Prohibido Pisar las Nubes

Mendrugos del sistema

Por Emiliano Fernández

Durante las décadas del 60 y 70 en Latinoamérica existió una corriente muy fuerte de cine testimonial bajo el paraguas de distintos géneros clásicos, una serie de ramas de cada cinematografía nacional que en la mayoría de los casos no resistieron el paso del tiempo ya que los detalles contextuales solían estar muy en primer plano en las obras y por ello suprimían la posibilidad de lecturas posteriores ya con el período histórico de realización y de consumo en el pasado. Aun así las excepciones nunca faltaron y Prohibido Pisar las Nubes (1970), del chileno Naum Kramarenco, es un excelente ejemplo del campo de las anomalías porque la película que nos ocupa conserva una vigencia inaudita que sin sacarla del todo de aquella coyuntura en la que fue producida, sin duda nos permite señalar por un lado lo poco que han cambiado a nivel estructural las sociedades latinoamericanas desde entonces y por otro lado el hecho de que las pesadillas de antaño son en buena medida la triste realidad de nuestros días, circunstancia que pone en evidencia un empeoramiento proporcional a los años transcurridos desde el fin de los utopías de los 60 y el comienzo del espantoso ciclo de dictaduras -todas amparadas por Estados Unidos y la derecha civil y militar de la región- que asolarían a países de por sí siempre presos de su dependencia para con los regímenes imperiales del planeta y sus intereses en el armado geopolítico general.

 

La historia es minúscula y gira en torno a Froilán Pérez (Jesús Ortega), un empleado del sector de contabilidad de una empresa textil muy poderosa, Hitesa, que es reconvertido compulsivamente a operador de una gigantesca máquina, la “Parapsitrónica R.H.”, que controla todos los telares de la fábrica. En medio de un contexto de conflictividad en el que la planta en cuestión está parada y 2000 empleados/ obreros esperan retomar sus funciones, con los inspectores gubernamentales afirmando que la detención se debe sólo a una falla técnica de la computadora y los dirigentes sindicales diciendo que el asunto responde a una mera simulación para facilitar el despido masivo de trabajadores, pronto queda en claro que si bien el problema técnico es real, con el aparatejo necesitando repuestos importados que quedaron varados en la aduana según la versión de la empresa que lo construyó, a decir verdad el presidente de Hitesa (Enrique Heine) lo que pretende es aprovechar el percance, que se soluciona a puro parche reconvirtiendo la máquina de automática a manual, para que a la primera falla todo se prenda fuego y así poder echar a los obreros sin interferencia de las leyes laborales. Pérez, una suerte de calculadora humana hiper eficiente y homologada a “empleado modelo”, es puesto al servicio de la computadora maltrecha para efectuar las cuentas necesarias e introducirlas en la máquina antes de que la producción mute en caos.

 

Por supuesto que lo que su familia, sus compañeros y hasta la sociedad y los medios de comunicación ven como un ascenso y un acto de heroísmo de su parte porque el conflicto se destraba y regresan todos a sus puestos en Hitesa, para Froilán es una situación dantesca y una fuente inagotable de frustraciones: cuando le reclama al presidente de la compañía un aumento de sueldo por la mayor responsabilidad involucrada, éste se lo niega esgrimiendo que debe trabajar por el “bien común” sin pedir más beneficios; su interés en dos bellas compañeras se licúa en el momento en que se termina orinando encima ya que se le prohíbe ir al baño a lo largo de las ocho horas en que debe estar frente a la computadora haciendo cálculos sin fin; y para colmo su padre, que necesita de un mayor capital que el que entra al hogar -el único que trabaja es el protagonista- para operarse las piernas, dejar atrás su silla de ruedas y volver al mundo laboral, le recrimina ferozmente el no conseguir un aumento que le permita cumplimentar sus dos objetivos de fondo a nivel familiar, léase entregar a su hija en matrimonio y educar a su otro vástago (el clan en su conjunto vive ensimismado consumiendo televisión boba todo el día y el varón a su vez está obsesionado con el fútbol). Transformado en un esclavo de la rutina mecanizada alienante llevada al extremo, Pérez se sumerge en fantasías tragicómicas que se condicen con sus anhelos insatisfechos actuales.

 

La película de Kramarenco, conocido sobre todo por el interesante thriller hitchcockiano Regreso al Silencio (1967), juega de manera brillante con la línea divisoria entre la comedia y el drama y hasta apuesta por una fábula kafkiana que tiene mucho tanto de la ciencia ficción social pesimista de la etapa como del sarcasmo y el humor negro de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), amén de una imaginación visual que supera su escaso presupuesto con gracia y por momentos nos recuerda a aquel retrato del patetismo del poder concentrado y del “ciudadano de a pie” de los Monty Python: este insólito cúmulo de ingredientes en un opus latinoamericano -sea de ayer, hoy o mañana- refuerzan el carácter de rareza nihilista de Prohibido Pisar las Nubes, uno que desde ya la condenó al vituperio a manos de la prensa y el público súper conservadores de su tiempo. El director y guionista maneja muy bien las secuencias surrealistas de Froilán, desde la de la fuerza de gravedad y las de las fantasías sexuales con sus compañeras hasta aquellas otras centradas en la envidia que siente hacia el presidente, su sutil afán de pedir un crédito bancario, la posibilidad de convertirse en una estrella del fútbol, su recorrido burocrático en ocasión de las ganas de orinar/ salvar su embarcación del hundimiento, y su desesperación final al sentirse atrapado cual animal en un zoológico al que se alimenta con minucias que lo llevan al colapso total.

 

Aquí la pequeña burguesía es retratada como una clase social pusilánime que se aleja de los estratos populares menesterosos y desea trepar a los mandos gerenciales más maquiavélicos del enclave capitalista, y los mass media son sinónimo de explotación de las desgracias sociales, un consumismo idiota y mentiras al servicio de la oligarquía parasitaria, la cual en la trama está en pleno proceso de sustituir al trabajo por la especulación liquidando fábricas y asalariados con el objetivo de hacerse del dinero y volcarlo al mercado financiero. El film, acompañado por una gran banda sonora rockera/ jazzera de Luis Urquidi, también se mete con el condicionamiento ideológico acrítico y cortoplacista de unas mayorías que tienden a burlarse del diferente y a marginarlo en materia de afinidades electivas prefijadas, a lo que se suma la falta de solidaridad de fondo y ese egoísmo que ve al prójimo como un medio para un fin, reconvirtiéndolo en un engranaje más de un sistema que sólo produce riqueza concentrada, hambre e inequidades de toda índole. La ausencia del Estado en la usurpación identitaria y el despojo material corre de la mano del ataque a la burocratización más insensible, la desacralización del trabajo repetitivo esclavista/ no creativo como fuente de “dignidad” y la denuncia de la propensión de las empresas a tirar mendrugos a sus empleados hasta finalmente decidir prescindir de ellos y conducirlos a la miseria absoluta…

 

Prohibido Pisar las Nubes (Chile, 1970)

Dirección y Guión: Naum Kramarenco. Elenco: Jesús Ortega, Enrique Heine, Mireya Véliz, Beco Baytelman, Idilio Nelson Soto, Alberto Lecaros, Hernán Peralta, Sonia Benavides, Ximena Avaria, Fernando Larraín. Producción: Naum Kramarenco. Duración: 72 minutos.

Puntaje: 8