En Compañía de Hombres (In the Company of Men)

Misoginia terapéutica

Por Emiliano Fernández

El dramaturgo, guionista y director de cine Neil LaBute comenzó su trayectoria a fines de la década del 80 ganándose un lugar de privilegio en las tablas y en la pantalla con una serie de trabajos que lo situaron como el principal provocador del ámbito artístico intelectual norteamericano de su tiempo, un señor tendiente a abrazar una misantropía y un nihilismo exacerbado muy poco habituales para su país que combinaban las múltiples ironías de Woody Allen, el sadismo promedio de Todd Solondz, la distancia retórica sostenida de Harold Pinter y el cinismo e inteligencia de muchas de las piezas de David Mamet, desde los juegos con el sometimiento entre pares y la manipulación del lenguaje hasta temáticas recurrentes como la amistad masculina, el canibalismo burgués, la vida en los suburbios, la crisis de las parejas románticas tradicionales, la peligrosidad cotidiana, el fetiche con las mentiras y por supuesto la batalla entre hombres y mujeres aunque siempre volcando su corazoncito hacia una misoginia que tiene que ver tanto con un comportamiento paranoico protector como con un ansia indisimulable de venganza contra uno de los grandes ejes de las frustraciones de la existencia del macho, las hembras. Su carrera, como tantas veces sucede en la comarca artística yanqui cuando un creador independiente se mete más y más en la pompa de una industria mainstream gigantesca de alcance planetario, sinceramente fue de mayor a menor en términos de calidad ya que en esencia su mejor etapa es la inicial con su archiconocida trilogía de la perfidia y los engaños, hablamos de En Compañía de Hombres (In the Company of Men, 1997), sobre un par de ejecutivos que se ponen de acuerdo para seducir y abandonar a la par a una empleada sorda de mucha menor jerarquía, Tus Amigos y Vecinos (Your Friends and Neighbors, 1998), acerca de tres parejas de yuppies y sus diversas infidelidades y humillaciones cruzadas sin alicientes morales, y La Forma de las Cosas (The Shape of Things, 2003), inversión de la premisa de En Compañía de Hombres, la cual a su vez ya había sido tomada de Calle Mayor (1956), joya de Juan Antonio Bardem, ahora en torno a una mujer que conoce, enamora falsamente y moldea a un hombre con poca experiencia romántica para modificarlo hasta los cimientos en tanto proyecto de tesis sin importarle el dolor y el orgullo dañado de su contraparte, nuevamente poniendo en el núcleo del relato a los embustes sistemáticos racionalizados con el objetivo de denunciar esta dialéctica del fraude que recorre de pies a cabeza las sociedades de esta nueva fase del capitalismo demente y especulador al extremo, donde la ética se desvanece ante la superficialidad reluciente y banal que promete el cielo y después entrega el averno.

 

Si bien el resto de la producción cinematográfica de LaBute se ubica muy por debajo de la mencionada trilogía, esa que va desde propuestas correctas aunque bien olvidables como Persiguiendo a Betty (Nurse Betty, 2000), Posesión (Possession, 2002) y Vecinos en la Mira (Lakeview Terrace, 2008) hasta bodrios hechos y derechos como El Culto Siniestro (The Wicker Man, 2006) y Muerte en el Funeral (Death at a Funeral, 2010), la primera una remake del clásico de horror de 1973 de Robin Hardy y la segunda del opus de 2007 de Frank Oz, amén de intentos tardíos y algo fallidos de regreso a un cine más personal y en verdad terrorista que juegue con los tabúes sociales y/ o las payasadas de la dictadura de la corrección política de hoy en día, en sintonía con Una Mañana con Velvet (Some Velvet Morning, 2013) y Encuentro Salvaje (Dirty Weekend, 2015), lo cierto es que los traspiés acumulados a lo largo del nuevo milenio no hicieron más que engrandecer el estatuto de sus tres realizaciones más conocidas y en especial de su colosal obra maestra, En Compañía de Hombres, una de las mejores óperas primas de los 90 y sin duda una sagaz odisea de estafa sentimental, muy vanguardista para su época porque no sólo explora la desconfianza entre los sexos sino también la violencia, intolerancia, atropellos y eficientismo patológico que anidan en las grandes compañías de un presente en donde los trabajos de oficina, otrora los más estables del mercado laboral, se transformaron en otro rubro precarizado más de un capitalismo orientado a una constante pugna de posiciones entre colegas para sobrevivir a la dialéctica del reemplazo permanente de trabajadores -no sólo veteranos por jóvenes sino todos por todos- con vistas a seguir acrecentando el ejército de reserva de trabajo para mantener los salarios bajos, las ganancias por los cielos y la estructura sindical castrada o relativamente inutilizada/ corrupta/ comprada. Los protagonistas son Chad (el genial Aaron Eckhart) y Howard (buen desempeño de Matt Malloy), treintañeros que se conocen desde la universidad y burócratas de escalafón medio de una empresa sin nombre en una ciudad sin nombre que viajan a otra metrópoli sin nombre, retahíla de imprecisiones que suman al terror prosaico de fondo porque la acción podría ocurrir en cualquier parte. El primero es un psicópata con todas las letras y un misógino que vive haciendo chistes denigratorios para con las hembras luego de que lo abandonara su pareja, Suzanne (Emily Cline), y el segundo es un nerd bastante patético e inseguro de sí mismo que se deja llevar por el anterior luego del histeriqueo al que lo sometió una tal Melanie con la que salió durante un año hasta que ella perdió el interés en la relación, devaneos y mucha ciclotimia empalagosa de por medio.

 

Chad, un autómata de marketing, evidentemente resiente que sus superiores hayan elegido a Howard como el jefe de un proyecto temporario ignoto que los obliga a trasladarse durante seis semanas a otra sucursal de la compañía, una situada en un edificio en remodelación y repleto de internos y empleados de diversa categoría, oficinistas de cubículos deprimentes símil despachos del espanto uniformizador orwelliano. Desde ya que es el personaje de Eckhart, el carilindo que siempre ofrece una sonrisa aunque en verdad odia a todos los imbéciles lameculos o mediocres de la firma, el que le propone la idea de revancha contra el género femenino a Howard, un anteojudo workaholic que se hace el altivo cuando su madre le comunica que Melanie la llamó y que se deja controlar cuando su supuesto amigo elige a la víctima en cuestión, Christine (Stacy Edwards), una secretaria sorda que envió una agencia tercerizada por su velocidad de tipeo, señorita muy bella que lee los labios de sus semejantes y que comienza a ser cortejada primero por Chad, quien la enamora y eventualmente tiene sexo con ella, y Howard, el cual no logra despertar la pasión de la fémina a pesar de que él mismo desvirtúa el plan al quedar muy prendido de la chica sin siquiera haberla besado. Las semanas transcurren raudamente y el asunto se encamina hacia una crisis que se agrava cuando el empleado hiper soberbio de marketing muestra sus dientes saboteando por lo bajo el proyecto de Howard y consiguiendo que lo degraden al departamento de atención al cliente, lo que genera que Chad asuma el mando aunque a su vez descubriendo que la criatura de Malloy le contó por despecho a Christine sobre el engaño pautado por ambos para romperle el corazón por una malicia que confunde al árbol con el bosque, por ello el flamante jefe opta por no fingir más ante la mujer y simplemente saca a ventilar su crueldad con otra de sus sonrisas marca registrada con vistas a dejarla llorando en una habitación de hotel. De vuelta a la ciudad de origen de ambos, el epílogo del relato nos presenta una visita a la una de la mañana de Howard al lujoso departamento de su compañero de universidad de antaño para comunicarle que está deprimido porque no puede sacarse de la cabeza a su amada Christine, esa que prefirió a Chad y así le provocó al otro ejecutivo insomnio y una tendencia a vomitar todo alimento que ingiere, no obstante el desalmado pasa a recordarle que no le avisó del hecho de que le contó la verdad a la mujer bajo la impetuosidad sensiblera del momento con la meta de destruir la imagen celestial que la hembra tenía del macho y de poner al descubierto su ingenuidad y el “detallito” de que ella salía a conciencia con ambos en simultáneo, duplicando también las redes de la trampa.

 

LaBute, quien aquí adapta su obra teatral homónima de 1993, destroza a cada uno de los tres personajes principales enfatizando sus roles superpuestos de víctima y victimario: en primera instancia, Howard actúa como un clásico segundón en su vida mundana pero líder eficaz en su trabajo a ojos de una gerencia en busca de esclavos felices, hombre que quiere agradar a todo el mundo de manera maniática de un modo similar a cómo la sociedad cría en general a las mujeres para que valoren la inserción comunal mediante la superficialidad, la complacencia y la pasividad, algo que con el tiempo lo transforma de cómplice apático aunque decidido a idiota consumado como bien lo enfatiza la relación de espejo entre el comienzo y el final del relato, el primero cuando los dos protagonistas están sentados en el aeropuerto a la espera de abordar un avión y una histérica le pega en el fuera de campo a Howard en la cabeza apenas por haberle preguntado la hora y el segundo enmarcado en la revelación en el departamento de Chad de que Suzanne jamás abandonó a su pareja y todo formó parte de una mega manipulación con diversas capas por parte de su amigo y colega para llevarlo a herir a alguien de manera gratuita, consolidando una decadencia existencial y la misma desaparición del escaso reservorio moral que aún subsiste en el “sálvese quien pueda” del pancismo contemporáneo, en segundo lugar, Chad hace las veces del comodín patológico que es posible identificar en corporaciones, gobiernos e instituciones varias de la posmodernidad ya que su capacidad de adaptación y la amplitud de su sadismo lo sitúan en una posición de privilegio en una época de cinismo consensuado, necedad y eufemismos huecos tendientes a ocultar el empobrecimiento discursivo y el apego a latiguillos risibles a lo manual de autoayuda o credo new age, esquema que en la trama incluso se homologa a la impunidad de la pirámide del poder y quizás a una homosexualidad burda y reprimida que explicaría su misoginia extrema y que queda retratada mediante aquella secuencia en la que obliga a un interno tontuelo de color (Jason Dixie) a mostrarle sus testículos como símbolo de virilidad ante un mentiroso ascenso y mayores responsabilidades dentro de la empresa, y finalmente Christine, como decíamos con anterioridad, asimismo es víctima del timo del corazón aunque también parte constituyente de la estructura de mentiras colectivas que lo hace posible, primero manteniendo estas dos parejas en simultáneo y segundo dejando que el eslabón más débil, el nerd a la deriva, se enamore de ella a sabiendas de que el sacudón del esperable desaire futuro será demoledor en un intelecto no precisamente capacitado para asumir la derrota en términos adultos, sin ese sustrato pueril de quien se encapricha con el otro símil limerencia que despunta en obsesión violenta. Más allá de la epidermis retórica de En Compañía de Hombres, título que alude tanto a la masculinidad tóxica como al maquiavelismo empresarial de los abusos plutocráticos a nivel del interior y el exterior de las firmas actuales, léase la discapacitada bígama que se regodea en una promiscuidad que tantas féminas homologan con los varones, el sujeto afable y verborrágico que esconde un trastorno psicopático profundo porque todos para él no son más que “medios para un fin” y ese empleado modelo que dice privilegiar la ternura y la honestidad en su devenir privado pero termina ocultando un ser dominante que en el remate le grita como un desaforado a la sorda de Christine, ahora trabajando en un banco, para que la escuche sí o sí cual bucle del absurdo, el opus de LaBute indaga además en dos tabúes que al día de hoy siguen doliendo -y mucho- debido a que se reproducen en todos lados en las sociedades contemporáneas, nos referimos al placer que genera el dolor ajeno aunque ya sin fin específico de por medio y sólo por deporte brutal autocontenido, de allí el plan improvisado/ naturalizado de un Chad que lo lleva a cargarse a su amigo y a la hembra en materia laboral y humana, y a la noción de que en toda pareja siempre hay un miembro dominante que establece las reglas y dictamina las sanciones, en el caso del vínculo entre el personaje de Eckhart y la mujer el primero, en la amalgama de ella y Howard la fémina y en lo que respecta a la mini cofradía de los dos varones el maldito de Chad, pivote hegemónico que impone su voluntad donde sea que vaya y trabaja de a poco ganándose siempre agazapado la confianza de la presa para a posteriori saltarle al cuello pero manteniendo las garras limpias ya que la vergüenza y las vejaciones psicológicas terminan siendo más duraderas que las heridas de la carne o semejantes. Con una fotografía adusta de Tony Hettinger, apuntalada en una mayoría de tomas fijas a la distancia, y enérgicas composiciones musicales de Karel Roessingh y Ken Williams, en suma una batucada jazzera frenética que aparece en ocasión de la separación por capítulos según las distintas semanas de este viaje laboral empardado a un periplo turístico sadomasoquista conceptual, la película piensa la faceta terapéutica de la misoginia, la ausencia de víctimas completas en sistemas sociales perversos y el rol intercambiable de las posiciones simbólicas de dominio ya que siempre existirá un depredador o adalid antropófago más grande y salvaje que uno y hasta el representante más endeble o frágil de la cadena puede transformarse en una fuente de peligro cuando se siente acorralado o la realidad no se acomoda a sus utopías o construcciones idealizadas, entramado que se acopla a las traiciones reversibles de Tus Amigos y Vecinos y La Forma de las Cosas porque el verdugo de hoy muta en torturado de mañana y las quejas sobre la falta de escrúpulos del prójimo se convierten en comportamientos igual o más execrables en el mediano plazo…

 

En Compañía de Hombres (In the Company of Men, Estados Unidos/ Canadá, 1997)

Dirección y Guión: Neil LaBute. Elenco: Aaron Eckhart, Stacy Edwards, Matt Malloy, Michael Martin, Mark Rector, Chris Hayes, Jason Dixie, Emily Cline, Roxanne Butler, Tahirah Essix. Producción: Stephen Pevner y Mark Archer. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 10