You Were Never Really Here

Monstruos del estado y el capital

Por Emiliano Fernández

Las dos primeras obras de la realizadora y guionista escocesa Lynne Ramsay, Ratcatcher (1999) y El Viaje de Morvern (Morvern Callar, 2002), estaban bastante bien y ya daban cuenta de un talento que terminaría de manifestarse en Tenemos que Hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011), un trabajo escalofriante que nos regalaba una especie de vuelta de tuerca en torno al viejo tópico de los asesinos en serie y/ o homicidas masivos, en aquella oportunidad ofreciéndonos un paneo por la infancia y la adolescencia -el “período de formación”, podríamos decir- del futuro psicópata aunque vistas fundamentalmente a través de los ojos de su madre, interpretada por una genial Tilda Swinton. Apoyada asimismo por Ezra Miller como el muchacho y John C. Reilly como su padre, la actriz desparramaba fragilidad emocional en un estudio astuto y muy detallista sobre la génesis de la muerte en cadena, mitad responsabilidad de una madre que nunca quiso tener un hijo y mitad obra del mismo asesino y su predisposición hacia el arte de ejercer dolor al prójimo.

 

La expectativa alrededor del siguiente proyecto de Ramsay era más que generosa y por suerte You Were Never Really Here (2017) no defrauda para nada porque volvemos a estar frente a una historia enigmática y avasallante que por un lado construye una realidad igual de atormentada para su personaje central y por el otro profundiza aún más el entramado de los recuerdos, tragedias, miedos y alucinaciones que padece el protagonista. El guión de la directora está inspirado en una novela de Jonathan Ames y en términos cinematográficos funciona como un film noir que toma algo de la brutalidad de Sam Peckinpah, otro tanto del preciosismo de Nicolas Winding Refn, mucho del gore lírico de Park Chan-wook y principalmente la estructura de los mejores thrillers de rescate/ expiación/ venganza de Paul Schrader, hablamos de las extraordinarias Taxi Driver (1976), Rolling Thunder (1977) y Hardcore (1979). El opus analiza tanto las causas como las consecuencias concretas de la violencia de nuestro presente y señala que ambas forman parte de un único círculo vicioso.

 

Hoy el eje del relato es Joe (Joaquin Phoenix), un veterano de guerra y ex agente del FBI que se dedica a recuperar adolescentes desaparecidos para familias de la alta burguesía que contratan sus servicios vía intermediarios. Luego de un trabajo exitoso, visita a su madre (Judith Roberts) en New York y pronto se le encarga liberar a Nina (Ekaterina Samsonov), la hija de 13 años del senador Albert Votto (Alex Manette), quien afirma haber recibido un mensaje anónimo con la dirección de un burdel en donde está secuestrada. Con su arma favorita, un martillo, Joe entra al lugar y despacha a todos los hombres que se ponen en su camino, logrando sacar a la chica y llevarla al “punto de entrega”, una habitación de hotel en la que ambos ven por televisión que Votto aparentemente se suicidó saltando desde lo alto de un edificio. De inmediato aparecen policías que se apropian de la joven y de los cuales Joe logra escapar, en lo que será el comienzo de una cacería contra él que llevará a la muerte a sus intermediarios y a su progenitora, todos asesinados para conocer su paradero.

 

Los tres recursos principales de los que se vale Ramsay para alcanzar la excelencia son la fotografía de Thomas Townend, la edición de Joe Bini y la música de Jonny Greenwood, elementos fundamentales en el armado retórico heterodoxo que propone la cineasta, siempre coqueteando con la difusa frontera entre la realidad desesperante y una colección de remembranzas vinculadas a la infancia abusiva del protagonista (asfixia con bolsas de polietileno de por medio), los horrores de la guerra (es testigo del asesinato de un niño por una golosina) y sus homólogos del FBI (descubrimiento de un container de inmigrantes muertos). Joe continuamente trata de evitar los fantasmas de la violencia pasada ejerciendo dolor en el presente, lo que lo transforma al mismo tiempo en víctima y cómplice de un esquema plutocrático de poder caníbal que lo supera por mucho, planteo que por supuesto respeta gran parte de la iconografía sórdida de los policiales, un género basado en esencia en la exploración de las rutinas de los lacayos del establishment y su eventual redención.

 

De hecho, la película se luce sustancialmente en esta construcción discursiva relacionada con los monstruos que crea el estado y su socio de siempre, el capital: la red de prostitución infantil que aporta el contexto general de la historia obedece precisamente a las “necesidades” de la adinerada elite gubernamental, de la que el senador no es más que otro peón insignificante dentro de una pirámide que nos conduce hacia lo más alto del poder, un sector enmarcado en una corrupción de toda clase -moral, existencial, ética, procedimental, etc.- que le permite controlar a la policía y al mismo FBI. Una secuencia magistral en este sentido es la de Joe descubriendo el cadáver de su madre, disparando a los dos agentes federales responsables y tumbándose luego en el piso para tararear una canción junto a uno de los sicarios moribundos, como si se tratase de una hermandad de esbirros/ testaferros/ personeros que va más allá del sustrato de la tragedia individual porque está englobada en una profesionalidad de la muerte digna de los autómatas programados para liquidar al otro.

 

Ramsay extrae un desempeño prodigioso de un Phoenix que en ocasiones parece de hecho estar actuando y otras veces da la sensación de bordear sin sutilezas la enajenación, acorde con la personalidad y la forma de trabajo de esos intérpretes de antaño -cada día menos numerosos en nuestra actualidad- que dejaban el cuerpo y el alma en cada rol. Hasta en lo referido a la representación de las carnicerías la directora consigue evadir los artificios pomposos del mainstream porque para la primera incursión del protagonista se vale apenas de las cámaras de seguridad del prostíbulo y para la escena final se concentra en el después de los martillazos, provocando un extrañamiento que funciona en consonancia con la constante disociación psicológica/ fragmentación escalonada que padece Joe, por cierto el único ardid que encuentra su psiquis para hacerse de algo de paz en medio de tanta vejación y tanta sangre derramada, las cuales escapan a todo infantilismo ideológico y sí generan lágrimas y marcas de diversa índole sobre los personajes. Los costos de ser un “soldado” del enclave capitalista y sus socios de la política, al igual que las perversiones en las que se regocijan los oligarcas de manera cotidiana, pasan al primer plano en You Were Never Really Here, otra prueba de que la escocesa es una cineasta apasionante e inconformista que sabe combinar poesía, mucha suciedad y hasta instantes de sutil surrealismo onírico…

 

You Were Never Really Here (Reino Unido/ Francia/ Estados Unidos, 2017)

Dirección y Guión: Lynne Ramsay. Elenco: Joaquin Phoenix, Judith Roberts, Alex Manette, Ekaterina Samsonov, John Doman, Frank Pando, Dante Pereira-Olson, Scott Price, Alessandro Nivola, Claire Hsu. Producción: Lynne Ramsay, James Wilson, Rebecca O’Brien, Pascal Caucheteux y Rosa Attab. Duración: 90 minutos.

Puntaje: 9