La Bestia (La Bête)

Montando a la hembra

Por Emiliano Fernández

El polaco Walerian Borowczyk comenzó su heterogénea y enajenada carrera dedicándose a la pintura y la litografía para eventualmente saltar al diseño de afiches cinematográficos y de allí a la dirección de cortos animados surrealistas, muchos de los cuales basados en el stop motion y diversas técnicas muy artesanales que le valieron el reconocimiento de sus colegas en Europa por su originalidad y efervescencia contracultural, suerte de amalgama entre Luis Buñuel, Jean Cocteau, Georges Franju y Chris Marker, con quien trabajó en Los Astronautas (Les Astronautes, 1959), uno de los cortometrajes más conocidos del señor junto a El Concierto del Sr. y la Sra. Kabal (Le Concert de M. et Mme. Kabal, 1963), La Enciclopedia de 13 Volúmenes de la Abuela (L’Encyclopedie de Grand-maman en 13 Volumes, 1963), El Diccionario de Joachim (Le Dictionnaire de Joachim, 1966) y sobre todo los míticos Renacimiento (Renaissance, 1963), sin duda su obra maestra del primer período como animador, y Los Juegos de los Ángeles (Les Jeux des Anges, 1964), una de las piezas favoritas del querido Terry Gilliam. Muy cansado del régimen comunista polaco y asentado en Francia desde fines de los 50, Borowczyk se volcaría al largometraje primero con Teatro del Señor & la Señora Kabal (Théâtre de Monsieur & Madame Kabal, 1967), inspirado en el corto de 1963 y su primer y último largo animado, y luego con Goto, la Isla del Amor (Goto, l’île d’Amour, 1969) y Blanche (1971), sus primeras incursiones en el live action vía melodramas eróticos y cuasi surrealistas protagonizados por su esposa, la bella Ligia Branice. Todo cambiaría de modo inesperado, incluido el favor de la crítica que hasta este momento lo consideraba una especie de intelectual iconoclasta y enigmático, cuando el amigo Walerian vuelve a dar un volantazo y decide por un lado recuperar el acervo artístico de Pier Paolo Pasolini, Ken Russell y Federico Fellini y por el otro lado sumarse no sólo al exploitation y el trash de la época sino también a la buena salida comercial que garantizaba la Edad de Oro del Porno o Porno Chic (1969-1984), un período glorioso en el que films sexualmente explícitos de la más variada envergadura lograban llegar a las salas habituales de exhibición en gran parte del Primer Mundo al tiempo que de a poco conseguían cambiar la mentalidad conservadora o puritana del público y de la prensa, todo hasta que el mercado -por décima vez- estandarizó la movida cultural aperturista y la niveló hacia la mediocridad de la reiteración ad infinitum mediante el boom del VHS en los 80 y el surgimiento de la industria pornográfica moderna vía cortos no narrativos rodados con un presupuesto ínfimo.

 

Cuentos Inmorales (Contes Immoraux, 1973), relectura torpe pero muy hermosa e hipnótica de la Trilogía de la Vida de Pasolini, aquella de El Decamerón (Il Decameron, 1971), Los Cuentos de Canterbury (I Racconti di Canterbury, 1972) y Las Mil y una Noches (Il Fiore delle Mille e una Notte, 1974), constituyó su primer encuentro a toda pompa con temáticas como la virginidad, la masturbación, las masacres y el incesto y a la par la puerta de entrada a esta nueva fase profesional, la última y definitiva de la trayectoria del cineasta polaco, período en el que en términos generales se puede equiparar a sus películas más conocidas con las mejores y/ o fundamentales y a las menos famosas con -literalmente- las no muy agraciadas a escala cualitativa, pensemos que en el primer lote entran la citada Cuentos Inmorales, La Bestia (La Bête, 1975), film que nos ocupa, Interior de un Convento (Interno di un Convento, 1978), clásico del nunsploitation, y Doctor Jekyll y las Mujeres (Docteur Jekyll et les Femmes, 1981), también conocida como El Extraño Caso del Dr. Jekyll y la Señorita Osbourne (Le Cas Étrange de Dr. Jekyll et Miss Osbourne), una reinterpretación bizarra y ultra nihilista de la novela de 1886 de Robert Louis Stevenson, quedando en el rubro de lo olvidable -aunque con los típicos méritos estéticos/ preciosistas/ alegóricos de siempre de Borowczyk- Historia de un Pecado (Dzieje Grzechu, 1975), su vuelta transitoria a Polonia, Una Mujer de la Vida (La Marge, 1976), su colaboración con los célebres Joe Dallesandro y Sylvia Kristel, Tres Mujeres Inmorales (Les Héroïnes du Mal, 1979), regreso al formato de las antologías símil Cuentos Inmorales, Colecciones Privadas (Collections Privées, 1979), opus colectivo codirigido junto a los también dementes Just Jaeckin y Shûji Terayama, Lulú (1980), relectura de La Caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929), la obra maestra de Georg Wilhelm Pabst con Louise Brooks, y los mamarrachos tardíos El Arte de Amar (Ars Amandi, 1983), Emmanuelle 5 (1987) y Ceremonia de Amor (Cérémonie d’Amour, 1987). Ahora bien, el origen de La Bestia se remonta a un cortometraje, el quinto en conjunto aunque tercero en términos del ordenamiento del metraje, que en un primer momento formaba parte de Cuentos Inmorales y después fue removido por el director y guionista con el objetivo manifiesto de ampliarlo en un largometraje que se meta de lleno en el bestialismo para levantar toda la polémica que sea posible en los círculos sociales y culturales reaccionarios de los 70, un segmento redescubierto en 2010 y reintroducido en el film con los otros cuatro, a partir del 2013, en las ediciones subsiguientes de la realización.

 

A diferencia de los directores castrados, aburridos y patéticamente disciplinados para con las cúpulas capitalistas y los espectadores timoratos y vagos de nuestro presente, el polaco construyó La Bestia explícitamente para molestar a todos y defraudar cualquier expectativa acumulada a priori ya que la película juega en simultáneo con el melodrama aristocrático de manipulación, la comedia de situaciones, su homóloga sexual/ picaresca, el costumbrismo bucólico, la fantasía de terror, el surrealismo marca registrada de Borowczyk, su apego a los cuentos de hadas y ese anticatolicismo virulento que también se podía identificar en las monjas putonas y la dictatorial Abadesa Flavia Orsini (Gabriella Giacobbe) de Interior de un Convento y en el segmento final de Lucrecia Borgia (Florence Bellamy) de Cuentos Inmorales, cuando la mujer copulaba con su hermano César (Lorenzo Berinizi) y con su padre, el Papa Alejandro VI (Jacopo Berinizi). Como siempre en el caso de Walerian, el opus no cuenta con una trama clásica sino que está guiado por una idea difusa alrededor de la cual el polaco hilvana una serie de escenas bastante extensas y ridículas que pretenden hacer avanzar el “no relato” o darnos pistas en cuanto al desarrollo de personajes, todo por supuesto sin lograrlo y ahora girando en torno a una mansión y hacienda en decadencia propiedad del Marqués Pierre de l’Esperance (Guy Tréjan), un noble obsesionado con unir en matrimonio a su hijo, el tosco y sin bautizar Mathurin (Pierre Benedetti), con una tal Lucy Broadhurst (Lisbeth Hummel), deliciosa ninfa que está al cuidado de su tía Virginia (Elisabeth Kaza) después del óbito de su padre, quien a su vez en su testamento estipuló que la condición sine qua non para que la chica herede una fortuna es que se case con Mathurin de l’Esperance y la boda sea bendecida por el Cardenal Joseph de Balo, hermano del tío de Pierre, el Duque Rammendelo (Marcel Dalio), un parapléjico en silla de ruedas que no desea mediar ante el cardenal, en esencia debido a que estima mucho a Mathurin y considera que su unión con una hembra lo llevará a la muerte, y por ello termina siendo chantajeado por su sobrino, un Pierre dispuesto a entregarle a la policía un pequeño frasco con veneno y sus huellas que utilizó para asesinar a su esposa hace 45 años, la Duquesa Florence de Balo. Mientras Lucy y Virginia visitan la casona, anhelando concretar este matrimonio por conveniencia, y todos esperan la llamada telefónica o el arribo del cardenal para la ceremonia, la hija menor del adusto marqués, la colorada Clarisse (Pascale Rivault), mantiene un affaire con el criado/ mozo negro de la mansión, el púber Ifany (Hassane Fall).

 

Se supone que en algún momento Borowczyk manifestó en público que La Bestia estaba basada en serio en Lokis: El Manuscrito del Profesor Wittembach (Lokis: Le Manuscrit du Professeur Wittembach, 1869), novela corta del galo Prosper Mérimée, faena narrada por un tercero, el pastor y etnógrafo aficionado del título, que no tiene demasiado que ver con la película en sí y que se centraba en el Conde Michel Szémioth de la Lituania rural, un ser híbrido mitad humano/ mitad oso que surgió del encuentro de su madre con una de estas criaturas hibernantes, la cual desde ya la violó y la mutiló, y que en su noche de bodas mata a su novia mordiéndole la garganta y luego huyendo velozmente hacia el bosque, su hogar por fuera de la mazmorra social de los bípedos. Sopesando el asunto a la distancia, resulta evidente que el polaco tomó apenas de Mérimée esta relación entre comportamiento salvaje y libido, la misma que aplicó en Doctor Jekyll y las Mujeres pero orientándola mucho más hacia el terror explícito, y lo que en realidad quería era simplemente combinar el metraje descartado de Cuentos Inmorales, el que correspondía al episodio intitulado La Verdadera Historia de la Bestia de Gévaudan (La Véritable Histoire de la Bête du Gévaudan), con un puñado de ideas que se le habían ocurrido en torno a escenarios irónicos de concupiscencia, como por ejemplo caballos que cogen todo el día, esos que mira con devoción Mathurin mientras oculta su rabo animal en sus pantalones y su garra derecha con un yeso, un criado morocho que fornica con su ama de tez blanca en camas y armarios, los susodichos Ifany y Clarisse, ésta cuidando además a un par de mocosos hermanos de una amiga parisina y el muchacho debiendo soportar esos gritos eternos del dueño de casa que interrumpen el coito y obligan a la chica a masturbarse hasta acabar con un parante del lecho, algún que otro cura pederasta que le da besitos a dos monaguillos adolescentes, un personaje interpretado por el genial Roland Armontel, y desde ya una burguesita cachonda que no puede dejar de erotizarse con las resonancias del bestialismo, esa Lucy que le saca fotos polaroid a los equinos en pleno sexo, que se topa con dibujos de zoofilia por todos lados y que se interesa muchísimo en el ataque que padeció dos siglos atrás la Marquesa Romilda de l’Esperance (la maravillosa Sirpa Lane, quien venía de trabajar con Roger Vadim) a manos de una bestia ignota, eje de sus sueños y fantasías amatorias a partir del instante en que el Duque Rammendelo le transmite el episodio en una conversación con ella y su tía, excusa para incorporar en la praxis del relato el corto de Cuentos Inmorales pasada la hora de metraje.

 

La Bestia aglutina casi todos los latiguillos, recursos y tópicos infaltables del Borowczyk maduro reorientado al erotismo freak y fragmentado, rasgos tan absurdos y estrafalarios como hasta cierto punto encantadores, en sintonía con su graciosa ineptitud narrativa, el decadentismo barroco de los decorados, una fotografía de una luminosidad exacerbada, la sencillez de todos los diálogos, un tono retórico apaciguado, la falta total de precisiones o lógica de cualquier tipo, cierto trazo grueso en materia del sarcasmo antiinstitucional y las truculencias, su fetiche con el vello púbico femenino y el desnivel actoral promedio del elenco, desde la sobriedad de Tréjan, pasando por la sensualidad natural de Hummel y el tono autoparódico de Dalio hasta llegar a la incompetencia de Benedetti, un intérprete muy de madera que le agrega delirio y desfachatez al convite. El afamado corto en cuestión, el cual Walerian va mechando de a poco mientras Pierre mata con una navaja a Rammendelo, porque continúa negándose a mediar frente al cardenal, y Virginia y Lucy eventualmente descubren que Mathurin es una especie de licántropo que muere de repente durante la única noche de las mujeres en el lugar, sigue precisamente la arremetida del engendro del título, mixtura hilarante de perro y rata enorme antropomorfizada, contra Romilda, damisela y clavecinista que queriendo devolver un borrego a su madre termina siendo perseguida por la criatura, perdiendo la ropa en el bosque y despertando a un pene oscuro que se la pasa chorreando semen en sucesivos orgasmos con motivo de una refregada contra un árbol, de un masaje con pies al momento de un cunnilingus, de algo de onanismo con la peluca de ella, de un momento de sexo boca abajo, de una mamada clásica y muy entusiasta y hasta de una sesión de masturbación con las tetas, retahíla que deriva en el fallecimiento del pobre y horrendo monstruo ya que la hembra lo deja exhausto y para colmo no tiene mejor idea que enterrarlo -a él y a su erección permanente- con unas hojas secas para a posteriori marcharse desnuda. Más allá del hecho de meterse sin sutileza alguna con el tabú de la zoofilia y desparramar crudeza y valentía discursiva en lo que hace al estudio del sustrato animal, atávico o instintivo del coito, la fanfarria lujuriosa, la histeria de alcoba y el acecho romántico agitado en general, dimensión múltiple de la vida a la que le importa un rábano la corrección política y las buenas costumbres de los payasos hipócritas del vulgo y del Estado, La Bestia es una farsa muy despareja y bastante boba, pero siempre interesante y voluptuosa en el plano carnal, que invierte aquel esquema de La Bella y la Bestia (La Belle et la Bête), cuento de hadas de la tradición oral francesa retomado en el Siglo XVIII por las escritoras Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve y Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, ahora con la intervención de la fémina no convirtiendo al monstruo en un gentilhombre sino provocando que aflore toda su brutalidad y desencadenando así la muerte del varón y su consiguiente desaparición como miembro pleno de una comunidad organizada, planteo que a rasgos macros -como decíamos con anterioridad- ya estaba presente en el trabajo literario de Mérimée y que tiene que ver con el miedo masculino a las hembras y con la sensación del macho de verse obligado a renunciar a parte de su libertad al tener que acoplarse a una relación con un otro distinto que hace reclamos, impone responsabilidades y priva al varón de la promiscuidad al intercambiar la mujer sexo por amor y dependencia emocional, a lo que asimismo se suma la noción de que la pulsión de muerte es inherente a la vida y que esta tendencia de los individuos al autosabotaje y a la peligrosidad funciona en consonancia con un éxtasis que es idéntico para hombres y mujeres, los cuales se sienten atraídos hacia el quid prohibido y mucho más aún si todo viene adornado de una promesa de sensualidad grotesca que vincula a la violencia y a la humillación tácita con el placer cotidiano y con la lascivia de una privacidad que nos rescata de la repetición uniformizadora de lo público…

 

La Bestia (La Bête, Francia, 1975)

Dirección y Guión: Walerian Borowczyk. Elenco: Sirpa Lane, Lisbeth Hummel, Elisabeth Kaza, Pierre Benedetti, Guy Tréjan, Roland Armontel, Marcel Dalio, Pascale Rivault, Hassane Fall, Robert Capia. Producción: Anatole Dauman. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 6