Putney Swope

Mariposas en la úlcera

Por Emiliano Fernández

Pocos dispositivos del capitalismo resultan más ridículos y banales que la publicidad y el marketing, dos estructuras de las que están empapadas prácticamente todos los productos y servicios que circulan en las sociedades modernas con vistas a garantizar la mentada “fidelidad” de los consumidores de la mano de spots que por un lado siempre subrayan que la autorealización equivale a la capacidad económica individual de los sujetos y por el otro no se cansan de remarcar esa característica en especial del “coso” a vender en tanto rasgo distintivo en relación a la competencia y factor mágico que hará que nuestra existencia mejore significativamente en un santiamén, como si todo no se tratase -de hecho- de una argucia burda de control ideológico a través del ofrecimiento compulsivo de una fantasía que no se asume como tal. Putney Swope (1969), la obra maestra de Robert Downey Sr. y su película más famosa, constituye uno de los ataques más certeros y demoledores no sólo contra la patética fantochada comunicacional del advertising sino contra la misma lógica empresarial que lo motiva desde el vamos, una basada en la corrupción, la mafia de tipo oligárquico y esa manipulación maquiavélica bien caníbal que destruye cualquier vínculo real entre los seres humanos con el objetivo manifiesto de extender una despersonalización propia de la dialéctica neoliberal y su reemplazo implícito del trabajo por la especulación y la mentira como estratagemas en sí mismas productoras de ganancias; ejes asimismo de planteos hambreadores, elitistas, racistas, xenófobos, antiestatales y sexistas muy cercanos al neofascismo contradictorio y enajenado que viene hegemonizando un gran número de los estratos económicos, sociales, culturales y políticos desde la década del 70 del siglo pasado.

 

La película no sigue una historia propiamente dicha ya que se basa en un antiguo ardid de la comedia satírica que apunta a entregarnos un disparador retórico y a posteriori articular una andanada de sketchs a su alrededor cual fuerza centrífuga de cadencia abarcadora y bien heterogénea: una poderosa firma publicitaria de la Avenida Madison de Nueva York, a fines de los 60 considerada la capital mundial del rubro, se queda sin su presidente, un tal Mario, cuando de repente fallece en medio de una reunión del consejo directivo, motivando una votación generalizada allí mismo -con el cadáver fresquito arriba de la mesa- que deriva en el ascenso de Putney Swope (Arnold Johnson), el único afroamericano entre los ejecutivos, al rol de nuevo mandamás de la organización, circunstancia que a su vez desencadena cambios radicales inmediatos cuando el hombre despide a prácticamente todos los empleados blancos previos y contrata a un flamante staff de negros de variado origen, aunque con una sutil preeminencia de las zonas marginales metropolitanas. Decidido a cortar de raíz la hipocresía burguesa que pretende lavarle el cerebro al yanqui promedio vendiéndole basura vía un discurso timorato y biempensante que no se condice para nada con la realidad, Putney se muestra como un adalid de las publicidades groseras, bizarras y semi surrealistas que no teme hacer callar, despedir o insultar a quien vaya en contra de su idiosincrasia de sinceridad total orientada a no perder tiempo, a sacarle un millón de dólares a cada una de las empresas y a desprenderse de las cuentas de todas las corporaciones que producen masivamente juguetes de guerra, cigarrillos y bebidas alcohólicas, sin duda tres de los pilares fundamentales del consumo de las sociedades que precedieron al hippismo.

 

El director, una de las figuras más importantes del cine underground estadounidense y padre de Robert Downey Jr., da forma de a poco a una progresión narrativa muy delirante que despliega con inteligencia una multiplicidad de personajes y se abre camino como uno de los primeros ejemplos tanto de cine independiente contracultural como de film de culto que con los años ha ganado un prestigio que superó por mucho a su acotado presupuesto, principalmente gracias al prodigioso desempeño del elenco en su conjunto -la mayoría no son actores profesionales- y a la astucia e imaginación del guión del propio Downey, el cual toma a la refundación de la agencia publicitaria -ahora bautizada Verdad y Alma- como una excusa para arremeter con alegatos de izquierda y/ o semi religiosos de barricada, avisos cada vez más desquiciados, robos sistemáticos de ideas por parte de Swope, un andamiaje mafioso con guardaespaldas incluidos, ninguneos para con los empleados de bajo nivel jerárquico como los mensajeros, un incremento escalonado en la soberbia y la voracidad del nuevo jefe, la construcción de una caja gigantesca de vidrio en donde poner las bolsas con los millones que levanta la firma una vez que se hacen famosos con una publicidad hiper absurda de una trampa para ratones, algunos empleados homosexuales y algún que otro exhibicionista como ese tal Sonny Williams (Perry Gewirtz) que termina constantemente en la cárcel, un fotógrafo llamado Mark Focus (Eric Krupnik) que desea ser contratado sí o sí por cualquiera que se cruce en su camino, un triángulo amoroso entre Putney, una bella señorita (Laura Greene) y un Árabe (Antonio Fargas), vínculos varios con los movimientos por los derechos civiles (tanto con los pacifistas, en sintonía con Martin Luther King, como con los armados, en línea con las Panteras Negras), la presión del Presidente de los Estados Unidos, nada menos que un enano llamado Mimeo (Pepi Hermine) que está casado con otra liliputiense (Ruth Hermine), para que Swope se encargue personalmente de la cuenta de una compañía automotriz denominada Borman Six, arengas sobre la creatividad individual que terminan en despidos generales, una suerte de esclavitud tácita para la sirvienta polaca (Elzbieta Czyzewska) de la lujosa mansión de Putney y aquella señorita que pronto se transforma en su esposa, un ménage à trois entre los enanos y Focus, la presencia de una monja fumadora, la Hermana Basílica (Marie Claire), que quiere convencer al protagonista de que adopte a un niño rebelde, Billy Reilly (Lloyd Kagin), algún que otro agitador callejero disparatado y hasta atentados contra Putney que no pueden ser detenidos por el inepto del guardaespaldas de Swope (Buddy Butler), quien también es echado sin piedad.

 

El film juega de manera magistral con la idea de la putrefacción paulatina del ideario a la vez callejero y capitalista del protagonista, con el Árabe funcionando como la voz de la conciencia y precisamente por ello en el desenlace, cuando Putney cambia su forma de pensar y acepta trabajar con juguetes de guerra, cigarrillos y bebidas alcohólicas, no le deja nada de la torta monetaria que supo acumular en Verdad y Alma, optando por repartir los billetitos entre todos los empleados menos ese musulmán que no paró de denunciar ni por un segundo sus contradicciones y su trato altivo hacia todos sus subordinados, sean éstos blancos o negros. Entre esquizofrénicos, arranques de aislamiento, una dosis de erotismo, referencias a Fidel Castro y payasadas hirientes que se pasan por el traste toda corrección política en materia de razas, clases sociales y géneros sexuales, el opus de Downey utiliza a la fotografía en blanco y negro para la ridícula praxis cotidiana de la agencia -y del mundo, por añadidura- y al color para los spots en sí, uno más contracultural que el otro y todos siempre proclives a poner patas para arriba a los clichés y latiguillos del mentiroso “sueño americano”; lo que además trae a colación una embestida virulenta contra el culto fanático del nuevo capitalismo para con la imagen pública de afabilidad, simpatía y cercanía macro hacia los consumidores, en función de lo cual las empresas del gremio son capaces de construir el discurso más engañoso posible -y desde una variedad de recursos de monitoreo social- que permita el control de los bípedos, esos que conforman unas mayorías que cada día cuentan con menos y menos dinero en sus bolsillos. La paradoja de fondo del outsider autoritario aunque carismático que viene a revolucionar a la agencia de turno, pero termina cayendo en el clásico parasitismo egoísta del régimen capitalista, alcanza en Putney Swope niveles en verdad surrealistas por la retahíla de episodios estrambóticos que plantea el realizador y la misma decisión del susodicho de doblar con su propia voz a Arnold Johnson, según él porque el actor tenía problemas para recordar sus diálogos aunque es probable que sea otro chiste más, de los que está llena una obra inolvidable, una de las más hilarantes del cine yanqui con frases inmortales que van desde esa pregunta inicial, “¿cuántas sílabas, Mario?”, que uno de los vejetes blancos no deja de formularle al presidente tartamudo ni incluso yaciendo muerto sobre la mesa, hasta las “mariposas en la úlcera” que Putney dice sentir cuando las ideas no son frescas, a su vez una hermosa metáfora de esa unión de los opuestos que motiva a la utopía hasta finalmente explotar, justo como hace el Árabe vía una bombita arrojada en la caja de cristal del parné durante los últimos segundos del metraje…

 

Putney Swope (Estados Unidos, 1969)

Dirección y Guión: Robert Downey Sr. Elenco: Arnold Johnson, Perry Gewirtz, Eric Krupnik, Laura Greene, Antonio Fargas, Pepi Hermine, Elzbieta Czyzewska, Buddy Butler, Marie Claire, Lloyd Kagin. Producción: Robert Downey Sr. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 10