Eleanor, la Grande (Eleanor, the Great)

Mitigando el dolor

Por Emiliano Fernández

Eleanor, la Grande (Eleanor, the Great, 2025), faena indie ambiciosa que gira alrededor de una multiplicidad de temáticas vinculadas al óbito, la tercera edad y la cultura actual, puede parecer una propuesta un tanto mucho extraña para calificar como la ópera prima en calidad de directora de Scarlett Johansson, anhelo que la estrella hollywoodense dijo arrastrar desde su época como niña actriz en ocasión de El Señor de los Caballos (The Horse Whisperer, 1998), odisea de otro intérprete metamorfoseado en realizador, Robert Redford, no obstante conviene ejercitar la memoria ya que la susodicha tiene un generoso historial en el rubro en cuestión. Tanto durante como antes de su retahíla de bodrios para Marvel, esa que ya lleva tres lustros y diez productos para el público más subnormal del panorama contemporáneo empezando por Iron Man 2 (2010), de Jon Favreau, la mujer se paseó a lo largo y ancho de un ecosistema independiente que va desde Mundo Fantasma (Ghost World, 2001), de Terry Zwigoff, Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003), de Sofia Coppola, y La Joven de la Perla (Girl with a Pearl Earring, 2003), de Peter Webber, pasa por Bajo la Piel (Under the Skin, 2013), de Jonathan Glazer, Ella (Her, 2013), de Spike Jonze, y Entre sus Manos (Don Jon, 2013), convite de y con Joseph Gordon-Levitt, y finalmente llega hasta Historia de un Matrimonio (Marriage Story, 2019), de Noah Baumbach, Jojo Rabbit (2019), de Taika Waititi, y Asteroid City (2023), de Wes Anderson, sin olvidarnos de su excelente trilogía de colaboraciones con el recientemente cancelado Woody Allen, Match Point (2005), Scoop (2006) y Vicky Cristina Barcelona (2008), entre otras experiencias menos memorables o del montón que dan testimonio de cierta sensibilidad artística minimalista escondida detrás de sus tanques anodinos para el mainstream, esa industria globalizada e idiotizante del cine.

 

Con un guión de la también debutante Tory Kamen, la película no llega a ser tan excéntrica como la vertiente discográfica de la carrera de Johansson, hablamos de Anywhere I Lay My Head (2008), recordado álbum de covers de Tom Waits, y Break Up (2009), colaboración bastante fallida con Pete Yorn, y si bien cae en una medianía que tiende a emparejar sus pros y sus contras, detalle que se explica por la inexperiencia detrás de cámaras y el poco vuelo narrativo de la historia, lo cierto es que todo el asunto sirve de excusa para brindarle a June Squibb, legendaria actriz de reparto con la friolera de 95 años de edad, la oportunidad de encarar el segundo protagónico de su trayectoria después de la también errática aunque hilarante y disfrutable Thelma (2024), obra de Josh Margolin con los asimismo veteranos Richard Roundtree y Malcolm McDowell. El relato se concentra en Eleanor Morgenstein (Squibb), nonagenaria que vivió durante once años en Florida con su mejor amiga desde la juventud, Elizabeth Stern alias Bessie (Rita Zohar), una polaca que estuvo recluida en el Campo de Concentración de Auschwitz y perdió a su madre y su hermano en aquella época, este último ametrallado por los nazis durante una fuga. La muerte repentina de Bessie la deja en soledad y por ello opta por mudarse a Nueva York con su hija, Lisa (Jessica Hecht), metrópoli en la que concurre a un centro comunitario judío e ingresa por error a un grupo de sobrevivientes del Holocausto, donde de improviso narra como propias las memorias de la fallecida y conoce a una joven gay y estudiante de periodismo que quiere entrevistarla y de la que se hace amiga, Nina (Erin Kellyman), quien hace poco perdió a su progenitora en un accidente ignoto y por ello trata de acercarse a su padre emocionalmente esquivo, Roger Davis (Chiwetel Ejiofor), presentador de noticias por TV que Eleanor y Bessie admiraban.

 

Nuestra propuesta, como aseverábamos con anterioridad, se mete en primera instancia con tópicos propios de la vejez como la fragilidad, la muerte del ser querido, la amargura, el desamparo, el fundamentalismo religioso, la melancolía, los problemas motrices, el miedo al olvido y una graciosa tendencia a la impertinencia o esa ausencia de filtros a la hora de comunicarse con los otros mortales, de hecho el caso de la siempre mordaz Morgenstein, quien se convirtió al judaísmo en 1953 cuando se casó con el padre finado de Lisa. Al igual que en Thelma, el principal interés de Eleanor, la Grande radica en la magnífica actuación de Squibb, actriz teatral con un gran corazón que recién debutó en el séptimo arte a sus 61 años con Alice (1990), de Allen, porque sinceramente los otros ejes temáticos del film, más allá del edadismo y la vejez en general, no están tan bien desarrollados que digamos, sobre todo el duelo, las relaciones familiares, la identidad hebrea, el periodismo y la amistad más heterogénea posible. Esta torpeza del guión de Kamen y la ejecución de Johansson, como si la trama apilase conceptos ampulosos sin saber qué hacer con ellos, se compensa en parte mediante ideas tampoco del todo profundizadas pero al menos interesantes, pensemos en la construcción de la verdad vía la oralidad y la memoria, de allí que la movida mitómana de Eleanor apunte en especial a mantener viva la historia de su amiga, Stern, otrora la única persona respirando que conoció a su hermano fallecido y por ello la encargada de contarle lo sucedido a Morgenstein para que ella a su vez continúe el ciclo del recuerdo con la meta de que el horror fascista no vuelva a ocurrir, lo que desde ya paradójicamente conduce al peligro de la apropiación símil Eleanor o aquel Enric Marco (Eduard Fernández) de Marco (2024), epopeya de Jon Garaño y Aitor Arregi sobre otro falso superviviente del nazismo.

 

Otro recurso discursivo muy atractivo que utiliza la realización es la historia de la Torá y la Biblia alrededor de los hijos mellizos de Isaac, Esaú y Jacob, el primero egoísta y ruin y el segundo piadoso y obsesionado con garantizarse el derecho de primogenitura, así las cosas engaña a su padre ciego haciéndose pasar por Esaú para obtener la bendición de Isaac, un episodio que subraya que no todas las patrañas son condenables ya que algunas son puras u ocultan la verdad detrás de ellas, aunque sea una de impronta emocional, ideológica o tal vez espiritual. La película de Johansson, por cierto aquí asimismo productora porque es una de las actrices más ricas y mejor pagas del planeta, también analiza la evasión de hoy en día con respecto a cualquier detalle doloroso, traumático o siquiera adulto en favor de la idiotez escapista típica de la cultura del nuevo milenio, de una mediocridad o simpleza en verdad lamentable, pensemos para el caso en la incapacidad de Roger de pronunciar el nombre de su esposa, Jeanne Davis, y en el muro invisible con el que se topa su hija, Nina, a la hora de charlar con sus amigos acerca del pesar por el óbito de su progenitora. Si bien el último acto resulta meloso y no logra amalgamar todos los tópicos enumerados, la obra desliza fugazmente una crítica a la comunicación del Siglo XXI, trabada entre la desinformación y la falta de piedad, y considera con astucia a la confianza como un arma de doble filo, válida para algunas cosas y deficiente/ arriesgada para muchas otras que escapan a los confines de la relación de turno, una cordialidad mutua aquí representada en la amistad entre la joven y la nonagenaria, conexión que ayuda a mitigar el dolor por las respectivas pérdidas del ser querido y en parte comparable a lo que podría ser una acepción no sexual de Enséñame a Vivir (Harold and Maude, 1971), joya del gran Hal Ashby con Ruth Gordon y Bud Cort…

 

Eleanor, la Grande (Eleanor, the Great, Estados Unidos, 2025)

Dirección: Scarlett Johansson. Guión: Tory Kamen. Elenco: June Squibb, Erin Kellyman, Jessica Hecht, Chiwetel Ejiofor, Rita Zohar, Will Price, Lauren Klein, Stephen Singer, Beth Goodrich, Elaine Bromka. Producción: Scarlett Johansson, Jonathan Lia, Keenan Flynn, Trudie Styler, Celine Rattray, Jessamine Burgum y Kara Durrett. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 6