La Vaquilla

Mucha, mucha marcialidad

Por Emiliano Fernández

La enorme mayoría de las películas centradas en conflictos armados abrazan de manera tácita o explícita una concepción del heroísmo en la que a las grandes misiones, esas que requieren asimismo grandes sacrificios, se las recompensa de una u otra forma vía un enaltecimiento posterior que tiene que ver tanto con las heridas sufridas como con las bajas producidas en el bando enemigo, esquema que incluye además a las obras sardónicas que trabajan sobre el concepto de los antihéroes y unos objetivos más vinculados a lo individual egoísta que termina carcomiendo la supuesta grandiosidad subyacente a los ideales patrios/ gubernamentales/ religiosos/ culturales y las carnicerías que éstos movilizan. La Vaquilla (1985), una de las películas más exitosas de la historia del cine español, quiebra todo este armazón retórico porque la misión de los protagonistas del film es francamente ridícula, dichos soldados son literalmente unos bufones vulgares -los de ambas facciones- y no se contabiliza ni una muerte humana a lo largo de todo el metraje. Hablamos no sólo de la última obra maestra de la carrera de Luis García Berlanga sino también de una de las mejores sátiras antibélicas del séptimo arte, un convite muy pero muy gracioso en el que la mundanidad -incluso mucho más que la estupidez o el absurdo, los dos ingredientes por antonomasia de las comedias de raigambre paródica- es el eje narrativo principal ya que lo importante en esta oportunidad, como en gran parte del cine del mítico director y guionista, pasa por servirse de las herramientas que brinda el costumbrismo y el sarcasmo sutilmente estrambótico para subrayar la irracionalidad de las guerras, lo parecidos que son en realidad los pobres hombres que luchan en ambos ejércitos y cuánto se benefician de las masacres en cuestión los jerarcas civiles y militares en lo que respecta a salvaguardar o expandir sus cuantiosas posesiones y su rol de preeminencia social en tanto autoridades impuestas por la fuerza ante una tropa y/ o una comunidad que obedecen los criterios marciales sin quejarse.

 

La historia del guión de Berlanga y su compañero de siempre Rafael Azcona nos ubica en aquel Frente de Aragón de la Guerra Civil Española, donde en la trinchera republicana encontramos al Brigada Castro (Alfredo Landa), un oficial que tiene una idea de lo más particular que comenta a su superior directo, el Teniente Broseta (José Sacristán), un hombre tan histérico como el anterior y con la manía adicional de cortarles el pelo a todos los que lo importunan: como en el poblado más cercano de la zona nacional/ franquista, Perales, está a punto de comenzar una celebración religiosa con comilona, novillada y baile popular, a Castro se le ocurre introducirse en Perales con otros combatientes -camuflados con los uniformes del bando contrario- para matar al toro de turno, descuartizarlo, llevarlo a la zona republicana y asarlo para toda la tropa en una movida ambiciosa que tiene un triple propósito, léase paliar la hambruna de las trincheras republicanas, aguarles la fiesta a los nacionales y levantar la moral de los soldados dirigidos por el Brigada y el Teniente. Para la misión se forma un pelotón de cinco personas que incluye a los dos oficiales y a tres soldados, Mariano (Guillermo Montesinos), un nativo del pueblo que les indicará el camino, Limeño (Santiago Ramos), un ex torero que dice ser capaz de cargarse al animal, y un muchacho apodado Cura (Carles Velat), un ex seminarista católico que nunca llegó a sacerdote y que serviría para apaciguar los ánimos religiosos ortodoxos de los falangistas. Mientras un soldado homosexual y sastre, Piporra (Francisco Valdivia), entretiene a los esbirros nacionales hablándoles desde las trincheras republicanas, los cinco expedicionarios se adentran en el territorio enemigo y atraviesan una serie de peripecias como el descubrir que el toro resulta ser una vaca ya toreada o el ser confundidos -debido a sus uniformes/ disfraces- por soldados nacionalistas, desencadenando una situación de constante peligro en la que pretenden no ser descubiertos como infiltrados y al mismo tiempo llevarse al animal.

 

Así las cosas, Castro recibe una cornada accidental y se obsesiona con inyectarse la vacuna antitetánica por un consejo de Limeño, Broseta -un ex barbero- afeita al Comandante de los fascistas (Agustín González), al ex seminarista lo visten de sacristán para una procesión católica encabezada por un Capellán Castrense (Sergio Mendizábal), Mariano se entera que su bella novia, Guadalupe (Violeta Cela), le ha sido infiel y pretende casarse con un Alférez de los nacionales (Juanjo Puigcorbé), y en conjunto el pelotón termina en situaciones muy insólitas como bañándose en un estanque con los sublevados, escondiéndose con un “topo” de la persecución franquista, nada menos que el padre de Guadalupe, siendo expulsados de un burdel clandestino que es clausurado por el Capellán, formando parte de improviso de la procesión piadosa/ popular citada y hasta levantando en andas a la figura civil más poderosa de Perales, el Marqués (Adolfo Marsillach), un político y terrateniente paralítico por gota que controla el destino económico de la región junto a su también rica hermana, la Condesa (Amelia de la Torre), una veterana obsesionada con la comida. Los infiltrados participan del evento culinario con alegría y Limeño se suma a la novillada delante de todos los habitantes del pueblo, las tropas sublevadas y las tres máximas figuras de autoridad, el Comandante, el Marqués y el Alcalde (Fernando Sancho); lo que deriva en el muchacho clavándole un par de banderillas al animal, en una huida general de los republicanos utilizando como distracciones a unos fuegos artificiales y el baile de la fiesta, en la madre de Guadalupe, Juana (María Luisa Ponte), diciéndole al Alférez que Mariano es el primo de la mujer para que no lo mate, y en el secuestro del Marqués porque los expedicionarios se lo cruzan cuando el nativo los convence de visitar a sus progenitores, nada menos que los empleados del oligarca, con el pelotón abandonándolo luego en una zona minada cuando el aristócrata arroja una pata de jamón para que no se la lleven y ésta explota al tocar el suelo.

 

Como toda la producción de Berlanga a partir de la década del 70, aquí el humor es más bestial aunque no menos inteligente que su homólogo de los clásicos de impronta coral o individual de los 60, sobre todo Bienvenido, Mister Marshall (1953), Plácido (1961) y El Verdugo (1963), debido a que la relajación inicial de la censura dio paso a la desaparición práctica de la misma cuando el dictador Francisco Franco muere en 1975 y así hace posible la democracia desmemoriada contemporánea, esa que no juzgó ninguno de sus múltiples crímenes -represión, asesinatos, torturas, secuestros, palizas, exilios, silencios forzados, intimidaciones, etc.- durante los 36 años en los que se mantuvo en el poder en España. Más allá de la excelente dinámica cómica y el inconmensurable perfeccionismo que destila cada una de las escenas de la siempre exuberante epopeya, llaman poderosamente la atención tres instantes en verdad estupendos que sintetizan a la perfección los planteos de Berlanga y Azcona, hablamos en primera instancia del “intercambio de soldados” de una de las secuencias iniciales que propone un muchacho del bando nacional que tiene a su familia en la zona republicana para que asimismo Mariano pueda ver a su novia, generando el repudio automático de los oficiales, en segundo lugar está el episodio del estanque en el que los exponentes de ambas facciones se mezclan a puro caos y hermandad ya que nada importan las disputas cuando uno está desnudo o en ropa interior, y finalmente tenemos la escena del prostíbulo y las ganas locas de tener sexo por parte de los muchachos, esos que una vez más se confunden con los fascistas porque el credo franquista puede ser muy conservador y cristiano pero las tropas de a pie siguen teniendo las mismas “urgencias” de cualquier otro hombre: en los tres casos, caracterizados por la necesidad de afecto, higiene y sexo, quedan en evidencia las semejanzas primordiales que aglutinan a los seres humanos en general y que anteceden a los yeites ideológicos, casi siempre enmarcados en una lealtad caprichosa.

 

La misma premisa de la película, centrada en esta caterva de bípedos tontuelos y neuróticos inmiscuyéndose en terreno vedado y haciendo lo del camaleón entre los bípedos tontuelos y neuróticos de la otra parcialidad, ilustra de maravillas el sinsentido de las escaramuzas y el costado farsesco esencial de toda guerra entre pares en la que si no fuera por los uniformes, sería imposible determinar quién pelea contra quién. A pesar de que todo el elenco se luce de manera prodigiosa, aquí se destaca lo hecho por Landa, Sacristán, Montesinos y Ramos gracias a que los dos primeros construyen a oficiales frágiles en su ego, con el primero lloriqueando por la cornada en una nalga y el segundo quejándose de un pie que dice tener a la miseria, y gracias a que los otros dos crean a subordinados bien pícaros y con agendas propias, Mariano modificando el recorrido del pelotón para visitar distintos puntos de Perales y reclamar a Guadalupe, a la que termina renunciando frente al Alférez, y Limeño cagándose encima ante la mentada vaquilla apenas la ve y luego recobrando su autoestima cuando le clava las dos banderillas ante la mirada celebradora del enemigo y los propios compañeros, suerte de ratificación identitaria laboral que señala que la faceta castrense no se comió por completo a su idiosincrasia previa a la contienda, quedando ésta en impasse a la espera de que terminen las batallas. Una vez más el realizador deja para el desenlace la estocada retórica definitiva, cuando el animal ya moribundo por las heridas se escapa, queda en la “tierra de nadie” entre ambas trincheras y cae solito muerto sin que Limeño o su homólogo franquista, Cartujano (Carlos Tristancho), puedan rematarlo, colosal metáfora que habilita primero el famoso zoom in sobre el rostro de la vaquilla con griterío y disparos de fondo, alegoría sobre la España destruida por la conflagración, y después las tomas de esos buitres devorando el cadáver, representación de la escoria que resulta vencedora a raíz de tanta torpeza y vanagloria, léase la Iglesia Católica y las huestes militares franquistas…

 

La Vaquilla (España, 1985)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Elenco: Alfredo Landa, José Sacristán, Guillermo Montesinos, Santiago Ramos, Carles Velat, Violeta Cela, Agustín González, María Luisa Ponte, Juanjo Puigcorbé, Amelia de la Torre. Producción: Alfredo Matas y Benjamín Benhamou. Duración: 117 minutos.

Puntaje: 10