Morgiana

Morir joven y hermosa

Por Emiliano Fernández

A diferencia de otros tantos realizadores y guionistas que se suelen englobar en la Nueva Ola Checoslovaca de la década del 60, como por ejemplo Jan Němec, Miloš Forman, Jiří Menzel, Juraj Jakubisko, Věra Chytilová y Jaromil Jireš, Juraj Herz nunca tuvo demasiado prurito a la hora de meterse con géneros cinematográficos duros e interconectados como el terror, los thrillers, el misterio, los dramas criminales, la fantasía, el suspenso, el film noir y la comedia negra, comarcas que hizo suyas una y otra vez a lo largo de su carrera y por ello le permitieron apartarse relativamente de la trilogía estándar del movimiento, hablamos de la comedia satírica, el drama cuasi testimonial y las propuestas bélicas tradicionales o hasta sutilmente volcadas a la parodia para con la sociedad comunista de entonces, el periplo de Checoslovaquia desde antes de la Segunda Guerra Mundial y la contraposición ideológica con respecto a la otra tiranía, la capitalista del resto del planeta. Conviene sincerarse y aseverar que el rasgo señalado fue fundamental en la trayectoria de Herz pero también el único que lo alejó verdaderamente de sus otros colegas de la época ya que en todas las otras dimensiones compartió su mismo destino de persecución y exilio debido al acoso insistente del régimen en el poder contra todo artista que se apartase del realismo socialista amparado por las elites del Partido Comunista, siendo aquel relajamiento de la censura y la apertura cultural/ política/ social del segundo lustro de los años 60 una anomalía que terminó de explotar cuando el reformista Alexander Dubček pretendió consolidar a nivel institucional los cambios, una movida temeraria que provocó la invasión de los países miembros del Pacto de Varsovia -liderados por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- para ya aplastar la Primavera de Praga de 1968 y dejar un ejército foráneo permanente que recién se marcharía de Checoslovaquia con la caída del comunismo en ocasión de la Revolución de Terciopelo de 1989 y la partición nacional posterior entre la República Checa y Eslovaquia.

 

Si bien Herz, a lo largo de los muchos años que abarcó su derrotero profesional y artístico, efectivamente encaró películas en cierto sentido “típicas” de la Nueva Ola Checoslovaca, movimiento inspirado en el neorrealismo de los 40 y la primera Nouvelle Vague de los 50, y de sus muchos coletazos dentro de las fronteras vernáculas durante las décadas por venir, como por ejemplo la televisiva Dulces Juegos del Último Verano (Sladké hry Minulého Léta, 1970), Lámparas de Aceite (Petrolejové Lampy, 1971), Día para mi Amor (Den pro mou Lásku, 1977) y las ya tardías Dulces Problemas (Sladke Starosti, 1985) y Habermann (2010), todos dramones que fueron desde lo romántico o familiar hasta lo bélico clásico, lo cierto es que al realizador hoy por hoy se lo recuerda por sus tres grandes y variopintos trabajos en la comarca del horror, aquella comedia negrísima El Incinerador de Cadáveres (Spalovač Mrtvol, 1969), el thriller gótico Morgiana (1972) y la fantasía símil cuento de hadas macabro La Bella y la Bestia (Panna a Netvor, 1978), epopeyas de idiosincrasia surrealista que definitivamente superan a otros experimentos semejantes de parte del amigo Juraj aunque no tan exitosos, El Noveno Corazón (Deváté Srdce, 1979), la muy bizarra El Vampiro de Ferat (Upír z Feratu, 1982) y Oscuridad (T.M.A., 2009), una de sus últimas películas antes de fallecer en 2018 a los 83 años de edad. Morgiana en especial es una diminuta maravilla que recupera muchos de los latiguillos formales del cineasta como esas tomas oblicuas furiosas, los planos subjetivos, el maquillaje sobrecargado, la música bien tenebrosa, las pinceladas irónicas, unos primeros planos efervescentes, la cámara en mano, unas secuencias diurnas muy alucinadas, un diseño de producción y unos decorados ultra barrocos, las truculencias de base caníbal familiar, la denuncia de la artificialidad burguesa/ aristocrática y una trama que tiende a fetichizar la convivencia tambaleante o por lo menos “agitada” entre facetas opuestas de la vida, doppelgängers y/ o comportamientos en espejo.

 

El guión de Herz y Vladimír Bor se basa en una novela del ruso Alexander Grin, Jessie y Morgiana (1929), y comienza con el fallecimiento de un patriarca de una familia ya sin madre y compuesta apenas por dos hermanas gemelas, la mayor Viktorie y la menor Klára, ambas interpretadas por la gloriosa Iva Janžurová: Viktorie, la señorita malvada, hereda la casa de campo del aristocrático clan, bautizada Flauta Verde, y las joyas guardadas en la caja fuerte pero Klára, su contrapeso luminoso y afable, toma posesión del resto de las propiedades y valores, sobre todo los terrenos, las acciones, las cuentas bancarias, la casa principal y sus generosos jardines, por ello Viktorie arde en envidia y ambición y después de consultar a una tarotista opta por encargar un veneno de acción lenta e imperceptible para matar de a poco a su hermana mientras todos piensan que se trata de una enfermedad desconocida, motivación económica que se unifica con el corazón y los infaltables celos porque Klára tiene dos machos que compiten por ella, el notario Glenar (Petr Čepek) y el soldado Marek (Josef Abrhám), y Viktorie se siente rechazada por los varones al tiempo que mantiene una relación algo contradictoria con el sexo, por un lado espiando a las sirvientas en sus encuentros amatorios y por el otro lado mostrándose espantada cuando un albañil libidinoso la ve desnuda desde una ventana. El grueso de la historia combina las alucinaciones de las dos hermanas, las de la envenenada por la pócima maldita y las de la envenenadora por el pánico a ser descubierta, con la trama de índole policial en sí, primero basada en la aparición de la mujer que le suministró el brebaje a Viktorie, Otylie (Nina Divíšková), con ánimo de chantajearla para sacarle dinero y joyas, y después sustentada en el aparente homicidio exitoso de la susodicha, a la que la ninfa de oscuro arroja desde un acantilado costero, y en la llegada de una misteriosa carta a Klára describiendo la empresa asesina de su hermana mayor, lo que genera la histeria de la ninfa y sus dos pretendientes.

 

Los puntos de contacto con la reciente El Incinerador de Cadáveres son varios e incluyen la antropofagia dentro de la parentela, la hipocresía erótica, la evidente fascinación con la muerte -antes mediante el crematorio y ahora a través del omnipresente veneno- y el apego para con lo esotérico simbolizado en el tarot de Viktorie y aquella hilarante obsesión con los dalái lama y el budismo del Tíbet del protagonista del film de 1969, Karel Kopfrkingl (Rudolf Hrušínský), a lo que se suma una serie de maquinaciones que en este caso tienen que ver con la acción del veneno, progresivo y siempre generando sed en sus víctimas, y las dudas de la envenenadora sobre su eficacia, por ello realiza un experimento con un perro callejero que Klára encontró, dándole de beber el brebaje en un plato en el piso, que deriva en el envenenamiento colateral de un mocoso, hijo de una sirvienta de la casona, y de una gatita siamesa llamada -precisamente- Morgiana, testigo mudo de casi todas las maldades de una Viktorie que incluso le arroja un piedrazo en la cabeza a una de sus criadas de puro sadismo y pura envidia por su felicidad/ naturalidad, cuando la chica se bañaba desnuda en la costa. Herz se burla por lo bajo de las instituciones vía el soberbio pero inútil Doctor Mayer (Karel Augusta), quien se cree experto en todo aunque jamás acierta un diagnóstico, y subraya el sustrato de simulación perpetua de la sociedad mediante el desenlace, donde descubrimos que el veneno es inocuo y Otylie sigue con vida y con ganas de escribir cartas incriminatorias, amén del intento de “falso suicidio” de Viktorie que termina llevándola en serio a la muerte por las circunstancias azarosas de un destino que ella pretendía forzar para controlarlo y quedarse con todo el patrimonio familiar y con los machos de su hermana. Entre el gótico ampuloso de Terence Fisher, Mario Bava y Roger Corman, el dejo circense de Federico Fellini y Ken Russell y las hembras lúgubres de Henri-Georges Clouzot, Herz explora lo patético y lo difícil -o a veces fácil- que puede ser morir joven, rica y hermosa…

 

Morgiana (Checoslovaquia, 1972)

Dirección: Juraj Herz. Guión: Juraj Herz y Vladimír Bor. Elenco: Iva Janžurová, Josef Abrhám, Nina Divíšková, Petr Čepek, Josef Somr, Jiří Kodet, Ivan Palúch, Zuzana Fisárková, Marie Drahokoupilová, Karel Augusta. Producción: Ladislav Hanus y Jiří Sebor. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 9