El Extraño Viaje

Minucias del fratricidio

Por Emiliano Fernández

Nacido en Lima, Perú, aunque con ciudadanía argentina porque su madre, la actriz teatral Carola Fernán Gómez, estaba de gira y tramitó el certificado del rubro recién en Buenos Aires, Fernando Fernán Gómez (1921-2007) hoy es recordado mayormente como uno de los mejores y más prolíficos intérpretes del ámbito cinematográfico español, responsable de la friolera de más de 200 participaciones en realizaciones variopintas para TV y salas tradicionales, algo relativamente común entre los actores más activos o frenéticos de las cinematografías periféricas en el período de auge de los mercados nacionales, sobre todo el inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial de las décadas del 40 y 50, y en la etapa siguiente de la internacionalización que pudo competirle a Hollywood, nos referimos a los años 60 y 70, con la década del 80 oficiando como una fase de transición hacia la vuelta del predominio norteamericano en casi todo el planeta. Si bien el señor fue asimismo novelista, poeta, dramaturgo e incluso cronista de su tiempo mediante ensayos, columnas y diversos artículos periodísticos, el grueso de su obra es la correspondiente al séptimo arte y de hecho dentro de la misma es posible identificar una faceta que durante el Siglo XXI está siendo revalorizada, su rol como director, otra vertiente profesional a la que le dedicó enormes esfuerzos porque -empezando por su ópera prima, Manicomio (1954), craneada apenas una década a posteriori de empezar a actuar en la gran pantalla- supo acumular una treintena de películas orientadas en su gran mayoría hacia tres ramas de la comedia masiva, léase la romántica, la histórica y la costumbrista, subgéneros entrelazados en los que Fernán Gómez demostró ser muy eficaz según las exigencias y criterios comerciales/ industriales/ sociales de la época aunque sin generar demasiadas propuestas valiosas en concreto o que simplemente hayan conseguido resistir el paso del tiempo, incluso teniendo presente que su período más prolífico fue durante el franquismo castrador, estúpido y por demás mojigato.

 

Como siempre en la vida, por cada regla general hay coloridas excepciones y en el caso del Fernán Gómez en modalidad realizador son la faena bélica El Mensaje (1954), película evidentemente censurada por el régimen del dictador Francisco Franco y hoy desaparecida, el drama familiar El Mundo Sigue (1965), eje de otro encontronazo con el franquismo por el genial retrato que se hacía de la burguesía envidiosa y maquiavélica de su tiempo, la tragedia hogareña Mi Hija Hildegart (1977), basada en un caso de filicidio por parte de una proto feminazi desquiciada, el drama El Mar y el Tiempo (1989), típica propuesta de exilio y frustraciones al regresar al terruño, y Lázaro de Tormes (2000), adaptación de la novela picaresca anónima de 1554 que tuvo que ser completada por José Luis García Sánchez por problemas de salud de Fernán Gómez, amén de un par de comedias dramáticas, Mambrú se fue a la Guerra (1986), acerca de uno de los topos/ personas ocultas durante el franquismo, y El Viaje a Ninguna Parte (1986), lienzo heterogéneo sobre una compañía de cómicos de la legua/ intérpretes itinerantes. Ahora bien, sin duda la obra maestra del realizador es El Extraño Viaje (1964), por lejos su mejor epopeya sarcástica y un análisis camuflado del oscurantismo, los chismes, la hipocresía y el canibalismo tácito de los pueblitos bucólicos del franquismo, tópico muy trabajado en la época aunque no desde el suspenso y la sutileza del opus de Fernán Gómez porque muchas veces en el cine masivo español se apelaba al esperpento o el tono melodramático o un marco costumbrista demasiado acentuado que le esquivaba al costado más amargo y pesimista del relato, justo como en el caso de otras comedias negras de Fernando como por ejemplo las muy inferiores Los Palomos (1964), Crimen Imperfecto (1970), ¡Bruja, más que Bruja! (1977), Siete Mil Días Juntos (1994) y Pesadilla para un Rico (1996), puñado de trabajos que en contraposición no hicieron más que engrandecer a la diminuta pero misteriosa, dinámica y gratificante El Extraño Viaje.

 

La idea original fue del eterno Luis García Berlanga, quien se basó en un caso criminal real de la localidad de Mazarrón, en Murcia, y quien por cierto estaba atravesando lo mejor de su carrera porque venía de Plácido (1961) y El Verdugo (1963), cimiento que antes de transformarse en un guión final de Pedro Beltrán, también responsable de El Momento de la Verdad (Il Momento della Verità, 1965), de Francesco Rosi, y otras dos colaboraciones con Fernán Gómez, las citadas ¡Bruja, más que Bruja! y Mambrú se fue a la Guerra, pasó por otra etapa de pulimiento a cargo de Beltrán y Manuel Ruiz Castillo, el guionista de Cinco Tenedores (1980), otra de las tantas comedias dirigidas por Fernando. Con un esquema de relato coral berlanguiano/ ácido que tiende a hacer foco en unos personajes que pueden considerarse protagonistas a pesar del generoso peso de todos los demás, el asunto se centra precisamente en un pueblo pequeño y muy aburrido del sur de España cuya única fuente de alegría se reduce a unos bailes que se organizan los sábados en un “club recreativo”, El Progreso, que a su vez giran alrededor del recital polirubro de una banda foránea bautizada Orquesta Los Guacamayos, evento al que suele concurrir una jovencita, Angelines (Sara Lezana), que se viste y baila de manera provocativa para despertar la condena de las santurronas inmundas del lugar encabezadas por Doña Teresa (María Luisa Ponte), dueña de una mercería donde trabaja Beatriz (Lina Canalejas), la ninfa prometida del guitarrista y cantante del grupo de madrileños que llegan al pueblo todos los fines de semana, Fernando (Carlos Larrañaga), sin embargo el corazón de nuestra odisea claustrofóbica es la parentela Vidal, clan compuesto por tres hermanos solterones, la dominante Ignacia (Tota Alba), una hilarante arpía que esconde un amante y se obsesiona con vender todas las propiedades de la familia, y los imbéciles totales de Paquita (Rafaela Aparicio), gorda que idolatra a sus dos gatos, y Venancio (el inefable Jesús Franco), glotón tan bobo y miedoso como Paquita.

 

Condimentada con un coro griego de veteranos cotillas que hace las veces de “versión masculina” de la camarilla de beatas de Doña Teresa, la realización maneja muy bien -y en paralelo, sin descuidar ingrediente alguno- tres focos de tensión, primero uno romántico tramposo, ese de Fernando inventándole una excusa a Beatriz para evitar de momento el casamiento, por ello le dice que tiene un hermano paralítico llamado Quique que depende completamente de él, segundo uno grotesco paradigmático de la época, aquí resumido en la obsesión de Teresa con culpabilizar a Angelines por el enigmático robo de un corsé de su mercería, y tercero el quid narrativo fundamental vinculado a una comedia negra e intimista cuasi thriller, hablamos del asesinato de Ignacia por parte de Venancio cuando la hermana mayor se abalanza furiosa contra Paquita porque los encuentra curioseando en su cuarto, así el varón la golpea repetidamente en la cabeza con una botella de aguardiente y después arrojan el cadáver en una tinaja de vino propiedad de la parentela Vidal pero administrada por el dueño del bar vernáculo, Félix (Goyo Lebrero). Fernán Gómez sale airoso no sólo en las escenas cómicas más costumbristas y/ o ridículas sino también en los mencionados instantes de suspenso y el laberinto sofisticado en general que se construye alrededor del repentino descubrimiento de los cuerpos de los dos hermanos sobrevivientes en una playa lejana, misterio en esencia muy homologado a otros montajes macabros hogareños del cine de la época como aquellos de El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961), joya de Seth Holt, y Cálmate, Dulce Carlota (Hush Hush, Sweet Charlotte, 1964), de Robert Aldrich. El Extraño Viaje, censurada en su estreno y relanzada en 1970, llama mucho la atención por dos minucias de impronta bien terrorista dentro del conservadurismo imperante en los 50 y 60 en España, primero el detalle de hacer beber a los lugareños el vino de la tinaja con el cadáver de Ignacia, insólito episodio de antropofagia conceptual, y segundo la costumbre de la arpía de travestir a Fernando, el amante de turno, con sus vestidos, otra jugada retórica impensada en un entorno de cero tolerancia hacia las “desviaciones” religiosas, comunales y culturales como el franquismo, planteo que a la postre deriva en una sociedad entre el guitarrista/ vocalista y los asesinos de Ignacia que implica fugarse del pueblo, con el dinero producto de la venta del romeral de la familia, aunque asimismo simulando la partida de la difunta mediante nuevos episodios de travestismo a ojos de todos. Además del excelente desempeño del elenco y en especial de Alba, Aparicio y Franco, éste ofreciendo su trabajo más famoso como actor y por entonces consagrado a convertirse en un director Clase B a lo héroe del exploitation porque ya había entregado sus dos primeras y míticas colaboraciones con Howard Vernon, Gritos en la Noche (1962) y La Mano de un Hombre Muerto (1962), la película se destaca por una inteligencia de fondo que le pega tanto a la España retrasada y agreste, la de los chismes mortíferos cruzados en un ambiente de represión institucional, como a su homóloga de la naciente “sociedad de consumo”, en pantalla representada a través de las condenas a Angelines, cuyo único crimen es saber bailar el twist, y mediante un fratricidio tracción a codicia, perfidia, represión sexual, engaños y basureo en el que los dos hermanos bobalicones se cargan a Ignacia antes de que ésta los traicione llevándose el pago del romeral, también una metáfora acerca de la renuncia a las rentas de antaño por las cosechas de los árboles frutales símil muerte de la aristocracia tradicional y su reemplazo sin más por un hedonismo especulador burgués basado únicamente en el culto al dinero…

 

El Extraño Viaje (España, 1964)

Dirección: Fernando Fernán Gómez. Guión: Pedro Beltrán. Elenco: Tota Alba, Jesús Franco, Rafaela Aparicio, Carlos Larrañaga, Lina Canalejas, María Luisa Ponte, Goyo Lebrero, Sara Lezana, Joaquín Roa, Xan das Bolas. Producción: José López Moreno y Francisco Molero. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 9