El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers)

Matemos a la viejita buchona

Por Emiliano Fernández

A la comedia inglesa hay que darle el mérito -dentro del mercado anglosajón en general- de aportar una generosa dosis de maldad, de imaginación escénica y de comentarios sociales y políticos en pos de hacer trastabillar a los espectadores más bobos que consumen el género de las carcajadas sólo con pretensiones escapistas, en este sentido pensemos en la película que nos ocupa, El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), dirigida por Alexander Mackendrick y escrita por William Rose, no sólo una de las mejores y más hilarantes comedias negras de la historia del cine sino la propuesta en gran medida responsable de introducir el recurso retórico del “personaje que a priori parece inocente o inofensivo pero que en realidad es un huracán de destrucción en potencia”, un esquema narrativo que ha hecho escuela ya sea convirtiéndose en el eje central del relato de turno o transformándose en un ingrediente más dentro de una ensalada mucho más variopinta. Para el momento de la creación/ producción del opus en sí tanto el realizador como el guionista ya contaban con experiencia crucial en el rubro cómico, lo que da a entender que nada sale de la nada: Mackendrick, un norteamericano trabajando para los míticos Ealing Studios londinenses, había dirigido otros tres clásicos esenciales del período, la comedia bélica/ costumbrista ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), la recordada sátira social El Hombre del Traje Blanco (The Man in the White Suit, 1951) y la comedia de choque cultural Un Yanqui en Escocia (The Maggie, 1954), y Rose, por su parte, había escrito una gran joya de las comedias de carreras y las obras en general de influjo nostálgico, Genoveva (Genevieve, 1953), de Henry Cornelius, la olvidable comedia familiar Ojo con las Mujeres (Touch and Go, 1955), de Michael Truman, y la ya citada Un Yanqui en Escocia para Mackendrick.

 

La historia es muy sencilla y apenas si gira alrededor de una ancianita, la Señora Louisa Wilberforce (Katie Johnson), que vive en una casa algo mucho torcida sobre la entrada de un túnel ferroviario de Kings Cross, en Londres, y que como no tiene nada que hacer se la pasa imaginando cosas, rectificando lo que considera que está mal y concurriendo a la comisaría para relatarle al Superintendente (Jack Warner) eventos insólitos como la llegada de una nave espacial y sucesos semejantes, amén de que parece arrastrar una maldición de mala suerte porque donde sea que vaya se producen minicalamidades como hacer llorar a un bebé o lograr que el cielo se nuble y comience a llover. La mujer es una viuda de un otrora marino mercante que convive con tres loros que fueron propiedad de su marido, dos machos que se portan mal, el General Gordon y el Almirante Beatty, y una hembra sumisa, Mildred, y un buen día opta por alquilar una habitación de la parte superior de su hogar a un tal Profesor Marcus (Alec Guinness), cabecilla maquiavélico de una banda de ladrones estrafalarios compuesta por el gangster Louis Harvey (Herbert Lom), el maleante menor Harry Robinson (Peter Sellers), el grandulón “One-Round” Lawson (Danny Green) y el caballeroso Mayor Claude Courtney (Cecil Parker). Los hombres se hacen pasar por un quinteto de cuerdas que buscan un espacio tranquilo para ensayar pero en realidad lo que pretenden es planear un asalto a un camión blindado que sale de Kings Cross y utilizar a la vieja como tapadera para que retire de la estación -y sin levantar sospechas- un baúl con el dinero robado supuestamente proveniente de Cambridge pero dejado minutos antes por Robinson, lo que la mujer hace aunque no sin antes generar un conflicto callejero entre un verdulero ambulante, un chatarrero con caballo y un taxista que la llevada a ella y al baúl.

 

En términos macros la estructura de El Quinteto de la Muerte, esa que por cierto será muy influyente a futuro en todo el cine, está dividida entre una primera parte volcada hacia una especie de proto caper movie y una segunda mitad que se tira de cabeza dentro de la pileta de la comedia negrísima a partir del momento en que, ya con intenciones de abandonar la casa y con el dinero en los estuches de los instrumentos, Lawson desparrama por accidente los billetes de su parte del botín sobre el suelo de la entrada de la residencia de la Señora Wilberforce, a quien no le lleva mucho tiempo deducir -nota en un periódico mediante sobre el robo de 60 mil libras en Kings Cross- que los simpáticos y serviciales huéspedes son los ladrones en cuestión: luego de una graciosa reunión prepautada para tomar el té con otras veteranas amigas de la anciana, a los delincuentes se les complica convencerla de que no hable y así descubren que no queda otra opción que matarla con el objetivo de que no los entregue a las autoridades, por más que le avisan que la acusarán de cómplice en el asalto. Mackendrick construye un retrato deliciosamente paródico y caricaturesco tanto de la senilidad como de la vida criminal, haciendo que los extraordinarios actores -los cinco hombres y la perfecta Johnson- se muevan entre lo realista vulgar despiadado y los clichés más hilarantes, basta con considerar la idiosincrasia cortés y medida pero al mismo tiempo conservadora y muy terca de la actriz, los dientes profusos y la mirada desquiciada de Guinness, el nerviosismo ciclotímico de Sellers, la torpeza símil retrasado mental peligroso y/ o borrachín de Green, el tono petulante y agresivo de Lom y el dejo de “señorito inglés” de un Parker que de todas formas es el primero en pensar traicionar a sus compañeros para llevarse todo el dinero, por ello mismo es asesinado por Harvey mientras trepaba los techos.

 

El guión de Rose funciona con enorme precisión y sin caer en ningún momento en una puesta en escena de tipo teatral a pesar de la importancia que tiene la residencia de Wilberforce dentro del armado retórico, incluso Mackendrick comprende y aprovecha las posibilidades inconformistas del planteo de base y decide dejar sin alterar cada una de las muertes mediante el ardid -destinado a satisfacer la censura implícita/ explícita de la época- de no mostrar los asesinatos en sí (como decíamos con anterioridad, Claude es faenado por Louis, Harry por One-Round y este último por Louis para luego ser asesinado por Marcus, quien a su vez es despachado por una señal ferroviaria para de inmediato caer en el mismo tren de carga que va y viene desde Kings Cross llevándose los cadáveres de todos los varones). Dos son los conceptos primordiales de la película, a saber: por un lado tenemos este sustrato de canibalismo conceptual que viene a representar la mayoría de las relaciones sociales de las metrópolis modernas, con el crimen organizado siendo en todo caso más sincero y menos hipócrita que los vínculos cotidianos del capitalismo farsesco que gusta de rodearse de un contexto legal a medida de sus chanchullos, y por otro lado tenemos a la implacable viejita buchona que simboliza a la par al vejestorio amigo de los fascistas del Estado y la policía y a un agente de una destrucción mayormente involuntaria que puede leerse desde lo inconsciente, diciendo que las infames “buenas intenciones” son el origen de casi todos los atolladeros éticos de las comunidades contemporáneas, o quizás desde lo fantástico o esotérico, pensemos en una fuerza de la naturaleza orientada a la debacle en sintonía con la protagonista de La Nona (1979), de Héctor Olivera, o aquel Frank Drebin (Leslie Nielsen) de La Pistola Desnuda (The Naked Gun, 1988), del genial David Zucker.

 

A posteriori del estreno de El Quinteto de la Muerte se daría una curiosa inversión profesional porque Mackendrick vería hundirse su carrera, sobre todo después de la venta en 1955 de los Ealing Studios a la BBC, su regreso a Estados Unidos y su incomodidad en el ambiente hiper comercial hollywoodense luego de la estupenda El Dulce Sabor del Éxito (Sweet Smell of Success, 1957), con Burt Lancaster, Tony Curtis y Martin Milner, y porque la trayectoria de Rose, en cambio, terminaría de despegar de la mano de El Espectáculo más Pequeño del Mundo (The Smallest Show on Earth, 1957), de Basil Dearden, El Mundo Está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963), de Stanley Kramer, ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! (The Russians Are Coming, the Russians Are Coming, 1966), de Norman Jewison, El Amable Estafador (The Flim-Flam Man, 1967), de Irvin Kershner, y Adivina Quién Viene a Cenar (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967) y El Secreto de Santa Vittoria (The Secret of Santa Vittoria, 1969), ambas asimismo de Kramer. Desconocida en el mercado hispanoparlante y redescubierta después de la apenas correcta remake del 2004 protagonizada por Tom Hanks y encarada por los hermanos Joel y Ethan Coen, sin duda una de sus peores películas dentro del armazón mainstream, el opus de Mackendrick/ Rose continúa siendo un modelo de la comedia negra más cruel e irónica debido a que subraya con una brillante naturalidad lo fácil que es engañar a los palurdos, basta apenas con un tocadiscos, y lo mucho que los susodichos se identifican con el poder que los controla y subyuga, pensemos en el recuerdo de Wilberforce acerca de su fiesta de cumpleaños número 21, esa que fue arruinada por la muerte de la Reina Victoria en 1901, catalizador de la insistente identificación de Louisa con la autoridad y la represión estatal…

 

El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, Reino Unido, 1955)

Dirección: Alexander Mackendrick. Guión: William Rose. Elenco: Alec Guinness, Peter Sellers, Herbert Lom, Katie Johnson, Cecil Parker, Danny Green, Jack Warner, Philip Stainton, Frankie Howerd, Madge Brindley. Producción: Michael Balcon. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10