Dios es Dios (Is God Is)

Monstruos en la familia

Por Emiliano Fernández

Dios es Dios (Is God Is, 2026), debut detrás de cámaras de la hasta hoy dramaturga Aleshea Harris, flamante cineasta estadounidense que nació en Alemania por el imperialismo militar yanqui marca registrada, es una joyita que adapta la obra de teatro homónima de 2018 de la misma Harris, suerte de hit del Off-Broadway por el volumen de premios acumulados más que por la permanencia en cartel, cruel dinámica que vuelve a repetirse porque la crítica norteamericana ensalzó a la propuesta mientras que el público mayoritariamente le dio la espalda, actitud que tiene que ver por un lado con el conservadurismo de los espectadores contemporáneos, criados por el lenguaje audiovisual reduccionista de una o a lo sumo dos plataformas de streaming, y por el otro lado con el enfoque posmoderno muy agresivo de la odisea que nos ocupa, en suma combinando comedia negra, thriller de venganza, erotismo, cine de acción, melodrama familiar, terror, neo western y blaxploitation setentoso de pura cepa, ese que no pide perdón en cuanto a la brutalidad expresiva, la incomodidad que genera en todo el público tontito mainstream y la clara intención de fondo de denunciar la corrupción heterogénea capitalista en la tradición de los grandes vehículos comerciales de American International Pictures al servicio de Pam Grier, desde la venganza rimbombante de Coffy (1973) y Foxy Brown (1974), maravillas de Jack Hill, hasta aquella lucha contra los sindicatos criminales de Friday Foster (1975), de Arthur Marks, y Sheba, Baby (1975), de William Girdler, entre muchas epopeyas semejantes de un período recargado de valentía.

 

Harris, ni lenta ni perezosa, efectivamente moldea a sus dos protagonistas, las hermanas Racine (Kara Young) y Anaia (Mallori Johnson), como dos bombas sexuales similares a Grier que reciben respectivamente los costados belicoso y sensible de aquella personalidad escénica de siempre de la querida Pam, sin duda alguna la reina del blaxploitation. Las veinteañeras trabajan limpiando oficinas y arrastran cicatrices muy serias de quemaduras de la infancia, Anaia en su rostro y el torso y Racine en su brazo izquierdo, todo debido a un episodio espantoso que sólo logran comprender al cien por ciento cuando su madre Ruby (Vivica A. Fox), a la que no veían desde el suceso, se comunica con ellas de la nada, lo que permite responsabilizar al padre sin nombre (Sterling K. Brown), psicópata que estranguló a su esposa para desmayarla y a posteriori trasladarla a una bañera, rociarla con licor y finalmente prenderla fuego, por ello las dos hijas también se quemaron cuando intentaron apagar las llamas. En su lecho de muerte la progenitora, a la que consideran homologable a Dios porque las creó, les exige que asesinen al responsable de su sufrimiento, tanto el dolor físico como la discriminación comunal dentro de colegios y el sistema de adopción durante años y años, misión que aceptan luego de deliberaciones/ polémicas varias y que las lleva hacia la siguiente pareja del susodicho, una pastora bastante ridícula llamada Divine (Erika Alexander), y después hacia el abogado que sacó al sádico de prisión, Chuck Hall (Mykelti Williamson), sujeto al que le cortó la lengua para que nunca comentase nada sobre el caso.

 

Entre interpelaciones a cámara, un elenco completamente afroamericano, estilización visual noventosa y una colección de narradores omniscientes autobiográficos para los flashbacks y algunos instantes ilustrativos, más leyendas impresas en las imágenes en los insólitos -o más bien sobrenaturales- diálogos entre las gemelas sin siquiera mover los labios, léase en la más absoluta mudez y a veces incluso evitando la mirada recíproca, Dios es Dios puede ser considerada en simultáneo como primero una sutil parodia del cristianismo evangélico/ protestante del ecosistema anglosajón, aquí pegándole a una Divine que continúa esperando la vuelta del varón a pesar de haberla abandonado embarazada del hoy grandulón Ezekiel (Josiah Cross), segundo un análisis de los correlatos éticos de la venganza y la indiferencia social ante los traumas y la discapacidad en general, planteo que por cierto la directora y guionista se toma muy en serio a diferencia del inmaduro o abiertamente imbécil Quentin Tarantino de Kill Bill: Volumen 1 (Kill Bill: Volume 1, 2003) y Kill Bill: Volumen 2 (Kill Bill: Volume 2, 2004), las citas obvias, y tercero una fábula social en torno a la distancia entre la vida de privaciones y tormentos de las hermanas, como decíamos antes producto del abandono tanto de la madre como del padre biológico, y aquella de lujos burgueses de todo tipo que gozaron sus espejos invertidos, Scotch (Xavier Mills) y Riley (Justen Ross), precisamente un par de gemelos que nacieron del vínculo de la criatura de Brown con una tercera fémina con la que todavía está casado, Angie (la célebre cantante Janelle Monáe).

 

A lo largo de la faena se nota que Harris es una realizadora primeriza porque jamás llega a amalgamar del todo los géneros involucrados pero compensa el asunto con su ambición y en cierta medida aprovecha la previsibilidad de nuestra cruzada revanchista para construir en diálogos un trasfondo inusualmente profundo en un opus mainstream como el presente, distribuido/ financiado por Amazon MGM Studios, unos latiguillos conceptuales que giran alrededor de la belleza problematizada, los lobos con piel de cordero, el encadenamiento irrefrenable de decisiones o hechos y por supuesto las nociones cristianas contradictorias relacionadas al desquite, la violencia y la justicia urgente. Amparada en un soundtrack poderoso que incluye hip hop del bueno y la monumental Thunder, clásico de Diamonds and Pearls (1991), discazo de Prince & the New Power Generation, la película presenta en sociedad a las estupendas Young y Johnson, actrices que nunca habían conseguido roles estelares en cine y sí detentaban un devenir profesional en televisión y/ o en el ambiente teatral, y esquiva el feminazismo misándrico burgués y sin conciencia social del Hollywood marketinero de apenas añitos atrás, prefiriendo -en cambio- retratar a hombres y mujeres como capaces de las mismas barrabasadas para poner el acento en la manipulación de parte de los psicópatas o monstruos hogareños sobre los intelectos débiles o tiernos, como Anaia. El film celebra el costado catártico de la justicia sin engolosinarse con la violencia como Tarantino ni burlarse de los personajes en la tradición de los hermanos Joel y Ethan Coen…

 

Dios es Dios (Is God Is, Estados Unidos, 2026)

Dirección y Guión: Aleshea Harris. Elenco: Kara Young, Mallori Johnson, Vivica A. Fox, Mykelti Williamson, Sterling K. Brown, Janelle Monáe, Erika Alexander, Justen Ross, Xavier Mills, Josiah Cross. Producción: Aleshea Harris, Tessa Thompson, Kishori Rajan, Riva Marker y Janicza Bravo. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 7