Uncut Gems

Mazel tov, Howard

Por Emiliano Fernández

No tiene ningún sentido negarlo: Adam Sandler ha dedicado casi toda su carrera a actuar en películas que van desde lo lamentable a lo horrendo, con la enorme salvedad a la fecha de Embriagado de Amor (Punch-Drunk Love, 2002), aquella pequeña maravilla a cargo de Paul Thomas Anderson que sin duda puso en primer plano cuánto de autoimposición ultra conservadora hay en semejante catarata de bodrios y cuánto es también una triste exigencia por parte de un mainstream de lo más palurdo que sólo ve en él a un actor de comedias pasatistas o extremadamente pobres, destinadas al olvido inmediato del espectador en consonancia con una concepción de la cultura cual entretenimiento light. Bueno, ahora más que sólo agregar “otra” gran realización a esta lista de apenas dos ítems lo que tenemos que hacer es señalar el film por el que el señor de seguro será recordado a futuro en los círculos cinéfilos más dedicados, Uncut Gems (2019), una verdadera obra maestra que restituye la confianza en el séptimo arte de nuestros días y la misma capacidad de asombro de la mano de una película y un protagonista que se complementan y perfeccionan mutuamente de una manera pocas veces vista durante las últimas décadas: la propuesta, escrita y dirigida por los hermanos Benny y Josh Safdie, aquellos de las también excelentes Good Time (2017) y Heaven Knows What (2014), nos regala una experiencia sin igual a la par vertiginosa, profunda, adorable, demencial, rigurosa y fascinante que vuelve a retratar el costado más nefasto y darwinista de la vida en las grandes ciudades, aunque casi siempre manteniendo una especie de “distancia prudencial” de raigambre etérea para con los personajes que asimismo es reforzada por la banda sonora, la edición y el trabajo de cámara en general.

 

El prólogo nos sitúa en Etiopía, en la Mina Welo durante el Otoño del 2010, donde un par de trabajadores negros aprovecha una revuelta incipiente contra la dirigencia asiática del lugar -producto de un accidente que terminó con una fractura expuesta de otro obrero- para adentrarse en soledad en los túneles y de improviso extraer un ópalo sin cortar, el cual por cierto es vendido por cien mil dólares y enviado a Howard Ratner (Sandler), un joyero de origen hebreo que tiene un pequeño showroom en un departamento de un edificio ubicado en el Distrito de los Diamantes de Nueva York, a quien le llevó 17 meses rastrear el producto y traerlo a Estados Unidos cortesía de los judíos negros de Etiopía que trabajan en las minas de la región. El arco central de la trama transcurre en esa Gran Manzana durante unos días de la Primavera del 2012, cuando Ratner recibe el ópalo y descubrimos que es tremendo ludópata y tiene una vida más que complicada. El protagonista le pidió el dinero para comprar el “tesoro” símil roca a su cuñado, Arno (Eric Bogosian), un prestamista salvaje que lo presiona a diario a través de sus dos matones/ guardaespaldas, Phil (Keith Williams Richards) y Nico (Tommy Kominik), e incluso accede al requerimiento de un famoso jugador de baloncesto de la NBA, Kevin Garnett (el cual se interpreta a sí mismo), para que le preste el ópalo como amuleto de buena suerte con vistas al juego de esa noche, algo cuya responsabilidad es compartida por el bocón y fanfarrón de Howard y por su empleado en los altos círculos del deporte, Demany (LaKeith Stanfield), quien le trae a su local grandes clientes del jet set. Garnett le deja como garantía un anillo de campeonato y Ratner lo vende en una casa de empeño judía por 21 mil dólares que destina a una apuesta.

 

El desarrollo retórico está dividido en los tres grandes frentes que debe sobrellevar Howard si quiere salirse con la suya, o en ocasiones más bien seguir con vida: al acoso de Arno y sus esbirros, junto al de acreedores varios o personas que fueron estafadas por el susodicho con algún que otro Rolex falso, se suman los problemas que debe atravesar el joyero para primero recuperar la roca y luego obtener de ella en una subasta el millón de dólares que supuestamente vale, un planteo que de manera colateral abarca a su amante y empleada, la hermosa Julia (Julia Fox), una vendedora del showroom a quien tiene viviendo en un departamento de su propiedad, y a su misma familia, empezando por su esposa Dinah (Idina Menzel), una mujer que sabe del adulterio y pretende el divorcio, y finalizando por sus tres hijos, léase el pequeño Beni (Jacob Igielski), el del medio Eddie (Jonathan Aranbayev) y la adolescente Marcel (Noa Fisher). El guión, firmado por los Safdie junto a su colaborador habitual Ronald Bronstein, tiene más de diez años y se percibe claramente que ha sido pulido a lo largo del tiempo hasta llegar a este nivel de perfección que tenemos ante nosotros, una labor de cariño y precisión que en simultáneo celebra la efervescencia todo terreno de la neurosis metropolitana (Ratner y sus allegados, al igual que todos los personajes, se pasan gran parte del metraje gritando, maldiciendo y peleando entre sí vía sucesivos ataques de furia que contagian una ciclotimia y una energía inconmensurables, capaces de desparramar saber callejero anti caretaje patético burgués) y desnuda la crueldad e indiferencia para con el devenir del prójimo que esconde tanta “actitud de choque” (la tendencia a la autodestrucción del protagonista encuentra su reflejo en el hedonismo y la banalidad de muchos de los secundarios, quienes dejan de lado toda dimensión racional para centrarse únicamente en la autosatisfacción más egoísta y compulsiva, esa que siempre deriva en pisotear en mayor o menor medida al otro con el objetivo de subordinarlo a los intereses y necesidades individuales como si se tratase de un engranaje más de una inmensa y ajena trituradora humana que debe ser controlada para que no se vuelva contra nosotros).

 

Más allá de este sutil trasfondo cercano al film noir, el drama de adicciones y la comedia negrísima, el genial opus de los hermanos neoyorquinos vuelve a estar sostenido -como decíamos con anterioridad- en lo hecho a escala formal: la fotografía semi documentalista de Darius Khondji, la música psicodélica/ avant-garde tracción a sintetizadores de Daniel Lopatin alias Oneohtrix Point Never y la edición meticulosa de Bronstein y Benny Safdie remarcan permanentemente este núcleo paradójico que caracteriza a la película y al propio protagonista, el de lidiar con la mugre mafiosa del capitalismo extraccionista y usurero y a la vez enfatizar con ingenio la inmensa vulnerabilidad de base de todo el asunto, por un lado haciendo visible el juego de caprichos, hipocresía, engaños y violencia de por medio y por otro lado subrayando el torbellino de peligro paulatino en el que queda atrapado Howard, atacado por una colección de pirañas y parásitos que él mismo invocó en primera instancia. El extrañamiento narrativo al que son adeptos los realizadores, ese que hoy por hoy ya se puede calificar como su “marca registrada” de cabecera, crea una exquisita sensación narcótica gracias a primeros planos arrebatadores, una algarabía lumínica de neón, todo ese vestuario y todos esos sets siempre verosímiles, la tensión y el nerviosismo sin frenos, la multiplicidad de capas de los personajes, esa Ley de Murphy acotada que recorre el fluir del relato cual nube más gris que negra, y finalmente una banda sonora por momentos intrusiva que llega a opacar a los mismos diálogos, jugada de lo más riesgosa que los Safdie llevan al extremo del suspenso freak -gloriosamente caótico y libre- sin que importen las reglas tácitas fundamentalistas del mainstream o el indie norteamericanos. Entre la arrogancia, la claustrofobia y una innegable ausencia de un entorno ético para su accionar cotidiano, el amigo hebreo aquí es sinónimo de una intensidad que se arrincona a sí misma y le da de comer a los engendros predatorios que pululan agazapados en las urbes contemporáneas, un esquema existencial donde la ansiedad y el carácter imprevisible de la coyuntura dominan los acontecimientos al punto de imponer una lógica símil canibalismo.

 

El desempeño concreto de Sandler es literalmente extraordinario porque el actor aprovecha su generosa experiencia en el medio cinematográfico para dotar de riqueza y arrojo a su Ratner, convirtiéndolo en un estereotipo judío -incluidos todos los tics y rasgos esperables- pero con un corazón humano y tangible que no sólo se materializa en un posible cáncer de colon y el delirio de una y otra vez licuar todo objeto valioso que llegue a sus manos para continuar apostando en los partidos de la NBA, ya sea que hablemos de un colgante que tiene a Michael Jackson crucificado, el anillo de campeonato de Garnett o el inefable ópalo: los vínculos afectivos del joyero también son cruciales a la hora de retratarlo, pensemos para el caso en las diferencias entre sus aliados (hablamos de su hijo Eddie, una fotocopia de su padre, y de esa Julia que vuelve con el hombre incluso cuando éste la insulta y se agarra a las piñas en un boliche por celos con Abel Makkonen Tesfaye alias The Weeknd, un cantante canadiense hoy famoso -especializado en pop hiphopeado y rhythm and blues- que se interpreta a sí mismo y que en el 2012 del relato todavía no había lanzado su disco debut, Kiss Land del 2013) y sus enemigos solapados familiares (Dinah, junto a sus vástagos Beni y Marcel, lo detestan porque saben de su desinterés en relación a la idílica perfección que anhela la alta burguesía, nada más lejos de un buscavidas y un pícaro militante como Howard). Precisamente, desde la toma secuencia del colon del inicio hasta el periplo a través de la sangre del final, Uncut Gems toma a los conflictos superpuestos entre los personajes y a las nociones de aleatoriedad y causalidad -a veces sin que sea posible distinguirlas entre sí- como pilares de una odisea en la que colisionan lo lírico del andamiaje retórico macro y una mundanidad que se da cita tanto vía las salidas anárquicas esporádicas como mediante la presencia de Garnett, The Weeknd y un Sandler ahora más que nunca componiendo a un ser tridimensional y no sólo a un bufón prosaico, alguien que metamorfosea la hipotética suerte de los judíos para los negocios en una gesta tragicómica tendiente a ponderar a la frustración como única conclusión de nuestro paso por esta vida…

 

Uncut Gems (Estados Unidos, 2019)

Dirección: Benny Safdie y Josh Safdie. Guión: Benny Safdie, Josh Safdie y Ronald Bronstein. Elenco: Adam Sandler, Julia Fox, Kevin Garnett, LaKeith Stanfield, Eric Bogosian, Keith Williams Richards, Idina Menzel, Jonathan Aranbayev, Abel Makkonen Tesfaye, Tommy Kominik. Producción: Scott Rudin, Eli Bush, Oscar Boyson y Sebastian Bear-McClard. Duración: 135 minutos.

Puntaje: 10