Batalla Real (Batoru Rowaiaru)

Mátalos a todos

Por Emiliano Fernández

El atractivo de Batalla Real (Batoru Rowaiaru, 2000), uno perdurable y decididamente estrambótico si lo miramos desde el cine conservador y/ o mojigato de las últimas décadas, no radica exclusivamente -como se suele decir- en las hipérboles visuales y estilísticas del querido Kinji Fukasaku, realizador que dejó su marca indeleble en todo el cine de yakuzas mediante una seguidilla de clásicos disruptivos durante la década del 70 como por ejemplo Cementerio de Honor (Jingi no Hakaba, 1975), Policías vs. Matones (Kenkei tai Soshiki Boryoku, 1975), Cementerio Yakuza (Yakuza no Hakaba: Kuchinashi no Hana, 1976), La Guerra de Poder en Hokuriku (Hokuriku Dairi Sensô, 1977) y por supuesto la celebérrima Batallas sin Honor ni Humanidad (Jingi naki Tatakai, 1973), sus cuatro secuelas directas y otras tres continuaciones independientes, sino también en los planteos de la película a nivel general vinculados a la violencia espectacularizada como evasión social, a la cultura del reality show omnipresente en la televisión, a regímenes que no saben eliminar las crisis cíclicas de todo tipo, a las frustraciones que se acumulan como caldo de cultivo para más vehemencia, a las burbujas burguesas que de repente estallan cuando la realidad asoma su cabeza y finalmente a los planteos belicistas, redundantes y facilistas de las demagogias de derecha e izquierda de nuestros días, aquí simbolizados en el enfrentamiento entre jóvenes y viejos o adolescentes y mayores símil aquel conflicto retratado por Adolfo Bioy Casares en su novela Diario de la Guerra del Cerdo (1969), a su vez adaptada al séptimo arte por Leopoldo Torre Nilsson en 1975, una fábula doble sobre el egoísmo y la pusilanimidad de la vida adulta, resignación derrotista ante el estado del mundo heredado de por medio, y acerca de la inmadurez y esa agitación efervescente de unos purretes que se alzan contra quienes los dominan como una forma velada de rebelarse contra su propio futuro en tanto sinónimo de conformismo, necedad, fallecimiento y en esencia reproducción de los mismos padecimientos comunales de siempre en una nueva prole de mortales, hipotética alegoría darwinista a lo El Señor de las Moscas (Lord of the Flies, 1963), joya de Peter Brook sobre el famoso libro de William Golding de 1954, aunque ahora de impronta transgeneracional.

 

La fórmula de la cacería humana tampoco es novedosa y abarca una infinidad de películas que tienen a El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, como génesis ineludible, pensemos en exponentes en línea con El Juego de la Muerte (A Game of Death, 1945), opus de Robert Wise, La Presa Desnuda (The Naked Prey, 1965), de Cornel Wilde, La Partida de Caza (The Hunting Party, 1971), de Don Medford, Wolf Lake (1980), de Burt Kennedy, Depredador (Predator, 1987), de John McTiernan, Carrera contra la Muerte (The Running Man, 1987), de Paul Michael Glaser, Hard Target (1993), de John Woo, Juego de Supervivencia (Surviving the Game, 1994), de Ernest R. Dickerson, Wolf Creek (2005), de Greg McLean, 31 (2016), de Rob Zombie, El Experimento Belko (The Belko Experiment, 2016), otra de McLean, Bacurau (2019), de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, Boda Sangrienta (Ready or Not, 2019), de Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin, y La Cacería (The Hunt, 2020), de Craig Zobel, entre tantas otras. El sencillo guión de Batalla Real fue escrito por el hijo de Kinji, Kenta Fukasaku, señor que se transformaría en un director bastante mediocre empezando por el corolario de la presente, la anodina Batalla Real II: Réquiem (Batoru Rowaiaru II: Chinkonka, 2003), y se basa en la única novela de Koushun Takami, la homónima de 1996 pero publicada recién en 1999 debido a sucesivos rechazos por parte de diversas editoriales por su contenido, en términos macros una coctelera con elementos de rabia púber contra los maestros, fascismo de vieja cepa, guerrilla sesentosa, luchas deportivas o competitivas, los relatos distópicos de Stephen King, ese maquiavelismo promedio del arte de la guerra, los asesinatos intra gremio juvenil y por supuesto la influencia del bushido o código de ética de los samuráis en la represión sexual, estratificación, estallidos de violencia y genuflexión promedio de la sociedad nipona, enclave en pantalla atravesado por la música ciclópea de Masamichi Amano y aquella sensación de encierro a cielo abierto de Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), de John Carpenter, y los tratamientos inhumanos para con la adolescencia de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick.

 

Como casi siempre acontece en las películas de Fukasaku, en Batalla Real la estructura es episódica en mosaico y muy tendiente a la masacre irónica, improvisada o mugrienta y algo mucho desconectada de cualquier formulación narrativa tradicional en pos de asestar un golpe en las entrañas del público para sacarlo de su “zona de confort” o despertarlo de su eterno marasmo intelectual hollywoodense, no obstante esos recursos más pomposos de antaño, como el paso del color al blanco y negro, las cámaras en mano, el fotomontaje, la edición hiperquinética, la narración en off, aquellas reflexiones metadiscursivas y el arsenal de tomas oblicuas permanentes, dejan paso a otras herramientas asimismo pirotécnicas aunque menos agresivas para con el espectador timorato de los 90 y el nuevo milenio, en sintonía con el gore, los intertítulos líricos, aclaratorios o cuasi filosóficos, las resoluciones sorpresivas para escenas a priori comunes y corrientes y desde ya esa infaltable ciclotimia que pasa del frenesí homicida a la melancolía, el humor negro o el melodrama de corazones histéricos y a veces ultra neuróticos. En una coyuntura nacional de un futuro ya cercano caracterizado por un Estado absolutista, recesión con altos niveles de desempleo, protestas estudiantiles y una evidente desconfianza de los mayores hacia los menores de edad, algo exacerbado desde los medios de comunicación mediante el fantasma de la delincuencia juvenil, las cúpulas gubernamentales aprueban la Ley de Reforma Educativa del Milenio o Ley Batalla Real, a través de la cual se elige al azar a un curso de un colegio secundario japonés, se lo lleva a una isla deshabitada, se le coloca collares explosivos y de rastreo y se lo obliga a canibalizarse entre sí a lo largo de tres días en constante movimiento porque el territorio está dividido en cuadrantes rotativos que deben evitarse si no se quiere morir de inmediato. Sólo se tolera un sobreviviente y 42 son los púberes seleccionados que incluyen dos alumnos incorporados de otras escuelas, el simpático Shogo Kawada (Taro Yamamoto) y ese demente paradigmático de todo circo freak de Fukasaku, Kazuo Kiriyama (Masanobu Ando), quien en esta oportunidad recibe ayuda de un complemento psicopático femenino, Mitsuko Souma (Ko Shibasaki), junto con el susodicho una verdadera máquina de matar.

 

El director se hace un festín con esta “no historia” de una cruel matanza que le debe tanto al terror y la ciencia ficción como a las aventuras, el manga, el folletín y el cine de acción con testosterona y muchos esteroides de los 80, amén del nihilismo setentoso arrastrado por el acervo artístico previo del propio Fukasaku, señor que por cierto también probó suerte en la fantasía vía las bizarras El Cieno Verde (The Green Slime, 1968), Mensaje desde el Espacio (Uchu kara no Messeji, 1978), Virus (Fukkatsu no hi, 1980) y Reencarnación Samurái (Makai Tenshô, 1981) y en el rubro de las propuestas bélicas más ambiciosas, ecosistema donde nos legó las recordadas Bajo la Bandera del Sol Naciente (Gunki Hatameku Motoni, 1972) y ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora! (1970), codirigida por Richard Fleischer y Toshio Masuda después de que la 20th Century Fox lo eligiese para reemplazar a Akira Kurosawa en el rodaje de las secuencias con locaciones niponas. Jugando con la inutilidad o eficacia de los pertrechos asesinos aleatorios que les tocan en gracia a los protagonistas o que se roban de a poco mutuamente, objetos que van desde unos binoculares y una tapa de olla, pasan por un chaleco antibalas y un dispositivo de rastreo y terminan en cosillas lúgubres como una ballesta, cuchillos, hachas, ametralladoras, revólveres, granadas, nunchakus, picanas, hoces, escopetas, pistolas, navajas y una inefable katana, el film entrelaza carnicería, flashbacks trágicos y hasta sueños que retratan frustraciones y anhelos que incluso abarcan al villano principal, Kitano (un extraordinario Takeshi Kitano), quien adora decir que los chiquillos de mierda arruinan al país y reciben lo que se merecen al tiempo que se muestra impotente ante el sadismo de su hija adolescente, quien le reclama por una paternidad abandónica. Copiada hasta el hartazgo por Hollywood mediante rip-offs como las sagas iniciadas con Los Juegos del Hambre (The Hunger Games, 2012), de Gary Ross, y The Maze Runner (2014), de Wes Ball, Batalla Real continúa siendo una obra apasionante que le sopla en la nuca a cualquier otro intento -casi siempre muy tibio en comparación- de pensar los límites de la convivencia, del difícil entendimiento entre diferentes enmascarados de iguales y de todas las estrategias hipócritas de represión del aparato público y privado contemporáneo…

 

Batalla Real (Batoru Rowaiaru, Japón, 2000)

Dirección: Kinji Fukasaku. Guión: Kenta Fukasaku. Elenco: Ko Shibasaki, Tatsuya Fujiwara, Aki Maeda, Taro Yamamoto, Takeshi Kitano, Masanobu Ando, Chiaki Kuriyama, Takashi Tsukamoto, Yutaka Shimada, Sousuke Takaoka. Producción: Kinji Fukasaku, Kenta Fukasaku, Chie Kobayashi, Masumi Okada, Kimio Kataoka y Toshio Nabeshima. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 10