Libertad Condicional (Straight Time)

Más allá del presidio

Por Emiliano Fernández

Desde que su socio Ulu Grosbard, cineasta que lo dirigió en Con amigos así… ¿Quién necesita enemigos? (Who Is Harry Kellerman and Why Is He Saying Those Terrible Things About Me?, 1971), le hiciera llegar la novela Ninguna Bestia es tan Feroz (No Beast So Fierce, 1973), de Edward Bunker, Dustin Hoffman se obsesionó con llevarla a la gran pantalla al punto de comprar los derechos vía su propia compañía, Sweetwall Productions, y proponerse dirigirla él mismo en lo que hubiese sido su debut como realizador, tarea de la que por cierto desistió luego de un par de días de comenzada la producción por sentirse un tanto abrumado por el doble rol de protagonista y director, dejándole en una instancia subsiguiente este último puesto a Grosbard. Cuando Hoffman estaba todavía a cargo del proyecto nada menos que Michael Mann fue el encargado de escribir el guión a la par del autor del libro, no obstante a posteriori Grosbard contrató a Alvin Sargent y Jeffrey Boam para que reescribieran la historia en una jugada que insólitamente dejó sin crédito oficial a Mann como guionista, de hecho su primer trabajo en cine y para colmo después de visitar a Bunker durante tres meses en la cárcel donde estaba encerrado por aquellos años, la Prisión Estatal de Folsom, en el Estado de California. Incluso Hoffman, quien eventualmente dirigiría en términos oficiales sólo una película en su trayectoria, la simpática Rigoletto en Apuros (Quartet, 2012), también visitaría en el presidio al novelista, un señor de lo más particular que se pasó gran parte de las primeras cuatro décadas de su vida en una espiral de condenas, libertad condicional y fugas por delitos variopintos -y pesados- como robos a bancos, tráfico de drogas, extorsión, robos a mano armada y falsificación, cadena que se corta a mediados de los 70 cuando empieza a escribir de manera regular y hasta se abre camino dentro de Hollywood, donde tendría papeles secundarios como actor en Cabalgata Infernal (The Long Riders, 1980), Escape en Tren (Runaway Train, 1985), Carrera contra la Muerte (The Running Man, 1987), La Última Milla (Miracle Mile, 1988), Tango & Cash (1989), Perros de la Calle (Reservoir Dogs, 1992) y Fabrica de Animales (Animal Factory, 2000), llegando incluso a ser responsable de las historias de Escape en Tren, Fabrica de Animales y Como Perros Salvajes (Dog Eat Dog, 2016), dirigida ésta por Paul Schrader.

 

La película resultante, Libertad Condicional (Straight Time, 1978), es toda una rareza que ha caído relativamente en el olvido a pesar de pertenecer al período de gloria no sólo del esplendoroso Nuevo Hollywood sino de la propia carrera de su artífice máximo, Hoffman, quien entrada la filmación comenzó a pelearse con Grosbard primero y luego con el estudio en cuestión, First Artists, para recuperar el control creativo del proyecto y quien además venía de una racha genial que supo incluir a realizaciones como Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976), Todos los Hombres del Presidente (All the President’s Men, 1976), Lenny (1974), Papillon (1973), Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), Pequeño Gran Hombre (Little Big Man, 1970), John & Mary (1969), Perdidos en la Noche (Midnight Cowboy, 1969) y El Graduado (The Graduate, 1967), entre otras. La atractiva faena se centra en uno de los muchos álter egos que poblaban las novelas negras semi autobiográficas de Bunker, Max Dembo (Hoffman), un ladrón de toda la vida que es liberado de prisión luego de una condena de seis años y obligado a comparecer ante un oficial de libertad condicional desagradable, soberbio y autoritario llamado Earl Frank (M. Emmet Walsh). Dembo alquila una habitación, consigue un trabajo en una fábrica de envases/ latas y comienza una relación romántica con una asistente de una agencia de empleo, Jenny Mercer (segundo rol en la carrera de Theresa Russell), no obstante sus esperanzas de llevar una vida tranquila dentro de la ley se vienen abajo cuando Frank lo arresta luego de encontrar signos de consumo de heroína en su cuarto, unos fósforos que pertenecían a su amigo y también ex reo Willy Darin (Gary Busey). Al salir nuevamente del presidio Max comprende que el oficial de libertad condicional no lo dejará en paz nunca porque inmediatamente lo presiona para que le diga el nombre del adicto que se clavó una jeringa en su habitación, lo que provoca que el protagonista golpee a Frank, le robe su choche y lo deje encadenado a un alambrado perimetral de la autopista y con los pantalones bajos. Luego de un asalto a unos jugadores de póquer que termina frustrado porque no aparece la escopeta necesaria, Dembo y un colega ladrón y amigo, el afable Jerry Schue (un gran Harry Dean Stanton), vuelven a las andadas saqueando un banco a cara descubierta y después una joyería de Beverly Hills.

 

Grosbard, un inmigrante belga que combinó su trabajo como director en Broadway en puestas teatrales de Arthur Miller, David Mamet, Paddy Chayefsky y Woody Allen y su rol como director hollywoodense en films como Una Historia de Tres Extraños (The Subject Was Roses, 1968), Confesiones Verdaderas (True Confessions, 1981), Enamorándose (Falling in Love, 1984) y Georgia (1995), aquí redondea por lejos su mejor película porque consigue unificar el dejo documentalista duro del Nuevo Hollywood de la década del 70 con el nihilismo social de aquellos años y la estructura de los policiales negros más clásicos, aquellos de John Huston, Fritz Lang, Billy Wilder, Raoul Walsh, Samuel Fuller y Jules Dassin, entre muchos otros que supieron retratar el costado menos amable de las comunidades modernas a través de la vida de los maleantes que pululan en los márgenes del sistema capitalista llevando una existencia más sincera que la de muchos payasos que se autoproclaman “ejemplos” de civilidad, honestidad y demás falacias consuetudinarias del empresariado prosaico, la política, las instituciones y aledaños. Con una participación de Kathy Bates como la esposa de Darin, Selma, y reservándole al propio Bunker un papel secundario que representaría su debut en el séptimo arte, Mickey, el que le pasa el dato a Max sobre la partida de póquer que amerita un robo, el tándem Hoffman/ Grosbard no sólo explora de maravillas la angustia existencial de un Dembo que se ve obligado a regresar al derrotero delictivo para sobrevivir sino que además le saca partido a la inusual relación que el hombre establece con el personaje de la talentosa y bellísima Russell, no la típica arpía traicionera del film noir ni tampoco otra femme fatale marca registrada ni mucho menos una histérica de cotillón que se la pasa recriminándole al varón el periplo que lleva y su vocación, ya que estamos en cambio ante una mujer que acepta desde el vamos a un Max que no la engaña para nada y le dice primero que acaba de salir de la cárcel y más adelante que está huyendo de los esbirros policiales, judiciales y carcelarios, amén de encarar una nueva espiral de crímenes que empiezan con la arremetida contra el mamarrachesco Frank y el robo a una casa de empeño a través de un boquete en un local adjunto símil taller textil, lo que le permite hacerse de la bendita escopeta para dar rienda suelta a los asaltos en serio.

 

Libertad Condicional, como afirmábamos con anterioridad, constituye un caso muy extraño debido a que es una de esas pocas propuestas mainstream que tuvo una “cocina” por demás convulsionada que no dejó marca visible alguna en la obra en sí, un trabajo en verdad inmaculado que se toma su tiempo para desplegar su realismo sucio basado en personajes que en verdad son personas de carne y hueso con complejidades, anhelos y misterios como cualquier mortal, toda una anomalía viniendo del reino promedio de la impostación y la mímica hueca o sin corazón, léase la industria cultural norteamericana. La película pasa de una primera mitad que se asemeja a un drama de reconstitución de identidad, con Dembo haciendo lo posible para “reacomodarse”/ adaptarse dentro del fariseísmo social estándar del día a día y tomando la salida de burlarse de las autoridades cuando éstas lo presionan y lo estigmatizan como ex presidiario tanto que decide cobrarles las atenciones de allí en más, a una segunda parte que respeta a rajatabla los resortes narrativos de las caper movies aunque volcándolos -incluso más- hacia el pesimismo más desnudo y hasta en cierto punto tragicómico, basta con pensar en Schue, otrora un reo y hoy un burgués que montó un negocio de pintura muy exitoso, se casó con la hermosa Carol (Rita Taggart) y hasta tiene casa propia, barco y una piscina, sin embargo no puede fingir más -como bien le comenta a Max- y abandona todo para volver a la adrenalina de los robos y terminar muriendo por balas policiales en el asalto a la joyería, luego de que Darin -el chófer de fuga- los dejase a pie a pura cobardía. Influencia decisiva para los lienzos taciturnos y/ o extasiados de Los Ángeles que más adelante construiría Michael Mann, la realización quiebra por completo la figura cinematográfica de un Hoffman adepto a los personajes sensibles, martirizados, intelectuales, débiles o dependientes de terceros, nada que ver con este memorable Max Dembo que de verse privado de la oportunidad de rehacer su vida -fase víctima- pasa a vengarse de la hipócrita sociedad que dice darles chances a los criminales de volver al redil aunque jamás es del todo así -ya en fase victimario- porque cuando las puertas se cierran y el acoso institucional regresa no queda otra opción que empuñar un arma como cualquier otro antihéroe, aquí hasta con la cortesía final de no inmiscuir a la mujer amada, Jenny…

 

Libertad Condicional (Straight Time, Estados Unidos, 1978)

Dirección: Dustin Hoffman y Ulu Grosbard. Guión: Michael Mann, Edward Bunker, Alvin Sargent y Jeffrey Boam. Elenco: Dustin Hoffman, Theresa Russell, Gary Busey, Harry Dean Stanton, M. Emmet Walsh, Rita Taggart, Kathy Bates, Edward Bunker, Jake Busey, Sandy Baron. Producción: Dustin Hoffman, Tim Zinnemann y Stanley Beck. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 9