En una Naturaleza Violenta (In a Violent Nature)

Masacre en Pino Blanco

Por Emiliano Fernández

Desde su nacimiento en la década del 70 sobre los pivotes del giallo italiano, esos que a su vez se remontan a La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963) y Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964), ambas de Mario Bava, y de la mano de propuestas como De Repente, la Oscuridad (And Soon the Darkness, 1970), de Robert Fuest, Ecología del Crimen (Ecologia del Delitto, 1971), odisea también de Bava, Noche de Paz, Noche de Sangre (Silent Night, Bloody Night, 1972), de Theodore Gershuny, La Masacre de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, y Frightmare (1974), del querido Pete Walker, el slasher o cine de cuchilladas y muertes en espiral ha demostrado que no es precisamente el subgénero más inteligente del terror pero sí uno vital y muy divertido que puede ser homologado a una montaña rusa por sus subidas en tensión y bajadas previsibles aunque no por ello cien por ciento huecas o accesorias. Desde las obras variopintas del inicio, todas en suma inspiradas en Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, hasta la progresiva mediocridad que sobrevino a posteriori de la llegada de los clichés infaltables del formato, nos referimos a Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), film dirigido por Sean S. Cunningham y escrito por Victor Miller, en verdad pocas películas desde los años 90 han ofrecido algo verdaderamente valioso o memorable en la comarca que nos ocupa con las honrosas excepciones de aquella veta autoparódica/ autorreflexiva de Scream (1996), de Wes Craven, la sobrenatural de Destino Final (Final Destination, 2000), de James Wong, y la psicológica enrevesada de Alta Tensión (Haute Tension, 2003), gran clásico del extremismo europeo del cineasta francés Alexandre Aja.

 

En una Naturaleza Violenta (In a Violent Nature, 2024), interesante debut en el campo del largometraje del director y guionista canadiense Chris Nash luego de realizar un puñado de cortos y de participar -junto con unas tres decenas de colegas- en la antología de terror El ABC de la Muerte 2 (ABCs of Death 2, 2014), es de hecho uno de los poquísimos slashers posmodernos con algo para decir o mejor dicho, con algo para trasmitir ya que estamos ante un experimento formalista filmado casi enteramente desde el punto de vista del homicida, Johnny (Ry Barrett), a través de muchas tomas secuencia, planos fijos y steadicams que siguen de espalda el deambular del psicópata desde una rigurosidad cuasi documentalista, sin música incidental y con la brutalidad, tanto expresiva como cruenta vulgar, como único horizonte símil una hipotética remake combinada de Martes 13 y su primera continuación, Martes 13 Parte 2 (Friday the 13th Part 2, 1981), de Steve Miner, aunque realizadas por Michael Haneke, Gaspar Noé o quizás aquel Gerald Kargl de la maravilla austríaca semi olvidada La Angustia del Miedo (Angst, 1983), por cierto incluso homenajeada mediante algún que otro travelling desde las alturas. Más cerca del gore inconformista de Muertos de Miedo (Braindead, 1992), de Peter Jackson, y Terrifier (2016) más su corolario del 2022, ambas del talentoso Damien Leone, que de la cadencia extremadamente nihilista de Henry: Retrato de un Asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986), de John McNaughton, y la coyuntura bucólica etérea de El Proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, 1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, la película de todas maneras se hace un festín con el contexto boscoso y una carnicería surrealista/ fetichista a lo Lucio Fulci y mantiene un tono serio relativo que se desprende de la severidad y ebullición del enfoque retórico en general.

 

Nuestra epopeya, precisamente, se caracteriza por un ritmo pausado e hipnótico pero nunca aburrido, buenas actuaciones de las víctimas intercambiables, una correcta construcción narrativa del villano todopoderoso resucitado a lo Jason Voorhees (C.J. Graham) de Martes 13 Parte 6: Jason Vive (Friday the 13th Part VI: Jason Lives, 1986), de Tom McLoughlin, excelentes locaciones naturales, algo de carne desnuda femenina, mucha imaginación para las truculencias y un buen uso del latiguillo narrativo del asesino quedándose quietito en silencio para escuchar las conversaciones de los bobos a los que el imperativo del formato en cuestión obliga a matar cual capricho autojustificante. Por supuesto que el film no tiene una historia propiamente dicha más allá de la masacre en el paraje inhóspito de turno de Ontario, Pino Blanco (White Pine), y el que sí posee todo un background hiper trágico es Johnny, unos 70 años atrás un muchacho con retraso mental cuyo padre administraba una tienda de venta de artículos de tocador para toda una comitiva de leñadores al servicio de una empresa parasitaria capitalista que fijaba unos precios muy elevados, por ello los susodichos se descargaban con el mocoso y le jugaron una bromita asustándolo en lo alto de una torre de bomberos y provocando de sopetón que cayese al vacío, luego de lo cual le pusieron una antigua máscara del rubro de los incendios para simular un accidente mientras retozaba, planteo que incluye la muerte subsiguiente del padre en una pelea improvisada con los responsables, el regreso de entre los muertos del tremendo Johnny para vengarse vía una colorida carnicería y la vuelta a esa paz de la tumba simbolizada en un collar con un relicario que perteneció a su madre fallecida y le entregó su progenitor, tesoro robado de un cementerio por un tal Troy (Liam Leone) y su grupito de amigos burgueses en vacaciones.

 

Como en todo buen slasher, incluso uno semi vanguardista como el presente, el núcleo de interés pasa primero por el suspenso del acecho, aquí minimalista como Nash se encargó de repetir vinculando a su propuesta con el slow cinema/ cine contemplativo y específicamente con el Gus Van Sant circa su Trilogía de la Muerte, léase Gerry (2002), Elefante (Elephant, 2003) y Los Últimos Días (Last Days, 2005), y segundo por los homicidios de este zombie ampuloso, secuencias que incluyen unas mandíbulas “desunidas”, una hembra ahogada, otra a la que le saca la cabeza por el estómago mediante un gancho y una cadena, muchas hachas voladoras mortíferas, alguna que otra roca contra una mollera y desde ya una mano cortada y una decapitación luego de romperle la columna al guardabosque/ esbirro policial reglamentario (Reece Presley). Nash, como el Leone de Terrifier, se encarga él mismo de los efectos especiales, con una predominancia casi absoluta de los practical effects por sobre los CGIs, y si bien incluye pinceladas de humor negro, en consonancia con el gore o splatter, no deja que las ironías tomen el control del relato, sin duda el gran mal del indie y el mainstream del Siglo XXI. La película no es perfecta porque la premisa ascética no está exprimida en términos discursivos, vacuidad de por medio, y la “final girl” que restituye el relicario de mami, Kris (Andrea Pavlovic), no tiene personalidad alguna como el resto de las víctimas, además el desenlace no se decide entre un anticlímax y las alusiones explícitas a La Masacre de Texas, sin embargo el director sorprende con su pulso firme y gélido, no derrapa en la caricatura lela hollywoodense y aprovecha al corpulento Barrett, un veterano de la Clase B de América del Norte, y a la reaparecida Lauren-Marie Taylor, scream queen de Martes 13 Parte 2 que aquí tiene un extraño cameo en los últimos minutos del metraje…

 

En una Naturaleza Violenta (In a Violent Nature, Canadá, 2024)

Dirección y Guión: Chris Nash. Elenco: Ry Barrett, Andrea Pavlovic, Reece Presley, Liam Leone, Cameron Love, Charlotte Creaghan, Sam Roulston, Lea Rose Sebastianis, Alexander Oliver, Timothy Paul McCarthy. Producción: Peter Kuplowsky y Shannon Hanmer. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 7