle los preciados datos cuanto antes para no perder el control de la empresa a manos de una impersonal junta directiva de burgueses, así se la pasan montando secuencias teatrales de distintos sucesos -reales o hipotéticos- de la vida de Cano con la esperanza de que lo ayuden a recordar: una reprimenda boba paterna/ materna cuando niño, el miedo a los cerdos porque lo encerraron en una pocilga como castigo, la hilarante interrupción de su Primera Comunión por la proclamación el 14 de abril de 1931 de la Segunda República Española, la muerte de su madre -personificada por una actriz cualquiera (Charo Soriano)- durante una Navidad en la Guerra Civil, las críticas furiosas contra el vago, desobediente y respondón de Tony, el reencuentro con esa amante que lo acompañaba en el coche de turno y ahora le reprocha lo poco que se interesó la parentela de él en su salud, y una partida de caza ultra simulada con unos amigos en la que sustituyen a la perdiz por una paloma atada.
Dejando de lado el detallito de que Antonio era un tirano despreciable como jefe y padre de familia, señor que adoraba basurear a todos tracción a egolatría y soberbia, el hombre a la par de las ridículas puestas en escena se consagra a ensoñaciones que tienen que ver con su fascinación erótica con una tía putona (Lina Canalejas), unos caballeros medievales salidos de un cuadro que esconde la mentada caja fuerte, un recorrido espectral en torno a aquella primera fábrica de cemento hoy abandonada por el mucho más redituable negocio de la construcción en sí, un sangriento enfrentamiento entre dos bandos de niños -con escudos rojos y amarillos- que se arrojan balas de cañón como piedras, el cruento choque de frente que lo dejó en su patético estado, e incluso su temor subconsciente a la poca paciencia de la enfermera (Mayrata O’Wisiedo) y a la remota posibilidad de que la silla de ruedas en la que está confinado se mueva sola a toda velocidad y caiga en una fuente; todas elucubraciones surrealistas que se desarrollan o se relacionan con el generoso jardín de la finca de estos oligarcas de la industria inmobiliaria especulativa, amén de sketchs de comedia picaresca, como cuando una criada (Marisa Porcel) le muestra una teta para que salga del soponcio y tome/ succione un batido, otro de humor muy negro, aquella escena llegando el desenlace en la que pretende matar a su esposa a bordo de un bote en un río, primero tratando de ahogar a la mujer y después de golpearla con los remos, las repetidas lecciones de escritura para que pueda volver a firmar cheques, siempre con su nombre como ejemplo supremo a seguir, y algún que otro flashback directo como el del discurso de Cano ante Don Pedro para convencerlo de que le entregue la hegemonía de la compañía y comiencen a construir aprovechando la miseria y destrucción de la posguerra. Saura juega con -y se burla de- la fábula de renacimiento como loco y mejor persona porque Cano, una vez que efectivamente es declarado incapaz y expulsado sin miramientos de la firma, parece acercarse a la bondad y la cordura hasta que intenta asesinar a Luchy y se enclaustra en sus traumas psicológicos.
Casi siempre en la primera etapa de la carrera de Saura, esa que se corta con la ilustrativa trilogía de Deprisa, Deprisa (1981), su regreso práctico al acervo criminal de Los Golfos, Bodas de Sangre (1981), el primero y mejor de sus muchos musicales por venir, y Dulces Horas (1982), intento ya fallido de recuperar la riqueza abstracta de sus colaboraciones previas con el mítico productor Elías Querejeta y su musa inicial y compañera romántica Geraldine Chaplin, la cual por cierto aquí tiene un cameo como una de las invitadas a la comunión de Antonio, encontramos a protagonistas que son explotados, manipulados, ninguneados o subvalorados por un entorno parasitario porque precisamente representan a la España mancillada y lobotomizada por el franquismo y la aristocracia, de allí el tono sarcástico de El Jardín de las Delicias en general y de Cano en particular ya que éste es un antihéroe de lo más paradójico por su condición de capitalista hediondo metamorfoseado en víctima de su propia parentela, unos chupasangres que a su vez también se convierten en víctimas de terceros, en este caso la junta directiva que desbanca a Antonio con la excusa de su calamitoso estado mental y a Don Pedro con el pretexto de su edad y la necesidad de jubilarse, un remate narrativo implícito que también explica el epílogo ensoñado del film con todos los integrantes del clan transformados en autistas en sillas de ruedas, especie de alegoría sobre la desaparición de la empresa familiar de la primera mitad del Siglo XX y el surgimiento de los consorcios anónimos caníbales de la segunda mitad de la centuria y nuestro presente del Siglo XXI. El jardín del título, en un primer momento una alusión al espacio verde de la mansión compartida y a los misterios del célebre tríptico homónimo que Jheronimus Bosch alias El Bosco pintó entre 1500 y 1505, puede también interpretarse como una referencia a la fábrica, la empresa, toda la casona bucólica familiar, los lujos que la componen o aquello que el dinero puede comprar, desde objetos y caprichos hasta furcias y empleados, en suma las prebendas del poder en medio del infausto marasmo nacional…
El Jardín de las Delicias (España, 1970)
Dirección: Carlos Saura. Guión: Carlos Saura y Rafael Azcona. Elenco: José Luis López Vázquez, Luchy Soto, Francisco Pierrá, Charo Soriano, Lina Canalejas, Julia Peña, Mayrata O’Wisiedo, Esperanza Roy, Alberto Alonso, Geraldine Chaplin. Producción: Elías Querejeta. Duración: 91 minutos.