Este es el Tiempo de los Asesinos (Voici le Temps des Assassins)

Mejor viuda que divorciada

Por Emiliano Fernández

La trayectoria de Julien Duvivier, realizador francés de un enorme eclecticismo que se remonta hasta el cine mudo, está dividida en tres períodos principales, primero los años iniciales en su tierra natal que abarcan sus realizaciones mudas -hoy casi todas perdidas- y clásicos de los 30 en línea con La Bandera (1935), Amor Intruso (La Belle Équipe, 1936) y Pépé le Moko (1937), todas protagonizadas por su actor fetiche, el maravilloso Jean Gabin, segundo su etapa del exilio hollywoodense en ocasión de la Segunda Guerra Mundial, léase aquel lustro en el que rodó faenas varias por encargo como por ejemplo El Gran Vals (The Great Waltz, 1938) y la recordada Seis Destinos (Tales of Manhattan, 1942), y tercero la fase del regreso a Francia, al finalizar la contienda bélica, en medio de diversas dificultades de readaptación que tomaron la forma de acusaciones de cobardía por haber abandonado el país durante la ocupación alemana por parte de las tropas de Adolf Hitler, ataques que por cierto supo plasmar en forma solapada en la eterna Pánico (Panique, 1946), en esencia el puntapié inicial para el ciclo final de su carrera de la mano de películas como la británica Anna Karenina (1948) y aquel díptico italiano de Don Camilo (Don Camillo, 1952) y El Regreso de Don Camilo (Le Retour de Don Camillo, 1953), propuestas en su momento exitosísimas en Europa -y basadas en el popular personaje creado por el escritor italiano Giovannino Guareschi- que generarían una saga compuesta además por Don Camilo y el Honorable Peppone (Don Camillo e l’onorevole Peppone, 1955), de Carmine Gallone, Don Camilo, Monseñor (Don Camillo Monsignore ma non Troppo, 1961), también de Gallone, y El Camarada Don Camilo (Il Compagno Don Camillo, 1965), de Luigi Comencini, todas estelarizadas por el célebre capo cómico Fernand Joseph Désiré Contandin alias Fernandel.

 

Ahora bien, el trabajo que realmente le permitió volver a asentarse del todo en Francia y continuar rodando allí en adelante hasta su eventual fallecimiento en 1967 a la edad de 71 años, producto de un ataque al corazón en el contexto de un accidente de tránsito, fue Este es el Tiempo de los Asesinos (Voici le Temps des Assassins, 1956), clásico absoluto del polar o film noir galo que a su vez le posibilitó a Duvivier continuar surcando esta misma senda en las posteriores y asimismo memorables Cena de Acusados (Marie-Octobre, 1959) y Satánicamente Tuya (Diaboliquement Vôtre, 1967), esta última su canto del cisne y única colaboración con Alain Delon. El guión del director, Charles Dorat y Pierre-Aristide Bréal, Dorat uno de los colaboradores de Luis Buñuel en Los Ambiciosos (La Fièvre Monte à El Pao, 1959), parece bastante simple porque a priori simula seguir los engranajes narrativos paradigmáticos del suspenso hitchcockiano pero ya sabemos que las apariencias suelen engañar y el asunto resulta más amargo y realista seco que de costumbre: André Chatelin (el amigo Gabin) es un chef famoso que posee un restaurant muy concurrido en París y que se divorció hace dos décadas de Gabrielle (Lucienne Bogaert), una mega arpía que luego se transformó en prostituta y drogadicta y tuvo de hija con otro macho a Catherine (Danièle Delorme). Es precisamente Catherine, de 20 años incestuosos exactos, quien se presenta en el restaurant diciendo que su madre falleció para iniciar una seducción que lleva a André a casarse con la ninfa, a pesar de recibir la condena de su hijo adoptivo tácito, el estudiante de medicina Gérard Delacroix (Gérard Blain), y hasta de su madre y sirvienta, las también maquiavélicas Madame Chatelin (Germaine Kerjean) y Madame Jules (Gabrielle Fontan), dos veteranas bien celosas que se meten sin tapujo alguno en la vida del chef cincuentón.

 

A contrapelo de lo que se podría esperar de semejante esquema, sustentado en la femme fatale que fagocita con sus artimañas a la presa de turno, el meollo de la trama no es tanto el esperable intento de asesinato del protagonista, aquí gracias al plan de una Gabrielle que sigue muy viva, se hospeda en un hotelucho cerca del restaurant e incluso le aclara a su hija que es “mejor viuda que divorciada”, sino el nerviosismo y la sensación de permanente incomodidad que provocan las mentiras cruzadas de Catherine, quien siembra el encono en la relación otrora perfecta entre André y Gérard, diciéndole al primero que el segundo no deja de acosarla y al segundo que el primero es un triste monstruo golpeador, controlador y celoso en la intimidad, lo que equivale a denunciar como hipócrita su fachada pública de “empresario culinario de buen corazón” que suele agasajar a magnates poderosos, agentes bursátiles, colegas de la elite gastronómica y hasta al propio presidente de la nación (Robert Pizani), quien hace lobby para otorgarle la Orden de las Bellas Artes por los manjares que ofrece en su establecimiento. Este proceso de doble enamoramiento -con mucha cizaña incluida- está muy bien trabajado por un Duvivier que se mueve de maravillas en la línea divisoria entre la sanción y la simpatía en lo que atañe a prácticamente todos los personajes, tanto masculinos como femeninos, pensemos que Chatelin puede ser un crédulo en temas de amor pero en la cocina es un tirano hecho y derecho, Delacroix es un joven abnegado que trabaja a la noche en un mercado parisino para pagarse los estudios aunque suele pecar de soberbio con las mujeres y finalmente Catherine, por su parte, lleva el estigma de su madre a flor de piel pero ello no le impide seguir caminando como si nada después de que un pretendiente alicaído se suicida adelante de ella en la calle tirándose contra un camión.

 

El dejo parasitario de la relación entre madres e hijos en Este es el Tiempo de los Asesinos, título que cita un fragmento de Las Iluminaciones (Les Illuminations, 1886), colección de poemas en prosa de Arthur Rimbaud, se complementa con ese intercambio pragmático/ afectivo/ comercial que existe entre Gérard y André y entre éste y Catherine, siempre con uno de los involucrados recibiendo algún tipo de recompensa emocional en función del dinero o el apoyo brindado a escala de la seguridad económica ante cualquier adversidad, planteo que en este caso está complejizado por ambigüedades como la posibilidad de que la artífice del desastre esté enamorada en serio de Delacroix y no esté únicamente interesada en manipularlo para que la asista en el homicidio de Chatelin, lo que le agrega tragedia al imperativo de ella de matarlo para que no lleve a cabo su amenaza de contarle todo a su padre postizo una vez que deduce el plan secreto de la chica y su madre, amén de detalles francamente sádicos como la insólita destreza de Madame Chatelin con el látigo en eso de matar pollos o castigar a una díscola Catherine que queda bajo su cuidado cuando André se la entrega en calidad de prisionera después de descubrir que Gabrielle aún no murió. El pesimismo ultra fatalista de Duvivier, ese que no permitía redención alguna y señalaba que hembras y machos son la misma basura, alcanza su cumbre en el furioso desenlace, uno de los más tétricos e impiadosos del cine, cuando el perro de Gérard, un chucho bautizado César similar a un pastor de los pirineos, se abalanza sobre ella para vengarse no sólo del fallecimiento de su amo sino del intento de asesinato contra el mismo animal, especie de emasculación simbólica del candidato a matarla según la larga tradición del policial negro, Chatelin, y en simultáneo un raro ejemplo del accionar de la justicia vía un ser inocente…

 

Este es el Tiempo de los Asesinos (Voici le Temps des Assassins, Francia, 1956)

Dirección: Julien Duvivier. Guión: Julien Duvivier, Charles Dorat y Pierre-Aristide Bréal. Elenco: Jean Gabin, Danièle Delorme, Gérard Blain, Lucienne Bogaert, Gabrielle Fontan, Germaine Kerjean, Robert Manuel, Robert Pizani, Aimé Clariond, Jean-Paul Roussillon. Producción: Georges Agiman. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 10