Black Sabbath en Vélez Sarsfield

Mi nombre es Lucifer

Por Emiliano Fernández
“Make a joke and I will sigh and you will laugh and I will cry,
Happiness I cannot feel and love to me is so unreal…”
Paranoid, Black Sabbath.

 

Luego de su paso por el Orfeo de Córdoba y antes de desembarcar en Brasil para el cierre del tramo latinoamericano de The End Tour, Black Sabbath dio un show extraordinario en el Estadio Vélez Sarsfield, en el barrio de Liniers, que se extendió por poco más de una hora y media y permitió al público porteño y bonaerense despedirse de los pioneros indiscutibles del heavy metal -en sus decenas de ramificaciones/ variantes- y del stoner rock, quizás la línea más apegada al sonido monolítico y ampuloso de los primeros seis discos de los británicos, aquellos que los transformaron en mojones culturales a comienzos de la década del 70.

 

Los encargados de abrir el escenario del José Amalfitani fueron Viticus y Rival Sons, dos agrupaciones que no estuvieron a la altura del desafío ni mucho menos: la primera es el proyecto encabezado por Vitico -ex bajista de Riff- para seguir exprimiendo el repertorio de la mítica banda de rock pesado, pero con el “detalle” de que Pappo es una figura irremplazable desde todo punto de vista; y la segunda es otro de esos combos de retro rock que pretenden reproducir al pie de la letra el marco de referencias de Led Zeppelin, Deep Purple y los mismos Black Sabbath, aunque sin el talento y la renovación que impusieron otras propuestas de aires setentosos como The White Stripes y The Black Keys. Hablamos en definitiva de dos experiencias para el olvido encaradas por bandas tan prolijas como intrascendentes y demasiado derivativas.

 

Ya con el estadio casi completamente lleno (sólo había sectores vacíos en el segmento lateral del campo VIP y en algunos espacios de las tribunas), la banda salió apenas minutos pasadas las 21 horas y arrancó con un setlist de 13 canciones que se concentraron principalmente en los tres primeros álbumes de estudio, Black Sabbath (1970), Paranoid (1970) y Master of Reality (1971), dejando sólo dos excepciones fuera del canon, Snowblind (Vol. 4, 1972) y Dirty Women (Technical Ecstasy, 1976). Los históricos Ozzy Osbourne en voz, Tony Iommi en guitarra y Geezer Butler en bajo se complementaron a la perfección con el virtuoso Tommy Clufetos en batería (el tecladista Adam Wakeman, hijo de Rick Wakeman de Yes, pasó inadvertido durante todo el show, fundamentalmente por la misma estructura de las canciones, las cuales -valga la redundancia- no requerían su presencia).

 

El recital comenzó con una energía entre lúgubre y rabiosa gracias a un díptico compuesto por Black Sabbath (del debut homónimo) y Fairies Wear Boots (Paranoid), dos temas que dejaron en claro de inmediato el buen nivel vocal de Ozzy y su excelente humor, siempre arengando al público, preguntando si la estaba pasando bien y anunciando -cual locutor- cada nueva canción. A posteriori el quinteto arremetió con dos clásicos inoxidables del Master of Reality, After Forever e Into the Void, y la susodicha Snowblind del Vol. 4, composiciones que fueron profundizando el ritmo narcótico del show y la estética ocultista/ satánica/ de crisis existencial que los acompañó desde el inicio de su carrera: en este sentido, se aprovechó con inteligencia a lo largo de la velada el juego entre los riffs majestuosos de Iommi y las imágenes proyectadas en las tres pantallas de turno (la disposición fue la misma que en casi cualquier espectáculo de rock masivo de nuestros días, léase dos pantallas a los costados del escenario y una gigante en el centro). Los filtros psicodélicos aplicados sobre la transmisión en vivo, las llamas alrededor de Osbourne, los primerísimos primeros planos de los instrumentos, las citas al oscurantismo cristiano y hasta los CGI de paredes conformadas por ojos constituyeron detalles visuales muy interesantes que fueron desfilando a medida que llegaba el momento de War Pigs (Paranoid) y la dupla Behind the Wall of Sleep/ N.I.B. (ambas pertenecientes a Black Sabbath).

 

Si bien tanto Butler como Iommi tuvieron sus instantes de lucimiento vía solos generosos, llamó la atención el espacio concedido a Clufetos con motivo de Rat Salad (Paranoid), en especial debido a que el norteamericano es un sesionista que ni siquiera grabó con ellos 13 (2013), aquel dignísimo “disco de regreso”. Todo esto habla muy bien de la astucia/ olfato musical de la banda porque al baterista se lo vio cómodo en el lugar que dejó vacante Bill Ward, quien decidió no sumarse a la gira, y literalmente ofreció una performance maravillosa a lo largo de unos cinco minutos a puro doble bombo. En el tramo final del show llegaron Iron Man (Paranoid), uno de los temas más festejados por el público, la ya citada Dirty Women del Technical Ecstasy, toda una rareza para el contexto histórico autofijado por los señores, y Children of the Grave (Master of Reality), último tema oficial antes de la salida del escenario y la vuelta obligada segundos después para el remate que todos estaban esperando, el himno Paranoid del álbum homónimo (una canción -cargada de incertidumbre, demencia y furia apenas contenida- que sintetiza buena parte del legado de la agrupación).

 

Considerando el repertorio elegido para esta gira de despedida de los escenarios, luego de casi 50 años desde la génesis en Birmingham, sin duda el concepto crucial que sobrevoló el ambiente fue el de “los dos extremos que se tocan”: aquel comienzo del derrotero profesional -esos tres primeros discos- se unifica con este desenlace pautado para la banda en vivo, algo más que esperable si recordamos que los señores están rozando las siete décadas en la Tierra y para colmo a Iommi le detectaron un linfoma en 2012, aunque por suerte hace poco se anunció que el cáncer está en remisión. Por supuesto que el setlist fue coherente con este enfoque nostálgico y de cierre circular, no obstante uno como melómano quizás se quedó con un poco de ganas de escuchar algún corte de los discos centrales en la madurez sonora de los ingleses, los geniales Sabbath Bloody Sabbath (1973) y Sabotage (1975), y/ o un par de canciones más del heterogéneo y zigzagueante Vol. 4.

 

Un inconveniente recurrente de los recitales de rock en Argentina es el volumen bajo y aquí lamentablemente lo padecimos de nuevo, lo que en esencia podemos leer como otra muestra de la hipocresía de los barrios burgueses de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano en lo referido a los estadios de fútbol y los distintos predios para espectáculos deportivos: mientras que por un lado los vecinos se quejan de los shows de rock por el volumen alto y la basura que suele dejar en las calles el desplazamiento de cualquier colectivo populoso de fans, por el otro no dicen ni una palabra en contra de los partidos de fútbol y de tantos eventos similares que semana tras semana alcanzan el mismo nivel auditivo y desparraman el mismo amasijo de desperdicios (o lo superan en número). Y siguiendo con las concesiones/ oportunismos del ámbito organizacional, continúa llamando la atención que las productoras de estos espectáculos insistan en el patético arte de dividir al campo ya no sólo en “tradicional” y VIP, sino también con vallados cada vez más delirantes que particionan el espacio peligrosamente (pensemos en un hipotético desastre o emergencia) y tratan a los concurrentes como vacunos que hay que encerrar en rediles acotados y asfixiantes (todos aprisionados en el sector -relativamente- más cercano al escenario y con salidas mínimas e insuficientes, una estrategia despiadada con la doble finalidad de “vender hasta explotar” y de incrustar pasillos para que los monigotes de seguridad impidan el traspaso de un sector a otro).

 

Más allá de las preferencias personales de cada uno en cuanto al setlist y de los despropósitos de siempre del empresariado argentino, tan miserable y avaro como él solo, Black Sabbath demostró que su sonido es inigualable y que el desarrollo posterior del heavy metal lo único que hizo fue simplificar la riqueza de base, empobreciendo en gran medida un núcleo musical que la misma banda terminó disolviendo a través de las formaciones posteriores y los cambios de cantante y estilo. Los primeros diez discos de la agrupación nos ayudan a comprender el camino que atravesó el género: los seis trabajos iniciales constituyeron el cenit creativo, los fallidos Technical Ecstasy y Never Say Die! (1978) fueron los signos irrefutables del declive, y finalmente el díptico con Ronnie James Dio como vocalista, Heaven and Hell (1980) y Mob Rules (1981), estandarizó los motivos y la imaginería que adoptaría el género a futuro (ambos álbumes son interesantes, no así las ramificaciones que inspiraron… algo similar a lo que ocurrió con los discos anteriores de los ingleses, con la excepción -ya explicitada- del stoner de grupos como Kyuss y Queens of the Stone Age). Pensemos en las redundancias en las que cayeron la new wave del metal británico, el thrash de los 80, los exponentes sinfónicos y el nü-metal de los 90 en adelante, sólo por nombrar un puñado de ejemplos. El grunge, en cambio, fue una rareza dentro del rubro, un exponente en el que convivieron la actitud suburbial/ de barricada del punk y la potencia sonora en su máxima expresión.

 

El show en Vélez Sarsfield -así como estuvo planteado- fue perfecto: nos permitió recapturar aquella eclosión del metal, mucho antes de que el ritmo se acelerase, las calaveras dominasen la estética y los aullidos guturales se convirtiesen en clichés. El encanto de los pioneros sigue inmutable tanto a nivel colectivo (resulta increíble lo ajustados y compactos que sonaron) como en lo que respecta a cada isla individual (las piezas que conforman a estos Rolling Stones del rock pesado se destacan por mérito propio sin necesidad de recurrir a poses vetustas ni a latiguillos ni a la demagogia barata de otros actos con muchos años encima). No podemos más que agradecer todas las referencias al averno, Lucifer, el suicidio, la crisis del hippismo, la depresión, las adicciones, el control estatal, H. P. Lovecraft, el amor no correspondido, la masonería, el Apocalipsis bélico, la locura, el éxito repentino y el fracaso moral subsiguiente. La verdad y el inconformismo siguen subyaciendo en las canciones de unos señores que apabullan con su contundencia y continúan representando la contracara del hedonismo bobalicón, escapista, inofensivo e irresponsable que el mainstream cultural -y cierta escena independiente- pretenden vendernos con un moño cada día más mediocre y esquemático…

 

Black Sabbath en Vélez Sarsfield. 26-11-16.

Ozzy Osbourne: voz.

Tony Iommi: guitarra.

Geezer Butler: bajo.

Tommy Clufetos: batería.

Adam Wakeman: teclados.